"EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS", DE LEONARDO PADURA

Confieso que me costó aterrizar en esta novela; para empezar fue una de las que me llevé al Camino de Santiago que hice los pasados meses de octubre-noviembre, pero no me dio tiempo, estuve con otra que me absorbió más, y esta la dejé para más adelante, teniendo en cuenta que era voluminosa, de largo recorrido, y se necesitaban muchas horas de lectura de las que a veces uno no dispone con la continuidad que le gustaría.

Pero lo del problema de aterrizaje no es porque la pospusiera sino que cuando me dispuse a leerla me pareció demasiado densa al principio, no entendía muy bien la trama, teniendo en cuenta que había tres narradores y tres espacios temporales distintos y, de algún modo, una sola certeza, la vida de Trotsky tras su deportación de la Unión Soviética.

León Trotsky (Lev Davídovich Bronstein) había sido una figura clave en la Revolución de 1917 que pondría las bases para la creación del primer estado comunista del mundo, toda una filosofía social que llevada a sus extremos teóricos había de proporcionar la felicidad a todos los ciudadanos. Igualmente fue el artífice del Ejército Rojo, así como uno de los líderes más icónicos e influyentes de Rusia y lo que después sería la URSS.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin se convirtió en el hombre fuerte del comunismo y comenzó a aislar a Trotsky, hasta que finalmente lo deportó de la URSS en 1929, iniciándose toda una estrategia estalinista de purga y de dictadura con mano de hierro que llegó a generar más de veinte millones de muertos a lo largo de cerca de tres décadas.

Cuando empiezas a tocar tierra te das cuenta de que estamos asistiendo a la historia de Trotsky y de su exilio primero en Turquía, después en Francia, Noruega y finalmente en México, una especie de huida hacia adelante, no tanto para escapar de una sentencia segura de muerte, que también, sino para encontrar un lugar en el mundo donde lo aceptasen.

Pero la novela no se centra exclusivamente en Trotsky, para empezar tenemos una historia que desconcierta un poco al principio y es la de la amistad que traban en la playa de Santa María del Mar de La Habana, un ayudante de veterinario, Iván Cárdenas Maturel, y un misterioso personaje que dice estar de retiro en Cuba, un español, Jaime López, que siempre se hace acompañar en su paseo costeño por sus inseparables perros de la raza borzoi (galgo ruso) Ix y Dax.

En paralelo a ello conoceremos la historia de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, no es un misterio a desvelar, es una realidad, y la novela juega con cómo debió ser el momento de la captación de este hombre que estaba guerreando en la Guerra Civil y que fue llevado a la Unión Soviética para una de las misiones más importantes y también peligrosas de las que propugnó Stalin. Todo un proceso de adiestramiento que pasaría no solo por una disciplina psicológica para ser insensible a la hora de matar a Trotsky o a cualquier persona, sino también para convertirse en otra persona, hablando varios idiomas, con un perfil distinguido y unos modales refinados.

Aunque al principio, ya digo, puede resultar pesadita, diría que podría haberse acortado algo, cuando las vivencias paralelas de Trotsky y Mercader coinciden, este último convertido en Frank Jacson (sí, sin la k) o Jacques Mornard, es el momento en que el relato convertido ya en una auténtica novela negra, cobra todo su sentido. Un Trotsky reflexivo que sabe a ciencia cierta que por mucho que se esconda, por mucha gente que lo proteja, tarde o temprano los tentáculos de Stalin llegarán hasta él para liquidarlo. Y su asesino, también con sus miedos, sus argucias, su sensibilidad, sabedor y convencido de que su acción llegará a librar al mundo de un poderoso enemigo. Y es que, por entonces, lo que se vendió es que con el inicio de la 2ª Guerra Mundial, Trotsky apoyaría a Hitler para derrocar a Stalin y ser el nuevo gobernante impuesto en la Unión Soviética.

A todo esto, asistimos en un momento más presente a esa extraña relación en La Habana entre Iván, el que vamos suponiendo que es el escritor de la novela, y Jaime López. Fruto de esa confianza este último llegará a contarle toda esta historia de la muerte de Trotsky, porque supuestamente se la habrán contado a él, aunque Iván irá asumiendo que, en realidad, su interlocutor no es otro que el propio Mercader, viviendo sus últimos años de vida en este retiro cubano y sufriendo un cáncer terminal.

La historia es la que es, quiero decir, que lo más relevante está suficientemente escrito y documentado y Leonardo Padura nos invita a este juego de elucubrar acerca de cómo se gestó todo, los meses previos a la muerte de Trotsky, los movimientos de Mercader, su destino posterior, etc., y todo ello desde un punto de vista que, diría que es, sorprendentemente humano. Con la perspectiva del tiempo, no se buscan culpables propiamente, ni siquiera ideales, todo lo más cierta compasión hacia los intervinientes físicos e intelectuales de un magnicidio que lo hicieron por la convicción de que con ello ayudaban a la humanidad. Todo lo más, se subraya la figura de Stalin, un siniestro personaje, megalómano, que se deshizo de todos aquellos que no formaran parte de su plan de llevanza del comunismo. Y Mercader quedó como un héroe trágico y semiclandestino; cumplió veinte años de prisión en México y, aunque al llegar a la URSS recibió en secreto la máxima condecoración de Héroe de la Unión Soviética, se encontró con un país gris y burocrático que terminó de desmoronar sus ideales.

No es baladí el título de la novela dado que no solo Ramón Mercader amaba a esos perros de la raza borzoi con los que daba paseos por la playa, sino que el propio Trotsky, al que se le ve en la foto de portada del libro con dos perros, se reconocía como un amante de los perros y de los animales en general.

Es curioso porque cuando digo que esta es una historia consabida, tal vez fue más impactante por el método que usó Mercader para deshacerse del líder revolucionario, y fue con un piolet. Arma tan atípica no fue elegida por simbolismo (aunque pasara a la historia como tal), sino por pura logística criminal: era silenciosa (a diferencia de una pistola, que habría alertado al instante a los guardaespaldas) y letal, permitiendo a Mercader intentar una huida limpia que finalmente no logró.

Y todo esto me lleva a que de pequeño yo vi un corte de una película en la que se veía cómo un español mataba a Trotsky con un piolet en México, esto se me quedó grabado para siempre; y la novela que está perfectamente documentada y el autor cita no menos de treinta personas que le han ayudado a construirla de algún modo, no nombra a la película que seguro que vio y que refleja una parte destacada de la novela, y que yo precisamente he visionado estos días y que no debe ser otra diferente a ese corte que yo vi un día, me suena que en «Informe semanal», pues se trata de «El asesinato de Trotsky», de 1972, dirigida por Joseph Losey e interpretada como protagonista por el gran Richard Burton.

Curiosamente en la realidad, Ramón Mercader, que tenía don de gentes, se ennovió con Sylvia Ageloff, activista y colaboradora de Trotsky, que entraba habitualmente en el refugio de Trotsky sito en Coyoacán, un suburbio de Ciudad de México; Sylvia era una mujer escasamente agraciada y Ramón la usó como señuelo para ir entrando poco a poco en casa de Trotsky sin despertar sospechas. No obstante, en la película la tal Sylvia es representada por la bellísima Romy Schneider.

La película es algo pobre, espesa, demasiado larga y eso que sólo dura noventa minutos, y eso que tiene un elenco actoral magnífico, el mismo Ramón Mercader es Alain Delon; pero es demasiado lenta, superficial con la historia, y con muchos elementos oscuros que únicamente puedes resolver si conoces la historia de verdad. Ah, la película no refleja la muerte que yo vi en aquel documental, en este era más explícita que en la peli.

Más allá de las críticas expresas de Padura acerca de lo mal que se ha vivido (y se vive) en Cuba, una nación llena de hipocresías. La novela es una oda a lo que fue la perversión de la gran utopía del siglo XX, el pensar que el comunismo podría prosperar en un país y dar prosperidad a sus gentes, y que hoy vive en reductos férreos, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas, sueños, años y hasta sangre y vida.

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