"SLIDING DOORS (DOS VIDAS EN UN INSTANTE)", DE PETER HOWITT

Se dice que el batir de alas de una mariposa en América puede desencadenar un tifón en la otra punta del mundo. Y, si lo piensas despacio, tiene un poso de verdad que estremece. Es una de esas certidumbres silenciosas que nos vienen intrigando desde que el mundo es mundo. Vivimos así, constantemente, inclinando la balanza con pequeñas decisiones sin importancia aparente, sin saber que cualquiera de ellas guarda la fuerza suficiente para girar de golpe el rumbo de toda tu vida. Salir por la puerta de casa un minuto antes o un minuto después; desviarse por un pasillo distinto en el supermercado; elegir hoy un camino distinto del habitual para ir al trabajo... Pequeños gestos invisibles que podrían cambiarlo todo.

Ese es, precisamente, el punto de partida de Sliding Doors —distribuida en España como Dos vidas en un instante—, una cinta que dirigió Peter Howitt allá por 1998. La historia nos sitúa tras los pasos de una joven cuya rutina salta por los aires en apenas diez minutos de metraje, cuando es despedida de su trabajo. Desorientada y con el impacto aún a flor de piel, inicia el camino de vuelta a casa, donde la aguarda su pareja, y se dispone a bajar los últimos peldaños de las escaleras del metro de Londres.

Y es justo ahí, en la frontera con el andén, donde el destino se reduce a un suspiro. Sólo son un par de segundos, el tropiezo fortuito con una niña que juega con una muñeca en los escalones se convierte en la bisagra de todo: ese instante determina si logra cruzar las puertas del vagón o si se le escapan en la cara. A partir de ese pestañeo, la película se desdobla en dos historias paralelas que caminan juntas, mostrándonos, cara a cara, qué ocurre en la vida de la protagonista según si el tren lo tomó o no.

En la vertiente en la que sí logra subir al vagón, el destino parece pisar el acelerador. De vuelta a casa cruza unas palabras casuales con un desconocido sentado a su lado, sin saber que la vida ya está tejiendo otro hilo. Llega a su piso antes de lo previsto y la realidad le asesta un golpe seco, de esos que te dejan sin aire: descubre a su pareja en la cama con otra mujer. Sin rodeos ni anestesia, rompe con todo esa misma tarde. Necesitada de quemar el dolor y ahogar el golpe, termina en un bar buscando consuelo en una copa, y es allí donde el azar vuelve a cruzarla con aquel hombre del metro, como si el tiempo supiera exactamente hacia dónde tenía que empujar sus pasos.

En el otro lado de la moneda —ahí donde tropieza con la niña y pierde esos dos o tres segundos irreparables—, las puertas del vagón se cierran en su cara. Para colmo, la megafonía del andén anuncia una avería en la línea, obligándola a buscar la salida y probar suerte en la superficie. Consigue un taxi y el tráfico hace que llegue a casa apenas unos minutos después de que la amante de su novio haya cruzado el portal. Todo parece seguir en su sitio, intacto y en calma, pero la atmósfera queda enrarecida; una extrañeza sutil flota en el aire. El novio la recibe sorprendido por un regreso tan repentino y, aunque ella no llega a atrapar el engaño al vuelo, ciertas pistas invisibles, pequeños indicios dejados al descuido en la habitación, comienzan a susurrar que algo cruje bajo el suelo que pisan.

Es en ese ir y venir de puertas correderas —la traducción literal del título original de esta cinta— donde la película despliega su verdadero juego, poniéndonos frente al espejo de esos dos escenarios posibles. Nos lanza una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿qué pasaría si pudiéramos modificar una simple ráfaga de tiempo, un puñado de segundos en nuestro pasado inmediato?

Desde una mirada estrictamente cinematográfica, la obra del director Peter Howitt no me ha deslumbrado; flaquea en algunos tramos e incurre en ciertas incoherencias argumentales que se hacen evidentes con los años. Sin embargo, lo que late debajo de su superficie sigue siendo un tema de una sustancia enorme, hondamente intrigante y capaz de dejarnos pensando mucho después de que se apaguen las luces de la pantalla.

No quiero dejarme en el tintero que la película cuenta con una bellísima Gwyneth Paltrow, impecable en su papel, flanqueada por John Hannah y John Lynch. Es verdad que no es una cinta que haya pasado a la historia del cine —de hecho, yo mismo la desconocía hasta que tropecé con ella no hace mucho—, pero la propuesta que nos pone sobre la mesa excede con creces la pantalla y se mete de lleno en el terreno de la filosofía. Al final, ese efecto mariposa no es una mera teoría; es una constante que late en nuestra propia existencia, aunque a menudo nos pase desapercibida y no le concedamos la trascendencia que verdaderamente tiene. Y también, de fondo, el amor. El amor en cualquiera de sus formas y dimensiones, ese motor silencioso pero absoluto que nos empuja a seguir caminando.

Y esta película llega a mi vida justo ahora, en un recodo lóbrego y cargado de desazón. Uno de esos momentos en los que las cosas vienen mal dadas y la realidad parece empujarte a mirar más hacia dentro, a recogerte. En días así, cuando el silencio pesa un poco más, surge de manera casi inevitable el impulso de plantearse de nuevo esas viejas preguntas que siempre nos aguardan en la sombra: de dónde venimos, hacia dónde caminamos y qué sentido tiene, al final, todo este trayecto que recorremos.

Pues eso. ¿Qué sería hoy de mí si hubiera tomado caminos completamente distintos a los que elegí en su momento? Me equivoqué mucho. Al fin y al cabo, la vida no es más que una constante red de bifurcaciones donde no queda otra opción que dar un paso al frente y decidir. Quiero pensar —quizá por una pura necesidad de consolar a la mente— que la mayoría de los pasos que he dado no fueron tan malos; al fin y al cabo, tampoco me ha ido tan mal en el balance general. Pero es inútil negarlo: cuando vienen las vacas flacas y el viento sopla de cara y es gélido, uno tiende a volverse su peor juez, atosigándose en silencio y preguntándose, una y otra vez, qué habría pasado si aquella decisión —que hoy se revela tan torpe o desafortunada— hubiera tomado un rumbo totalmente diferente.

Quizá sea esta sensibilidad a flor de piel la que me hace volver hoy a un recodo muy concreto de mi pasado, sólo uno. Un momento muy particular en el que una decisión —en la que yo pude haber influido mucho más— lo habría cambiado absolutamente todo. Me pregunto si de verdad mi vida sería hoy tan distinta a la que tengo. Probablemente no en lo sustancial, pero no tengo dudas de que todo lo que me rodeaba y me rodea habría tomado otra forma. Quizá mi propio centro habría seguido siendo el mismo, pero el mapa de las personas que han caminado a mi lado se habría dibujado de una manera completamente diferente.

Sea como fuere, me encuentro en una etapa en la que siento la necesidad de ir cerrando círculos, pero también de mirar hacia un horizonte lleno de luz. Hay decisiones importantes que tomar, pensamientos que poner en orden y proyectos que apremian en el tintero. Y, entre todos ellos, hay uno verdaderamente fundamental; uno que ojalá termine convirtiéndose en el aleteo más valioso de mi vida y que encuentre su rumbo. Hay que intentarlo, allá vamos, comenzó.

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