Esta es, sin duda, la historia más increíble del mundo de la música, quizá poco conocida pero realmente inspiradora. Se trata de un acontecimiento que yo ya conocía desde hace un tiempo: el celebérrimo concierto que dio el pianista Keith Jarrett en Colonia en el año 1975.
Tenía pensado hacer una reseña tanto de Keith Jarrett como de este concierto en concreto desde hace bastante tiempo, pero se me pasó el momento. El caso es que en 2025 se cumplió el 50º aniversario —medio siglo, que se dice pronto— desde que aquel concierto tuvo lugar. Y no hace mucho descubrí que en Alemania se había producido una película sobre este evento. Los alemanes son especialmente celosos de su tradición cultural y, en consecuencia, ha sido un gran acierto rodar esta película (Köln 75) para reconocer una de las anécdotas más interesantes, bonitas y transformadoras de la música. Por eso, la entrada de hoy es de cine, pero en realidad está íntimamente ligada con la música.
Podemos decir que el jazz en el siglo XX transformó por completo la concepción de la música tal y como clásica o tradicionalmente se entendía. Esa transformación vino, fundamentalmente, por la ruptura con lo estéticamente establecido. Es decir, a partir de un momento dado, alguien decidió que había que innovar y que no necesariamente había que seguir al pie de la letra lo que estaba escrito en una partitura. De algún modo, ahí comenzó el jazz, dicho muy burdamente.
Precisamente la película, que no es una obra maestra del cine, desde el punto de vista ilustrativo y documental resulta muy interesante y está muy bien, refleja todo esto. Tiene un punto de largometraje ilustrativo de una realidad, pero también cuenta con una parte documental en la que los personajes interactúan con el espectador para darle a conocer algunos hechos que son bastante interesantes desde el punto de vista de la historia de la música en general y del jazz en particular. La peli se para y el actor nos habla a nosotros, muy curioso.
Keith Jarrett, con apenas 29 años, ya era un pianista enormemente consolidado en los circuitos de jazz de los Estados Unidos. Diríamos que a esa edad ya había alcanzado sobradamente su madurez musical. Lo curioso, y de algún modo lo pone de relieve la película, es que Estados Unidos se le había quedado pequeño. O más exactamente, allí no se gozaba del nivel cultural o de la apertura de miras que en ese momento estaba floreciendo en el centro de Europa. Ese jazz al que se le había dado una vuelta de tuerca estaba comenzando a aflorar en el viejo continente.
Bueno, pues la historia es una sucesión de anécdotas que casi dan al traste con el concierto, pero se celebró, hubo final feliz, por lo que todo lo adverso, de algún modo, se convirtió en impulso. Fruto de esa madurez, Keith Jarrett decidió por aquellos años emprender una gira por Europa donde, armado básicamente con sus manos, se dedicaba a hacer improvisaciones a piano, con la base del jazz. Aquello era una auténtica locura, una revolución absoluta. Y la película refleja fielmente una de esas improvisaciones, la que dio lugar al mítico concierto del 24 de enero de 1975 en la Ópera de Colonia.
La película tiene dos perspectivas. Por una parte, y diría que es el eje fundamental, está la concepción del concierto desde los ojos del personaje protagonista principal: Vera Brandes. Por otra parte está el personaje de Keith Jarrett, que aparece más bien desde la mitad del metraje hacia adelante. Lo sorprendente es que Vera Brandes tenía 19 años y, con esa edad, ya se había convertido en promotora de conciertos a pequeña escala. Es increíble que consiguiera no solo contactar con Keith Jarrett y convencerlo para que actuara en su ciudad, sino que el concierto propiamente se pudiera llevar a cabo en un espacio tan solemne como la Ópera de Colonia (un edificio que, por cierto, arquitectónicamente es una construcción nueva porque el original fue destruido en la Segunda Guerra Mundial).
Siguiendo el esquema de la película, Vera Brandes consigue alquilar la Ópera para que el ya reputado Keith Jarrett fuera a dar su concierto. Era un pianista consolidado y muy conocido entre los círculos de la gente joven en Alemania. A partir del momento en que se concreta el evento, comienzan a suceder una serie de vicisitudes y problemas que casi impiden que se lleve a cabo.
Para empezar, la hora era de lo más intempestiva: las 11:30 de la noche de un viernes 24 de enero, en pleno invierno, y encima aquel día llovía y hacía un tiempo de perros. Ya sabemos que en los países centroeuropeos los horarios son muy diferentes a los de los países mediterráneos; allí cenan y se acuestan muy pronto, por lo que las 11:30 de la noche era casi la madrugada. Pero Vera consiguió ese horario por una razón y es que el escenario no se quedaba vacío hasta las 10 de la noche, ya que el ciclo de representaciones habituales de la Ópera estaba ofreciendo la obra Lulú de Alban Berg. Fue en ese momento, contrarreloj, cuando se pudo empezar a montar el mínimo escenario que requería el concierto. Aunque solo fuera un piano, había que retirar toda la escenografía y el atrezzo de la ópera, tenerlo todo perfecto y montar el aparataje de sonido para poder hacer la grabación.
Pero como decía aquel, todo es susceptible de empeorar, por aquel entonces, Keith Jarrett soportaba una gira enormemente intensa y sufría de terribles dolores de espalda. Para colmo, viajaba con medios relativamente precarios porque se desplazaba en automóvil, un viejo Renault 4 conducido por Manfred Eicher (el fundador del sello ECM) y que a la postre grabó el concierto. De hecho, aquella noche venía de dar un concierto en Suiza y llegó a Colonia a media tarde. Su exigencia innegociable era tener un piano Bösendorfer Grand Imperial. Sin embargo, cuando llegó a la Ópera, lo que se encontró fue un Bösendorfer, sí, pero muchísimo más pequeño que el modelo exigido; un piano que se utilizaba fundamentalmente para los ensayos y que, encima, estaba completamente desafinado. Ante este panorama, el músico renunció inicialmente a tocar.
Vera Brandes había luchado lo indecible para que ese concierto saliera adelante, enfrentándose incluso a su familia e hipotecándose con un dinero que no tenía, sabiendo que podía fracasar. Llevar a cabo el concierto costaba unos 10.000 marcos entre el caché del músico, el alquiler de la ópera y los gastos adicionales. Vera tuvo que ingeniárselas para buscar una solución con los afinadores, pero estos la conminaron a no trasladar otro piano desde ningún lugar (lo había encontrado) puesto que con la lluvia y el transporte por la calle sobre ruedas se iba a dañar y no serviría de nada.
A duras penas, Vera consiguió convencer a Keith Jarrett de que la única posibilidad era tocar con ese piano pequeño que ya estaba allí. Al final, el músico cedió con la condición de que se afinara lo mejor posible. Por si fuera poco, las cosas siguieron torciéndose: Vera fue a cenar con Jarrett, hacía muchísimo calor en el restaurante y la comida tardó una eternidad. Todo esto, sumado a los ya tradicionales dolores de espalda del pianista.
Pero al final, de forma mágica, todo se resolvió. Keith Jarrett, que era un pianista experimentado, consiguió llevar la improvisación en el jazz —y la improvisación en general frente a un piano— hasta su máxima expresión. Aquel concierto fue una auténtica gozada, historia viva de la música. De hecho, el disco que se editó a raíz de esa noche se convirtió en el álbum de música improvisada y de piano solo más vendido de la historia.
Por supuesto, se trata de un disco que yo he escuchado muchas veces y que me resulta enormemente inspirador, es fácil de encontrar en la Red con el nombre de The Köln Concert. Pero lo más interesante de todo es darte cuenta de una cosa: cada vez que escucho ese disco, siento como se sintieron aquellos espectadores aquella noche de invierno del 75: escuchar una música que se estaba creando en aquel momento, nunca antes escuchada. Era pura improvisación, pero una improvisación muy bien medida, fruto de una persona con un talento increíble. Un superdotado de la música capaz de enamorar durante una hora y de exprimir las notas de un piano hasta sus últimas consecuencias. Algo, de verdad, realmente excepcional.
Por otra parte, el piano, más pequeño, no tenía el volumen del Grand Imperial que, por cierto, luego se encontró tapado entre bambalinas, y esa menor proyección acústica hizo que la gente prestara más silencio si cabe, todo el mundo estaba concentrado. Puede parecer tópico que Jarrett lo dio todo aquella noche, pero es que es así, todo lo malo se conjugó para que el pianista se esforzara más si cabe, echando el resto, sabedor de que el reto era el más ambicioso que jamás había tenido, con todo absolutamente en contra, y el milagro se obró.
Porque era jazz, si consideramos un concepto amplio del mismo, amplísimo diría yo; y hay muchos matices de jazz, pero había mucho de música experimental, de música ambiental, incluso de música de ascensor; y latente un sentido musical clásico al que se quería llevar a una dimensión no explorada hasta ese momento.
Esta película de Ido Fluk no pasará a la historia del cine pero esa casi tragicomedia que cuenta está bien narrada, tiene ritmo y es entretenida, y sobre todo hace justicia a Jarrett, que vive aún, y a la propia Vera Brandes. En la peli se junta la actriz que representa a esa Vera joven, a otra cincuenta años después y a la propia Vera, que también vive; es curioso que se ponga al padre de esta a parir, así que dando por hecho que ella conocía el guion hay que entender que su progenitor fue un poco capullo.

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