LES VISITEURS, SALDANDO UNA DEUDA CON MI INFANCIA

Si te suenan de algo Zarko, Alambda, Pirvii, Kyrin, Memno y Reka, con la participación especial de Archim y Tolrach, has llegado a tu sitio, has aterrizado adecuadamente. Esas nomenclaturas extrañas, que suenan a cantos rodados de otro tiempo o a coordenadas de un cielo lejano, no son simples vocablos al azar; para quienes peinamos los recuerdos de aquella televisión de antena y dos canales, representan las voces olvidadas de una cofradía estelar.

Sin duda que es una de las mayores extravagancias que me quedaban por incluir en este blog (voy cerrando asuntos que no quiero que se queden anclados en mi mente para siempre, y este es uno de ellos). Y es que se trata de una serie de televisión francesa producida en 1980 que se llama Les visiteurs, y que con toda seguridad se proyectaría aquí en España, en la primera o en la segunda cadena de Televisión Española, ese mismo año 80 en el verano o tal vez en el del 81.

Debo ser de las pocas personas en España que se acuerdan de esta serie porque la información que he podido recabar en la red es realmente escueta, reducida a mínimos destellos de coleccionista. Imagino que en su Francia natal debe ser una referencia un poco más transitada por los nostálgicos de la pequeña pantalla, pero aquí en España su rastro se desvanece como un fantasma entre la niebla del archivo olvidado. Y es que esa ficción a mí me cautivó de forma profunda; tanto es así que guardaba celosamente descargados sus seis capítulos desde hace años, esperando pacientemente el momento propicio, sin dar nunca con la tecla exacta de cómo abordar su reseña en esta mi bitácora.

Uno de los escollos fundamentales era precisamente el del idioma, porque a pesar de que la serie se proyectó aquí doblada al español, no he conseguido de ningún modo hacerme con copias de esos seis episodios en nuestro idioma. La tenía descargada únicamente en francés e intenté por todos los medios conseguir archivos de subtítulos, chocando siempre contra un muro de silencio digital. Ha sido gracias a la inteligencia artificial, bendita ayuda y bendito descubrimiento, que he podido extraer y coordinar unos subtítulos fiables que, aunque no he logrado quemar e incrustar directamente en el vídeo, me han servido para y seguir el hilo con absoluto rigor, ciñéndose al casi cien por cien de la realidad verbal. Y, por otra parte, al ser el francés una lengua latina de ecos cercanos, algunas palabras se enlazaban con el español de la memoria, permitiéndome cumplir al fin un viejo sueño y cerrar este pulso tan íntimo con mi propio pasado.

¿Y qué tiene de especial esta serie que la hace tan enigmática y singular? Pues yo creo que la temática, concebida para que un chaval de doce o trece años pudiera visionarla en aquella época con los ojos bien abiertos de asombro, fue exactamente lo que a mí me llamó la atención y me cautivó sin remedio. Se trata de una miniserie del género de ciencia ficción de un corte muy particular, en una época donde el género fantástico europeo televisivo no estaba precisamente masificado, y que tampoco se ha convertido con el tiempo en una corriente que me haya atraído de manera especial.

Está codirigida por Michel Wyn y por Claude Desailly que es el que la escribió. En sus seis capítulos, la historia narra la accidentada llegada a la Tierra de un grupo de exploradores del Imperio de los Cuatro Planetas —aquellos Zarko, Alambda, Pirvii, Kyrin, Memno y Reka— que fracasan al decidir integrarse y desvanecerse en el anonimato humano. Para buscarlos y rescatar el honor de la misión, el Imperio envía a dos investigadores de élite, Archim y Tolrach, que terminan encarnándose en los cuerpos recién fallecidos del joven mecánico parisino Jean-Louis Brosec y la adinerada joven alemana Renate Mathisen.

Y, por supuesto, los seis capítulos de la miniserie guardaban un tributo secreto en sus títulos, ya que cada uno de ellos llevaba el nombre de aquellos seis primeros emisarios que habían pisado la Tierra de forma tan misteriosa. Es evidente que la misión primordial de Archim y Tolrach era averiguar qué había ocurrido con sus camaradas, puesto que el contacto con el Imperio se había desvanecido. Estos dos agentes protagonistas poseían además una serie de facultades extraordinarias que a mí, en plena adolescencia, me fascinaron por completo: una poderosa comunicación telepática, la habilidad innata para desplazar objetos con la mente y, por encima de todo, un pequeño y enigmático artefacto tecnológico que a mí particularmente me hipnotizaba. Aquel aparato tenía el prodigioso poder de congelar el tiempo a su antojo, permitiéndoles moverse en un mundo estático para sortear peligros y tejer los hilos de su intrincada aventura.

Visionada con los ojos de hoy, es evidente que es una serie que deja bastante que desear en lo formal, sobre todo si tenemos en cuenta que se supone que toda esa civilización extraterrestre es infinitamente más avanzada que la humanidad, pero contemplada desde el presente nos demuestra que su tecnología ha envejecido de forma notoria, quedando más que obsoleta. Lo que ocurre es que, en aquella época, encontrarse con algo tan diferente, una propuesta insólita que además se emitió en seis tardes seguidas frente al televisor, logró atraparnos sin remedio, grabándose a fuego en mi memoria desde hace ya más de cuarenta años. Y es que, como digo, este viaje al pasado era un libro pendiente que necesitaba cerrar para saldar cuentas con aquel niño que fui, sellando por fin un viejo anhelo de la infancia.

La base de la misión de los dos protagonistas, que ya he referido antes, parte de un punto de partida verdaderamente turbador: se ven obligados a tomar los cuerpos de dos personas corrientes que acaban de perder la vida. Son dos individuos que se encuentran clínicamente muertos y que resucitan de forma sorprendente ante los ojos de los demás. Saben perfectamente que ya no son quienes eran, que son entidades extraterrestres ocupando un envoltorio ajeno, de carne prestada, arrastrando una doble identidad que convierte cada paso en un frágil ejercicio de supervivencia emocional y secreta.

Dentro del argumento, que ya digo que visto con los ojos de hoy ha envejecido más bien regular, la serie guardaba un as bajo la manga que ensanchaba los horizontes de cualquier espectador: cada capítulo se ambientaba en un punto completamente diferente del planeta. El primer capítulo discurría en París, el segundo en los canales de Venecia, el tercero viajaba hasta Colombia, el cuarto se adentraba en el sur de África, el quinto nos llevaba a los Alpes austriacos y, finalmente, el sexto encontraba la paz en la Provenza francesa. Con todo ello, para los ojos de un niño de entonces, aquello no era solo ciencia ficción, sino también una suerte de pasaporte y viaje exótico por el mundo entero, un despliegue de escenarios lejanos que también contribuyó, sin duda, a cautivar mi imaginación y a dejar una huella imborrable en mi memoria.

Fotograma de la serie con los 
protagonistas en Villa de Leyva
Tengo que decir que en este momento de mi vida donde tengo los sentimientos a flor de piel, creo que me reivindico y me levanta el ánimo el hecho de que voy encontrando sorprendentes serendipias que hace unos meses atrás no conseguía lograr. Cada vez que hallo alguna, pues es como si me dijera a mí mismo que alguien está velando por mí, así lo siento en lo más hondo del alma. Y es que en el tercer capítulo, aquel que se desarrolla en tierras de Colombia, estaba contemplando las imágenes con atención porque los protagonistas llegan para intentar rescatar al tercero de los miembros del imperio, Pirvii; y cuando consiguen al final su propósito, huyen a la carrera desde una finca, atraviesan un pueblo pintoresco y llegan hasta una plaza con una fuente. Cuál fue mi profunda sorpresa cuando, al verla, un destello cruzó mi memoria y me dije a mí mismo que aquella plaza y aquella fuente yo ya las había visto antes en algún sitio, como si el pasado, más reciente este, viniera a buscarme de nuevo.

Y ese sitio no era otro que Villa de Leyva. Sorprendente. Sorprendente porque el rincón donde vivo y donde trabajo desde hace más de tres décadas, Bailén, resulta que está hermanado precisamente con esta localidad colombiana. La sorpresa, como digo, fue mayúscula porque la casualidad es sencillamente increíble, un capricho del destino que desafía toda lógica. ¿Cómo podría haber pensado aquel niño que sintonizaba la televisión en blanco y negro que aquel pueblo lejano donde se había rodado parte de su serie secreta terminaría cruzándose de forma tan íntima en su vida adulta, hasta el punto de unir sus pasos cotidianos con el lugar que hoy acoge su día a día? Increíble, fascinante, fastuoso y profundamente fantástico.

Cuadro de Villa de Leyva que se
expone en vitrinas del Ayto. de Bailén
Ya le había dado alguna pista mínima a una persona, un buen amigo que sé que es fiel seguidor de este blog, Torcuato Soriano, más conocido como Tato. Él, ya jubilado del Ayuntamiento de Bailén, estuvo implicado en su día en la organización de los eventos del hermanamiento de ambas localidades, y seguro que le resultará tan fascinante como a mí que en aquella vieja serie apareciera precisamente Villa de Leyva y no otra. Y mira que debe haber pueblos y rincones distintos en Colombia, pero el destino quiso que fuera ese y no otro.

Aquí sí es verdad que abro un paréntesis crítico porque particularmente pienso que los hermanamientos entre localidades suelen servir para bien poco. Este concreto fue el capricho personal de un profesor universitario de esta zona que yo creo que lo impulsó más por su propio lucimiento y enriquecimiento curricular que por engrandecer la historia de nuestro pueblo. Es el reflejo de tanto y tanto hermanamiento vacío que abunda en la actualidad, tanto aquí como en tantos otros lugares, que nacen con bombo y platillo para luego languidecer sin continuidad temporal alguna, quedando en un mero brindis al sol auspiciado por vanidades particulares o caprichos políticos estériles que nunca aportan beneficio real a la comunidad.

Creo que si destripo la serie no le hago mal a nadie, porque dudo muchísimo que esta ficción la vaya a ver alguien más a estas alturas de la vida. Digamos que esto es algo así como una especie de deuda personal que arrastro conmigo mismo y que necesitaba plasmar aquí, en el refugio del blog, cerrando por fin un capítulo largo de mi existencia; de esas asignaturas pendientes que uno quiere dejar ordenadas y bien atadas, aunque espere y desee durar todavía muchos años. En cada uno de los episodios, nuestros protagonistas van tras los pasos de aquellos científicos del Imperio de los Cuatro Planetas que se habían desvanecido en la rutina del mundo. Unos enviados que presentaban un aspecto ciertamente intrigante y peculiar, ya que se trataba de seres totalmente calvos y sin cejas, lo cual los hacía singularmente reconocibles. La tragedia latía en que, a medida que avanzaba cada entrega de la misión, la pista los conducía de forma inevitable hacia un destino funesto, encontrándoselos siempre sin vida, como si el propio planeta devorara implacablemente a aquellos que osaban infiltrarse en su seno.

Y es que, de algún modo, el último de los científicos, Reka, se ha ido encargando de liquidarlos uno a uno porque, al parecer, se han vuelto demasiado humanos a lo largo de su estancia terrenal. Esa es la razón principal por la que, al corromperse su desapego estelar y encariñarse de las pasiones de este mundo, incumplen la estricta misión de investigación encomendada por el Imperio, convirtiéndose en desertores a los ojos de su propia especie. Por esta causa implacable, Reka decide convertirse en su verdugo, ejecutando una purga silenciosa en la sombra para eliminar los rastros de una humanidad contaminada que su civilización no está dispuesta a tolerar.

Sin embargo, en el último capítulo el propio Reka, que en el episodio anterior había aparecido supuestamente muerto tras un aparente suicidio, resurge de nuevo en escena. Y lo más sorprendente es que no aparece solo; le acompañan los otros cinco científicos del Imperio de los Cuatro Planetas que creíamos perdidos, demostrando que todo había sido una elaborada farsa. Todos ellos se reúnen para explicarles cara a cara a sus compañeros Archim y Tolrach que, en realidad, se han enamorado irremediablemente de la Tierra y han decidido desertar para quedarse aquí. Es decir, aquellos seres procedentes de un mundo supuestamente perfecto comprenden de golpe que la perfección estéril lo destruye todo, que la ausencia de grietas ahoga la vida y que la perfección equivale, en el fondo, a la muerte absoluta. Frente a eso, eligen una Tierra imperfecta pero vibrante, un planeta que, a pesar de sus vicios, crueldades, injusticias y de los innumerables excesos del ser humano, mantiene encendida en su interior una pequeña e inextinguible llama que justifica cualquier sacrificio.

Y hay algo que sirve como sutil hilo conductor y que vertebra toda la trama de la serie: la pareja formada por los humanos prestados, Jean-Louis y Renate, termina enamorándose de manera irremediable. El amor, como no puede ser de otro modo donde late un alma humanizada, se convierte en el auténtico motor que mueve el universo. Y precisamente en ese último episodio descubrimos que ellos dos también se han ido prendando de la Tierra y de su propia condición mestiza, de forma que deciden quedarse para siempre en este mundo imperfecto que nada tiene que ver con la frialdad del lugar de donde procedían. El círculo se cierra de la manera más hermosa cuando se revela que Renate está embarazada, esperando un hijo que ya es fruto de este suelo, quedando definitivamente anclados y atados para siempre a los latidos de este extraño y maravilloso mundo que habitamos.

Para finalizar, una serie que me sedujo en aquel verano del 80 o del 81 y que llevaré en el corazón para siempre; no por su excelsa calidad técnica, desde luego, sino por lo que supuso para aquel chaval de entonces y porque jamás se me ha olvidado el nombre de esos ocho personajes extraterrestres. Zarko, Alambda, Pirvii, Kyrin, Memno y Reka, Archin y Tolrach han sido como un mantra que me ha acompañado silenciosamente a lo largo de mi vida —nombres que, por cierto, habrían sido perfectamente ideales para bautizar a cualquier mascota entrañable—.

Dentro de esa factura modesta que hoy deja bastante que desear, la serie contaba con una banda sonora verdaderamente inspiradora, firmada por Georges Delerue. Su música lograba envolver aquel relato de ciencia ficción artesanal y de andar por casa con una pátina de nostalgia, misterio y belleza que se quedó grabada a fuego en nuestra memoria colectiva. Y también como curiosidad, el protagonista, Archim, estaba encarnado por el actor catalán Josep Maria Flotats, que aún vive.

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