Hace unos años dedicaba una entrada al coleccionismo de sellos, la cual relacionaba con las emisiones en España de efectos postales de temática ajedrecística, lo que calificaba como una deuda pendiente, porque se han llevado a cabo emisiones de temática muy errática y rebuscada, pero el ajedrez estaba y está injustamente relegado en nuestro país.
Con ocasión de dicha entrada no dudé en recordar tangencialmente el Torneo Internacional de Ajedrez de Linares, al que se llamó el «Wimbledon del ajedrez», de hecho con esta competición se llevaba a cabo una exposición filatélica en paralelo y ahí veía sellos de otros países y, sin embargo, sellos españoles de esta temática ninguno. No sé por qué no le he dedicado una entrada nunca a este evento, que ya no se celebra tras la muerte de su creador, mecenas y visionario a la sazón, el empresario local Luis Rentero, aunque Linares sigue teniendo un vínculo potente con este deporte ciencia con la celebración de competiciones de diverso carácter.
Y digo que ya no le he dedicado una entrada a este evento y a lo mejor debiera porque tengo muchas anécdotas, aquel torneo lo seguía muchísimo, he de decir que soy tan buen seguidor del ajedrez como mal jugador. En aquella época de los años 80 y 90 que fue cuando el torneo tuvo su máximo apogeo, incluso el 2000, por Linares pasaron los mejores jugadores del mundo, no faltó ni uno, incluso el imberbe Carlsen por aquel entonces, yo estuve presente en todas las ubicaciones posibles, en el extinto e inexistente hoy Casino sito enfrente de Santa Margarita, Casa de la Cultura, Pabellón Julián Jiménez y finalmente en el Hotel Aníbal, propiedad del mismo Luis Rentero.
He visto a los mejores, tal vez el que faltó fue el polémico Bobby Fischer, que cuando empezaba a rodar el torneo y todavía en una edad perfecta para competir ya estaba sumido en una profunda depresión, y sus puntuales salidas e incursiones en los tableros fueron anecdóticas y turbulentas. Campeones y subcampeones del mundo, a la vista de un jovencito de provincias que paseaban por las calles de mi ciudad, que firmaban autógrafos, que se integraban con la gente… Grandes figuras como Karpov, Kasparov, Korchnoi, Tal o Anand... estuvieron por aquí; Linares en el centro del universo ajedrecístico.
Y yo creo que había dos variables que se juntaban para que estos grandes jugadores se sintieran a gusto. Una es obvia, aquí y en cualquier sitio, el ajedrez no es un deporte de masas, no levanta pasiones, la opinión pública en general que no tiene muchos conocimientos de este deporte apenas conoce a las figuras, si acaso Magnus Carlsen, pero como mucho en su país o en círculos muy reducidos; y la segunda variable es que Linares es una ciudad media, gustosa para pasear, ni muy grande como para perderse ni muy pequeña como para no encontrar ciertos remansos de paz y la gente que no los conocía no les hacía ni caso, y los que sabíamos quiénes era, diría que un buen nutrido grupo de personas, nos pareció natural ver a grandes figuras de su ámbito haciendo cosas mundanas sin necesidad de agobiarlos, ni pedirles una foto (antes no había móviles, de lo contrario hoy tendría un montón de selfies con todos aquellos genios) o un autógrafo si te los encontrabas en cualquier lado.
En esos muchísimos años, décadas, como digo, fuera de los torneos, los ajedrecistas tenían vida, y no necesariamente para permanecer en las habitaciones de sus hoteles analizando partidas; salían, paseaban, se le veía en los bares, incluso se casaron aquí, el caso más paradigmático es el del jugador yugoslavo Ljubomir Ljubojevic, que encontró pareja autóctona y no sé si llegaría a afincarse aquí, creo que sí, aunque lo cierto es que hace años que no lo he visto por las calles de Linares. Había algún otro caso más, e incluso líos de faldas que prefiero obviar.
A esos jugadores les hacían rutas turísticas los días de descanso y les proponían actividades fuera del ámbito de los escaques, recuerdo una vez que disputaron un partido de fútbol en Linarejos contra profesionales de la prensa.
Otra anécdota, quiero recordar al ajedrecista británico Nigel Short que disputó aquí, si la memoria no me falla, una final del Torneo de candidatos, un enfrentamiento entre dos ajedrecistas, el otro creo que era Sokolov, que permitía enfrentarse al que resultara ganador contra el campeón mundial en ese momento que sería Kasparov. Lo veía paseando por las mañanas y los días de descanso, de camino hacia el santuario de la Virgen de Linarejos, como si fuera «der gachi» de toda la vida.
No obstante, hecho este preámbulo hoy voy a contar una historia pequeñita, entrañable si se quiere, una anécdota, una curiosidad que dudo que mucha gente en el mundo conozca acerca de este gran maestro al que hoy rindo mi particular homenaje.
Este domingo conocí que el neerlandés Jan Timman había fallecido la pasada semana, ajedrecista que fue un clásico de los torneos de Linares de los 80 y 90; un tipo con una larga melena como de científico loco, un poco al estilo de Eduard Punset y, desde luego, recuerdo que de trato muy afable. Timman fue una rara avis en el universo ajedrecista, en una época en la que el dominio del ajedrez estaba en los países del este de Europa y en especial en la Unión Soviética, posteriormente desmantelada pero que no perdió la tradición en este deporte, los jugadores «occidentales» no es que fueran minoría, que no lo eran, sino que de los cien primeros del mundo apenas representaban un 10 %, y rara vez inquietaban a las grandes figuras. Jan Timman fue, sin embargo, una de esas excepciones, uno de esos jugadores de la Europa democrática que sí que se codeó con los mejores, que ganó a todos en diferentes momentos y que fue durante varios años el mejor jugador «occidental» del mundo.
Dentro de ese universo tan particular de los ajedrecistas, tomados como genios locos, algo desaliñados (doy fe de que algunos se descuidaban bastante, en sus ropas y en su limpieza persona), muchos de ellos eran superdotados y tal vez no se le haya dado la importancia justa a este último aspecto; no han tenido ni tienen buena imagen en general, o básicamente no son populares, y creo que tales talentos y mentes maravillosas podrían ser más trascendentes para nuestra sociedad, ser referentes en otros ámbitos y no exclusivamente en los tableros. El gran Garry Kasparov abandera en cierta manera ese espíritu, siendo portavoz de las injusticias y tropelías que lleva a cabo Putin, por poner un ejemplo.
No me cabe ninguna duda que Timman era uno de esos superdotados (del ajedrez y de cualquier otra disciplina a la que se hubiera querido dedicar) y, por cierto, no daba esa imagen prototípica de desaliñado, quizá un poco de genio loco sí, por aquello de esa larga melena al viento, que no abandonó, lo he comprobado, ni hasta el final de sus días.
Y aquí viene la anécdota, porque comenté más arriba creo ser poseedor de una habilidad de Timman que poca gente conocerá, si acaso su familia y conocidos, que lo desconozco. También he comentado que los grandes maestros y figuras del ajedrez a lo largo de la historia tenían altas capacidades, eran mentes privilegiadas capaces de trabajar con su mente en rangos distintos que el resto de los mortales.
Pues debería correr algún día normalito, seguro que enero o febrero de la década de los 90, que si no recuerdo mal eran los meses en que se celebraba el Torneo; voy a tirarme el pegote ahora, nunca he sido un estudiante empedernido en mi época juvenil porque con poco me daba para ir sobrado, estoy hablando de la enseñanza media, así que no tenía problema en dedicar mis tardes a hacer cosas que me gustaban, y una de las que más era ir a recreativos, tanto a jugar como a ver. Sí, yo viví la época de los billares, futbolines, pinballs y la explosión de los videojuegos. En Linares el santuario de los recreativos y los videojuegos era los Billares París, donde aparte de mesas de billar, futbolines o mesas de ping pong, tenían un espacio inmenso donde iban trayendo los últimos videojuegos del mercado, creo que estaban bastante a la vanguardia. Y en aquella tarde de aquel día normalito, ¿a quién me encontré jugando a una maquinita? Sí, a Jan Timman.
Claro que al principio me dije, no puede ser, pero sí, sus pelijas (ya no se utiliza esta palabra, soy un pureta, ni esta tampoco, jajaja) lo delataban, así que me acerqué, estaba solo, estaba jugando al Tetris, ese juego tan de moda en los 80 y 90, y diría que dentro de los cinco más jugados e influyentes de la historia de los videojuegos. Así que me coloqué a su lado, lo cual era habitual también en los recreativos, uno jugaba y los demás veían; ese hombre estaba enfrascado en colocar los bloques y llamaba la atención que un señor maduro de unos cuarenta años estuviera jugando a un videojuego, si tenías más de veinticinco o treinta años no pegabas en un sitio de esos. Probablemente aquella tarde se podría haber quedado casi en una más si no fuera porque Timman demostraba una destreza inusual, de hecho, tengo la certeza de que jamás vi jugar a nadie como él.
Yo creo que casi todo el mundo ha jugado alguna vez al Tetris, yo diría que un porcentaje importante de la población mundial, por lo que me concierne mis prestaciones siempre han sido muy modestas, en los primeros niveles es relativamente fácil, pero en cuanto las piezas cogen una cierta velocidad ya no puedes procesar tan rápido, se empiezan acumular bloques de distintas formas, huecos que no consigues rellenar, tu mente colapsa y ya los dedos no funcionan como nos gustaría.
Y sin embargo Timman me permitió descubrir niveles y velocidades que jamás había visto yo antes; en ese momento confirmé que los ajedrecistas trabajan la mente a una velocidad distinta al resto. Timman y yo, yo y Timman, mirando ambos a la pantalla, de vez en cuando yo miraba sus dedos, su mirada, y él me miraba a mí, fugazmente, pero era consciente de mi presencia, y por un momento, por darle un toque poético al asunto y porque así siempre me lo creído yo, Timman y yo estuvimos jugando a la par, compenetramos nuestras mentes, quince minutos, tal vez más, que pudieron ser un mundo, esa atmósfera particular que creamos él y yo, nadie más, quizá yo era el único visitante de los Billares París que sabía quién era Timman, y jugué con él y compartí ese rato con él, y desde siempre llevé esa anécdota conmigo y jamás se le conté a nadie, consciente de que a nadie le interesaría más que a mí.
Así que Timman nos dejó el pasado día 18 de febrero en Arnhem (Países Bajos) a los 75 años, y aquí mi modesto homenaje a alguien a quien tendré en mi recuerdo para siempre.


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