ISLAS A TIRO DE PIEDRA: TAIWÁN Y EL QUISTE GEOPOLÍTICO DE PEKÍN

Hace unos meses —casi sin buscarlo, aunque tampoco es algo de lo que me enorgullezca— adelanté en esta misma sección de geopolítica, a propósito del análisis sobre el territorio del Esequibo —reclamado por Venezuela—, que la convulsa situación venezolana daría un giro decisivo. Sostenía entonces que la tensión en la zona se desviaría en el momento en que Estados Unidos interviniera en el país, algo que terminó escenificándose con una mediática operación como fue la detención de Maduro. Sin embargo, el fondo de la cuestión —la parte verdaderamente sustancial— no era otro que allanar el camino para situar al frente del gobierno a un títere manejado por Trump como Delcy Rodríguez y tomar el control de las enormes reservas de petróleo que, de un modo u otro, han terminado orbitando bajo el influjo estadounidense.

Hoy me dispongo a abordar el caso de Taiwán, un territorio verdaderamente curioso que se sitúa como uno de los grandes puntos calientes de la geopolítica mundial. Todo ello se encuadra en esa política exterior estadounidense un tanto impredecible y aparentemente caótica bajo el mandato de Donald Trump; una imagen mediática que, a mi juicio, responde más a una fachada calculada que a una auténtica improvisación. Dudo mucho que este hombre actúe sin el respaldo de una nutrida cohorte de asesores, utilizando a menudo sus exabruptos verbales como una mera herramienta de presión.

En este convulso tablero internacional —donde hace unos años asistimos a la invasión de Ucrania por parte de Rusia y más recientemente a la intervención en Venezuela— resuena con fuerza una vieja pretensión: la anexión de Taiwán por parte de la República Popular China. Si Pekín no ha dado el paso definitivo se debe a un frágil y sumamente complejo equilibrio de fuerzas, por lo que no me atrevería a pronosticar una invasión a corto plazo. Taiwán no deja de ser un socio fiable y estratégicamente clave para Washington, pero eso es algo que solo está sobre el papel. Si a la administración norteamericana le interesara, por puras razones económicas, afianzar sus lazos con Pekín —tal y como ha sugerido la reciente visita de Trump a China—, no dudaría de que Estados Unidos terminaría haciendo la vista gorda para permitir que la China continental tome finalmente la isla.

Para entender el presente de Taiwán conviene remontarse a su agitada trayectoria histórica. La isla irrumpió en el mapa occidental en el siglo XVI, cuando marineros portugueses la bautizaron como Ilha Formosa («isla hermosa»). A partir de entonces, su posición estratégica la convirtió en objeto de deseo de diversas potencias coloniales —como los holandeses en el siglo XVII— y culminó con el dominio del Imperio japonés, que la mantuvo bajo su control desde finales del siglo XIX hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, el punto de inflexión decisivo llegó tras la contienda mundial, cuando en la China continental se reanudó la cruenta guerra civil entre el Partido Comunista de Mao Zedong y el nacionalista Kuomintang (KMT), liderado por Chiang Kai-shek. Con la derrota consumada en el continente, el KMT se replegó en masa a la isla en 1949. Allí se instaló Chiang Kai-shek junto a cerca de dos millones de soldados, funcionarios y refugiados, reubicando en Taipéi la sede de la República de China.

Tras el asentamiento de Chiang Kai-shek, Taiwán quedó sumida en una estricta dictadura que se prolongó hasta el fallecimiento del líder nacionalista en abril de 1975. Fue a partir de esa convulsa etapa cuando se consolidó la coexistencia de dos administraciones totalmente diferenciadas: por un lado, la República Popular China, que controla la China continental; por otro, la República de China, que ejerce el gobierno sobre la isla de Taiwán y un puñado de archipiélagos adyacentes —un entramado territorial verdaderamente curioso sobre el que más adelante me detendré—. Aunque Pekín insiste en reclamar la soberanía sobre la isla, la realidad es que Taiwán funciona de forma plenamente autónoma, con su propio gobierno, ejército, moneda y un envidiable sistema democrático.

El gran artífice de esta transformación fue el hijo del generalísimo, Chiang Ching-kuo, quien al asumir las riendas del país demostró una visión de futuro sensiblemente superior a la de su progenitor. Bajo su mandato se impulsó la modernización económica e industrial de la isla y se inició la paulatina apertura política que desembocaría en la plena democracia. Gracias a aquel impulso, Taiwán se convirtió en el país próspero y vanguardista que contemplamos hoy: un auténtico gigante económico y tecnológico indispensable en el mapa mundial, especialmente por su liderazgo incontestable en la industria de los semiconductores.

Y aquí es donde arranca el verdadero embrollo geopolítico: la cuestión del reconocimiento internacional. Taiwán no forma parte de la ONU desde que en 1971 su asiento fuera transferido a la República Popular China. Como Pekín exige el estricto cumplimiento del principio de «una sola China» y rompe lazos con cualquiera que reconozca formalmente a Taipéi, casi nadie en el tablero global se arriesga a contrariar al gigante asiático. A día de hoy, apenas doce países en todo el mundo mantienen relaciones diplomáticas oficiales con la isla. Por este motivo, las grandes organizaciones multilaterales le niegan la membresía o, a lo sumo, le permiten participar bajo denominaciones de carácter técnico o no estatal, tal y como ocurre en la Organización Mundial del Comercio o en el Banco Asiático de Desarrollo.

¿Y qué ocurre en el caso de España? Nuestro país no reconoce a Taiwán como estado independiente y mantiene formalmente la política de «una sola China» desde que entabló relaciones diplomáticas con Pekín en 1973. No obstante, en la práctica se sostiene una intensa relación de facto: en Madrid opera la Oficina Económica y Cultural de Taipéi, que encauza un fructífero intercambio comercial, cultural y consular. La gran paradoja de todo esto —visible desde sus participaciones en los Juegos Olímpicos bajo la denominación de «China Taipéi» hasta su presencia en los mercados internacionales— es que Taiwán opera como una nación plenamente consolidada. Una extraña y heterogénea anomalía diplomática que demuestra que un territorio no precisa del sello oficial de las Naciones Unidas para funcionar como un país próspero y soberano en el día a día.

Pasemos ahora a la verdadera palanca de la geopolítica o, como diría Mariano Rajoy, lo que viene siendo una «cuestión no menor». Como suelo hacer en este blog para aterrizar las cifras con ejemplos cotidianos, la superficie de Taiwán supera por poco los 35.000 km², una extensión equivalente a la que sumarían las provincias de Jaén, Córdoba y Granada juntas.

Lo verdaderamente fascinante de su geografía es que, si bien la isla principal dista unos 130 kilómetros de la China continental en su franja más estrecha, la soberanía de Taipéi abarca mucho más. Desde aquel hito de 1949, el gobierno taiwanés mantiene el control sobre varios archipiélagos incrustados literalmente en la misma línea de costa del gigante asiático.

El ejemplo más impactante es el de Kinmen, un pequeño conjunto de doce islas situado en la provincia de Fujian, justo enfrente de la gran metrópolis china de Xiamen. Con una población cercana a los 100.000 habitantes repartida entre sus islas principales —Gran Kinmen y Lieyu (o Pequeña Kinmen)—, la distancia mínima al continente es de apenas un par de kilómetros. Desde la propia Lieyu, a tan solo 5 kilómetros de la orilla china, los rascacielos continentales se divisan a simple vista con pasmosa nitidez. Una situación similar se repite más al norte con el archipiélago de Matsu, ubicado estratégicamente frente a las costas de la ciudad china de Fuzhou.

Esta cercanía extrema dio pie durante la Guerra Fría a episodios de auténtica contienda sónica. En 1967, los nacionalistas erigieron en Kinmen el Muro de Beishan, una mole de hormigón equipada con 48 altavoces gigantes capaces de proyectar su voz hasta a 25 kilómetros. Desde allí bombardearon la costa de Xiamen con discursos anticomunistas, noticias y, sobre todo, las célebres baladas de Teresa Teng —prohibidas en la China de Mao pero inmensamente populares en la clandestinidad—, desatando una peculiar guerra de altavoces que Pekín trató de contrarrestar a pleno volumen. Hoy en día, aquel Muro de Beishan sobrevive convertido en una singular atracción turística que evoca los días en que la música y la propaganda cruzaban flotando el estrecho.

Tener un territorio que reclamas como propio incrustado prácticamente en tus narices —con islas tan próximas a la costa continental que casi se podrían alcanzar a nado en cuestión de una hora— representa para Pekín un auténtico quiste geopolítico, una espina clavada en el corazón de su litoral.

En cierto modo, y trazando una analogía con algo mucho más cercano a nuestra realidad, me recuerda a lo que ocurre con Ceuta y Melilla. Como español, siento y defiendo que Ceuta y Melilla son incuestionablemente españolas; sin embargo, resulta evidente que su ubicación geográfica en el continente africano alimentará la reivindicación marroquí nos guste o no. Pese a ese eterno reclamo vecino, estoy convencido, desde una perspectiva geopolítica e internacional, de que moriré y ambas ciudades seguirán siendo plenamente españolas. De igual forma, para la China continental, la presencia de esos enclaves taiwaneses a tiro de piedra de sus costas supone una fricción cotidiana que mantiene viva la tensión en la región.

Para concluir, conviene fijarse en el factor demográfico y en su acusada asimetría defensiva. Ante una eventual invasión de la China continental, la capacidad de resistencia autónoma de la isla resultaría francamente comprometida frente al poderío del mayor gigante militar del planeta: hablamos de una población de apenas 23 millones de habitantes que, más allá de los respaldos diplomáticos exteriores, afronta un pulso de David contra Goliat.

Desde el punto de vista étnico, la composición de la sociedad taiwanesa es francamente interesante. La inmensa mayoría desciende de las oleadas migratorias continentales, quedando apenas medio millón de habitantes pertenecientes a los pueblos originarios de la isla; comunidades de raíz austronesia (o malayo-polinesia) que se concentran principalmente en el interior montañoso y la costa oriental, preservando aún hoy sus lenguas y tradiciones ancestrales.

El grueso de la población de origen chino se articula en torno a dos grandes momentos históricos. Por un lado, las familias afincadas entre los siglos XVII y XIX, procedentes en su mayoría de la vecina provincia de Fujian, que hablan mayoritariamente el idioma min del sur (conocido popularmente como taiwanés) o el hakka. Por otro lado, la masa de refugiados que llegó en 1949 tras la derrota del Kuomintang, quienes convirtieron el chino mandarín en la lengua vehicular y oficial del país.

En definitiva, Taiwán parece abocada a continuar en ese estatus tan anómalo como singular: el de una potencia democrática y tecnológica vanguardista con un altísimo nivel de vida que, paradojas de la geopolítica, debe aprender a prosperar caminando a diario sobre el alambre. Mientras Trump quiera… o no.

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