REVOLUTIONS, EL DISCO DE JEAN MICHEL JARRE QUE SE ADELANTÓ AL FUTURO, AÚN HOY

Tengo la sensación, siempre la he tenido, aunque sorprende que en el presente también, de que apenas comencé la andadura de este blog ayer, aunque obviamente miro hacia atrás y han pasado muchos años, pues lo inauguré en enero de 2010, o sea, más de una década y media, y debería haberlo empezado antes, supongo.

Pues la entrada que traigo hoy aquí rememora en cierta forma a otra que justo cumple trece años, pues la publiqué el 9 de marzo de 2013, en aquella entrada titulada «Gallipoli, Jean Michel Jarre y discos Melgamusic» recordaba mis años estudiantiles en Granada, de los que me separaban por aquel entonces un par de décadas, ahora ya los años se van acumulando. Dicha entrada hacía referencia a mi pasión por Jean Michel Jarre, por sus composiciones para películas, especialmente esa «Gallipoli», y todo ello lo conectaba con una tienda de discos que existía, ya se cerró hace muchos años (porque el mundo de la distribución cambió, más o menos en la primera década de este siglo) y que se llamaba Melgamusic, esquina calle Pedro Antonio de Alarcón con Infanta Beatriz, calle esta última en la que viví dos años.

Pese a no disponer de mucho dinero puesto que dependía enteramente del esfuerzo económico de mis padres, aquella tienda era toda una tentación y no me pude resistir a hacer uno de los gestos más modernos de mi vida, así me lo imaginé yo siempre. Por primera y única vez en mi vida compré un disco nuevo recién salido al mercado, en 1988, «Revolutions», se había estrenado a finales de verano de aquel año y yo me había hecho mi regalo de Navidad y me compré la cinta, sí, era la época en la que todos teníamos radiocasete y era el formato más utilizado.

Esta es otra de las neuras de mi vida, a riesgo incluso de pecar de presuntuoso, y es que siempre he intentado ser moderno, o más exactamente intentar estar a la última en determinadas cosas sin que el mundo me supere, y si cabe buscar la vanguardia allá donde esté pues también. Aquel disco de Jarre me pareció, como digo, un gesto de vanguardia, porque el disco se me antojaba que pulsaba el futuro, que se adelantaba a él; y yo estaba ahí, escuchando ese disco al que le di cien mil vueltas en el radiocasete, especialmente aquella Navidad de 1988, y que me parecía absolutamente portentoso.

Era la época en la que la informática y los ordenadores personales tal y como los conocemos hoy eran algo balbuciente. Desde luego nos preocupaba relativamente no saber qué era una computadora, tal vez sabedores de que el futuro democratizaría su acceso, toda vez que por aquellos años los precios eran prohibitivos y su operatividad era muy limitada, apenas para procesar textos y para jugar; pero ya comenzábamos a percibir que el futuro pasaba por ahí.

No obstante, a mí me interesaba mucho la tecnología, era algo hipnotizante, adonde había una máquina o un cacharro nuevo del que desconocía su uso ahí estaba yo para tratar de conocer sus entrañas. Había por aquel entonces unos grandes almacenes en Granada dedicados a la venta de electrodomésticos, discos y tecnología que celebraban cada año a bombo y platillo una especie de feria de la tecnología, creo que se llamaban Sánchez y también creo que ya no existen, y es que ponían publicidad por todos lados, en radio, en marquesinas, en coches con megafonía…; yo tenía la sensación de que el futuro pasaba por pasar por allí en esos días; es obvio que más que una feria era una estrategia de marketing para vender más. Obviamente yo no tenía pretensión de comprar pero sí de no perderme por dónde se agitaba el mercado de la tecnología, y no traían malos productos, me refiero a que hacían un esfuerzo en disponer de las últimas novedades de la informática, que era en lo que yo más me fijaba.

Ya aquella Navidad casi nos planteamos en casa que en algún momento no muy lejano debíamos comprar un ordenador, pero por entonces no había expertos, el que sabía era un auténtico gurú secuestrado por una palabrería técnica a la que el resto de los mortales apenas podíamos entrar, pero a mí me daba igual, o sea, que no sufrí por no disponer de ese ordenador, porque yo tenía Revolutions de Jarre, y porque en mi ordenador tocho, como todos los de aquella época, me lo ponía en bucle.

Por aquel entonces yo ya me había hecho con toda la discografía de Jean Michel Jarre, entonces grabábamos de una cinta a otra y así sucesivamente, la clase media compraba cintas con base de hierro, cuando querías elevar el nivel entonces comprabas cintas de cromo, que valían más, y ya para los muy melómanos dicen que había unas de metal, pero yo nunca supe de ellas. Así que teniendo toda la discografía y disponiendo de unos muy buenos conocimientos sobre la trayectoria de este visionario compositor francés, cuando escuché Revolutions por primera vez me dije que era el trabajo más arriesgado que jamás había hecho él hasta ese momento, representaba auténticamente una revolución, con unos temas que evocaban mucho a una revolución tecnológica y también industrial, era como una vuelta de tuerca a aquellos «Tiempos modernos» de Chaplin, con sonidos de máquinas, ruidos metálicos como si estuviéramos en una herrería o en unos altos hornos, pero también sonidos de computadoras.

Sí, era un disco ambicioso, y también uno de esos que no podía parar de escuchar, aún hoy. Había siete temas en ese elepé, ya casi no se dice elepé y con esa duración perfecta de unos cuarenta y cinco minutos (perfecta para grabar a su vez en una cinta de 90, donde podías meter dos elepés), con cinco temas en el cara A (aunque el tema Industrial Revolutions es uno solo en sí dividido en cuatro partes) y cinco en la B, ya digo que con mucha evocación tecnológica, pero con algún que otro guiño a lo tradicional, a una música menos barroca, más pop, tal y como ocurre con las dos últimas, «September» o «The emigrant». Este último tema tiene una importante carga sentimental porque claramente trata de explicarnos que cualquier revolución (industrial) hoy en día, especialmente en el mundo occidental, no es posible sin la presencia de mano de obra foránea.

Y reitero que escuchar «Revolutions» es como pulsar el futuro, como ir por delante del presente como descubrir que estás en la vanguardia, que no hay nada más moderno que eso, en ningún momento, sí, también hoy.

Probablemente «Revolutions» no fuera tan influyente como «Oxygène» o «Equinoxe», o el mítico «Magnetic Fields» más recordado si cabe por aquellos no menos revolucionarios conciertos que dio en China, Pekín y Shanghai en 1981, pero lo que sí es cierto es que este «Revolutions» supuso un cambio de paradigma para Jarre, fue una especie de autoconvencimiento de que había más espacio sonoro en los confines de la música ambiental y se le abrían nuevas tendencias que luego pudimos ver en múltiples compositores de la New Age, en lo que supuso, esa sí que una revolución de verdad, estas nuevas músicas en las décadas de los 80 y 90.

Por último, no quiero dejar de acordarme de una anécdota un tanto disonante, y es que la música de Jarre era tan popular que por muy vanguardista que pareciera aun así era comercial, es decir, Jarre estaba en los 40 principales, y recuerdo que este disco o alguno de sus temas sonó en esa radiofórmula, y el locutor de entonces, el muy popular José Antonio Abellán, seguramente nada apasionado de este compositor dijo despectivamente que Jarre se había pasado de tuerca y que se había convertido en un mesías.

Pero eso es lo que tiene la música, que cada uno la percibe como quiere, a mí sí que me pareció mesiánico el disco, pero para bien, después de ese disco Jean Michel Jarre cambió y sus discos fueron más introspectivos, menos para las grandes masas, la fama ya la había logrado y ahora jugaba a experimentar.

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