Como me pasa últimamente mucho comienzo a leer libros que no sé ni cómo han llegado a mis manos; este año, más que nada por puro azar, de lo que voy leyendo casi nada me disgusta, estoy teniendo suerte o acierto, aunque es verdad que siempre he tenido mucha deriva hacia la literatura en lengua española, como si algunos autores extranjeros me echaran para atrás, como si hubiera un choque de culturas, que lo hay, y esa elección me está valiendo.
Así que sin demasiadas expectativas me puse a iniciar este «Yo no maté a Federico», que se me antojaba como título cómico, porque por las circunstancias de mi vida intento buscar últimamente lecturas amables y que me hagan reír, lo cual es tarea nada sencilla porque soy de gesto serio aunque de espíritu cachondo, si el ambiente es propicio.
Pero no, este «Yo no maté a Federico» de Carlos Mayoral tenía una historia detrás que ni por asomo me podía imaginar, porque ese Federico al que se alude no es otro que el insigne Federico García Lorca, aunque bien es cierto que tampoco te haces una idea de que va a ser él propiamente hasta que el autor, introducida la historia, nos lo mete como un personaje imprescindible de esta novela deliciosa.
Iniciada como una historia un tanto bucólica en la que un pastor de las Alpujarras se enamora de una maestra de escuela, comienzan una relación y tienen un hijo. El hijo; ya adolescente, comienza a colaborar con su padre en ciertos menesteres, entre otros el de recoger tabaco de distintas plantaciones de la Vega del Genil, entre otras, la de la familia de Lorca.
Al poco, el chico, Germán Monteverde se sentirá atraído por la música que sale de una habitación de la hacienda, la cual viene de un piano que toca el propio Federico, y en nada se constatará que más allá de esa atracción el joven tiene un talento especial para tocar dicho instrumento, porque con apenas práctica dispone de un fantástico oído musical y una habilidad innata para interpretar las piezas más exigentes.
Germán y Federico iniciarán una relación de amistad, casi como de maestro y discípulo, y será el propio Federico el que introducirá al adolescente en el ambiente cultural, musical y festivo de una Granada tan embrujadora y misteriosa como pujante en los años previos a la Guerra Civil y donde Lorca era, precisamente, una de sus cabezas visibles, pues era archiconocido, ya lo era en España pero mucho más en su tierra, donde era todo un icono.
Una vez configurada esta historia el autor vuela hacia el año 1942, ya terminada la Guerra, y ya todos sabemos el infausto destino del poeta granadino. No hay atisbo del Germán que llegaría incluso a debutar en el Teatro Cervantes de Granada, ahora malvive siendo empleado de un estanco, llora porque perdió a su padre en la Guerra, a su madre la encarcelaron por sus ideas izquierdistas y avanzadas y aún sigue en una cárcel de Málaga, y tiene el recuerdo de ese Federico que le cambió la vida, aunque fuera puntualmente.
A partir de ahí el escritor comienza a dar saltos en el tiempo en paralelo, el inicio de la Guerra en el 36 y la historia de Germán en el 41.
La del 36, más allá del auge de Germán es la del conflicto bélico donde comienzan a aparecer personajes reales que están en el punto de mira del que fue el prendimiento y ejecución de Lorca, y especialmente uno, el capitán Nestares, casi coprotagonista con Germán Monteverde de la novela, iremos conociendo poco a poco cuál fue su intervención en la referida muerte del poeta.
Mientras, igualmente en la historia del 41, Nestares coincidirá con Germán, más exactamente Nestares mandará a la cárcel a Germán porque este, como una manera de subsistir, se dedicaba al estraperlo de aceite. No obstante, descubriremos que ese encarcelamiento no es más que una estratagema de Nestares para «secuestrar» al joven y llevarlo a su casa con el único propósito de ayudar a sobrellevar una dolorosa enfermedad que sufre el padre de Nestares, en la inteligencia de que los dolores merman por el simple hecho de que le toquen música en directo, sí, efectivamente, del piano que tocará Germán para el anciano.
Por aquel entonces era relativamente conocido quiénes habían intervenido en la muerte de Lorca, tanto las cabezas pensantes como los ejecutores materiales. De Nestares siempre se habló y, de algún modo, esta novela trata de descargarlo de responsabilidad, si no de toda sí de la más importante, todo ello lo conoceremos pormenorizadamente a través del relato; para ello el autor se ilustró y documentó debidamente, entre otros y como intervinientes más destacados, la propia familia Nestares (que consta que siempre han intentado ayudar con su testimonio y con documentación dónde podrían estar los restos de Lorca) y el hispanista Ian Gibson, tal vez el hombre que más ha trabajado en la historia reciente por la búsqueda del lugar donde lo fusilaron. En todo caso, si fue tal y como lo cuenta este libro hubo varios otros antes que Nestares y con más autoridad que tuvieron un innegable protagonismo en que las cosas sucedieran tal y como las conocemos hoy.
Es obvio que el libro inspira a la reflexión acerca de la figura de Lorca, siempre he pensado que para mí lo relevante es su legado, aunque es innegable que de encontrarse sus restos sí que podría ser un motivo para impulsar su figura a nivel cultural, pero me temo que otros lo reivindicarán para hacer política. Hay división de opiniones acerca de por qué lo eliminaron, y tal vez no fuera tanto por ser la figura cultural que era, que también, sino porque era un golpe de efecto para una Guerra que se iniciaba y su muerte era una llamada de atención, aparte de eso consta que se le ajustició por masón, homosexual y por ser cercano al socialismo o amigo de socialistas; su muerte fue algo simbólico.
De algún modo, mientras conocemos los últimos días de Lorca y el papel que tuvo Nestares, es el propio Nestares en 1942 quien, de algún modo, también retiene a Germán para expiar sus culpas y para reconocerle que su papel no fue nada importante en la muerte del poeta.
Germán se revela en el libro que es homosexual, ya sentía cierta atracción hacia Lorca sin consumación, pero en el presente recuperará la amistad con un tal Rafael (curiosamente de Bailén, o al menos sus padres tenían una fonda en Bailén), al que ya había conocido en esos momentos intensos de cultura previos a la Guerra Civil.
Me ha evocado mucho la novela, porque me recuerda mis años mozos viviendo en Granada, tal vez la segunda o tercera ciudad donde me gustaría vivir; y por un momento pensé que el autor era granadino, pero no, es un periodista madrileño que se ha ilustrado fantásticamente para ofrecernos una novela con un nudo y un final, y también un documento histórico aparte de una hipótesis sobre la muerte de Lorca.

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