"GOZO", DE AZAHARA ALONSO

«Gozo» es toda una declaración de intenciones de la autora, Azahara Alonso, filósofa a la sazón, en una de esas historias que, pese a su reducido tamaño, da para reflexionar casi en cada renglón, ahora veremos el porqué de todo esto. El libro viaja entre la novela y el ensayo, un ensayo que podría ser filosófico como la escritora, pero que en realidad es un estudio antropológico y sociológico, muy probablemente, disciplinas todas ellas que han de estar emparentadas con toda seguridad y a veces no se sabe donde empieza una y donde acaban las otras.

Y es que, para empezar, Gozo es un juego de palabras en sí mismo, el primero y que es la excusa del libro es que se trata de una isla de Malta, la segunda en tamaño, y gozo, esta vez sí, escrito en minúscula, porque la autora, en un relato que seguro que tiene mucho de autobiográfico, experimentó esa sensación en una estancia sabática en aquella isla durante un año.

Se presenta como novela aunque no ocurre nada especialmente relevante, una chica y su novio llegan a la isla, se alojan, se relacionan y disfrutan del placer de una vida donde el trabajo no es lo relevante. Y ahí se halla la piedra angular del libro, porque Azahara Alonso nos acerca un contenido inspirador y reflexivo sobre varias de las constantes que seducen al pensamiento sociológico actual: el trabajo, el tiempo libre, la gentrificación, la turistificación, el descanso, el borreguismo…

Gozo como isla en particular y Malta como destino en general escenifican perfectamente el año sabático de esta chica con su pareja J. (solo la inicial y el punto, porque el periplo no va de amor, si lo hay se lo guarda, todo es más profundo incluso que el amor, es una radiografía social). Y si pensamos en Malta lo primero que se nos viene a la cabeza es el 12 a 1 que, por cierto, mi tío cura me lo mentó en la homilía de mi boda, sabedor de mi inclinación hacia el balompié, pero ahondando un poco vemos que apenas sabemos demasiado sobre esta isla en mitad del Mediterráneo, al sur de Italia. Su extensión es poco más del doble del término municipal de Bailén o Linares, aunque eso sí, con una importante densidad de población, porque viven medio millón de personas. Es un país caleidoscópico e intrigante como poco, profundamente católico donde hablan un idioma derivado del árabe aunque con influencias del italiano y el inglés, lo que denota la amalgama de culturas que allí se concentran.

Mientras la protagonista pasa ese año en la isla se suceden numerosas vicisitudes que le dan pie para presentarnos variadas argumentaciones de reputados filósofos y sociólogos en relación con el sentido de la vida, del trabajo y del tiempo libre. ¿Por que estar un año disfrutando de la vida, y por qué no? Es obvio que para ello hay que permitírselo, pero es verdad que en esta vida hemos santificado el trabajo excesivamente, es lo sustancial, y el tiempo libre es lo accesorio; invertimos los mejores años de nuestra vida en formar parte de una fuerza de trabajo, ocho horas diarias, la actividad que más ocupa de forma continua el tiempo más importante de una existencia finita que a veces se nos antoja paradójicamente eterna. El día que dejamos de trabajar es para mucha gente su muerte (hay gente que muere a los meses de su jubilación, su vida no tiene sentido, he conocido personas así, y desconectan sin querer), y cuando puedes disfrutar del tiempo libre, precario buena parte de tu existencia, lo que ya es precaria tu edad, y más que eso tu salud.

De hecho todo lo anterior es una reflexión que ya llevo mucho tiempo haciéndome, el trabajo tiene que ser lo secundario, lo instrumental, no puede robarte ni el tiempo, ni la salud, ni la vida, pero qué fácil es decirlo. No sé si llegaré a mi jubilación y habré revertido esto, cuando me voy al Camino de Santiago pienso que ese es mi trabajo real y cuando vuelvo al trabajo cotidiano intento considerarlo como vacaciones (pagadas, jajaja), aunque bien es cierto que por el momento se queda en intento, cuando vuelvo la onda expansiva dura unos días, unas semanas, al final vuelvo a ser un workahólico, es difícil salir de esa maraña, tal vez el ejemplo me lo dio mi padre, su vida fue trabajar y lo segundo que hizo pero a mucha distancia fue disfrutar de su tiempo libre, era muy responsable. Yo intentaré que mi tiempo libre se acerque lo más posible a un equilibrio y pretendo jubilarme haciendo de mi tiempo libre mi trabajo.

A Azahara Alonso la isla de Gozo también es un argumento para hablar del turismo en mayúscula, el fenómeno de viajar, que redobla su empeño año tras año, y que hace que el personal se obsesione por ir a sitios no tanto por disfrutar y sí, en muchos casos, para alardear que «yo estuve allí». Y es verdad que parecería chulo ir a la Torre Eiffel, al Colíseo Romano o al Puente de Londres, yo qué sé, pero hay herramientas para verlo mejor desde nuestro móvil que in situ.

Nos empeñamos en visitar lugares a miles de kilómetros de nuestra casa y ni siquiera nos preocupamos de visitar los lugares de nuestro propio entorno o nuestro propio pueblo, tal vez habría que empezar por ahí.

La autora defiende una filosofía del «no-lugar», algo que de algún modo yo defiendo, por qué ir a los sitios para visitar lo que todo el mundo visita, o es más por qué no ir a los pueblos que no tienen nada. Durante buena parte de mi vida me ha gustado visitar sitios que no aparecen en ninguna guía, perderme en un laberinto improvisado, y saber que eso que yo hago y yo visito no lo visita nadie, ese es mi privilegio, y ello subyace en este relato, no va a Gozo para ver lo que todo el mundo ve, hay multitud de sitios en esa isla chiquita que te ayudan a conectar mejor con la esencia de los lugares.

Dentro de la gran cantidad de reflexiones que inspira este libro también está latente el fenómeno de la turistificación, y Azahara separa claramente que en cualquier lugar turístico las personas se distribuyen en dos grupos: las que están a favor y las que están en contra. Aunque sea una perogrullada es que así, no hay gente indiferente, los que se benefician del turismo no pueden estar más de acuerdo, los que sufren ruidos sin contraprestación alguna pondrán pegas de todo tipo.

Desde luego que al turismo, casi tomado como ciencia, hay que darle una vuelta, tenemos que dejar de ser borregos, hay que abrir la mente y fomentar que los no-lugares también pueden ser visitables, como una manera de repartir un pastel que tiende a engordar generación tras generación. Quizá el mejor no-lugar sea el campo, caminar y disfrutar respirando, percibiendo que lo que ves hoy, como la naturaleza es cambiante, mañana no será exactamente igual, reivindicando lo que decía Heráclito de que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque el cauce puede ser distinto, la orilla estará más adelante o no, la piedra ya no estará en la misma posición...

Descansemos la mente y el corazón, también es importante, disfrutemos del tiempo libre como el momento más importante de nuestras vidas, quizá acuñando la filosofía que destila este libro el mundo cambiaría sustancialmente.

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