"LA TRAVIATA", DE GIUSEPPE VERDI

De verdad que si veo ópera es porque no puedo imaginar, ahora, que me hubiera perdido esta maravilla tanto tiempo. A quien se le ocurrió la genial idea de juntar teatro y música, que seguro que si miro en Internet sabré del origen, habría que encumbrarlo, que seguro que lo está. Si ambas artes ya son per se entes de tal fuerza emotiva que son capaces de parar el mundo, unidas todavía son aún más potentes.

Pero hete aquí que me pregunto con el bagaje mínimo aunque ya con algo de madurez de mi visionado de óperas, que parece tener más peso la música sobre la letra, lo que se canta sobre lo que se narra y, de hecho, las óperas son conocidas por sus compositores y no por su libreto, y no sé si ese es el sentido que los inventores o precursores de este género, que la música fuera lo principal y la letra lo accesorio.

Y perdone usted, o quien sea que piense así, o si ese es el criterio universal. A mí no me llama tanto la ópera por la música o porque tenga un aria muy famosa si el fondo argumental no me llena, es que para ese viaje no se necesitan tales alforjas, más allá de escuchar voces magníficas cantando en directo y con una belleza tonal increíble, porque para eso está la música despojada de lo otro. La ópera es más, es una historia que se cuenta y que cantada es aún más excelsa.

Ya estoy llegando, ya lo voy a decir, «La traviata», de Verdi, no me gustó, y no tanto por la música sino porque la historia no me llegó, ni me parecía elaborada, madura, interesante, ni creo que sacada del revestimiento musical pudiera pasar el corte de una obra medianeja. Y ahí voy, al hilo de lo de antes, porque el libreto de la ópera es de Francesco Maria Piave, y ¡ojo!, que tal vez me estoy metiendo en un jardín, suerte que esto no lo lee mucha gente ni tengo haters conocidos, porque se trata de una adaptación de la novela de Alejandro Dumas «La dama de las camelias», que lo mismo la leo, no tengo el gusto, y me inspira más que esta ópera derivada.

Por tanto, y para ser justo con mi planteamiento que no me haya gustado esta ópera no es demérito exclusivo de Verdi, que más allá de lo conocido, poco de lo que se escucha es tan popular como pensaba, el tal Piave tampoco se lo curró tanto bajo mi punto de vista.

«La traviata», que se podría traducir como «La extraviada», representa a una cortesana; en la puesta en escena que yo presencié casi podría ser una libertina; en cualquier caso vive un tanto suelta, anclada en el desenfreno que le proporciona el barón Douphol, una especie de pretendiente de Violetta, la protagonista, está dando una fiesta en la que celebra su recuperación de la tuberculosis. A esa fiesta acude el antagonista de Douphol, el aristócrata Alfredo Germont que durante la velada, y aunque la conocía previamente, se enamora de ella y le propone un vida juntos y una seguridad que no tiene. Ahí se sucede el aria más famosa de toda la ópera, y diría que de los diez temas más conocidos de cualquier ópera en la historia, el «Libiamo ne’lieti calici», un brindis que se dedican ambos enamorados y personajes principales.

En el segundo acto ya se ha consumado esa unión, pero se presenta en el hogar familiar el padre de Alfredo, Giorgio, que trata de conminar a Violetta para que abandone a su hijo, porque tal relación escandalosa está perjudicando a su hija, ya que esta relación está haciendo perder caché a la familia. Violetta en un gesto de amor y honestidad accede a ello. Alfredo no va a entender este desprecio y la acusará poco menos de que es una cualquiera y que incluso él realmente pagaba por sus servicios.

En el acto final Violetta, que ha recaído en su enfermedad, recibirá una carta del padre de Alfredo en la cual le comenta que su hijo ya lo sabe todo, esto es, que el abandono fue producto de su petición para el bien de la familia Germont. Como es lógico, cuando se revela todo ya es absolutamente tarde y el amor se reivindica pero el arrepentimiento, la desolación, la tristeza y, aun al final, un amor extremo, son lo que coronarán la representación.

Sí que diría que tiene una parte notable de crítica social, que esa sí que no se la voy a negar, porque si en algo ayuda el relato en una ópera es también para crear conciencia social y eso para los ciudadanos del siglo XIX, que es cuando se estrenó esta obra, era algo que no se podía soslayar, teniendo en cuenta que no había tantas posibilidades como ahora para que el pueblo adquiriera el hábito de cuestionarse lo que estaba fallando en la sociedad y cómo podría mejorarla.

Precisamente la representación que yo vi en el Teatro Cervantes de Linares el pasado 11 de abril, interpretada por la orquesta provincial Hesperian Symphony Orchestra que lo hace sinceramente de maravilla, cuenta con una adaptación, una especie de modernización, la acción se sucede en la actualidad, hay móviles, la vestimenta no es decimonónica, aunque con algún guiño clásico; y aunque las diferencias sociales existen y un argumento de estas características podría darse de forma real, creo que no encajaba del todo ese salto temporal.

Los actores en la nómina de Producciones Telón, entre los que destacaron las voces de María Ruiz, Eduardo Sandoval y Manuel Mas (los tres actores principales), le dieron empaque a la obra y actuaron con voces nítidas y sin equivocaciones, lo que es el auténtico milagro de este género, pero en definitiva, la obra no me llegó, ni lo que se contaba, demasiado enrevesado y difícil de creer y defender, y luego la música me pareció que tenía algo de morralla, que quizá esto último también sea una barbaridad dicho de mi parte.

Comentarios