Esta novela es otro reto más, espero que no tenga muchos más guardados, aunque alguno que otro caerá en el futuro. Alentado por la buena crítica que tenía me decidí a meterle mano hará ya casi un año, lo leía a ratos y muy poco, lo fui dejando porque no me llenaba y, de repente, surgió la chispa o yo creí entender el libro, y ya todo fue más fácil, o relativamente.
Tal vez la clave estuviera ahí, y es que no es una novela al uso, más diría que es un ensayo novelado, y por ajustar más, es realmente una novela de novelas, un recorrido errático por la América del siglo XX, con especial atención a políticos, cineastas, escritores e intelectuales en definitiva; cuesta entender todo esto.
El peruano Gustavo Faverón nos ofrece inicialmente el caramelo de una trama convencional. Sin embargo, cuando retira esa estructura y nos desorienta, es fácil sentir desazón; en mi caso, fue una reacción inevitable. No es tan larga la novela, algo más de quinientas páginas, pero de principio parecía un mamotreto por la complejidad de la narración. Y he de decir que un día me la llevé a pasear y le encontré el sentido, porque en realidad, con ese recorrido por la historia americana contemporánea más que hacer un ejercicio de divulgación por interesantes personajes que yo no conocía, lo que Faverón pretende es hacer una enorme reflexión sobre las dictaduras sudamericanas del siglo XX, con alguna que otra conexión con el nazismo o con las guerras posteriores al desmembramiento de Yugoslavia.
Ese frenético y caótico camino que el autor nos invita a afrontar es un grito de desesperación por los criminales que llegaron al poder para servirse y no para servir a los demás, que proporcionaron pesadillas gratuitas a mucha gente, y que muchos de ellos murieron impunes. Es también, claro, el recuerdo de tanto ciudadano anónimo que sufrió en sus carnes todo tipo de tropelías.
«Vivir abajo» es toda una metáfora de buena parte de esa Sudamérica del siglo XX dominada en muchos países por caudillos, dictadores que hacían del terror su enseña, y precisamente cuando no mataban directamente a quienes les estorbaban aunque fuera por mínimos motivos, pues encerraban a sus detractores en prisiones infames, muchas de ellas excavadas en el subsuelo, de ahí la metáfora, para que sus moradores no pudieran ver la luz del sol en su cautiverio.
Aterrizas en la novela cuando te das cuenta de que no hay un relato normativo, una cronología, una secuencia, los personajes inventados se alternan con otros reales, y es un paseo más que vívido por las cloacas de Argentina, Paraguay, Bolivia, Brasil, República Dominicana, Perú… Es un recorrido que haces en primera persona por el miedo de estar en las calles de esos países y ser mínimamente distante con el régimen; y a colación de eso estaban los palmeros, esos que aun en las democracias siguen perviviendo, dispuestos a cometer cualquier tipo de atrocidades por orden directa de arriba o sin ella, había una patente de corso, una ausencia total de escrúpulos que justificaban con una lealtad ciega, un ejército en la sombra que con tal de mantener sus propios privilegios actuaba con absoluta crueldad: violaciones, maltratos, denigraciones, torturas…
Es ahí, cuando ya sabes que la novela no es tal, cuando te relajas y cuando yo al menos la entendí, es eso, la reflexión sobre una Sudamérica contemporánea que vivió muchas formas de terror, y la interpretación que hacen de ello otros intelectuales, reales o ficticios, que te ayudan a comprender mejor aquella parte de nuestro planeta en la que la dictadura fue la forma política que triunfó por las especiales circunstancias de aquellos países y porque, además, se retroalimentaban mutuamente.
No hay un personaje principal y la historia fluctúa por distintas secuencias cronológicas, haciendo saltos en el tiempo, metiéndote de lleno en historias reales y otras ficticias, y la introspección que hace el autor es tan potente que creo que en algún momento, ante la ausencia definible de personaje principal, yo diría que te invita a que tú seas el protagonista. Así que estás presente en muchas de esas cárceles que eran tumbas en vida que hoy deben ser reliquias en algunas zonas de Sudamérica, visitas el lugar donde mataron al Che Guevara, o te montas en uno de aquellos vuelos de la muerte que la dictadura argentina de finales de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado fletaba para deshacerse de cualquiera que no compartía las ideas del régimen. Todo ello en una especie de complicidad silenciosa o de entusiasmo patológico que legitimaba los abusos, en una genuina red de intermediarios del servilismo que operaban como correa de transmisión de la infamia, siempre prestos a ensuciarse las manos para que otros conservaran las suyas impolutas.
Como el viaje al que asistes no tiene un mapa ni una guía, te enfrentas como cuando voy por el Camino de Santiago, en una especie de laberinto en el que no sabes lo que te vas a encontrar a continuación pero sabes que hay un final, y eso es sorprendente, porque esos saltos discursivos te invitan a aprender, te obligan a indagar: personajes literarios e intelectuales de la América del siglo XX con unas vidas enormemente ricas y con historias alucinantes, gente adelantada a su época, acallados tal vez por no estar en sincronía con el poder; directores de cine y películas, las cuales alguna he visionado o las tengo en cartera; músicas inspiradoras; lugares inéditos para mí donde la historia se repuja.
Faverón nos regala un libro tan complejo de leer como duro de asimilar, pero con la impronta de que no es la forma lo relevante, que es caótico, sino el fondo y la reflexión que nos obliga a hacer, un mundo donde los malos hacen mucho ruido y cortan las alas de la libertad de personas anónimas que no se subyugaron al poder impuesto.
En definitiva, esta novela de Gustavo Faverón se alza como un laberinto literario que trasciende la estructura convencional de la novela para convertirse en una profunda reflexión sobre el horror, el miedo y la impunidad que marcaron a Sudamérica en el siglo XX. Somos testigos de la impunidad de los regímenes totalitarios a través de esta dolorosa reconstrucción de la memoria histórica. Todo un grito de desesperación que nos confronta con la crueldad humana y la necesidad de indagar en las heridas que, lejos de cerrarse, continúan definiendo nuestra realidad actual.

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