DESCUBRIENDO EL SNOOKER, LA MALDICIÓN DEL CRUCIBLE Y LA MAREA AMARILLA

El chino Wu Yize, nuevo
campeón del mundo 2026
No sé en qué momento de mi vida decidí que era bueno para mí ver snooker en la tele, probablemente desde el justo instante en que descubrí que me relajaba y que me entretenía, las dos cosas a a la vez o una de ellas; y es más, también era mi pensamiento recurrente, el de visionar jugadas, cuando en la cama algún pensamiento rumiante u opresivo hacía acto de presencia, típico en actuales momentos de zozobra.

Es verdad que he tenido la fortuna de poder disponer de los canales de Eurosport desde hace algo menos de un año, por una suerte de malabarismo técnico y vital, y lo cierto es que ese canal tiene cierta deriva hacia este deporte, considerando que a esto se le pueda llamar propiamente un deporte, cuidándolo y mimándolo, proporcionando al aficionado los torneos de máximo nivel.

Yo he jugado al billar en un pub, quién no, pero hasta hace un tiempo siempre decía que me gustaba más el billar clásico, el de carambolas, que es el que se juega actualmente en cualquier cafetería, el billar americano (pool bola 8). El primero lo veía de pequeño y no he vuelto a ver una mesa jamás en vivo, en el otro por repetido ya me pareció siempre más aburrido, amén de que cada uno se inventaba las normas y daba igual si ganabas o perdías, la cuestión era la pequeña dosis de adrenalina de meter bolas.

Las únicas incursiones del billar clásico, en realidad, el de tres bandas, que es el más profesional o extendido para una mesa clásica sin agujeros, lo recuerdo en la televisión allá por los años 80 cuando algún espacio deportivo por las tardes en la 2 (llamada popularmente la segunda cadena), transmitía el Mundial de esta especialidad y donde sobresalía un tal Kobayashi, o por lo menos es el que a mí más me llamaba la atención.

Como recuerdo último del billar clásico, el simple de carambolas, me quedo con unos billares que abrieron en Begíjar y donde los expertos del taco hacían sus delicias allí y había alguno al que no se le daba mal e incluso había comprado un taco expresamente, algo que no se estilaba y que parecía de todo punto clasista porque los que se usaban son los que había allí en el local. Pasaba muchas tardes allí, era la atracción del pueblo, y ya debo deducir que eso de las bolas me entretenía, debe hacer no menos de cuarenta años.

Pues eso, surgió en mi vida el snooker hace unos meses, una disciplina que, más allá del nombre, yo no conocía y que, además, al ver el tipo de mesas y las bolas, nunca la había visto en vivo jamás; y es que hay menos colorido que en el billar americano, en realidad, hay quince bolas rojas y seis de color, más la blanca.

La mesa yo diría que es más grande que la del billar americano, porque hay más bolas y se necesita más espacio, y la dinámica del juego es bien sencilla, lo primero es meter una bola roja que te da un punto en cualquiera de las seis troneras existentes, si consigues hacerlo ya puedes intentar introducir las de color, que dan más puntos, según cuál sea, la mejor es la negra que vale siete y la más pobre la amarilla que solo te da dos. Cuando embocas la de color tienes que intentar otra roja y así sucesivamente. Gana el que consigue más puntos.

Esto explicado así es muy simple y la verdad es que en buena parte de los «frame» (partidas) esto es lo que ocurre, aparte de que cuando se acaban las rojas y la última combinación de color, el juego no acabaría, salvo que un jugador tenga puntos suficiente y el otro no lo puede alcanzar y ya es innecesario seguir, pues hay que seguir metiendo las bolas de color por orden, empezando por la amarilla y terminando por la roja, en una secuencia obligatoria e invariable.

No obstante lo anterior se obtienen puntos adicionales por faltas que están bien tasadas, y ahí es donde entra en juego la palabra «snooker» que hace referencia etimológicamente a un engaño, de tal forma que la manera óptima de conseguir puntos, especialmente cuando vas por detrás en el marcador es dejar la bola blanca tan escondida que para darle a la bola objetivo, una roja cuando quedan rojas en el paño o una de color al final, que tienes que darle a varias bandas para llegar a ella, algo que hay que hacer con un tiralíneas mental.

He asistido este año a través de la tele a varios torneos y hace apenas un par de semanas al Mundial que anualmente se celebra en Sheffield (Inglaterra) en el Crucible Theatre (Teatro Crisol), lo lleva haciendo invariablemente desde 1977 y seguirá siendo la sede hasta 2045, por lo que popularmente al Mundial se le llama el Crucible.

En estos momentos en que yo he aterrizado en el snooker se está asistiendo a una pequeña o gran revolución, teniendo en cuenta que es un deporte muy clásico en los países anglosajones y especialmente en el Reino Unido, hace unos años se han revelado como una gran potencia los chinos, que han irrumpido con fuerza en las mesas y tienes varios jugadores entre los mejores del mundo, amenazando el dominio de jugadores de habla inglesa.

Si siempre me ha entretenido ver billar creo que este me lo resulta más aún ya que hay más bolas, más alternativas, más estrategias, y cuando hay situaciones de poco desarrollo y se están jugando los snookers, los engaños, ahí se ve de verdad la pericia de estos jugadores.

Y es que algo que me llama mucho la atención es la destreza que tienen los profesionales, sus lanzamientos cercanos tienen una eficacia superior al 90 %, es decir, fallan muy poco, aunque a veces sorprende que fallen algunos fáciles, y es que es una disciplina donde hay que estar muy concentrado y durante muchas horas. Pero no solo son diestros en los tiros cercanos, sino que, y ahí está la gran diferencia de nivel, en los tiros largos o en los complicados pueden acertar más de la mitad de las ocasiones. Y todo ello, aparte de que en juego defensivo, de seguridad, en los snooker te buscan las cosquillas haciendo tiros con una precisión increíble.

Con cierta o con mucha distancia tiene alguna similitud con el ajedrez, en el sentido de que hay que ir anticipando las jugadas, o lo que es lo mismo, los emplazamientos, es decir, debes embocar la bola que te corresponde y que la blanca salga orientada para que te permita hacer lo más asequible posible el siguiente lanzamiento, a veces algo delicadísimo por la disposición de las bolas.

La salida suele ser crucial porque los profesionales no le pegan al «pack» de lleno como hacemos los aficionados en el billar americano, sino que pegan en un lateral para que se muevan el menor número de bolas rojas posible, y así obligar al contrario a arriesgar; al final es inevitable que uno se juegue una bola complicada y de lo que acontezca en el resultado ya puede marcar el devenir de la partida. De hecho, en cuanto la mesa está ligeramente abierta un fallo se paga caro y los profesionales limpian la mesa donde tú apenas podrías embocar una bola.

En el snooker tradicional no hay tiempo ni de partida ni tiempo para ejecutar un tiro, aun así los «frame» no se suelen alargar demasiado si hay la mínima opción de ataque, y aunque los jugadores no tienen un tiempo estipulado para tirar, en las posiciones complicadas se lo piensan muy mucho, tardando a veces más de un minuto en jugar, estudiando las diferentes opciones como si de una posición de ajedrez se tratara. De todas formas para los jugadores es muy importante el ritmo, las rachas, y cuando están en situaciones donde se suceden los aciertos desean tener el brazo caliente y no demorarse mucho en tirar. Para los más impacientes existen torneos de snooker rápido donde tienes no más de quince segundos para lanzar, por lo que se suceden los fallos, aunque a mí esta disciplina me gusta menos que la clásica.

Como curiosidad, a la que asistí en directo en el último Crucible, en una de las semifinales se produjo un hecho insólito, y es que en una partida se enredó una jugada, harto extraña, en la que una bola negra estaba en una tronera rodeada de todas las bolas rojas, y los jugadores hacían mínimos tiros que no deshacían la situación, batiéndose el récord del mundo de duración de un frame con cien minutos. En estas situaciones de no retorno, digámoslo así, los jugadores pueden pactar reiniciar la partida, o lo puede dictaminar el árbitro, aquí un jugador no quiso y por cabreo metió la negra cuando iba con ventaja y al final perdió el frame.

Naturalmente con los ritmos habituales, en los que un frame puede durar quince o veinte minutos, se gana el partido venciendo en un número determinado de frames, en la final del Crucible de este año fue al mejor de 35 por lo que el triunfador debía alcanzar los 18 frames. El encuentro se disputó en cuatro sesiones durante dos días llegando a jugarse unas ocho horas en total.

He ido este año familiarizándome con la terminología del snooker gracias a los muy buenos comentaristas de Eurosport por mucho que algunos pudieran pensar que es un deporte aburrido, y por ende, he ido conociendo a lo más granado del elenco de jugadores que más o menos suelen coincidir en los grandes torneos.

Existe en el Mundial la denominada «maldición del Crucible» y es que ningún jugador ha conseguido jamás ganar el Mundial dos años seguidos cuando el segundo año es defendiendo su primer título. En este Crucible de 2026 hubo eliminatorias portentosas con la presencia de jugadores chinos y anglosajones, aunque se coló el iraní Hossein Vafaei que estuvo en los cuartos de final y consiguió derrotar previamente al número uno del mundo, el inglés Judd Trump (el primo de Donald, que no, jajaja).

A quien le tocaba defender el título era al chino Zhao Xintong uno de los talentos de la nueva hornada de jugadores de snooker chinos, un jugador bastante solvente pero que estuvo un tanto errático en las eliminatorias y que caería en cuartos con el que luego sería finalista el inglés Shaun Murphy, por lo que la maldición se mantendría un año más.

La final la diputarían el referido Murphy y otro prodigio chino como era el joven Wu Yize en un enfrentamiento épico en el que la igualdad fue la nota predominante, llegándose al definitivo «decider», es decir, llegaron empatados a 17 y el último frame se lo llevaría Yize proclamándose por primera vez campeón del mundo, debiendo enfrentarse el año próximo a la temible maldición. El choque disputado tuvo de todo, idas y venidas, tiros geniales y otros horrendos y al final mínimos detalles de absoluta genialidad y calidad le dieron el título al chino.

China, por cierto, que deporte en que se fija hace saltar la banca por los aires, no es para menos, una nación de con más 1.400 millones de personas por poco que un porcentaje mínimo de la población se dedique a ello ya es abundancia, y ya son millones de personas las que ven en sus casas, en la tele, los torneos de snooker, por lo que la marea amarilla está llegando.

No me gustaría terminar sin hacer un breve reflexión sobre lo que comenté al principio acerca de si se puede considerar esta actividad física un deporte. Actividad física lo es, pero también lo es tirar dardos (los torneos de dardos profesionales se celebran en grandes salas con mucho ruido y gente inflándose de cerveza), pero igualmente el tiro con arco, que es olímpico, un deporte de precisión donde hay profesionales con prominentes barrigas. Esto me recuerda a alguna entrada de este blog en la que hablaba de los deportes que no son deporte o deportes que me sobran (en el programa olímpico).

Yo no sé si esto es propiamente un deporte o habría que llamarlo de otra manera, y si tiene o no entidad para formar parte del programa olímpico. Hay un hecho que es innegable, es una actividad física de cierta intensidad pues los jugadores deben estar de pie varias horas y a ello se une una actividad mental, pero por contra el aspecto físico de algunos jugadores no es el de un atleta, hay algunos gorditos, y encima y este es un hecho que hasta cierto punto le aporta un aire clásico al snooker, se puede llegar a estar al máximo nivel a una edad muy longeva, este año uno de los semifinalistas fue el escocés John Higgins con cincuenta años y cuyo primer título mundial data de 1998, es decir, tres décadas después sigue rindiendo a grandísima altura, y no es el único caso. En fin, dejo a cada cual que saque sus conclusiones.

Yo, por el momento, me limito a seguir viendo, disfrutando y entreteniéndome y, de paso, para tener un recuerdo agradable que sustituya pensamientos rebeldes que me atrapan y me desasosiegan, especialmente por la noche.

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