"AGUA PARA ELEFANTES", DE SARA GRUEN

Tenía este libro en esa carpetilla virtual que alojo en mi ordenador a modo de banquillo de reserva, para ir metiéndole mano en cuanto tuviera la oportunidad. Quizá me echaba un pelín para atrás el hecho de que veía la portada y eran dos personas dándose un beso y, evidentemente, sospechaba que estábamos ante una novela romántica, y diría que no es el tipo de novela que yo suelo consumir.

Tal vez por eso le di bastantes vueltas a iniciar el libro. Y también coincidía que, como siempre en mi ajetreada vida intelectiva, pues tengo varios libros empezados y no veía el momento de desentrañar este. Ya digo, aunque la portada insinuaba el romanticismo, también es verdad que no he tenido tanto tiempo últimamente para leer como me gustaría; como le gustaría a un lector que se considera asiduo y casi obsesionado con aprender y aprehender cada vez más, sabiendo que tenemos una vida limitada y a veces el tiempo no te da margen.

Y sí, novela romántica era. Lo que pasa es que he tenido una experiencia muy satisfactoria; me he sentido muy bien leyendo esta obra. La he devorado con bastante rapidez porque, de algún modo, resultaba adictiva, y ello es mérito de la narración: no tanto por el componente romántico, sino por el contexto donde se desarrolla, que es lo que me ha cautivado.

A veces me planteo, a modo de reflexión en voz alta, que ocurre como con la música: uno podría pensar que ya está todo escuchado, todo inventado, todo escrito. Pero lo cierto es que no; la mente humana es maravillosa, y ahora, incluso, potenciada por la inteligencia artificial. El saber es infinito y la imaginación, igual. En este sentido, lo que me pareció realmente conmovedor y diferencial es que la novela se desarrollaba en un circo. Y no en cualquier circo, sino en uno que recorría los Estados Unidos —hablamos de los años 30, aproximadamente— a bordo de un tren; algo que históricamente ocurrió, pero que le otorga a la novela un toque muy distintivo.

Sara Gruen, novelista canadiense, nos traslada a esos años 30 en Estados Unidos; tiempos ciertamente difíciles en el periodo de posdepresión derivado de aquel famoso crack del 29. El circo se nos presenta en una dimensión que hoy tal vez nos cueste comprender, teniendo en cuenta que, hasta hace no muchos años, estos espectáculos eran un auténtico zoológico en movimiento donde muchas de sus atracciones se realizaban precisamente con animales salvajes. Con lo cual, hay que imaginarse un tren interminable: vagones que, además de servir de alojamiento para los artistas y para todo el personal encargado del montaje y desmontaje, albergaban jaulas de leones, caballos y elefantes —que es, precisamente, el animal que da nombre al libro—.

Toda esta parafernalia resulta difícil de imaginar hoy en día, pero es el caldo de cultivo perfecto para esta novela donde el circo, si bien de cara al exterior es todo magia, desde dentro despliega un abanico de drama humano, problemas personales y egoísmo; un entramado que la autora sabe ir hilvanando más que bien.

Precisamente, en consonancia con la Gran Depresión, donde vemos cómo los dramas humanos se suceden y la sociedad estadounidense experimenta un importante frenazo que pone de relieve las enormes carencias sociales, coincide también la época de la Ley Seca; un subtema sobre el que gravita constantemente el libro. Como es natural, los personajes de la novela consumen alcohol —a menudo adulterado—, lo que supone un añadido más a la tensión de la historia que se va desarrollando.

La novela, aunque se enmarca en el género romántico, se articula fundamentalmente como una historia de superación personal centrada en su protagonista, Jacob Jankowski. Jacob, un joven de ascendencia polaca, se encuentra finalizando sus estudios de veterinaria en una prestigiosa universidad cuando recibe la trágica noticia del fallecimiento de sus padres.

Al regresar a su hogar, además del duelo, se enfrenta a una dura realidad económica: no ha recibido ninguna herencia, pues sus progenitores hipotecaron su casa para financiar su formación académica. Esta situación se agrava al conocer que su padre, también veterinario y un profesional de gran calidad y humanidad, apenas percibía ingresos durante los años de penuria. Su vocación y amor por los animales le llevaban a aceptar pagos en especie —como cereales, frutas o verduras— por parte de los habitantes de las zonas rurales, quienes a menudo no disponían de dinero metálico, o incluso a prestar sus servicios de forma gratuita.

Precisamente ante esta profunda decepción, sufriendo un golpe terrible que parece derrumbarle todos los esquemas vitales, decide subir casi por azar al primer tren que pasa por la vía más cercana. Sin saberlo, se introduce en el convoy de un circo que resulta no ser uno cualquiera, sino el espectáculo más deslumbrante del mundo de los Hermanos Benzini, presentado en la novela como el rival más avezado del circo Ringling. Esa misma noche, los trabajadores del circo intentan arrojarlo del tren al descubrir que se ha colado como polizón; sin embargo, al comprobarse que el circo siempre necesita mano de obra dispuesta a trabajar a cambio de prácticamente nada, es aceptado, dando inicio así a una nueva etapa en la vida de Jacob.

Para el circo Benzini resultaba todo un lujo contar con una persona encargada de las labores veterinarias en un espectáculo que, en aquella época, albergaba una enorme cantidad de animales salvajes. En consonancia con lo que ocurría en referentes del sector como el circo Ringling, constituía un auténtico privilegio disponer en plantilla de alguien con conocimientos especializados en la materia, a pesar de que, en realidad y tal como se había sabido desde el principio, Jacob no había llegado a terminar los estudios de veterinaria.

Tras ser aceptado por Tío Al, el despiadado y violento propietario del circo Benzini, Jacob pasa a ponerse a disposición de August Rosenbluth. Este último, un carismático miembro de la compañía pero también una persona profundamente cruel, desequilibrada y especialmente violenta con las bestias —a las que además se encarga de domar—, no tardará en convertirse en el principal antagonista de la historia. Precisamente a partir de esta presentación de los personajes clave es donde germina el eje romántico de la trama, cuando Marlena, la esposa de August —quien también participa en los números del circo, fundamentalmente en un espectáculo ecuestre—, comienza a enamorarse de Jacob.

Una vez establecida la trama, la novela alcanza un punto de inflexión decisivo que da título a la propia obra: Agua para elefantes. En medio de las dificultades de la época, surge la oportunidad de adquirir varios ejemplares procedentes de un circo rival que acaba de irse a la quiebra. Es así como la compañía logra comprar a Rosie, una elefanta que no tarda en perfilarse como la gran atracción del espectáculo. Este acontecimiento propicia un acercamiento —aunque condicionado y tenso— entre August y Jacob, puesto que este último, empleando una gran sensibilidad y descubriendo casualmente que el animal responde a órdenes impartidas en polaco, consigue domarla con éxito y lograr que el número estrella del circo cobre todo su esplendor sobre la pista.

Y a partir de ahí todo se precipita de forma imparable. Mientras va germinando un odio visceral entre Jacob y August —al descubrir el primero que el domador, más allá de su crueldad con los animales, ejerce también un maltrato continuo sobre Marlena—, se va consolidando paralelamente una intensa atracción y un profundo enamoramiento entre Jacob y la joven. En ese punto de tensión creciente, también se percibe esa cruda realidad en la que en el circo no es oro todo lo que reluce: los trabajadores malvivían y a veces solo trabajaban a cambio de un plato de comida. Tío Al tenía la estrategia de despojarse del personal tirándolo en marcha desde el tren en la operación denominada «luz roja». En ese caos progresivo, la novela desemboca en un final que no por esperado deja de ser sorprendente.

Por otro lado, cabe recordar que la novela se desarrolla a partir de una doble temporalidad: desde el presente, un Jacob anciano que reside en un asilo le relata todas estas vivencias al director de un circo que, de manera completamente casual, se instala en la localidad donde él pasa sus últimos años.

Para rematar, vi la adaptación cinematográfica de 2011 dirigida por Francis Lawrence justo a continuación del libro, y como suele ocurrir con experiencias de este tipo —es decir, visionado posterior a la lectura—, la cinta deja bastante que desear: resulta mucho más plana, con menos matices, eliminando a un personaje tan turbio e importante como es Tío Al, y apostando más por las caras bonitas para llenar las salas de cine que por la esencia de la historia. Al final, ¿qué es el cine propiamente frente a la profundidad de las letras? En todo caso, me quedo con la novela, que sin ser una gran obra de arte, resulta de lo más entretenida y te hace trabajar mucho la mente imaginándote aquel espectáculo circense de los años treinta, tan lleno de boato y color.

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