
Tuve la desgracia de tener en 2º de BUP un profesor de Física y Química un tanto nefasto, que no viene al caso nombrar, y que era un espécimen similar al Doctor Siesta de Barrio Sésamo. Este señor cercenó lo que podía haber sido mi destino e hizo que me decantara por las letras.
Esta deriva en mi perfil educativo no me separó definitivamente de la ciencia y he mantenido una constante pasión por ella. Hasta puedo decir que he sido siempre muy aficionado a las matemáticas y, de vez en cuando, he cogido de las bibliotecas municipales algún que otro libro relacionado con los números: problemas matemáticos, estadística, falacias, probabilidad... Del mismo modo, llevo suscrito a la revista Muy Interesante más de media vida, y espero con la misma ilusión que el primer día que el ejemplar mensual esté en mi buzón para destriparlo.
Hace ya unos años, cuando estaba aburrido, en vez de hacer crucigramas o sudokus, me dedicaba a ponerme a mí mismo problemas de ecuaciones con dos y tres incógnitas, entretenimientos raros que tiene uno. También soy un enamorado de los números factoriales (esos que se multiplican por sí mismos y todos los enteros inferiores hasta llegar a uno) y tengo una obsesión por buscarle las cosquillas a las calculadoras y ordenadores, viendo cuál es su capacidad de cálculo, ya que se trata de una operación que consume mucha memoria. Curiosamente en las calculadoras de antaño, las célebres Casio que nos traían de Ceuta o Canarias, el cálculo máximo sin dar error era 69!, acción que le ocupaba varios segundos.
No obstante, si he tenido una pasión especial por los números, esta se puede representar en los números primos, esos que sólo son exactamente divisibles por sí mismos y por la unidad. Yo veía una matrícula de un coche y pensaba si se trataba de un número primo, y si no lo era, intentaba buscar sus divisores. Cuando era novio de la que hoy es mi mujer, le descompuse el número de teléfono de su casa con sus nueve dígitos, en sus divisores y un día se lo llevé escrito en un papel, no me dijo nada, pero estoy seguro de que pensó que con qué clase de personaje iba a compartir su vida; creo que ya se ha acostumbrado a mis extravagancias.
Pues a lo que iba, una de mis obsesiones que me devanó algo los sesos era conocer si existirían números primos infinitos. Recuerdo con especial nostalgia el origen de este problema existencial para mí, y es jamás olvidaré el día que me enseñaron en la escuela la criba de Eratóstenes, un sistema sencillo, en realidad un algoritmo, para ir hallando los números primos de la serie del 1 al 100 (normalmente la criba se hacía hasta el 100). Se realizaba de forma manual y en poco tiempo tenías los números primos de esa primera centena. Lógicamente el trabajo se volvía más concienzudo cuanto mayor era la serie, y era obvio que a medida que el número se hacía ciertamente grande los primos comenzaba a escasear, pero ¿hasta qué punto?, ¿los números primos serían infinitos?
Me precio de tener buenos amigos y muy cualificados, y le fui con esta comedura de olla a mi amigo Nacho Molina, un tipo genial en su más amplia expresión. A él acudía hace años con historias de este carácter y, por supuesto, le comenté mi conflicto con los números primos. Nacho es de esas personas lúcidas que tiene respuesta para todo y, además con razón, con criterio científico y con una forma tan pedagógica de transmitir su sapiencia que es capaz de hacerte comprender la teoría de la relatividad en cinco minutos.
Nacho, por supuesto, ya tenía la respuesta y..., sí, la sucesión de números primos sería infinita. No obstante, me comentó que había visto en un libro la demostración empírica de esta resolución. Al poco, se me presentó con el libro en cuestión “El electrón es zurdo y otros ensayos científicos”, de Isaac Asimov. Me regaló un ejemplar, todo un detalle, el cual conservo y, además, lo tengo siempre muy cerca de mí, con lo cual está ya el pobre un poco estropeado de tanto hojearlo.
El asunto estaba resuelto hace muchísimo tiempo, nada menos que tres siglos A.C., cuando a un loco ya se le planteó la misma cuestión que a mí y tuvo los arrestos de llevar a cabo el procedimiento y la justificación matemática para verificarlo. Euclides se llamaba el pingue, también conocido por la no menos famosa geometría euclidiana. Tampoco viene a cuento que me enrolle aquí explicando el porqué hay números primos infinitos, lo importante es que resolví mi duda y pude dormir tranquilo, ¡que vivan los números primos!
El obsequio de Nacho fue todo un descubrimiento para mí, ya que se trataba de una publicación en la que se recogían una serie de artículos científicos, tremendamente interesantes y siempre con el corte pedagógico de Asimov, uno de los mayores divulgadores científicos de la historia contemporánea. En él pude descubrir a través de la física por qué el ser humano tiene el tamaño justo y adecuado, no mide treinta metros ni tampoco unos centímetros. Al igual que explica que para las características climáticas de nuestro planeta el único “talasógeno” posible en cantidad suficiente para formar un océano es el agua. Nos habla de las características del agua fría, del agua caliente, de la perfecta asimetría de la vida…
Creo que Nacho me comentó que había conseguido el libro en un puesto de estos de la “Feria del libro”, entre montones de ejemplares descatalogados y a precios irrisorios. A mí me da lo mismo porque, como siempre se dice, la intención es lo que cuenta; y siempre me pareció que este libro aparte de muy bueno y didáctico, era como un tesoro valiosísimo al que un amigo me permitió acceder.
Comentarios
Bueno, todo este rollo es la introducción. El tema de mi respuesta a tu comentario tiene que ver con los números y las matemáticas. Sabrás de infinidad de problemas matemáticos, lógicos, etc. de esos que parece que no tienen solución o que la solución no puede ser. En mi trabajo utilizo uno: "el del árabe que dejó al morir a sus tres hijos una herencia de 17 camellos, especificando que habían de repartirla de la siguiente manera: al mayor la mitad de los camellos, al mediano la tercera parte, y al menor la novena parte. Los jóvenes herederos estaban desesperados, ya que evidentemente no podían repartir los 17 camellos de esta manera sin la colaboración del carnicero. Buscaron finalmente los consejos de un anciano y sabio amigo que prometió su ayuda. Al siguiente día se presentó en la cuadra llevando un camello de su propiedad. Lo juntó a los 17 y dijo a los hermanos que ya podían proceder al reparto. El mayor se llevó la mitad de los 18, o sea 9, el mediano un tercio de los 18, es decir 6; y el pequeño un noveno de los 18, o sea 2. Cuando ya se hubieron llevado los 17 primeros camellos, el anciano cogió el suyo y se marchó."
Tengo entendido que la solución tiene que ver con suma de fracciones y me imagino que buscando por internet encontraría la solución, pero así aprovecho para empezar a participar en tu blog, que tiene buiena pinta.
Salud!!
Al fin y al cabo, es una buena manera de pasar el rato, haciendo trabajar nuestras neuronas. Y sí lo cierto es que ahora en Internet hay respuestas para todo.
Saludos.
Saludos.