¿Qué ocurriría si alguien te ofreciera la posibilidad de viajar en el tiempo, aunque solo fuera por unos poquísimos minutos, con la esperanza de poder hablar con alguien que ya no está contigo? Sinceramente, la idea estremece con solo pensar que pudiera hacerse realidad; es una puerta entreabierta a lo imposible que resulta, ante todo, verdaderamente fascinante.
Esta es la entelequia, el recurso casi irreal, al que nos invita con delicadeza el escritor japonés Toshikazu Kawaguchi. Nos tiende la mano para adentrarnos en un universo delicioso y sencillo, cargado de una sensibilidad transparente que, por momentos, golpea con la dureza de la vida misma.
El escenario es una pequeña cafetería sumida en la penumbra, un rincón donde romper las leyes del tiempo parece posible, pero siempre bajo el peso implacable de unas reglas muy especiales. Este local llamado Funikuri Funikura, sí, suena a ópera, escondido en las entrañas de un sótano del centro de Tokio, funciona casi como un microuniverso en sí mismo, una especie de sociedad autorregulada con sus propios códigos, latidos y sus gentes.
A fin de cuentas, ¿qué son los bares y las cafeterías sino el gran escenario donde desplegamos nuestra existencia? Es en esas mesas donde socializamos de una manera visceral, donde compartimos confidencias, silencios y desencuentros; rincones cotidianos donde terminamos tejiendo una parte fundamental de lo que somos, un fragmento de vida nada desdeñable.
Y todo esto me conecta directamente con una teoría, con una filosofía que ya popularizó el sociólogo y urbanista estadounidense Ray Oldenburg en 1989 a través de su libro The Great Good Place —y del que espero tener oportunidad de hablar más detenidamente en el futuro en esta, mi bitácora—. Me refiero al concepto del «tercer lugar», un espacio que se separa de los dos pilares fundamentales de nuestra existencia: el primer lugar, que es la casa y la familia, el refugio donde habitamos; y el segundo lugar, que es el trabajo, el territorio donde producimos y rendimos.
Pero ese tercer lugar, insisto, es sumamente esencial para el desarrollo vital del ser humano. Es ese rincón donde ya no somos padres, ni hijos, ni empleados bajo presión; somos simplemente vecinos, parroquianos, comunidad. Un espacio que se sostiene sobre signos que nos hacen sentir a gusto: la neutralidad del terreno, una conversación que fluye de manera subterránea, la accesibilidad de las cosas, el rostro conocido de la gente habitual, la ausencia de pretensiones desmedidas y un ambiente siempre lúdico, casi hogareño. Pues bien, de algún modo, eso es exactamente lo que palpita y respira en las profundidades de esa cafetería.
Conviene, no obstante, detenerse a anotar las reglas que permiten a los personajes viajar en el tiempo. Son de una rigidez casi implacable, tal vez demasiado estrictas, y por eso en Tokio la cafetería flota entre el escepticismo de la irrealidad y el murmullo lejano de una leyenda urbana. Muchos no se atreven a intentarlo, desanimados por lo angosto de sus márgenes.
La primera norma dictamina que solo puedes regresar para encontrarte con alguien que ya haya estado antes en esa misma cafetería. La segunda, desgarradora y absoluta, es la inmutabilidad del presente: hagas lo que hagas, por mucho que te esfuerces, grites o hables desde lo más profundo del corazón con esa persona, el presente no va a cambiar ni un milímetro.
Existe, además, un único asiento desde el que es posible emprender el viaje, una silla muy específica del local que casi siempre está ocupada por la misma misteriosa figura: una mujer con talle de sombra que lee una novela incansablemente. Mientras dura la inmersión en el pasado, tampoco es posible levantarse ni moverse de ese lugar.
Por último se halla la limitación temporal, el latido que da título al libro: antes de que se enfríe el café. El viaje dura únicamente el breve soplo que tarda la taza en perder su calor. Y es aquí donde reside el verdadero peligro, pues quien trasgrede este límite, quien deja que el líquido se enfríe por completo sin apurarlo a tiempo, queda atrapado para siempre en esa dimensión, convirtiéndose en un fantasma condenado a habitar esa silla de por vida... tal como le ocurrió a la persona que cometió ese trágico error en algún punto del tiempo y que hoy permanece allí, eternamente petrificada tras las páginas de su libro.
Pero aun así, la propuesta es profundamente suculenta. ¿Quién no viajaría en el tiempo, aunque solo fuera por un instante, para reencontrarse con alguien que ahora mismo solo sobrevive en el frágil territorio de tu pensamiento? Y es que, fundido con esa atmósfera de «tercer lugar» al que aludía Ray Oldenburg, ese espacio donde confluyen rostros cotidianos cuyo único punto de unión es el foro de una cafetería, el autor teje cuatro historias que oscilan entre lo entrañable, lo dramático y lo áspero, desembocando siempre en una sensibilidad que invita a la reflexión.
La primera de ellas nos sitúa ante unos novios atrapados, de algún modo, por las urgencias y las prisas de este siglo XXI que nos atropella con su vértigo. En ella, un joven comunica casi de soslayo su repentina marcha a Estados Unidos por motivos laborales, abriendo un abismo que huele a despedida. La protagonista, consumida por el orgullo y el desconcierto en aquel primer encuentro, anhela regresar a un pasado rabiosamente cercano simplemente para arrojar aquello que se le quedó atragantado en la garganta, para pronunciar las palabras que el pudor o el silencio le robaron en el último segundo.
La segunda historia es de una dureza descarnada, tan real como la vida misma. En el presente, una pareja ya mayor se enfrenta a uno de los dolores clínicos más silenciosos y devastadores de nuestra sociedad: el marido sufre de alzhéimer y los jirones de su memoria empiezan a borrar a su propia esposa.
Ante este desgarro, la señora Kotake decide viajar al pasado para rescatar una carta que él nunca se atrevió a entregarle en su momento. Es evidente que la férrea regla se cumple y el presente no va a cambiar; él seguirá perdiendo los recuerdos y olvidándola día tras día. Sin embargo, el contenido de aquella carta revela el deseo más íntimo y profundo de su corazón: que ella siga siendo su mujer por puro amor. Un destello que le otorga la fuerza y el temple necesarios a ella para afrontar el calvario de la enfermedad con otra mirada.
La tercera historia es, probablemente, la que a mí más me ha llegado y más me ha desgarrado. Es el relato de dos hermanas: Hirai, la mayor, y Kumi, la pequeña. Cuando Hirai alcanzó la mayoría de edad, huyó del pueblo donde vivían y eludió la responsabilidad de asumir las riendas del ryokan familiar —un hotel tradicional japonés—, dejándole todo ese peso a Kumi para marcharse a Tokio. Kumi, en un intento constante por reconducir la situación, acudía a buscarla a la cafetería para que su hermana, un tanto díscola y distanciada de la familia, regresara al redil. Sin embargo, Hirai se comportaba mal con ella, la recibía de malas maneras y la despachaba con cajas destempladas.
Lo trágico es que, en una de esas visitas, poco después de salir de la cafetería, Kumi sufre un accidente de tráfico y muere. Perseguida por la culpa, Hirai anhela volver al pasado por una sola vez, única y exclusivamente para pronunciar el mensaje que su hermana pequeña esperó oír durante toda su vida.
Y aquí se esconde uno de los matices más hermosos e interesantes de cara a la reflexión final del libro: es rigurosamente cierto que no se puede cambiar el presente —las manecillas del reloj no retroceden para evitar la tragedia—, pero eso no significa en absoluto que el futuro no se pueda transformar. Esta historia nos deja una enseñanza preciosa, casi como un bálsamo, planteando que si tuviéramos a nuestra disposición una cafetería de estas características, se convertiría en un magnífico resorte para sanar nuestros vínculos y mejorar nuestro porvenir antes de que sea demasiado tarde.
Finalmente, la cuarta historia enlaza directamente con los personajes que sostienen el alma de la novela, aquellos que sirven como eje constante del local: Nagare, el dueño de la cafetería, y Kei, la dependienta y a la sazón su esposa. Kei padece un grave problema de corazón, y cuando se queda embarazada, los médicos le advierten con crudeza que llevar la gestación a término equivaldría, prácticamente, a entregar su propia vida. Sin embargo, en un rasgo de absoluta entrega que define su integridad, Kei decide arriesgarlo todo y dar su vida para que su hija, Miki, pueda nacer.
Y aquí se produce una hermosa vuelta de tuerca, pues esta es la única historia en la que el personaje —en este caso Kei— no viaja al pasado, sino al futuro. Lo hace no solo con el anhelo de conocer a su hija ya crecida, sino con la necesidad vital de comprobar si su sacrificio ha valido la pena, de saber si su embarazo llegó a término y si esa niña logró abrir los ojos al mundo.
En definitiva, nos encontramos ante una novelita deliciosa, de esas pensadas para leer tranquilamente en una mecedora al calor del hogar ahora que se acerca el tiempo propicio para ello. Es una lectura sumamente sensible que te llega directo al corazón y nos deja reflexiones de esas que escuecen y sanan a partes iguales, cuestiones que todos, en algún momento, nos hemos planteado frente al espejo de nuestra propia vida.
Es cierto que el presente no va a cambiar por mucho que lo intentemos forzar; sin embargo, ese viaje invisible sí tiene el poder absoluto de transformar el alma de quienes lo emprenden. Ojalá tuviéramos la posibilidad de viajar aunque fuera una sola vez al pasado, para saldar cuentas pendientes; o al futuro, porque conseguiríamos dejar de tenerle miedo a lo que ha de venir. Al final, las reglas nos dicen que no podemos alterar el ayer ni modificar los hechos del presente, pero comprender lo que fuimos o lo que seremos nos permite, sin duda, moldear el futuro, sanar los vínculos y enderezar el rumbo.
Una obra entrañable la de este Toshikazu Kawaguchi que me ha sorprendido más que gratamente. Como curiosidad, esta novela vio la luz en 2015 —originariamente concebida como una obra teatral antes de que el autor se atreviera a traspasarla al papel— para gozo y fortuna de todos los que somos ávidos lectores. Todo ello, además, redondamente coronado por una magnífica traducción a cargo de Marta Morros Serret.

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