Cada vez que se acerca un Mundial de fútbol me digo a mí mismo que tengo que escribir algo del pasado, de la historia densa del acontecimiento deportivo más grande del mundo, después de los Juegos Olímpicos, o con permiso de estos. A veces no lo consigo, pero esta vez he querido llegar más o menos a tiempo.
Cuando era joven me aprendí la historia de los Mundiales, me sé bastantes datos, resultados, partidos, anécdotas…, con el tiempo decayó algo mi interés, y por los muchos que se han celebrado después de acabar mi juventud ya no he podido ir quedándome con tantos datos, así que sé más del Mundial del 54 que del que se celebró hace ocho años.
Así las cosas, me temo que no voy a ser demasiado original, nada original, y que conste que esta es una historia que por su antigüedad yo sí debía haberla conocido de joven, pero no, la conocí mucho tiempo después. Cuando la selección de la República Democrática del Congo juegue su partido de debut en este Mundial el próximo 17 de junio contra Portugal esta historia habrá sido recordada ampliamente por televisiones, radios y medios de comunicación.
Sí que es cierto que cuando la República Democrática del Congo estaba jugándose la repesca final contra Nigeria, muchos de los buenos aficionados al fútbol deseábamos que el conjunto congoleño reverdeciera los viejos laureles de aquella mítica selección del Zaire (antiguo nombre de ese país) que concurriera al Mundial de 1974 en Alemania (por aquel entonces celebrado en la parte occidental o Federal, no en la parte de la República Democrática, que era paradójicamente la parte no democrática).
Y lo consiguió, así que esta será la segunda participación de ese país, ya digo que hace años se llamaba Zaire pero el país es exactamente el mismo. Aquella participación en el Mundial de 1974, que curiosamente es el primero del que yo tengo recuerdo, pasó a la historia por varias razones, para empezar ya era complicado clasificarse, lo hacían dieciséis naciones, por lo que ser el primero de África, aun con poco nivel, aun siendo cabeza de ratón, ya era mucho; los zaireños habían ganado dos años antes la Copa de África y se postulaban como el país más potente del continente africano para poder competir contra los gigantes europeos y americanos. Por otra parte, para añadirle cierto toque exótico, era la primera vez que clasificaba al Mundial un equipo que no fuera del norte de África, o sea, la primera vez que un auténtico equipo de jugadores del África subsahariana se las veía en la más grande fiesta del fútbol.
La historia que yo conocí después, pasó por ser la jugada más surrealista de todos los tiempos, y creo que esa etiqueta aún no la ha abandonado. Jugaban su tercer partido contra Brasil, los cariocas ganaban por 3 a 0 bien avanzado el segundo tiempo, e iban a lanzar una falta al borde del área zaireña; antes de que el árbitro pitara para que el jugador brasileño chutara salió disparado de la barrera un jugador rival, Joseph Mwepu Ilunga, golpeando el balón como si la falta fuera al revés, inmediatamente el árbitro le mostró la tarjeta amarilla.
Durante mucho tiempo aquella jugada surrealista, que lo es propiamente, sirvió como una burla a los jugadores africanos, no exenta diría yo de algo de racismo. Se dijo que los jugadores africanos no se sabían las reglas y que Mwepu Ilunga pensó que ese libre directo, era precisamente eso, más que libre.
Con el tiempo aquella jugada curiosa escondía una intrahistoria mucho más tétrica, incluso trágica. El Zaire estaba gobernado en aquellos años con mano de hierro, la del dictador Mobutu Sese Seko, que dio un golpe de Estado años antes y estuvo al mando del país siendo responsable de masacres, represión brutal y desfalco de miles de millones de dólares; nada nuevo para muchos países de esa África descolonizada que se hacía ver al mundo con políticas que eran cualquier cosa menos amables para su ciudadanos, cuando no eran estación de llegada para dictadores de medio pelo cuya filosofía era primero yo, después yo y, si queda algo, para mí también.
Y ojito, porque este Zaire, o República Democrática del Congo, no confundir con la República del Congo (o Congo-Brazzaville), país vecino. El Zaire de Mobutu era el antiguo Congo Belga, donde los belgas cometieron uno de los mayores genocidios y episodios de racismo y denigración del ser humano de toda la historia, es un país que por potencial debiera haber estado más veces en un Mundial de fútbol; es la cuarta nación más poblada de África y la segunda en extensión, todo un gigante.
Pues había que tener mucho cuidado acerca de cómo se las gastaba el amigo Sese Seko, porque eso de ser la selección comparsa parece que no pasaba por su cálculos. Lo cierto es que más allá de ser la selección más potente de África en ese momento, el nivel no llegaba para competir contra las clásicas selecciones europeas y americanas, con ligas fuertes, buenas infraestructuras y recursos económicos holgados.
En el partido de debut de los zaireños ante la selección de Escocia la puesta de largo no estuvo demasiado mal, pues perderían por un asumible 2 a 0 el 14 de junio de 1974, resultado con el que se llegaría al descanso y que se mantendría durante la segunda parte.
En el segundo partido ante Yugoslavia (país hoy extinto como todos sabemos), los africanos se dieron un golpe de realidad perdiendo por un inapelable 9 a 0, que a buen seguro que escoció en el país y en su líder, tanto es así que, al parecer, la presión de miembros del gobierno zaireño sobre los jugadores provocó la situación surrealista que aquí se relata.
Y es que haber recibido once goles en dos partidos y, especialmente, esos nueve que se antojaban como de risa o de esperpento, por mucha diferencia futbolística que hubiera no sentó nada bien a Sese Seko, e instó a que en el último partido contra Brasil, choque que se daba más que por perdido, no se hiciera el ridículo, incluso se llegó a comentar que no se podía perder por más de tres goles o las consecuencias sobre los jugadores serían imprevisibles a su llegada al país.
El 18 de junio de 1974, a las 19:30 en el Parkstadion de Gelsenkirchen ante 31.700 espectadores se veían las caras Zaire y Brasil en una cita donde el ganador se sabía y lo único apostable era saber cuál sería el número de goles que los sudamericanos endosarían a sus contendientes. Los zaireños volvieron a hacer un ejercicio de resiliencia y se irían al intermedio con un solo gol en contra, en la segunda parte cedieron dos goles más y quedando pocos minutos para el final del partido fue cuando se produjo esa acción tan extraña. El árbitro del encuentro, el rumano Nicolae Rainea mostraría tarjeta amarilla al defensa zaireño protagonista de esta anécdota.
Ya digo que durante mucho tiempo sirvió de mofa, pero después se descubrió la terrible intrahistoria de esa jugada tan inusual. El jugador quería perder tiempo y que no se materializara el cuarto gol brasileño, evidentemente que se sabía las reglas, por hacer un chiste fácil, negro sí, pero tonto no, y todo esto porque siempre, como digo, se interpretó esta jugada con un evidente tono supremacista. Aquella jugada terminó, por cierto, sin consecuencias para la portería africana y el partido terminaría definitivamente con la victoria brasileña por 3 a 0.
Mucho se habló después de las consecuencias reales de aquella no muy positiva participación de Zaire en el Mundial 74, como que muchos de esos jugadores cayeron en el ostracismo, alguno que otro muerto en extrañas circunstancias…, esto daría para un documental, incluso para una película. Lo cierto es que Sese Seko pareció tomar cierta distancia del fútbol y durante años, bastantes años, el nivel bajó notablemente. Más conocido fue Sese Seko y el Zaire, cuando unos meses más tarde organizaría en la capital Kinsasa la pelea de boxeo que se conoció como The Rumble in the Jungle (La pelea en la selva), y que enfrentaría al campeón mundial de los pesos pesados, George Foreman, y al aspirante Muhammad Ali. Aquel acontecimiento deportivo tenía mucho de reivindicación de la raza negra y pasó a la historia por el impacto que tuvo.
Cuando la República Democrática del Congo vuelva a pisar el césped de un Mundial más de medio siglo después uno no imagina que unos gobernantes puedan ser tan obtusos como para obligar a sus jugadores a conseguir logros que en sus piernas no tienen. Más allá de que este país pueda conseguir un resultado positivo, tiene un reto mucho más accesible, que es marcar un gol en un Mundial, en 1974 no lo pudo hacer, y la salsa del fútbol son los goles, así que de ocurrir eso sí que será noticiable.
También es verdad que de 1974 hasta ahora han cambiado bastante las estructuras del fútbol y la globalización es algo más que común a este deporte. Para muchos países africanos donde ha habido una notable diáspora por la emigración a países occidentales con objeto de lograr bienestar, muchas selecciones apenas cuentan con jugadores nacidos en esos países. En el caso de la República Democrática del Congo, solo seis de los veintiséis convocados nacieron en ese país, el resto se reparte fundamentalmente por Francia (foco de llegada de muchos países africanos francohablantes), Bélgica, Inglaterra…
No es el caso más flagrante, Curazao, el pequeño país caribeño, cuenta con una selección donde veinticinco de sus veintiséis integrantes han nacido en los Países Bajos. Hay, por cierto, once jugadores nacidos en España que jugarán para otras selecciones. En Túnez hay quince jugadores no nacidos en ese país, dieciséis en Haití y Argelia, diecinueve en Marruecos, catorce en Cabo Verde, y también catorce en Catar, donde muchos han sido nacionalizados a golpe de talonario.
Difrutemos pues y que gane el mejor, y si puede ser la selección española pues ya sería grandioso.

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