viernes, 15 de abril de 2011

"LOS PIQUEROS DE BAILÉN" DE MANUEL LÓPEZ RAMÍREZ

Los que siguen mi blog semanalmente observarán en esta nueva entrada una extraña deriva en su planteamiento. Sí, porque una de las etiquetas temáticas sobre la que más suelo escribir es la de “Vivencias”, es decir, episodios de mi vida pasada que me traen algún buen recuerdo o alguna reflexión vista desde la distancia de este minarete que es 2011. Sin ir más lejos la penúltima entrada, un viaje que hice recientemente a Sevilla, tenía algo de ese carácter retrospectivo.

No obstante, en esta ocasión no voy a tratar sobre un acontecimiento pasado sino sobre uno futuro. Como he comentado en alguna ocasión la virtualidad de estas bitácoras es que te ayudan, desde una perspectiva egoísta, a saber qué estabas haciendo más o menos en cada momento de tu vida reciente, máxime cuando mi intención es que este humilde blog, perdure en el tiempo.

Y bueno, el caso es que ese acontecimiento que va a llegar en mi vida, ha estado madurándose durante mucho tiempo, en compañía de otras personas, integrados todos bajo el nombre (es nuestra ópera prima) de “Pólvora Negra” de la Asociación Histórico – Cultural “Voluntarios de la Batalla de Bailén”. Se trata de la puesta en escena de la obra teatral “Los Piqueros de Bailén”, de Federico de Mendizábal, y que después de un largo proceso de maduración, como los buenos vinos, este sábado 16 de abril, a las 20.30 h., en el Salón de Actos de la Casa de la Cultura de Bailén, verá la luz.

Han sido en torno a un año y medio de ensayos, pero con la sensación de que ha tenido una evolución progresiva, de menos a más. En mi opinión hubo un problema de inicio y es el no haberse puesto una fecha tope, el desconocer cuando llegaría el gran momento. Ese horizonte incierto ha hecho que vayamos al ralentí durante un luengo trecho para acelerar justo en el momento en que supimos que ya se había programado y difundido públicamente la fecha, de esto hace apenas tres meses. Fue cuando sonaron las alarmas, empezaron a trabajar los nervios y a terminar de apuntalarse los guiones que hasta ese momento habían acompañado nuestros ensayos como amigos inseparables, siempre agarrados a ellos.

De hecho, la progresión ha tenido una cierta coherencia en cuanto a los sitios de ensayo, preparativos, tensión, todo ha ido in crescendo. Sin ir más lejos, esas ubicaciones en que hemos ido ensayando han ido variando. Comenzamos en la sede de nuestra Asociación, con sus evidentes limitaciones espaciales, después pasamos al Centro de Adultos, donde ya le tomamos el pulso a un escenario de verdad, para terminar en gloria en el último mes y medio, haciéndolo en la sede real de nuestro inminente estreno, en la Casa de la Cultura.

Como en cualquier manifestación de las relaciones humanas, es inevitable que surjan roces, diferencias de parecer, días en los que las personas no están o no estamos en nuestro mejor momento..., y hemos tenido algunos momentos de crisis que, en todo caso, o se han dormido o se han resuelto, pero al final, nada trascendente, y ello porque todas esas circunstancias estaban motivadas por un fin común: todos queríamos que esto saliera muy bien. Quizá lo único que nos diferencia con otras compañías teatrales, amén de nuestra bisoñez, es que no somos jóvenes, al menos la mayoría; nuestra media de edad es... madura, dejémoslo ahí y, por tanto, resabiados en esta vida, hace que no pasemos ni una y no callemos lo mismo que puede hacer un joven.

En todo caso, mi particular homenaje, aunque no sea el objetivo en sí de esta entrada, es para nuestro Director, Manolo López, que ha mantenido un comportamiento exquisito siempre por encima de nosotros, extremadamente respetuoso y educado, sin entrar en la gresca y lo más importante de todo, ofreciéndonos con absoluta generosidad y cariño toda su sapiencia y bagaje teatral.

Por otro lado, no es gratuito que titule este articulillo atribuyendo a nuestro Manolo la obra “Los Piqueros de Bailén”, evidentemente su adaptación. Desde el principio y hasta el final he venido calificando la obra como un “todo cien”, porque tenía de todo un poco, amor, violencia, humor, drama, alegría, costumbrismo, historia y, sobre todo, patriotismo, sólida exaltación de los valores del pueblo llano como factor determinante de la victoria en la Batalla de Bailén. Sin desmerecer al autor original de la obra, Federico de Mendizábal, Manolo transformó un texto que podría resultar algo tedioso al espectador (no hemos de olvidar que originalmente se trata de un poema épico, pues la mayor parte del mismo se desarrolla en prosa, e insiste en rimas más o menos acertadas) y escrito hace más de media centuria, en una obra más corta que no abandona el espíritu de Mendizábal pero que trata de hacerse atractiva al espectador, a un espectador del siglo XXI y también al cuadro actoral.

No quiero desvelar demasiado de la obra, por si alguien se anima a asistir este próximo sábado, aunque básicamente narra el papel de soldados voluntarios (piqueros) en la Batalla de Bailén, e igualmente la labor que desempeñaron las mujeres para abastecer y avituallar a las tropas en medio de la refriega. La aparición de hechos históricos así como personajes legendarios por todos conocidos, que interactúan con el pueblo le da ese velo proverbial y mítico que imperó con toda seguridad en el corazón de Federico de Mendizábal al escribir este texto. Con momentos para la risa y para el llanto, para la reflexión y para el disfrute.

Hoy más que nunca hay que mirar atrás momentáneamente para recordar ese esfuerzo o sacrificio que todos hemos debido afrontar en mayor o menor medida, y que como nos reclamaba Manolo en el ensayo general, debe traducirse en el disfrute mutuo durante la puesta en escena. Y de cara al espectador se me ocurren un par de consideraciones, por un lado, que no vean en la obra quiénes somos, sino a quién representamos, porque el teatro es eso, contar una historia por personas que dejan de ser ellas mismas durante un rato y, por otro lado, que se dejen llevar por sus sentimientos, que rían, que lloren y que nunca pierdan de vista, al ser una representación histórica que tiene parte de realidad, que en la Batalla de Bailén murieron muchas personas de uno u otro bando, víctimas inocentes, y que nosotros reivindicamos en las recreaciones y aquí también que no hay que olvidar ese pasado, la historia es la que es y no se la puede juzgar, pero trasladamos que jamás la guerra puede ser la solución para acabar con un conflicto.

Por cierto, que he querido ilustrar estos párrafos con algunas imágenes que ya forman parte del recuerdo de los que hemos participado en este proyecto, largo pero fructífero a la par. He escogido una foto muy potente de las que nos hizo Ana Martínez, la hija de Francisco Martínez Balbuena y que nos dispuso a todos por un día como inopinados modelos. Igualmente los diseños previos, uno de ellos inédito, de mi buen amigo Miguel Ángel Angosto y que luego devinieron en el cartel definitivo que todos conocemos.

Tan sólo queda que disfrutemos todos, los de dentro y los de fuera, en todo caso, intentaremos que todo salga bien aunque no somos profesionales y es obvio que puede haber fallos; hay que ver la escenificación como un todo, no como una parte. Y reitero lo de nuestro amateurismo, porque pocos tienen un recorrido amplio en escena, yo particularmente tuve hace un cuarto de siglo, o sea ayer mismo, mi única aparición en un teatro, cuando en el Instituto representé una tragedia griega, “Alcestes” de Eurípides. En ella hacía del anciano Feres, a buen seguro que mi gran amigo Vicente Fraile, seguidor de este blog, se acuerda, él hizo el papel estelar del joven Eumelo.

Quedarán frases para el recuerdo de esa recalcitrante, pedante y a veces algo cursi pluma de Mendizábal, como mi “¡Qué sola está la aurora rompiendo el día!, u otras no menos sonoras como la “ínclita arrogancia”, o una de mis favoritas por lo rebuscada, que dice “En el cielo se yerguen hoy verticales, ángeles con espadas de luz, triunfales”.

En fin, no creo que haya otra manera de terminar, aunque sea lo habitual que ¡mucha mierda!

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