sábado, 4 de enero de 2014

RAY LYNCH, MI PARTICULAR COMODÍN EN LA MÚSICA NEW AGE

Quizá sólo yo tenga esa sensación, pero a la música de Ray Lynch yo le llamo la música comodín, porque me ayuda en cualquier momento, tanto si estoy alegre y necesito activarme aún más, o si tengo algún bajoncillo y requiero de unas dosis de ánimo; también para meditar o leer, te permite evadirte.

A mí la música de Ray Lynch me provoca eso, es un estilo de New Age que tiene de todo y es diferente al resto. Ya es difícil que en la New Age ocurra, porque muchas veces te pones a escuchar a compositores actuales y son muy parecidos unos a otros, no encuentras apenas singularidades. No obstante, será porque llevo media vida escuchando a Ray Lynch, sé que su música es única, nada parecida a otras, particular y potente, inconfundible.

Y es cierto cuando digo que llevo media vida de idilio con Ray Lynch; estoy convencido de que fue uno de los primeros cinco músicos de New Age o de vanguardia que tuve el gusto de conocer en mi existencia. Era un habitual de Ramón Trecet en su célebre «Diálogos 3», cuando muchos jóvenes buscábamos o ser modernos, o una música que te acompañara en el tiempo de estudio y te ayudara a concentrarte.

A partir de ahí casi me atrevería a decir que no dejo pasar ni seis meses en los que me surja la necesidad de escuchar a Lynch, mi comodín, ahí está dispuesto a ponerme el parche que cualquier circunstancia vital solicita.

Puedo decir que es de los pocos músicos de los que me sé los títulos de algunos de sus temas, los reconozco en cuanto los oigo; alguna vez se han colado en televisión y me he sonreído en un guiño un tanto presuntuoso por mi parte.

En Granada tenía una cinta de casete (hoy decir casete parece casi un anacronismo) con una selección de sus mejores temas, y la tenía trillada. Por entonces, hace algo más de veinte años, el acceso a discos completos no era tan sencillo como ahora, y menos de música New Age, había un tráfico casi mafioso de grabaciones de estas nuevas músicas. La mayoría grabábamos directamente de la radio, aquello era muy rudimentario, es cierto, pero cuando aparecía alguien que había copiado de un disco original, las sucesivas copias se multiplicaban por mucho.

Tampoco hemos cambiado tanto, pues, ya que antes copiábamos de donde podíamos y ahora igual, sólo que ahora es facilísimo y de calidad. Bueno, sí ha cambiado algo recientemente y es que no hay necesidad de copiar y piratear, de acumular CDs y DVDs, cuando Internet te facilita ver y escuchar en directo lo que quieras. Así es, llevo apenas un año utilizando de forma rutinaria la plataforma de música Spotify, y me parece una maravilla, ahí está todo lo habido y por haber, es como un gran disco duro, instantáneo y siempre disponible.

Su música es mucho ordenador, pero no nos engañemos, Raymond Lynch, que es como verdaderamente se llama, acude a las tecnologías tras una sólida formación musical clásica; y ahí me tengo que sentir orgulloso de ser linarense, puesto que la mayoría de los mortales desconocerán que Andrés Segovia, este virtuoso guitarrista mundialmente conocido, tuvo una influencia decisiva en Lynch. En su juventud cayó en sus manos un disco del «Zapatones» (los que somos de Linares sabemos a que nos referimos con este apodo) y quedó tan cautivado de la profundidad, sutileza y variedad expresiva de la guitarra clásica y su música, que a partir de ahí nació su pasión por la guitarra española, aunque ya tocaba el piano desde los seis años.

Aunque nacido en el estado de Utah en Estados Unidos, se criaría en Texas y, de hecho, hizo sus estudios universitarios en la Universidad de ese estado, pero graduándose en filosofía y psicología, que poco o nada tenían que ver con su auténtica pasión. A partir de ahí, no sólo fue Andrés Segovia el único vínculo con España, sino que tras su periplo universitario, se trasladaría a Barcelona donde permanecería durante tres años para estudiar con otro maestro de la guitarra clásica, el burgalés Eduardo Sainz de la Maza. No perdió el tiempo Ray en su estancia por tierras catalanas y llegó a practicar con la guitarra no menos de ocho horas al día durante todo este tiempo de aprendizaje y perfeccionamiento.

Su vuelta a Estados Unidos no podía tener otro destino que el dedicarse por completo a la música: compone, enseña y también interpreta en solitario o con grupos; además, aparte de usar la guitarra también se convierte en un virtuoso del laúd. Hay que decir que estas incursiones en la interpretación musical lo eran con un repertorio absolutamente clásico: música barroca, renacentista y medieval.

Fue madurando Lynch, había hecho ya sus dinerillos, y se fue a vivir a Maine en una finca en medio del campo; ahí fue donde le vino bien el tener estudios universitarios de psicología, porque allí estuvo aislado durante un largo período de tiempo en el que al parecer desembocó en una tormenta espiritual de la que surgió un nuevo Ray Lynch, el de la New Age, corría el año 1983, y con cuarenta años había llegado su gran madurez personal y musical, creó «The sky of mind», le seguirían cuatro discos más hasta 1998, el último recopilatorio en el que incluyó tres temas nuevos.

Ha sido un artista, en esta faceta vanguardista, poco dado a visitar los escenarios, y ello no mermó su popularidad, con su segundo disco «Deep breakfast» vendió más de un millón de copias sin hacer ninguna actuación en público.

A mí el disco que más me gusta, tal vez porque tengo querencia a esa época mía universitaria en la que descubrí la New Age, es «Nothing above my shoulders but the evening», y también porque escuché ese disco por primera vez en «Diálogos 3», casi al mismo tiempo que salió al mercado.

Han pasado más de quince años desde su último disco y Ray Lynch nos dejó un legado musical corto pero intenso; a partir de ese momento se dedicó a la producción musical y tiene su propio sello discográfico. Como curiosidad y casi rareza, me chocó que hubiera participado con uno de sus temas en la banda sonora del juego de acción, macarra donde los haya, título de éxito entre adolescentes, Grand Theft Auto IV; ahí Lynch ha colaborado con el tema «The Oh of Pleasure», tema por otro lado, de los más populares que tiene.

En fin, quién mejor que él, un tipo con vínculos españoles y una raíz clásica rotunda para impulsarnos en una jornada de relax, o en otra no tan buena, porque estoy convencido de que al que la escucha, también le puede valer este comodín.

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