"EL MERCADER DE LIBROS", DE LUIS ZUECO

No puedo negar que siempre he tenido una deriva constante no solo hacia la literatura escrita en nuestra lengua, sino muy particularmente hacia los autores propiamente españoles. Y eso que al otro lado del charco, en Hispanoamérica, hay plumas gigantescas a las que admiro profundamente; pero no sé, existe una química especial, una manera de conectar de forma casi visceral con las historias que nacen y se curten en este rincón de la Piel de Toro.

Por supuesto que no le doy la espalda a la literatura universal, faltaría más. Sin embargo, últimamente me he visto envuelto en lecturas de autores europeos que, no sé si por la distancia cultural con sus países de origen o porque han coincidido obras demasiado instaladas en la vanguardia, me han dejado una cierta sensación de sopor.

Pues basta con recorrer apenas treinta o cuarenta páginas para saber si un libro te atrapa, si has aterrizado en el sitio adecuado y la intuición no te ha fallado. Eso mismo me ha ocurrido con esta obra de Luis Zueco «El mercader de libros». A decir verdad, ni me acuerdo qué impulso me llevó en su día a hacerme con ella, pero ahí estaba, aguardando pacientemente en ese pozo de lecturas pendientes que sé que nunca llegaré a agotar del todo.

El caso es que el poso de aquellas primeras hojas fue tan sugerente que me dejé llevar sin remedio. Ha sido un libro devorado en apenas unos días, de esos que se amoldan a ti con una agilidad pasmosa, con un ritmo dinámico y endiabladamente entretenido que no te suelta hasta la última línea.

Suele decirse en literatura que una buena primera impresión es garantía de un viaje fascinante, y aquí la historia arranca con un ímpetu incontestable. Se nos presenta a Thomas Babel, un joven alemán de Augsburgo, hijo del cocinero de los todopoderosos banqueros Fugger. Todo salta por los aires cuando una cruel injusticia salpica a su padre, tejiendo una trampa de envenenamiento y traición que lo obliga a huir con lo puesto para salvar la piel.

En esa salida desesperada queda atrás la semilla de un primer amor, Úrsula Müller, la muchacha que prefiere sacrificar su propio destino y quedarse en la ciudad con tal de facilitarle el escape. Entre el amargo sabor del desamor y el dolor del desarraigo, Thomas se ve empujado hacia los caminos de Europa, dando inicio a una aventura vital sumamente llamativa y de un dinamismo absorbente.

En esa huida hacia adelante, el joven Thomas Babel irá forjando un espíritu aventurero que, sin llevar un rumbo fijo ni un plan preestablecido, se deja llevar por los recodos del destino. Ese devenir lo arrastra primero hacia el sur, buscando refugio en los paisajes y lagos de Italia, para más adelante emprender el ascenso hacia el norte europeo y recalar en el bullicio de Amberes, donde la vida le volverá a sacudir con fuerza.

Es en ese Amberes de ambiente pujante y febril donde la novela comienza a desvelarnos la auténtica esencia del protagonista. Allí, empezando casi como peón y ganándose el pan desde abajo en el taller de imprenta del maestro Jan Thys, Thomas encuentra su verdadera vocación. La trama nos sitúa en los inicios del siglo XVI, un tiempo crucial y fascinante en el que el mundo renacía de sus cenizas.

Por entonces, el invento de Gutenberg ya acumulaba cierto recorrido y los libros empezaban a salir de la penumbra de los monasterios, donde durante siglos la cultura dependió de la labor lenta y paciente de los monjes amanuenses. La imprenta abarató costes y permitió una producción más masiva, abriendo de par en par las puertas de la lectura a artesanos, comerciantes y burgueses, democratizando el saber como jamás se había visto en la historia.

A medida que profundiza en los secretos de las artes gráficas, el joven Thomas vuelve a tropezar con la misma piedra: su tendencia natural a entregarse al amor y a dejarse engatusar por los sentimientos. En Amberes inicia una relación con la hija de los impresores que le han dado sustento y trabajo, pero la historia se repite de forma dolorosa cuando ella también termina por traicionarle.

No deja de ser el reflejo de una brecha insalvable: un muchacho humilde, de extracción social llana, cuyas pretensiones afectivas chocan frontalmente contra el muro de las clases pudientes, donde esas uniones sencillamente no están bien vistas. Tras este nuevo varapalo y con el valioso bagaje profesional aprendido en los talleres, su destino apunta hacia el sur, impulsándole a atravesar buena parte de la península ibérica para llegar a Sevilla, no sin antes enfrentarse a toda suerte de vicisitudes por el camino.

Fruto de un encargo muy especial encomendado por Luis de Coloma —un coleccionista de libros tan selecto como enigmático asentado en Zaragoza—, el rumbo del protagonista apunta de forma inexorable hacia el sur peninsular. La misión no es otra que dar con un volumen esquivo, casi mítico y perdido en el tiempo: la obra clandestina «Amores imposibles», escrita por el autor sevillano Jaime Moncín y custodiada celosamente por su rareza, aderezada además con unos grabados de una audacia y una belleza muy subidos de tono para los rígidos cánones de la época.

Por aquel entonces, Sevilla latía con la fuerza de un gigantesco corazón comercial y cultural, convertida por derecho propio en una de las ciudades más fascinantes e influyentes de Europa. Desde sus muelles partían las naves rumbo al Nuevo Mundo, transformando sus calles en un hervidero donde convergían las riquezas de allende los mares, el saber más avanzado y un empresariado joven y dinámico. En medio de ese bullicio de oportunidades y contrastes, la ciudad se abre ante nuestro protagonista como una tierra de promesas dispuesta a poner a prueba su destreza y su destino.

Llegados a este punto, cuando la novela ha recorrido aproximadamente un tercio de sus páginas, el ritmo experimenta un ligero respiro y se vuelve un tanto más pausado, a ratos tedioso. La trama se concentra de lleno en las pesquisas de Thomas Babel tras la pista de aquel volumen misterioso, una obsesión bibliográfica que no tardará en granjearle bastantes dolores de cabeza y callejones sin salida.

En cuanto al tiempo, el autor maneja la cronología de forma sutil, sin precisar un número exacto de años; simplemente nos va dejando indicios de que los días pasan, mostrando que el protagonista ya ha dejado atrás la juventud para convertirse en un hombre maduro. Ese tránsito temporal se refleja a la perfección en su evolución personal, despojándose de la timidez inicial para ganar en soltura y prestancia.

Es así como lo vemos desenvolverse con soltura en Sevilla, capaz de infiltrarse en los círculos más selectos de la sociedad hispalense y tejer una red de amistades influyentes, pero también de ganarse enemigos declarados. El muchacho asustado del principio ha dado paso a un personaje con un carisma y una determinación muy sólidos.

En ese tramo sevillano, la historia da un giro fascinante cuando Thomas comienza a trabajar al servicio de Hernando Colón, el hijo de Cristóbal Colón. Su propósito principal sigue siendo la caza de aquel volumen clandestino y prohibido, entrelazándose con el empeño real y documentado de este vástago del descubridor por levantar una de las bibliotecas más monumentales e ambiciosas de toda Europa.

Alrededor de la mitad de la novela, el ritmo se vuelve por momentos denso, ya que casi toda la acción gravita obsessivamente en torno a la localización del libro y al rastro huidizo de su autor, Jaime Moncín. A ello se le suma el trasfondo de la sociedad hispalense, las cuitas amorosas que siempre sobrevuelan el alma del protagonista y los bajos fondos de la ciudad.

Son frecuentes los ambientes oscuros, las reyertas tabernarias, las peleas callejeras y el pulso más áspero y crudo de la supervivencia urbana. Esa atmósfera de gamberrismo de época y enfrentamientos a ras de suelo le inyecta una crudeza muy terrenal a la narración, equilibrando la erudición bibliográfica con el peligro de la calle.

Aquí me detengo y no desvelo mucho más de lo que encierran estas páginas, dejando que sea el propio lector quien descubra los giros finales de la trama. Siento que la novela se sostiene firmemente sobre tres grandes baluartes que le dan cuerpo, alma y sentido de fondo.

El primero de ellos es un bellísimo y necesario homenaje al libro y a la literatura como auténticos despertadores de conciencias, tanto en aquella alborada renacentista como en nuestros días. En una época actual marcada por las pantallas, la vertiginosa inmediatez y el estímulo a golpe de clic, el refugio pausado del papel sigue siendo ese reducto sagrado para muchos de los que amamos la lectura.

El segundo pilar es el amor, un sentimiento que lo invade todo y que se plasma en un protagonista profundamente enamoradizo. A pesar de coleccionar decepciones, desengaños y amargas traiciones a lo largo de su geografía vital, Thomas jamás renuncia a su esencia ni deja de creer en el amor con una fe inquebrantable.

Por último, el tercer baluarte se compone de una mezcla inseparable entre ambición y la búsqueda incansable de un sueño por cumplir. Sin desvelar la meta secreta que desvela al protagonista, ese anhelo perenne y ese indomable espíritu aventurero actúan como el motor invisible que empuja todo el relato de principio a fin.

En definitiva, nos encontramos ante una novela trepidante, vibrante y muy entretenida. Como única pega, quizás cabría señalar que en ese tramo central ambientado en Sevilla el desarrollo de la trama se estira un poco más de la cuenta y podría haber adelgazado.

Sin embargo, ese pequeño bache no desmerece en absoluto una historia muy redonda y sumamente absorbente, capaz de remover por dentro al lector. Lo fascinante es comprobar cómo, a pesar de que la acción nos traslada a hace más de quinientos años, muchas de las inquietudes, pasiones y conflictos sobre los que bascula la obra conservan una rabiosa y pasmosa actualidad.

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