sábado, 22 de marzo de 2014

"TODO LO QUE ERA SÓLIDO", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

No acostumbro a enseñar demasiado los libros que leo, cuando los llevo en la mano en público, en la calle o en la oficina, les doy la vuelta para no enseñar la portada, o antepongo algún papel irrelevante; no sé, es una manía que tengo, por aquello de no parecer demasiado pretencioso, o por el mismo hecho de dar a entender que leo de forma habitual; aparte de que enseñar lo que lees es una manera de mostrar parte de ti, de tu forma de ser, de tu pensamiento y hasta cierto punto de tu ideología.

Pero una compañera de trabajo me pilló, y sólo mirando la contraportada ya reconoció el libro que hoy traigo a colación, y me dijo un taxativo y breve «te va a gustar», acompañándolo con un gesto de reafirmación.

Pues ahí tuve el libro en mi mesita de noche unos días, macerándolo, que madurara por sí mismo, hasta que lo cogí por primera vez y me adentré en este ensayo literario que lleva por nombre «Todo lo que era sólido» y que se fundamenta en aquella situación que se generó en España antes de la crisis en la que se percibía ese estado del bienestar que alcanzaba a la mayoría de las familias de nuestro país, esos años del pelotazo, del boom inmobiliario, de las hipotecas casi de por vida, de las construcciones megalómanas e inútiles y del derroche y el gasto desproporcionado.

Todos asistimos a eso, es verdad, pero los ciudadanos de a pie no nos dimos cuenta, ni como señala Muñoz Molina, y eso es lo peor, tampoco aquellos que nos gobernaban o aquellos que por su posición o su capacidad de análisis tampoco captaron que en España lo estábamos haciendo rematadamente mal y que esto podía explotar.

Pues eso, que me leí las primeras páginas y ya fue un no parar, necesitaba empaparme de esas dosis de realidad que nos presenta este escritor y medio paisano mío. No tiene ninguna estructura ordenada el libro, está hecho adrede así, en plan tormenta de ideas, propone reflexiones, comenta anécdotas, realiza afirmaciones, y en cualquier caso, la rabiosa actualidad de lo abordado propicia que su lectura tienda a ser un todo indivisible que, de algún modo, te obliga a necesitar más y más de él y no permite que quede arrinconado durante días; lo dicho, bofetada de realidad en vena.

Lo que hace el flamante Príncipe de Asturias de las Letras es un auténtico repaso a todo lo que se mueve, un repaso en la acepción más violenta del término; no deja títere con cabeza, se mete y habla de bancos, gobernantes y políticos, empresarios, partidos, comunidades autónomas, ayuntamientos y anónimos ciudadanos como tú y como yo, nada queda sin escudriñar, nada queda sin analizar detalladamente, como un minucioso cirujano que va sorteando fases para cerrar la operación.

En esta España del desarrollismo brutal, Antonio Muñoz Molina nos presenta muestras, vomitivamente enormes, de las barbaridades que se hicieron en nuestro país y que hoy estamos pagando. Todos lo hemos visto, no ya sólo lo que ahora desentierran los medios de comunicación, sino que cualquier ciudadano ha podido vivirlo en sus propias carnes. Incluso en una ciudad modesta como la que yo vivo esas situaciones también tomaban cuerpo.

Produce asco y, como he dicho antes, también vómito, era aquella España de aeropuertos fantasmas en ciudades de provincias y museos en pueblecillos, es la España que hemos heredado de piscinas cubiertas para localidades de 5.000 habitantes, teatros o pabellones polideportivos para pueblos donde sobraría sitio si se metieran todos sus vecinos dentro. La España en la que, yo lo he visto, tenías que gastar diez para algo que sólo costaba dos.

Pero era un espejismo, todo lo que era sólido realmente lo parecía, quién tenía dudas de eso, había trabajo y eso tenía los tintes de ser eterno, ¿qué temer?, si había que meterse en un préstamo interminable que pagaríamos nosotros y nuestros hijos, lo hacíamos, porque no podíamos ser menos que el vecino de al lado, con casa perfectamente equipada, coche último modelo y a disfrutar de unas cómodas vacaciones en la playa cada año y a cuerpo de rey.

Ha habido españoles modestos, muchos, que simplemente por filosofía de vida nunca han hecho gastos exagerados y tendrán siempre los pies en el suelo, esos son los que siguen pagando el banquete de antaño.

El problema es que en este estado de crisis, y esta ya es una reflexión mía, hay que ver si hemos aprendido; a corto plazo desde luego que sí, pero olvidamos muy rápido los malos tiempos, y pasa como en las guerras que por muchas que haya habido en el pasado y por crueles que hayan sido, el ser humano sigue empeñando en enfrentarse a su semejante por los siglos de los siglos.

Si hay un capítulo que me llamó la atención sobremanera es esa crítica despiadada hacia las comunidades autónomas, germen del separatismo y del singularismo más cateto, y responsables en no poco de esta crisis. No es ya sólo el separatismo que percibimos, sino que cada cual trata de diferenciarse de los demás asacando tradiciones que apenas se remontan al siglo XIX. Refiere Muñoz Molina, en opinión que comparto, que más allá de las divisiones territoriales, España es muy parecida en todos lados, y que un paseo por sus calles en cada uno de sus puntos cardinales no ofrece diferencias sustanciales, añade además que precisamente aquellas comunidades que quieren independizarse son las que tienen más rasgos de españolismo por la fisonomía de sus calles; y es cierto yo he visitado Cataluña y algunos de sus pueblos se parecían enormemente a los que yo conozco de mi Andalucía natal.

Las comunidades autónomas, que nacieron como una idónea forma de estructurar el Estado, y de acercar las instituciones al ciudadano, se han convertido en diecisiete microestados, con sus propias embajadas, sus chiringuitos competenciales que solapan a los estatales o directamente están exentos de funcionalidad, sus presidentes que se creen tocados por la mano de Dios, sus televisiones autonómicas..., y en verdad, este negocio se ha revelado a lo largo del tiempo, que nos ha salido caro.

Aunque también le da un repaso a los ayuntamientos es más benévolo que con otras instituciones, será por deformación profesional mía, o será porque él fue funcionario del Ayuntamiento de Granada, imagino que en excedencia, aunque ya jamás reclamará su plaza por razones obvias.

También bajo esas estructuras teóricamente sólidas existían y existen personas omniscientes, no necesariamente ni cultas, ni inteligentes, ni preparadas, valga políticos y empresarios, con su séquito de asesores y/o limpiababas, que estuvieron en el momento justo y en el lugar preciso, y tal vez los mejores declinaron estar allí por prestigio, por calidad humana, por razón de ser o porque sí; a lo mejor por eso nos ha ido como nos ha ido, pero seguimos.

Hay que decir que no soy un aficionado acérrimo a Antonio Muñoz Molina, es más en el género novelesco no lo sigo o lo sigo poco, porque lo que he leído no me ha gustado; tengo un particular mal recuerdo de Sefarad que me pareció indigerible, pero he de reconocer que lo más me gusta es su faceta ensayista, casi periodística, basada en muchas vivencias personales, ahí lo borda, en este sentido, me causó una gratísima impresión su Ardor guerrero, que narraba sus andanzas en la mili allá por finales de los 70, época convulsa, y más donde tuvo que hacerla en ese País Vasco que convivía con el asesinato y donde los cuarteles eran el punto de mira.

Este libro tiene de todo y tiene muchas opiniones, no todas las comparto, es lógico porque Muñoz Molina las ve desde su púlpito y desde esa posición privilegiada, como vecino además de Nueva York donde reside desde hace años, y le falta un poquito de acercamiento a la calle, pero en todo caso, la cirugía que realiza es muy acertada. El problema es que quien tiene que recibir el mensaje se limpiará sus posaderas con el mismo.

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