No pocas veces he comentado en esta mi bitácora que a veces no sé cómo ha venido a mí una película, un libro, una serie…, se me pierde en la noche de los tiempos y simplemente divago que alguna razón tuvo que haber. En otras ocasiones es una historia la que me lleva a otra, o sea, leo un libro que hace referencia a otro, o a una serie o a una película y viceversa, y este es el caso en el que me encuentro hoy ya que tengo perfecta conciencia de ello.
Fue hace unos meses, con ocasión del libro de Javier Cercas «El loco de Dios en el fin del mundo», que narraba el viaje que el papa Francisco hizo a Mongolia poco tiempo antes de su fallecimiento y en el que el ilustre escritor aprovechaba para hacer un concienzudo repaso sobre el devenir de la Iglesia Católica en los últimos tiempos. Allí da a conocer, a modo de comparativa, aun con distancia, con el papa Francisco, la historia de «El Cristo de Elqui», un personaje que vivió en Chile en el siglo XX y que cuando era joven, años 30-40, dejó sus diversos oficios de obrero y artesano en la pampa chilena viéndose conminado por la palabra de Dios y fue predicando la misma entre los desheredados como una especie de esperanza mesiánica para mucha gente.
Quise conocer más de esa historia y más allá de algún que otro documental, libros escritos sobre él, y los que también escribió el propio personaje, me sorprendió que en Chile se hubiera hecho una ópera; así que para mí fue como un reto, en esta nueva deriva que tengo hacia la ópera, esto me parecía más que atrayente: el conocer una ópera moderna, a contrapié de los circuitos habituales y clásicos que yo frecuento y, sobre todo, un acercamiento tanto a nuevos movimientos como a una ópera interpretada en español, lo cual es poco frecuente.
La ópera tiene música del compositor chileno Miguel Farías, con libreto de Alberto Mayol, este último un todoterreno de la cultura y que también fuera candidato a la presidencia de su país. Hará más de ocho años de su primera puesta en escena y dudo que ya se esté representando en la actualidad, y en el futuro lo dudo, toda vez que el montaje es verdaderamente imponente, arriesgado y costoso.
Me ha interesado más en el visionado de la ópera la música por encima de la letra, sobre todo teniendo en cuenta que aunque sea en español, al no disponer de libreto y me ha sido imposible encontrarlo, alguno de los diálogos o estrofas no se entienden. En todo caso, es un tema casi menor porque las partes que pierdes son absorbidas por el contexto y te haces una idea certera del argumento y del mensaje de la historia.
Aquel hombre que representó a ese Cristo de Elqui (Elqui por la provincia norteña de Chile de donde procedía) se suponía que había recibido una revelación y se dispuso a convertirse en una especie de Jesucristo, ataviado con una túnica de saco y con barba prominente; tenía un discurso que impactaba, incluso llegó a estar acompañado por doce discípulos, que en la ópera no aparecen.
En la ópera sí aparece el punto de partida, que no es otro que el de la Iglesia institucional siempre plegada a la tradición y al inmovilismo, canónica, una Iglesia oronda e intransigente, y que necesita, requiere, que ese hombre que está moviendo los cimientos de la institución, sea ninguneado, eliminado si cabe. En esas primeras escenas vemos a un Cristo que, en la ópera no aparece con barba, pero cree que está mediando para resucitar a un minero, cuando se trata de una burla.
El Cristo se inmiscuye en los prostíbulos, eso parece que fue así, y es la única voz amiga que escucha a esas pobres desdichadas que en aquellos tiempos eran tratadas casi como infrahumanas; allí él será bienvenido y las chicas, más allá de ver una divinidad, encontrarán a una persona que se para a estar con ellas, que las ve como personas, transmitiendo un mensaje trascendente.
En esos espacios áridos, ardientes y desapacibles de la pampa chilena se asiste a la muerte de la Reina Isabel, la cual es el punto de inflexión de la ópera, se trata de la prostituta más famosa, y respetada de aquellos confines. Su muerte trata de de simbolizar el fin de una era de esplendor y comunidad en las pampas salitreras (región histórica y el epicentro de la industria del salitre en el desierto de Atacama); cuando ella muere, el prostíbulo entero (y el pueblo) entra en un luto profundo. Su fallecimiento representa la decadencia total de ese mundo obrero que se está extinguiendo y la pérdida de una de las pocas figuras que humanizaba la dura vida de los mineros, se produce una especie de conjunción, casi de amor místico entre la prostituta y el Cristo.
Es obvio que aquí deviene un comentario que es ineludible realizar, y es que la ópera es irreverente, grotesca, sarcástica y manifiestamente anticlerical, tanto es así que se relata que en su estreno algunas personas se salieron de la sala del Teatro Municipal de Santiago.
Otro momento, con el que culmina la ópera es la esperada llegada de este mesías a Santiago, una venida que se esperaba en tren, un Domingo Zárate Vega, que es como se llamaba realmente el Cristo de Elqui, que iba a ser recibido por curiosos y seguidores, pero también por las autoridades civiles, alentadas por las eclesiásticas, para prender a este revolucionario, algo que sí que ocurrió en la vida real.
Esto ya no aparece en la ópera, lo mandarían a un manicomio, salió a los meses, parece ser que siguió predicando a menor escala y finalmente su vida cuando alcanzó la mediana edad pasó a ser común, mundana y prácticamente anónima.
Es una ópera muy potente por la puesta en escena, mágica, provocadora, y la música es muy sugerente y perfectamente soldada a cada pasaje, y es que está escrita precisamente bajo los códigos de la música contemporánea, el dodecafonismo, la atonalidad y el uso de técnicas propias del siglo XX (como las texturas densas, los ritmos complejos y las disonancias).
El desierto y la locura no son armónicos, las notas que chocan y la atonalidad nos evocan la hostilidad del desierto, el sol abrasador, el viento implacable y la crudeza de la vida minera, incluso el reflejo musical de la mente fragmentada y delirante del propio Cristo de Elqui. La música suena inestable porque el protagonista está psíquicamente inestable.
Farías utiliza deliberadamente esa crudeza y complejidad sonora para que sintamos la misma incomodidad, el mismo calor y la misma locura que los personajes están viviendo en escena, masas de sonido orquestal muy densas, pero a la vez ásperas y distorsionadas para acentuar el drama.
De algún modo he percibido que mientras los personajes cuerdos o represivos (como la policía) tienen una música muy rígida y cuadrada, los personajes marginados se mueven en un impresionismo libre, y los «locos» caen de lleno en la atonalidad y las disonancias.
En definitiva, un reto conseguido, una experiencia más que aconsejable, un regalo que me hago, puesto que las redes permiten estos milagros, de otro modo sería imposible.

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