CAMINO DE SANTIAGO "EL DE MADRID DESDE VALLADOLID", "EL CAMINO DEL SALVADOR" Y "EL CAMINO PRIMITIVO". VIAJE INICIÁTICO IV

Han pasado ya algunos meses, unos cinco, desde que afronté mi cuarto Camino de Santiago, diría que el que menos planifiqué, sabedor de que la experiencia adquirida de los anteriores viajes (iniciáticos) me daba la confianza de poder emprender este nuevo reto con la seguridad de que saldría bien. Incluso diría que tenía menos ilusión que otras veces, tal vez fueran menos nervios, menos presión, no quería resarcirme de nada, tenía paz interior, afrontaba un trabajo y ahora comentaré por qué.

Sí, este ha sido el cuarto, y cada uno de ellos podría ya definirlo, porque como creo haber reflejado esto en el blog, siento que mi vida es salir a la naturaleza, es mi trabajo principal, y el resto del tiempo estoy de vacaciones en mi rutina, el problema es que el tiempo que dedico al primero es infinitamente más pequeño que el segundo, todo un contrasentido pero toda una realidad dado que tienes una existencia normal tirando a anodina, un trabajo remunerado, una familia, una vida social, una rutina. Y ciertamente lo peor de todo lo anterior es la rutina y el trabajo remunerado, por ese orden, porque cada día se parece mucho, demasiado, al de ayer y así sucesivamente, y porque mi empleo es cada vez más tenso y desasosegante.

El primer Camino fue el descubrimiento, el segundo la confirmación, el tercero la épica y este cuarto podría definirlo como el del conocimiento interior. Leí hace no mucho a una filósofa que expresaba que la relación entre el hombre y su trabajo es potencialmente mucho más compleja que el modo en que se presenta en la religión, es decir, la gente es más fanática con el trabajo que con sus ideas, lo que sustenta la vida de muchas personas, que no serían nadie sin ese cometido diario; en mi opinión es cierto que un trabajo te da dignidad pero no puede ser tu centro de gravedad.

Como ya pasó en otros caminos anteriores conocí a gente, y especialmente a un peregrino griego con el que compartí muchos ratos agradables y espirituales. Mijalis Nestramiotis, que así se llamaba, fue ese complemento ideal para ilustrar un recorrido intenso en lo sobrehumano. A él le pregunté por qué hacer el Camino y me dijo que simplemente porque le gustaba andar. Y sí, no puede haber definición más simple y más profunda a la vez, y que yo suscribo; caminar y caminar es mi sino, es como si quisiera hacer de ese momento mi profesión, disfrutar del tiempo libre con las interrupciones rutinarias de la vida, y ahí va todo lo imaginable.

Al igual que en los recorridos anteriores he dejado que pase un tiempo para que desaparezca de mi mente lo superfluo y aflore la esencia; sigo aprendiendo en cada nuevo Camino, en este sin demasiadas movidas en mi cabeza y con la cierta presión de la rutina, que se fue afortunadamente a los tres o cuatro días de emprender el Camino, quizá la principal lectura que saco de este cuarto viaje iniciático es que cuando pasas tantas horas caminando en sitios por los que no has pasado jamás y muchos de ellos de una extraordinaria belleza, pues uno deja de ser persona y es espíritu, es de los pocos instantes de mi vida en los que puedo tener la mente ligeramente en blanco o, en todo caso, sólo estoy concentrado en la naturaleza sin cualquier otro condicionante ni locuras que contaminan mi cerebro.

El tercer Camino al que califiqué de muy bestia y que casi definía como irrepetible porque llegué a hacer una media de 47 km diarios, no anticipaba lo épico y también esforzado que podría ser este. No he contado los kilómetros aunque serán menos y una media inferior, pero no le resto dureza porque algunas etapas fueron complicadas por la climatología y por la orografía, en concreto, tres de ellas que me pusieron al límite y que, como no puede ser de otro modo, superé satisfactoriamente.

En realidad este cuarto Camino era un reto que tenía pendiente desde el anterior. El realizado en noviembre de 2024 estaba diseñado para empezar en Pamplona, como ocurrió, pero al llegar a León la idea era hacer El Salvador (o San Salvador, que también se le llama así) hasta Oviedo y desde allí el Primitivo, pero entre que un «cuñado» que me encontré en un albergue y que el tiempo no daba bueno porque me podía encontrar nieve en el puerto de Pajares, etapa del camino El Salvador, pues decidí continuar por el clásico Camino Francés, pero esta vez sí, esta vez me adelanté un poco a las previsibles nieves invernales y comencé en octubre pasado.

Más allá de afrontar esos dos Caminos, había un reto principal que rondaba mi cabeza desde que en el segundo Camino conocí a mi buen amigo, y confidente cuando hago el Camino, Kiko, un malagueño saladísimo que me hace de guía espiritual cuando voy por esas trochas de Dios. Él me comentó que su padre es otro ido de la olla con esto del senderismo y que había una etapa mítica en el Camino Primitivo que es muy dura, casi treinta kilómetros sin avituallamiento y que discurre por montes de perfil medio en el corazón de Asturias, la archiconocida para los que nos movemos en este mundillo etapa de Hospitales. Pues el padre de Kiko la había hecho con nieve, de casi medio metro en algunos puntos, y casi tuvieron que rescatarlo guardias civiles. Así que para mí era un reto, aunque obviamente no quería que fuera suicida, pero sí, quería hacerla de una vez y convencerme de que no me superaría.

A medida que se alejaba el verano y nos adentrábamos en el otoño tenía que ir programando tanto mi trabajo como mis compromisos familiares para emprender este cometido principal de mi vida, y la idea era que con el Camino San Salvador y el Primitivo se me quedaría muy corto, porque ando mucho y podría hacer dos etapas oficiales en un solo día, por ello necesitaba empezar más atrás y, a ser posible, no repitiendo etapas que ya había hecho en otras ocasiones.

Por suerte el mapa del Camino está bien repleto de colores y recorridos diferentes que se entrelazan y convergen, y eso permite casi salir desde cualquier lugar de España, y los que se están proyectando en un futuro próximo, porque como producto turístico está en alza, y como dicen los expertos en esta materia el Camino se está desestacionalizando y los que repetimos queremos hacer nuevas rutas y disponer de lugares para comer y dormir. Así que me dije que un Camino que podía estar muy bien que tanteara es el de Madrid, que también se inauguró oficialmente no hace mucho tiempo y que preveía que no estaría muy concurrido en esa época, porque huyo de las aglomeraciones, no de la gente; así que me dije que podía empezar en Valladolid, la capital castellanoleonesa no es propiamente ruta del Camino, pero nunca había estado allí y me hacía ilusión estar medio día en ella y conocerla. Desde Valladolid hasta converger en el Camino de Madrid apenas hay veinte kilómetros y la conexión era fácil de hacer.

Una vez más acudí a la interesante y razonablemente competitiva aplicación de coches compartidos BlaBlaCar, para marchar desde Linares a Valladolid en la mañana de un muy lluvioso 26 de octubre pasado. Lo cierto es que no habría contado nada del viaje si no fuera porque la persona que me llevó en su coche era bastante interesante. Julián Díaz Bajo venía de un congreso de Semana Santa en Úbeda, militar ya en la reserva estuvo en varios conflictos bélicos, entre ellos en la antigua Yugoslavia, y me contó interesantes vivencias en lugares donde el límite entre la vida y la incertidumbre era muy difuso. Como buen semanasantero me ilustró sobre los tres orígenes posibles de la Semana Santa tal y como la concebimos hoy; y para culminar el repaso por su heterogénea vida me comentó que era comentarista habitual de Televisión de Castilla y León en las procesiones de Semana Santa y a la sazón y dada su pasión cofrade me apuntó que había conseguido hace unos años, cuando era alcalde de Valladolid el ínclito Óscar Puente, al que conocía personalmente, que se instalara un monumento al cofrade al lado de la céntrica iglesia de Santa María de la Antigua, y que él y su hijita habían servido de modelos al escultor de la obra. Llegué para la hora de comer y tuve la tarde para ver el centro de Valladolid, ajetreado y moderno, tanto que el propio Julián me refirió que era una de las ciudades con mayor transformación urbana en el último siglo, casi a la altura de otras ciudades alemanas que fueron completamente devastadas durante la Segunda Guerra Mundial. Durante aquella tarde me hice la foto al lado del monumento cofrade con la figura de mi inopinado conductor y su hija, me di una vuelta por su excelsa Plaza Mayor, paseé por la ribera del Pisuerga, llegué hasta la alfombra roja de la SEMINCI y me hice una foto, como buen bailenense adoptado, en la calle Bailén de dicha capital. Me alojé en un albergue para ir enfocando mi propósito y aquella noche tuvo algo de movida porque la poli entró de madrugada en mi habitación para llevarse a un chaval árabe.

Como siempre recuerdo, intento que mis jornadas no estén demasiado planificadas, miro más o menos lo que voy a hacer al día siguiente, durante la mañana preveo dónde voy a dormir, y mis aliados son las aplicaciones Gronze, de geolocalización, y Buen Camino; en cualquier caso huyo bastante de mirar los perfiles de la etapa del día porque siempre quiero disponer de ese punto de sorpresa que tanto me encanta cuando hago el Camino.

Etapa 1, 27 de octubre. De Valladolid a Castromonte. En principio para este nuevo Camino tenía la idea de no hacerme etapas de cincuenta kilómetros diarios, como hice en el anterior, pero sí un buen puñado de kilómetros, suficientes para ocupar toda la mañana hasta el mediodía, y luego parte de la tarde, con el requisito autoimpuesto de que jamás se me hiciera de noche caminando. No obstante, hay algo que siempre juega a mi favor y es que me pongo muy temprano en marcha por lo que es muy fácil dejarme llevar y acumular muchísimos kilómetros incluso llegando a la hora del almuerzo. Apenas salí de Valladolid desayuné en un bar de una zona de polígonos industriales donde recibí una llamada de la Policía local de Mancha Real en la que me informaban de que la documentación que mi hijo había perdido hacía dos días en un centro comercial de Jaén estaba allí depositada, me quité un pequeño peso de encima, y es que soy anónimo pero no tanto. El recorrido de ese día era plano, mucho terreno cerealista, el clima fantástico y en cuanto conecté con el Camino de Madrid pasé por ese curioso pueblo que tiene la particularidad de ser el único de España que empieza por «w», Wamba. Mediando el día leí que tenía que pasar por Peñaflor de Hornija, del que se decía en las guías que parece estar a la misma altura que por donde caminas, en un páramo, pero engaña porque un par de kilómetros antes tienes que hacer una bajada y luego una subida pronunciada que apenas me incomodó; allí comí bastante bien en un bar y continué unos kilómetros más después para acabar en Castromonte, me dieron las llaves del albergue (unas antiguas escuelas) en el bar del pueblo, y allí estuve solo en mi primera jornada. Kilometraje oficial: 35,5. Kilometraje con Strava: 37,53. Pasos según Strava: 42.246.

Etapa 2, 28 de octubre. De Castromonte a Cuenca de Campos. Diría que esta fue de las etapas más bonitas desde el punto de vista humano, no de este camino sino de todos los que he realizado. Vayamos por partes porque salí tempranito y con la idea de desayunar en el Teleclub de Valverde de Campos, un pueblito de apenas noventa habitantes y que estaba a nueve kilómetros de mi punto de partida. Cumplí con el compromiso en un sitio moderno y confortable, qué importante son los bares en estos pueblos de la España vaciada, los vecinos van allí cada día a un café, a una cerveza, a comprar el pan, para ellos es más una obligación vital pues con ese compromiso socializan y garantizan que el negocio permanezca abierto año tras año, eso lo vi aquí y en otras muchas aldeas de este reto. Departí con el dueño del negocio hablando de fútbol en una mañana muy apacible. A eso de las 12 llegaba a Medina de Rioseco, pueblo de esos que tiene pinta de ser mayor que lo que luego dicen sus cifras, pero estos pueblos castellanos funcionan como pequeñas zonas de servicios para los pueblos de alrededor. Esa jornada no me paré a comer en ningún sitio, llevaba provisiones, siempre las llevo, tampoco encontré ningún sitio idóneo; cuando como por el camino gano tiempo y en esta etapa me había planteado hacer una tirada larga para llegar a Cuenca de Campos, sí, todos estos nombres evocan la comarca de Tierra de Campos, meseta castellana, áspera y cerealista.

Llegué superando las 5 de la tarde y aquí llega esa historia tan humana y entrañable. El Camino de Santiago se ha convertido en un negocio, a nadie le extraña, es una fuente de recursos para localidades a las que un día les tocó la lotería, y algunos se aprovechan del turismo peregrino, el espíritu que alimenta el Camino en su esencia se ha perdido mayoritariamente, es raro que te encuentres con lugares donde puedas dormir o tener una cena comunitaria, con todo el sentido de compartir una comida con gente que se une por una pasión común, y donde se ofrezca un donativo por esa hospitalidad, por eso se les llama hospitaleros a los que regentan los albergues, y por eso son hospitales lo que hoy son residencias sanitarias que en el pasado eran un solaz de paz y acogimiento.

Llamé al teléfono que había en el albergue (un antiguo edificio municipal) donde aterricé, había comprobado en las redes que el albergue de esta localidad está abierto todo el año, se puso al teléfono el hospitalero y bajó al momento, no me dio tiempo a reaccionar cuando me dio la mano o un abrazo, lo que fuera, no tardé ni medio segundo en percibir que había llegado a ese genuino lugar de acogida. Ángel, que así se llamaba el hospitalero, representa ese espíritu cada vez más en declive en estos tiempos de mercantilismo; él decía que se comportaba como le gustaría que lo recibieran a él, mayor testimonio de autenticidad se me antoja imposible.

Inmediatamente noté el calor que transmitía, me bebí varios vasos de agua, me dejó ducharme y acicalarme porque nos proponía a mí y a una peregrina escocesa de unos 70 años, un ejemplo de valentía y fuerza (lo siento Ángel me olvidé de su nombre), a un recorrido turístico por este pueblo, Cuenca de Campos, de unos 100 habitantes, más que el atractivo de los monumentos que vimos, muy interesantes, entre ellos la Torre del Conjuradero para intentar ver una buena puesta de sol que se nos resistió, me quedo con el paseo y con el compartir un rato de amena charla entre los tres, mediatizada por una chica que nos salió al encuentro y que nos soltó una serie de soflamas conspiranoicas y negacionistas que nos descolocó un poco. Cenamos en familia, como si nos conociéramos de toda la vida, contamos algo de nuestras existencias, los hijos y nietos de Ángel, su sobrina Mimi que actúa en «The Book of Mormon», y que tengo apuntada para ver con mi hijo en un futuro próximo.

Lo único que le puedo agradecer a la chica perroflauta es que refirió, también para aludir otra teoría conspiranoica, que hace unos años la estrella argentina de reguetón Natti Natasha dio un concierto en esta pequeña localidad. Eso me ayudó a conocer la curiosa razón por la que fue a dar allí, en un lugar tan escasamente mediático una figura de su carisma, y es que en Cuenca de Campos nació Jesús Fernández Blanco que emigraría a Argentina a principios del XX, letrista y poeta de profesión, se haría famoso por ser el autor de la letra de himno de Boca Juniors, y ya se sabe que para los argentinos todo lo que esté relacionado con el fútbol son palabras mayores, más que una religión.

El albergue es gestionado por la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid, uno de los varios que gestionan, y se turnan para estar una semana cada cierto tiempo entre sus asociados y voluntarios (opción que me resulta atractiva para un futuro, tras mi retiro profesional, ha quedado apuntado Ángel, incluso hacerme en algún momento socio de vuestra Asociación), para no quemarse demasiado. Y, por cierto, estos son los datos de la etapa: Kilometraje oficial: 40,6. Kilometraje con Strava: 39,61. Pasos según Strava: 49.684.

Etapa 3, 29 de octubre. De Cuenca de Campos a Sahagún. Pues a eso de las 7 desayunamos opíparamente los tres ocupantes del Albergue de Cuenca de Campos, la señora escocesa, Ángel y yo. Me despedí de Ángel en la puerta del Albergue de forma efusiva, no sin antes hacernos las fotos de rigor, incluida una en un grafiti que alude al Camino, fue una experiencia corta pero intensa, y desde luego ya inolvidable para mí.

Me puse en marcha, sabía que tenía una etapa muy llana, con pocos alicientes y con paisajes muy monótonos, había que comer kilómetros y seguir poniendo a punto las piernas. Y dicho esto, me pasó igual que el año pasado, a los dos días y medios mis zapatillas de senderismo, que se supone que eran buenas por el precio, comenzaron a molestarme, y a mitad de la jornada me las tuve que cambiar por unas más antiguas y más modestas, por lo que me costaron. Pasé a primera hora por Villalón de Campos, otro pueblo que es como un nodo de servicios, y a partir de ahí continué por estas Tierras de Campos, en las que el olivo comienza a hacerle la competencia a los cereales. Los últimos tres cuartos de hora de la etapa supusieron el primer chaparrón de este Camino, esta vez no me iba a librar; llegué empapado pero había pillado un hotelito en Sahagún donde pude secar perfectamente mi ropa.

Sahagún marca la mitad del recorrido del Camino Francés y donde el Camino de Madrid se une a este, una ciudad pequeña, con mucha historia, por la que me pude dar una vuelta por la tarde, tiene buenos servicios y es muy acogedora. Por cierto que en ese momento estaba leyendo la novela «La temeraria», de Isabel San Sebastián, que rememora la figura Urraca I de León y fue casual que casi iba pasando por localidades que aparecían en la novela el día anterior. Kilometraje oficial: 40,8. Kilometraje con Strava: 41,85. Pasos según Strava: 56.368.

Etapa 4, 30 de octubre. De Sahagún a Mansilla de las Mulas. También me levanté temprano y vi casi amanecer caminando por las calles de Sahagún, localidad muy bonita. Esta etapa tenía a priori un recorrido muy monótono pero es el más claro ejemplo de cómo hay que cuidar el Camino en alguno de sus tramos, puesto que los ayuntamientos de la zona, e imagino que con la ayuda de Diputación y Junta de Castilla y León, han procurado dotar de arboleda, de bancos y de zonas de descanso para hacer más entretenida la ruta. Al poco de salir de Sahagún me encontré con un peregrino irlandés, Damian, estuvimos conversando un rato y sobre todo hablamos de que a cinco kilómetros del inicio de la etapa el Camino se bifurcaba, por el norte una ruta sin avituallamientos y que pasa por Calzada de Coto y Calzadilla de los Hermanillos y que discurre por una antigua calzada romana, y que yo ya había hecho el año pasado, y la ruta sur por la que opté despidiéndome de Damian que tomó la otra opción. Esta ruta sur era completamente llana, pasa por varios pueblos y es más entretenida, entre ellos Bercianos del Real Camino donde se pasa por un extraño arco de acero inoxidable, modernista, que erigió el artista Carlos Álvarez Cuenillas en 2005 y que lleva el poco original nombre de «Arco del Camino». Después se pasa por El Burgo Ranero, curioso nombre, por Reliegos, donde hay una placa alusiva de un meteorito que cayó en el pueblo en 1947 (el 28 de diciembre para ser exactos, para que luego digan de inocentadas), y finalmente desemboqué en Mansilla de las Mulas donde me alojé en un albergue privado y del que no salí para nada con objeto de descansar y recuperar energías. Kilometraje oficial: 36,6. Kilometraje con Strava: 37,45. Pasos según Strava: 50.798.

Etapa 5, 31 de octubre. De Mansilla de las Mulas a Cabanillas. Tengo que decir que aunque ya estaba realizando el Camino Francés, son tantos kilómetros los que se hacen que casi no recuerdas que hubieras pasado por ahí, pero en esta primera parte de la etapa hasta llegar a León sí que me acordaba de más detalles. También tengo que señalar que si las cuatro etapas anteriores habían sido de rodaje, en esta ya empezaba lo bueno, similar kilometraje pero sobre todo más dureza, ya que a mitad de jornada comenzaría el Camino del Salvador desde León y ya presumía trepidantes emociones y, además, si en las jornadas anteriores había hecho un tiempo bastante bueno, incluso calor en las horas centrales del día, en esta jornada no me iba a librar de la lluvia con total seguridad.

Salí aún de noche, sobre todo porque el Camino del Salvador me imponía un poco y no quería que ningún contratiempo me ralentizara la marcha. Llegué a la hora del desayuno a la inspiradora localidad de Puente de Villarente, y allí desayuné, en el mismo lugar en el que el pasado año había comprado un dulce a mediodía. Llegué antes de las 12 a León y orientándome para cambiar de Camino e ir hacia al norte, me desvié algo del recorrido para pasar por la Catedral, el Barrio Húmedo o la fabulosa Casa Botines de Gaudí. La bifurcación de los Caminos está perfectamente señalizada, si no recuerdo mal al lado de un puente que cruza el Bernesga, si sigues el Francés lo atraviesas y si tomas el Salvador lo que tienes es un idílico sendero por la ribera este de dicho río. Por cierto que me crucé con un tipo que me preguntó que adónde iba, pensando que tal vez me había equivocado y le dije que no, que sabía bien mi destino y me animó diciéndome que el Salvador era muy bonito, lo sabía y lo confirmaría.

El día anterior había llamado al albergue de Cabanillas y la señora que me atendió me recomendó que allí no había tienda pero que tampoco me cargara en León y que sí lo hiciera en Carbajal de la Legua (de la Legua porque está a una legua de León, más o menos una hora caminando), en la Tienda del pueblo que así se llamaba literalmente, y en efecto allí me avituallé. Justo a la salida de esta localidad comenzaba el auténtico Camino, espectacular, duro y peligroso. Vayamos por partes, al principio comenté que había tres etapas que me habían puesto al límite, y esta fue la primera de ellas, probablemente la que más nervioso me puso; se inicia con una pista forestal y ya no ves más que vegetación y unos paisajes increíbles, al poco me crucé con unos rebecos, antes de llegar a León ya había llovido algo, y cuando salí de Carbajal se puso nuevamente a llover, esa pista forestal se iba estrechando cada vez más, la lluvia arreciaba mientras seguía teniendo la referencia del río Bernesga a mi izquierda, y el problema es que no encuentras nada donde refugiarte para mirar el móvil y ver que vas por la ruta correcta, porque además con tanta lluvia, las gafas empañadas, tampoco podías estar tan atento a las señales, y todo iba a peor, hubo un momento en que me agobié porque pensé que había que cruzar el río por una pasarela muy inestable, y ese río no es un riachuelo, es un señor río con bastante caudal, pensaba que de ahí no salía; me tranquilicé, intenté por todos los medios mirar el mapa y me había desviado, tuve que subir un terraplén empinadísimo y peligroso, pero lo conseguí. Las cosas no mejoraron después, el sendero era a veces tan estrecho que sólo cabía un pie, y el agua que no paraba y que formaba arroyo por donde iba pisando. Y la cierta tensión acumulada también lo era porque iba lentísimo, había muchas subidas y bajadas, el terreno era muy inestable y tenía que andar con pies de plomo, así que sería de las etapas con la media más lenta, aquellos diez kilómetros desde Carbajal a Cabanillas puede que me llevaran más de tres horas. Nada cambió más adelante, el camino no era tal, se perdía por el agua que había a mansalva y ya medio avisté la aldea de Cabanillas y, por fin, superé esta etapa compleja al filo de las 17.30, empapado y embarrado. La señora que me atendió en el albergue, Flor, fue muy amable, conversó conmigo un largo rato y me ilustró bastante sobre la zona; obviamente estaba solo en un coqueto albergue de cuatro plazas. Kilometraje oficial: 36,4. Kilometraje con Strava: 41,34. Pasos según Strava: 54.830.

Etapa 6, 1 de noviembre. De Cabanillas a Poladura de la Tercia. Ahora ya sí, afrontaba la primera etapa completa en el Camino Salvador, en la guía de rutas se señala que este Camino es corto pero duro y cuenta con seis etapas, son en torno a 120 kilómetros pero que dada su dificultad conviene dosificar esfuerzos…, esa es la teoría. En la práctica realmente mi objetivo de cada día era andar y mucho, y de fondo disfrutar de una naturaleza bestial. Esta etapa tenía la tachuela a partir del mediodía cuando tendría que afrontar un terreno agreste. Nuevamente salí de Cabanillas sin que se atisbara el amanecer, pero convenía no llegar a ese terreno complicado en la última parte del día habiéndome entretenido excesivamente, y me salió muy bien.

Debo decir que aun yendo el recorrido por muchos tramos de carretera y asfalto, fue de las más bonitas de este año; después de dejar la meseta el verdor del paisaje era impresionante miraras donde miraras. También los pueblos por donde pasaba evocaban un antiguo paisaje minero y postindustrial. Primero La Robla, y más adelante La Pola de Gordón (vi unos carteles sobre las jornadas del cocido gordonés que me emocionaron, nada mejor en mi vida para comer que un cocido). En alguno de los tramos atraviesas vías de tren, aquí no hay vallado perimetral, y conseguí ver una imagen bellísima de dos ciervos jóvenes cruzando esas vías a una cierta distancia de donde yo me hallaba.

Serían las doce y media cuando llegué a la aldea de Buiza, allí me paré para comer lo que había preparado en la mochila y me puse manos a la obra en un tramo de algo menos de diez kilómetros de cierta dureza, aunque lo bueno es que el tiempo acompañaba pues hizo un día radiante y soleado. Nada más salir y sorteando un rebaño de vacas ya tenías unos rampones importantes de esos que tienes que pararte cada poco con objeto de tomar resuello, de un camino medianamente aceptable se pasó a terreno pedregoso, y eso sí, el paisaje era alucinante, ya metido en sierra la señal del GPS se perdió y estuve cerca de una hora literalmente aislado, y por allí no había señal alguna de civilización, por suerte las señales del Camino estaban bien situadas y no hubo problema. En bastantes tramos, casi kilómetros, solo podías poner un pie y hacer algo de escalada, imposible para ciclistas. Llegué al Alto de las Forcadas de San Antón, a casi 1.500 metros, y poco más adelante ya acababa el ascenso y el camino iba mejorando paulatinamente, recuperé GPS y desemboqué en unos valles preciosos. Lo sorprendente es que pensé que me iba a ocupar este tramo serrano más de lo que imaginaba, pero cuando vi lo que me quedaba para acabar me congratulé porque a eso de las 4 ya estaba en la aldea de Poladura de la Tercia, curiosamente perteneciente al municipio de Villamanín, este pueblo que saltó a la fama en Navidad cuando la Comisión de fiestas había vendido más participaciones que décimos tenían y les tocó con ocasión del sorteo navideño. Allí me alojé en el albergue, nuevamente solo y también otra antigua escuela, y el hospitalero, un señor mayor, me atendió amablemente, y recuperé fuerzas, porque al día siguiente tenía la mítica etapa del puerto de Pajares. Kilometraje oficial: 32,1. Kilometraje con Strava: 34,83. Pasos según Strava: 46.976.

Etapa 7, 2 de noviembre. De Poladura de la Tercia a Pola de Lena. El mentar Pajares es como nombrar un mito de los puertos de montaña en España, redundante icono de los pronósticos meteorológicos, especialmente en invierno y referidos al norte de nuestro país; de algún modo, este monstruo era otra de las razones por las que no quería hacer este Camino en pleno invierno. Sabiendo que la primera parte de esta jornada era precisamente el ascenso a Pajares, quería usar mis energías renovadas en superar la parte difícil y me levanté temprano para tener bastante tiempo en prolongar mi recorrido lo máximo posible dado que el día iba a ser extraordinario en lo climatológico. Nada más salir de Poladura ya tienes unas rampas de un porcentaje considerable que en determinados momentos son casi escaleras, de lo empinadas. El ascenso a los montes previos a Pajares va dejando atrás árboles y arbustos y solo se percibe vegetación típica de media montaña; ascendiendo se veía cómo serpenteba el camino, cuando uno lo ve de lejos la sensación es la misma, ¿ahí tengo que ir?, pero la verdad es que con paciencia al final todo siempre parece menos. A decir verdad Pajares no fue ni lo más duro ni lo más elevado, aunque sí lo popular, y es que antes de Pajares tenía que coronar dos cotas por encima de los 1.500 metros, el Collado del Cueto y el Collado del Cuchillo, para descender ligeramente y volver a ascender. Me acercaba a Asturias y los valles que se percibían eran una gozada, incluso ya algún bosque de pinos; por allí me encontré a unos cazadores a los que saludé los cuales iban en busca de liebres, al parecer con poco éxito, pese a los buenos sabuesos que llegaban. Alcancé Pajares con absoluta tranquilidad porque el acceso al lado de la carretera es comodísimo y la altura menor que sus dos compañeros de antes, 1.378 metros.

Digamos que ahí comenzaba la segunda parte de la etapa, el descenso hacia el pueblo de Pajares era precioso, llegué a perderme momentáneamente en un bosque porque se apreciaban muchos caminos. Poco antes de las 12 de la mañana ya estaba en el pueblo (a unos 7 km del puerto y de la archiconocida estación de esquí), y dado que no encontré la cafetería que debía estar abierta en el puerto, pensé que en el pueblo sería posible, pero tampoco, la chica que lo regentaba me dijeron que abría un poco más tarde, así que no pude parar a tomarme un cafelito, por lo que seguí tirando de mis reservas.

En la bajada hay hasta tres caminos posibles y debiera homogeneizarse un poco, en todo caso, un descenso pronunciadísimo con porcentajes en algunos tramos de carretera de hasta el 17% para hacer las delicias de los televidentes cuando vemos la Vuelta ciclista y seguramente un calvario para los deportistas.

Continué en paralelo al río Pajares, después el Lena y el descenso me permitió alcanzar una buena velocidad de crucero, con lo que llegué a la localidad de Campomanes para la hora de comer y allí me paré para dar cumplida cuenta del primer menú de este Camino, y acerté, por cierto era domingo y al igual que en el sur no es habitual poner en los restaurantes menú los domingos, por el norte sí. Y fue una delicia porque me sirvieron un pote asturiano que me hizo saltar las lágrimas. Después de la suculenta comida y aprovechando el día espléndido, iba en manga corta, me di un paseo hasta Pola de Lena pues además discurría por un sendero lleno de arboleda, de verde, de pequeñas subiditas y con mucho paseante dominical. En Pola de Lena me alojé en el hotel La Payareta, en el que me atendieron estupendísimamente. Por la noche me di una vuelta por la localidad, otra ciudad venida a menos que evoca un pasado minero. Kilometraje oficial: 37,3. Kilometraje con Strava: 41,47. Pasos según Strava: 53.606.

Etapa 8, 3 de noviembre. De Pola de Lena a Oviedo. Hay una especie de proverbio del Camino que dice que «Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y no al Señor», que hace referencia a la importancia histórica de visitar la catedral de San Salvador en Oviedo, considerada tan importante como la de Santiago por la gran cantidad y calidad de sus reliquias, entre ellas el Santo Sudario. Pues me había reservado la jornada, no tanto por visitar la catedral ovetense, que ya la conocía, sino con objeto de tener la tarde libre para darme una vuelta por esa bella ciudad. Así que la jornada era mucho más corta que las anteriores y de paso era un premio para mí, un descanso previo al inicio del Camino Primitivo que aventuraba grandes emociones porque ya tenía el compromiso cerrado de la etapa de Hospitales, ya no había vuelta atrás, y por más que miraba el tiempo no me iba a librar de la lluvia, porque ya daba agua casi toda la semana.

En cualquier caso, esta etapa corta hasta Oviedo fue un agradable paseo empezando a disfrutar de los valles astures, porque había tenido etapas en la meseta con paisajes áridos, después terreno de montaña y la anterior encajonado en un cañón de los ríos Pajares y Lena.

Aunque he dicho que fue un agradable paseo esta etapa, yo diría que tenía más piernas de lo que el perfil indicaba. La primera parte sí que era plana siguiendo el cauce del Lena y después del Caudal, y al llegar a Mieres, por cierto, oficialmente Mieres del Camino, es cuando comienza un sube y baja que en el argot ciclista sería algo así como una etapa «pestosa», no me extraña que haya tanta afición al ciclismo en Asturias y tan buenos ciclistas, porque tienen terreno para inflarse. Al salir de Mieres comienzas ya a subir y el paisaje bellísimo también se nutre de un recorrido que pasa por muchas aldeas por lo que es muy entretenido, pero eso que hay que superar tres altos, luego tienes un terreno pedregoso por antiguas calzadas romanas y finalmente Oviedo; el día acompañaba y mi mente ya en este octavo día estaba más que relajada y focalizada en seguir disfrutando a cada paso, nada más, qué menos. Llegué con tiempo de comer otro menú, y otro plato de puchero que me zampé, garbanzos a la marinera, tremendos e imposible olvidarlos. Me alojé en el albergue del Seminario y estuve por la tarde haciendo una ruta turística por la capital asturiana. Había hecho el Camino San Salvador en tres días y medio, oficialmente son seis etapas para unos 120 km, pero es más que factible hacerla en solo tres, incluso dos y medio, lo que pasa es que no puedes prever como te gustaría porque no todos los establecimientos hosteleros estaban abiertos en esta época del año. Kilometraje oficial: 31,6. Kilometraje con Strava: 31,98. Pasos según Strava: 43.372.

Etapa 9, 4 de noviembre. De Oviedo a Cornellana. Con la mente puesta en ajustar el día que me habría de enfrentar a la etapa de Hospitales convenía ir dosificando esfuerzos y calculando el kilometraje para llegar a la misma y afrontarla sin más alardes por mi parte, el kilometraje oficial básicamente. Aun así todavía me daba en esta primera etapa del Camino Primitivo que inauguraba para alargarme y hacer una jornada de media distancia. Salvando Hospitales, descubrí que el Primitivo no era un recorrido con grandísimos puertos pero sí mucha sucesión de ellos, lo cual es la circunstancia más comprometida en este recorrido.

Decidí desayunar en la capital ovetense y antes de llegar a la primera cafetería que me encontré ya me había quitado el anorak porque sorprendentemente a las 7.30 había 19 grados, y luego hay algunos que dicen que no hay cambio climático.

La salida de Oviedo, tras descubrir nuevas partes de la ciudad rápidamente me dejó en senderos rodeados de verdor, valles idílicos que eran una delicia para la vista y el corazón, también muy entretenida la etapa. Oficialmente esta etapa termina en su primer día en Grado, pero yo pasé por allí a eso de las 12.30 y el tiempo seguía acompañando por lo que podía seguir dándole a las piernas. Esa salida de Grado sí que es empinadilla y me perdí un poco entre rotondas, caminos que se confundían y una autovía que no me permitía una buena orientación, subsanado el problemilla continué por parcelas dedicadas a la explotación ganadera y a continuación el puerto del día, el Alto del Fresno, con rampones bastante serios pues en la altimetría pude ver medias de más del 11% durante unos cuantos kilómetros con picos del 25%. Un perro que descansaba a la puerta de su casa me acompañó un rato, demasiado diría porque había coronado el Fresno y seguía, el chucho, además delante, lo conminé para que se volviera y lo hizo el buen can. El descenso sí que era feúcho, en una vía de servicio en paralelo a una autovía. El destino era Cornellana una localidad de unos 700 habitantes a la que llegué al filo de las 15.30 y me dio tiempo a comer otro menú y otro apabullante plato de puchero. El alojamiento esta vez era de lo más acogedor y místico en el albergue sito en el mismo monasterio de San Salvador.

Y aquí comienza otra de las historias de este Camino y, sin duda, la más bonita. La noche anterior había dormido en la misma habitación con un señor bilbaíno (Txiki) y el griego que referí al principio, Mijalis Nestramiotis; pues allí desembocó Mijalis, comentamos la etapa y él tenía intención de ver el partido del Real Madrid de esa noche de la Liga de Campeones, contra el Liverpool en Inglaterra (me recordó que el año anterior también estuve viendo con un italiano igualmente un partido del Madrid y contra un equipo inglés) y quería que lo acompañara a un bar del pueblo, le dije que sí. Nos habíamos aseado, tomado un descanso y un poco antes de partir apareció por el albergue, a eso de las 20.00 h, o sea, noche cerrada, cerradísima, otro peregrino, se trataba de Will, un chico colombiano residente en Gijón que la verdad es que tuvo valor de andar de noche durante varias horas. El trío de la muerte fuimos por una noche y vimos ese partido (tres amigos que no se conocían de nada y que departieron como si se conocieran de toda la vida), solo la primera parte, para acostarnos y plantearnos la jornada siguiente que yo había concretado que Mijalis y yo haríamos juntos. Kilometraje oficial: 35,9. Kilometraje con Strava: 39,29. Pasos según Strava: 52.950.

Etapa 10, 5 de noviembre. De Cornellana a Campiello. Tal y como habíamos convenido Mijalis y yo, íbamos a ir juntos para afrontar las siguientes etapas, que tenían su miga especialmente la de Hospitales, y más concretamente habíamos acordado alargar esta para que la de Hospitales al día siguiente, y con lluvia más que asegurada, fuera lo más corta posible. Nos levantamos bien temprano, de noche, se me despistó un poco mi amigo a la salida, pero rápidamente nos unimos y fuimos disfrutando de los bellos paisajes asturianos. Desayunamos en Salas, al ladito de su castillo del que justo se hablaba de él en la referida novela «La temeraria» y esa referencia la había leído la tarde anterior, toda una serendipia.

Para Mijalis yo era su traductor, hablábamos en inglés, el suyo mejor que el mío, pero él no se defendía con el español más allá de frases básicas. La jornada era entretenida en esta primera parte con valles idílicos y unos cuantos pueblos en el recorrido, tuvimos un par de horas de lluvia pertinaz que nos acompañaron hasta Tineo, lugar donde comimos de menú, y nuevamente plataco de legumbres, que no puedo imaginar manjar más nutritivo para este tipo de esfuerzos.

Cuando terminamos de comer dejó de llover y como teníamos que alargar la etapa ya casi empezaba a anochecer en el horizonte pero el perfil de esta segunda parte era relativamente suave y sobrellevable, y aterrizamos en Campiello, curiosa aldea de cinco habitantes censados pero es de esos puntos gravitatorios, de paso, en la desperdigada distribución poblacional en Asturias, con lo que había hotel, albergue o dos tiendas con absolutamente de todo, así que fue un acierto todo, el pueblo, el bar, el albergue… a dormir y descansar para la etapa reina. Kilometraje oficial: 44,3. Kilometraje con Strava: 45,63. Pasos según Strava: 62.698.

Etapa 11, 6 de noviembre. De Campiello a Berducedo. Conviene señalar que la etapa de Hospitales es la más mítica de todos los Caminos de Santiago; a tres kilómetros de Campiello tienes Borres y ese es el único punto de avituallamiento, a partir de ahí montaña aislada, muy expuesta a condiciones meteorológicas y de dureza media por las constantes subidas y bajas, en realidad la dureza se convierte en alta porque en 25 km no hay nada, son varias horas de lucha contra el terreno y contra ti mismo. Y se llama la etapa de Hospitales porque atraviesa en su sendero las ruinas de varios hospitales que funcionaban en el Medievo. No era una etapa largo pero sí de las que imponen, en condiciones normales se hace entre cinco y seis horas, y se hizo pero…

No lo pasé mal porque iba al lado de Mijalis, él me protegía y yo lo protegía a él, en una etapa de estas características es conveniente ir acompañado, y ambos nos proporcionábamos mutua confianza y asistencia, pero sí, la etapa fue dura, muy dura, a ratos sobrehumana, llovió muchísimo y nos pilló arriba del todo. Habíamos desayunado en Campiello y al poco de dejar Borres ya percibes lo que tienes por delante, kilómetros y kilómetros de paisajes verdes y montañas sin que se atisbara civilización a todo lo que daba la vista, y sí, comenzó a llover y a medida que nos adentrábamos en senderos teníamos la sensación de ser los únicos habitantes de este planeta, soledad por todos lados, y lo peor es que empezó a soplar un viento fortísimo con rachas que a buen seguro superarían los 100 km/h; en las zonas altas la fuerza era tal que nos arrastraba con tal ímpetu que tenías que hacer un esfuerzo suplementario para que no te llevara o te tirara. Por fortuna no hacía tanto frío como para nevar lo cual hubiera sido más penoso pero tocaba sufrir muchos kilómetros y muchas horas, el agua nos calaba, los guantes los estrujabas y era un chorro. Parecía interminable pero muy lentamente fuimos comiendo kilometraje y muy lentamente notamos que el viento amainaba un poco y la lluvia también, pero nos tragamos varias horas de lucha contra los elementos.

Por cierto que hay una variante que no pasa por Hospitales, va por Pola de Allande, es algo más larga, pero no tiene la belleza de la que hicimos, esa es para cobardes, ¿verdad, Mijalis?

Los últimos cinco kilómetros eran más suaves, ya estaba hecho, Mijalis y yo nos felicitamos, habíamos cumplido nuestro particular reto, quizás una heroicidad para muchos, pero ahora pienso que repetiría con los ojos cerrados, porque (la cita no es mía) «el sufrimiento es momentáneo pero la gloria es eterna», sólo él y yo sabremos lo que allí ocurrió. Nos alojamos en Berducedo, mantiene un albergue manifiestamente mejorable con un tal Pedro que podría ser más amable, teniendo en cuenta que estaba lleno de peregrinos y todos con la ropa empapada fue muy rata con la calefacción, forzando a la gente a usar-pagar por la lavadora y la secadora. Mijalis y yo nos fuimos a comer al bar del pueblo y volvimos para descansar, a las 7 de la tarde llegó un alemán y ya pensamos que estaba loco, porque a qué horas tuvo que pasar por Hospitales con la ventisca que a buen seguro no remitió; por cierto el alemán le dio la noche a Mijalis porque durmió en la litera de arriba de él y roncaba como un animal, yo ni me enteré, dormí bastante bien. Kilometraje oficial: 27,1. Kilometraje con Strava: 30,83. Pasos según Strava: 40.470.

Etapa 12, 7 de noviembre. De Berducedo a Castro (Grandas de Salime). Etapa sin duda de transición y de recuperación, tanto en lo físico como en la mente tras la dureza y el acongojamiento del día anterior. Desayunamos en Berducedo porque no había nada delante para hacerlo a buena hora. La primera parte muy plana y luego tiene una curiosidad esta etapa porque debíamos alcanzar Grandas de Salime, en principio para alojarnos y definitivamente para comer, pero el sendero hace una «U», puesto que hay un momento en el que en línea recta podremos estar a 15 km de ese pueblo pero hay que hacer 12 extra porque hay que bajar hasta la cabecera del embalse de Salime dado que no hay paso más arriba y luego subir, el sendero es bonito y boscoso con la referencia del embalse que nos acompaña durante varias horas.

Como no hubo complicaciones más allá de algo de llovizna llegamos al pueblo de Grandas de Salime muy temprano, al filo de las 13 h, así que la siguiente misión era comer otro menú y encontramos rápidamente el sitio, esta vez el plato estrella fue la ternera gallega a la brasa, a la que diría que le faltó un pelín de fuego. Como quedaba día y además se había abierto ostensiblemente, en el mismo restaurante llamé a un albergue que había unos 5 km más adelante, en Castro, una aldea perteneciente a este pueblo que se llama así por el antiguo castro romano allí existente, en cuanto terminé de hablar le dije a Mijalis que me había sorprendido que la otra persona al lado del teléfono tuviera andaluz.

Esos 5 km que quedaban hasta Castro fueron oníricos, con un fantástico día primaveral, y es que a la salida del pueblo había un banco puesto estratégicamente enfrente de una inmensa campa, hacía un sol deslumbrante, Mijalis y yo nos paramos un momento a contemplar la estampa, si eso no era felicidad en poco diferiría. Unos cuantos pasos más y llegamos al albergue al que yo había llamado. Otro remanso de paz y fantástica hospitalidad la que nos obsequiaron la malagueña Azu (Azucena) y el onubense Sandro, no me había equivocado el acento al otro lado del teléfono era el que sospeché. Un matrimonio que decidió hace apenas un año embarcarse en esta aventura de gestionar ese albergue, muy bonito ciertamente, y lo hacen con simpatía y con agrado. Allí estuvimos merendando con ellos y luego cenando también en la que, por cierto, fue mi despedida de Mijalis, aunque dormiríamos juntos esa noche en la habitación, pero sellamos esos recuerdos grabados en las etapas anteriores con una buena botella de sidra, toda una metáfora ya que el bueno de Mijalis (que de vez en cuando hablaba por teléfono en su idioma nativo que tiene una fonética tan bella y parecida al castellano) es agricultor en Kastoriá, al norte de Grecia y cerca de las fronteras de Albania y Macedonia del Norte, donde tiene varias hectáreas de manzanos de cuatro variedades diferentes, lo suficiente para llevar una vida digna y desahogada. Fueron jornadas épicas pero quedará el poso de todas esas horas que estuvimos caminando, nuestra pasión, contándonos nuestras vidas, haciendo grandes los pequeños momentos y siendo felices. Kilometraje oficial: 25,5. Kilometraje con Strava: 28,82. Pasos según Strava: 37.892.

Etapa 13, 8 de noviembre. De Castro (Grandas de Salime) a Castroverde. Me dio mucha pena despedirme bien tempranito de mi hermano en el Camino Mijalis Nestramiotis, en aquel momento me faltaron las palabras en inglés para decirle lo que mi corazón sentía, aquí está lo que quizá le hubiera dicho, ahora sí, en su propio idioma: Μιχάλις, σε ευχαριστώ πολύ για την παρέα σου. Εκείνη η δύσκολη στιγμή στα νοσοκομεία θα μείνει για πάντα χαραγμένη στη μνήμη μας, αλλά και οι δύο προστατεύαμε ο ένας τον άλλον. Σου εύχομαι ό,τι καλύτερο στη ζωή σου, να είσαι πολύ ευτυχισμένος, να βλέπεις τους αγαπημένους σου να μεγαλώνουν και να ευημερούν και η μοίρα να σου φέρει κάθε είδους χαρά. Θα θυμάμαι εσένα και τις περιπέτειές μας για πάντα.

La cuestión es que Mijalis quería ir más lento en las siguientes etapas, porque tenía el vuelo de regreso el domingo, y yo quería avanzar más, por eso en mi siguiente etapa ya lo dejaba atrás y además yo también iba perfilando los días que me quedaban para llegar a Santiago, ya en el punto de mira. He comentado al principio que había tres etapas que me habían puesto al límite, la primera del Camino San Salvador en la que durante más de tres horas anduve por un sendero muy complicado ascendiendo en paralelo al río Bernesga y con una lluvia pertinaz que hacía que todo estuviera embarradísimo; la segunda la de Hospitales, lluvia y viento fortísimo durante cerca de cinco horas en un terreno de media montaña inhóspito; y la tercera esta.

La peculiaridad de esta etapa no era propiamente la dureza del recorrido, no había grandes desniveles, en principio, sino el kilometraje que tenía pensado hacer ese día porque para mi media diaria los alojamientos que tenía por delante no me encajaban, con lo que o andaba poco o hacía un esfuerzo y hacía una tirada larga, y opté por lo segundo, ¿alguien lo dudaba?, y una de las razones para esta decisión es que el día iba a ser buenísimo en lo climatológico y también porque al día siguiente, que era domingo quería hacer una etapa más corta y aprovechar para tener buena parte de la jornada libre visitando Lugo, que era adonde llegaría.

Fue el día de todo este cuarto Camino que más temprano me levanté, lo hice poco antes de las 6.15 para estar ya de ruta alrededor de las 6.40. La primera parte de esta etapa era de subida continua casi desde que puse el pie en la calle, había que ascender el puerto del Acebo, otra cumbre mítica del norte de España, y que separa Asturias de Galicia por la provincia de Lugo; en realidad no tenía ninguna dificultad porque si bien es cierto que tienes que estar subiendo unos nueve kilómetros, creo que la media de la pendiente estaría sobre el 3,5 %. Poco antes de las 8.30 estaba ya arriba y tenía una larga bajada hasta llegar al pueblo más importante de la jornada, A Fonsagrada. Tengo que decir que si otros días fui ligero en mi caminar, este fue el que caminé más rápido, a veces a ritmo de cierta marcha atlética.

La segunda tachuela del día tenía su aquel pues bajas desde el Acebo y cuando ya estás abajo del todo te das cuenta que A Fonsagrada, que a distancia lo ves abajo hay un momento en que lo ves arriba, esto es, que hay que subir, en concreto, un kilometrito que tiene su gracia. Allí me avituallé sobre las 11.30 porque no podía pararme, tenía para rato, ya había hecho veinte kilómetros y aún no había mediado la etapa.

Tenía luego una larga bajada en la que aproveché para ir alargando la zancada y avanzar con muchísima rapidez, diría que en momentos casi corriendo, estaba henchido de fuerzas, y pude ganar mucho tiempo. Bien es cierto que la etapa era cómoda, con buen sendero y tiempo primaveral, aparte con una temperatura ideal para disfrutar de unos bellísimos valles. Eso sí dos tachuelas más antes de O Cádavo, que era el pueblo donde, de algún modo, volvías a la civilización. La primera, la subida a Montouto que te ralentiza y una segunda más adelante la de A Lastra, conocida como la cuesta del Sapo, un kilómetro empinado en el que tienes que tirar de inercia, de un esfuerzo suplementario, apelando a tus reservas aeróbicas. Serían las 4 o así cuando llegué a O Cádavo, un punto habitual de fin de etapa, pero ya tenía más que pensado alargar y hacer definitivamente la jornada épica de este Camino, porque el siguiente pueblo, a ocho kilómetros, me ofrecía previsiblemente un buen albergue de la Xunta. Eso si, ese extra hasta Castroverde tenía el último rampón del día, completando cinco puertos como si de una etapa de la vuelta ciclista se tratara, esta es a la salida de O Cádavo y, habiendo pasado el día con montañas de más entidad, esta tampoco se me resistió. Y eso, el albergue moderno y confortable, allí charlé con dos tipos de Elche y con un chaval ruso afincado en Málaga, Max, con el que luego tuve la fortuna de encontrarme unas jornadas después. Kilometraje oficial: 53,2. Kilometraje con Strava: 54,63. Pasos según Strava: 74.828, fueron once horas y seis minutos de caminata, y la media que me salió fue de 4,9 km/h, que no está nada mal.

Etapa 14, 9 de noviembre. De Castroverde a Lugo. La etapa se presentaba como un regalo para mí en el sentido más egoísta, después del día de ayer, de las otra etapas duras que había tenido, y ya no había nada complicado por delante, se trataba de dar un paseo hasta Lugo, llegar para la hora de comer, alojarme en un hotel, echar una buena siesta y tener la tarde y la noche libres para conocer la capital lucense que llevaba tiempo que quería visitarla.

Ninguna complicación, más bien todo lo contrario, otra etapa muy entretenida pasando aldeítas y zonas rurales que es como si uno se diera una vuelta de domingo, que era domingo, paseando un poco antes de la hora de comer, y el día acompañaba, el astro rey volvía a darme la mano. Lugo se empieza a ver desde unos cinco kilómetros en la lontananza y se ve feo, se presenta como una muralla de bloques que no dejan imaginar lo que su casco antiguo ofrece. Todo se cumplió y Lugo me encantó, una ciudad de esas donde todo está a la mano, y la Muralla, completa y por donde puedes caminar perfectamente, tiene en su interior el casco antiguo, con edificios que merecen la pena, pero sobre todo con la tranquilidad de esas ciudades medias donde la aglomeración no es moneda de cambio, lo que las hacen, para mí, mucho más atractivas que las grandes urbes. Me pude dar una vuelta por la Muralla y soñé con estar algún día allí y poder salir a correr y darle no una sino varias vueltas completas, creo que mide algo menos de tres kilómetros. Kilometraje oficial: 21,7. Kilometraje con Strava: 23,18. Pasos según Strava: 31.178.

Etapa 15, 10 de noviembre. De Lugo a As Seixas. Aunque parezca un contrasentido me encanta hacer el Camino y disfruto cada momento, pero cuando se acerca al final me embarga la felicidad, es una mezcla de que se acerca el final y vuelvo a mi querencia, también del trabajo bien hecho y aquí por descontado tras la dureza de varios días, y porque dejo atrás mis problemas cotidianos y alcanzo la paz interior que a buen seguro días después volverá a truncarse, y definitivamente y como conclusión porque he acumulado felicidad y voy henchido de ella. Y sí, recuerdo que esta etapa fue de las más felices, no digo que fuera de las más bonitas, aunque realmente lo fue por el constante cambio de paisajes, como siempre, con la impronta del verdor del entorno. La salida de Lugo es preciosa, lo que no había visto por la tarde se adorna mejor con lo que vi por la mañana, ya que para continuar el sendero tienes que sortear el puente sobre el Miño y tienes un agradable paseo a su lado, un río inmenso en el que se pueden hacer muchos deportes y particularmente el piragüismo, siendo de allí el mítico Ramos Misioné.

Y eso, con todas esas razones iba avanzando por un recorrido que lo disfruté muchísimo, la Galicia de interior tiene esto, que pasas por aldeas, concellos, parroquias…, el caso es que se hace la jornada muy amena porque la vista la tienes muy estimulada casi a cada paso.

Es evidente que a estas alturas ya sabía los días que me quedaban con lo que podía precisar lo que quería caminar cada jornada a sabiendas de que ya no tendría ningún día duro salvo por lo climatológico, así que solo quedaba apurar con el disfrute y con el conocimiento interior, terminando de cargar las pilas para volver a la odiosa rutina. En otro albergue moderno e idílico como el de As Seixas (perteneciente al término municipal de Palas de Rei) pude compartir con Max, el chaval ruso que me encontré un par de días atrás, una infusión, un tipo muy buena gente a todas luces. Kilometraje oficial: 32,1. Kilometraje con Strava: 34,57. Pasos según Strava: 44.946. Con media de 5,3 km/h fue la más rápida de todo este viaje.

Etapa 16, 11 de noviembre. De As Seixas a Santa Irene. Pues penúltima etapa, la cual quería alargar para llegar al día siguiente a Santiago y tener la tarde libre para dar una vuelta y hacer el primer balance de este viaje. En esta etapa ya acababa el Camino Primitivo que se une al Francés en Melide, y el resto son senderos que ya transité hace dos años, aunque ya adelanto que prácticamente no me acordaba de nada.

La jornada tampoco tenía gran dificultad orográfica; unas tres horas tardaría en llegar a Melide donde no encontré donde avituallarme porque suponía desviarse un tanto y quería no perder demasiado tiempo. Ya fusionado con el Camino Francés este ya sí que tenía mayor densidad de peregrinos y puse el modo crucero que me permitió ir rebasando gente con cierta facilidad, hasta que a una hora y media de Arzúa, nueve o diez kilómetros, noté que alguien me iba pisando los talones, y eso que yo iba bastante deprisa, por detrás iba un joven de mediana edad, no me sorprendió que me adelantara, pero es que a pocos metros iba un señor mayor que este sí que no entraba en mis cálculos que me superara, y me piqué, mantuve a raya a la pareja y en un momento en el que el camino se bifurcaba ellos se pararon y me preguntaron, yo ya había visto en el mapa esa doble opción y les dije que la de la izquierda era 100 metros más larga pero por campo mientras que la otra iba pegada a la carretera, así que continuamos juntos por la primera. De hecho, ellos me refirieron que me había visto de lejos y se habían picado ya que habían notado que llevaba muy buen ritmo así que se propusieron alcanzarme. Eran padre e hijo, guipuzcoanos, el hijo de unos 37 años y el progenitor de 72 muy bien llevados, aunque bien es cierto que decía que su vástago lo llevaba con la lengua fuera, a lo que le dije que no se fuera a cargar al «aita». Estuvimos conversando calurosamente sobre la vida hasta que llegamos a Arzúa donde ellos se paraban a pernoctar, serían las 13.30 y yo continuaba, me despedí de ellos no sin antes, esta vez sí, pararme en un supermercado y comprar vituallas para comer por el camino.

Tal vez esto último fuera un error porque no había desayunado, tal vez algún fruto seco por el camino, el caso es que tenía hambre y al poco de salir de Arzúa fui dando cuenta de una buena empanada de mejillones, que estaba riquísima, el problema es que empezó a pedir agua la amalgama y yo pasaba por sitios y no encontraba el líquido elemento (es uno de los problemas que le veo al Camino, faltan fuentes y las que hay están rotas o desconectadas de la red), pasé un rato malo porque tenía mucha sed y ya empezaba a tener algo de desesperación, no había servicios pero sí casas, por lo que me planteé llamar a una puerta que estoy seguro de que me habrían atendido; el caso es que encontré un taller, ni recuerdo de qué, y un amable operario me llenó la botella, me salvo de un apuro.

Tras el incidente acuático ya me di cuenta de que había llegado a Santa Irene, una aldea a poco más de 25 km de Santiago con un albergue de la Xunta al lado de una carretera nacional, lugar idóneo para hacer mi última noche, nuevamente solo en dicho albergue, del cuarto Camino, porque al día siguiente habría llegado al destino. Por cierto que esa tarde y noche hizo un fuerte viento y llovió bastante, presagio de que el día siguiente lo tendría pasado por agua. También miré el kilometraje del día y me sorprendí porque había caminado bastante y no tuve la sensación de que hubiera sido tanto. Kilometraje oficial: 43,4. Kilometraje con Strava: 46,69. Pasos según Strava: 61.836. Esta vez también con un muy buen ritmo de 5,1 km/h.

Etapa 17, 12 de noviembre. De Santa Irene a Santiago de Compostela. Pues más o menos como había ido programando los días previos, me dejé para la última jornada una etapa corta para llegar con tiempo y darme una vuelta por Santiago que, aparte de ser el objetivo, es agradable pasear por las calles de una ciudad que es más grande que lo que dice su población de derecho y, de algún modo, por las veces que la he visitado ya la siento un poco mía, me muevo más o menos bien por el casco antiguo y por el centro y es como volver en cierta forma a tu hogar, a algo que te pertenece.

No obstante, aquel día fue lo que las previsiones meteorológicas anunciaban, mucha lluvia. Si durante todo este viaje iniciático había hecho mi inventos para intentar secar mis modestas zapatillas los días que habían terminados empapadas, esta jornada no permitió ningún milagro, la lluvia era persistente desde el momento en que dejé el albergue y tuve la sensación de estar caminando encima de un charco todo el tiempo, como Moisés atravesando las aguas del mar Rojo.

La parte buena era que apenas tenía cuatro horas de trayecto y ya con la cercanía de Santiago la jornada tiene muchos atractivos, es entretenida porque ya hay muchos signos de civilización.

La lluvia no paró y la plaza del Obradoiro, en torno a la 1 de la tarde, que es cuando llegué, tenía una estampa ciertamente insólita, porque estaba casi vacía. Me refugié en uno de los soportales de enfrente y me hice las fotos de rigor. Fui a la Oficina de Acogida al Peregrino a recoger mi Compostela, que no sabía ni dónde guardar porque tenía humedad hasta en los huesos. Allí me encontré con Max, el ruso afincado en Málaga, al que deseé un feliz retorno y dicha en la vida.

Tenía toda la tarde para recorrer Santiago y, por supuesto, la visita de rigor al Santo, que se me antojaba más accesible que nunca, fácil en esta época pero más aún en ese día tan desapacible. Antes me alojé en el que ya viene siendo mi sitio de confianza en Santiago, el albergue Blanco, coqueto, limpio, con atención agradable de sus empleados y con algo que me gusta mucho de algunos albergues y es que las literas tienen una cortinita que cierras y te da cierta privacidad, algo barato y simple y que más de un albergue podría replicar. Le pregunté al dueño del albergue, el señor Blanco, que a esas horas estaba en la recepción, que me recomendara un restaurante de menú fuera de la zona turística y me mandó al Caamaño.

Antes de ir al restaurante tiré en un contenedor las zapatillas que me habían acompañado tantos kilómetros y tantos viajes, estaba bastante despegada la suela de una de ellas y ambas estaban, como se suele decir en términos automovilísticos, en las llantas, o sea que habían perdido tanta goma que ya se veían las plantillas. También tiré el chubasquero de plástico de esos que venden en los chinos por un euro, hizo el apaño sinceramente, pero ya tenía algún que otro agujero; es verdad que no es muy ortodoxo pero lo bueno es que no pesa nada en la mochila.

Casi podría escribir una oda al restaurante Caamaño, porque huelga decir que cuando estás en un esfuerzo físico tan continuado la comida es aparte de una necesidad, muchas veces también un regalo porque no todos los días había podido comer bien, por no encontrar nada, por no tener tiempo y, en todo caso, tenía que tirar de latas, fruta y frutos secos. Claro, en Caamaño había menú, creo que de primero pedí sopa y con toda seguridad de segundo cocido. Fue el cocido más sorprendente de mi vida, porque me esperaba un buen plato de garbanzos con sus aderezos y fue todo lo contrario, es decir, un plato de aderezos y exactamente me preocupé de contar, fue fácil y rápido, doce garbanzos. Estoy limitando el consumo de carne en mi vida pero no podía rehuir un plato con el nombre de cocido, mi plato favorito de siempre, y este llevaba, aparte de lo anecdótico de las legumbres, un trozo de tocino, chorizo, panceta, costillas, patatas y col, todo ello en abundancia (menos los garbanzos).

Fui a tomarme un café donde me tomé un tiempo para escribir unas postales, la lluvia no había cesado por lo que tuve que desistir de mi paseo por Santiago y solo hice la visita obligada a la Catedral y al Santo. Otro año más y nuevas experiencias que me proporcionan ya recuerdos imborrables. Kilometraje oficial: 22,8. Kilometraje con Strava: 23,36. Pasos según Strava: 30.386.

Es evidente que había hecho menos kilómetros que en el viaje anterior, pero la dureza de estas etapas me proporcionaba un plus, en todo caso, no había hecho la cuenta hasta el momento en que escribo esto y me sale que según el kilometraje oficial caminé 569,9 km y según Strava 633,06 km, y pasos vía Strava 835.064.

La vuelta también tuvo su parte anecdótica, no volví a casa directamente sino que hice escala en Madrid, ahora lo comentaré. Esta vez viajé en BlaBlaCar con el guitarrista de «Ella baila sola», Rubén Cores, una mera anécdota, aunque nos dio el trayecto para darle un repaso al panorama musical actual, un tipo muy majo.

La parada en Madrid es de las que vienen siendo obligatorias, allí está mi amigo Andy, con el que comparto más intimidades que con cualquier amigo en este mundo; siempre tenemos un plan pendiente de hacer que es del todo una excusa para reflexionar sobre nuestras vidas. No obstante, ese plan sí que tenía cierto cariz exótico, porque llevaba tiempo diciéndome que quería que fuésemos a visitar un terrenillo que se había comprado hace años en una zona o comarca un tanto desconocida y a más de una hora y media en coche en Madrid. La comarca es la de los Pueblos Rojos y Negros en la provincia de Segovia, rojos porque las fachadas están repelladas con barro rojo presente en la zona, y negros porque otros pueblos aprovechan igualmente la existencia de pizarra en su entorno como remate de sus construcciones.

Fuimos directamente el día que aterricé en Madrid para dormir en una casa rural de la aldea de Grado del Pico, perteneciente el municipio de Ayllón, donde además cenamos más que bien. A la mañana nos dimos una vuelta por la aldea y la idea era hacer senderismo ya en la pedanía donde Andy se había comprado el terrenillo, en El Muyo. Muy buena zona aquella donde la España vaciada se retuerce, los autóctonos sobreviven y todo se vuelve tan inhóspito como lejano. Tomamos un sendero que tal vez en fin de semana se llene de madrileños ávidos de naturaleza, pero ese viernes, era viernes, éramos solo nosotros, solos, durante varias horas en un rincón perdido en el que interseccionan las provincias de Segovia, Soria y Guadalajara.

Ya a la vuelta paramos a tomar café en Riaza, de esos pueblos castellanos recios, y adonde pertenece administrativamente El Muyo. Pintoresco y acogedor. Al día siguiente nos despedimos y volví a casa con un zurrón lleno de experiencias y la cabeza llena de fotos inolvidables.

Me he demorado tanto en escribir más que lo que quería por circunstancias familiares, pese a lo mucho que escrito me hubiera gustado escribir más, no tanto de lugares como de sentimientos, y no por Vds. que tal vez han hecho el esfuerzo y han tenido el tiempo de llegar hasta este renglón, sino por mí, porque cuando estoy en el Camino siempre me digo que quiero escribir esto y lo otro, y luego se me olvida, tal vez no fuera importante.

Este cuarto Camino me deja la impronta de la paz, de saber que no es épico hacer lo que hago, en el Camino que hago todo sale bien, y quizá sea eso lo que me hace sentir tan exultante, que a lo mejor es de las pocas cosas que me salen perfectas en la vida, que soy muy imperfecto en el día a día, y aquí sin duda es el único momento del año donde tus días están magníficamente bien aprovechados y no hay tacha ninguna, todo me sale mejor incluso que lo que imagino.

El Camino me impregna de la libertad más plena que he tenido en muchísimo tiempo; esta situación de soledad no deseada me ha obligado a adaptarme, no digo que no haya días en que esté dándole vueltas a la olla, pero no tiene sentido martirizarme. Mi hijo me pregunta siempre me pregunta si volveré a hacerlo, y si nada en mi vida cambia, pues sí. Ahora mi madre está enferma, ella es la prioridad. Y no, no tengo pareja, algo indeseable y es de lo que más me atormenta en la vida, porque egoístamente no creo merecerme esta situación, aunque todo sea fruto de mi imperfección, por lo que he tenido la libertad de no tener mi corazón compartido. Y no, no quiero una persona en mi vida que me sume, quiero que me multiplique, no quiero menos, y este tal vez sea también el gran problema de mi fracaso continuado.

En el Camino soy solo yo, nada más, muchas horas para pensar, ya no quiero ser tan ambicioso como en otras ocasiones como reflexión y lectura última de este nuevo Camino, porque siempre me decía que debía intentar ser mejor en la vida; no nos engañemos uno es como es, todos somos como somos, por tanto, esta vez seré menos pretencioso, me conformo con no empeorar la situación, me conformo con seguir siendo el que soy y no ser peor que el día anterior.

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