"UN SILENCIO LLENO DE MURMULLOS", DE GIOCONDA BELLI

Hay etapas en la vida donde los sentimientos parecen habitar la piel misma. Siento como si una línea invisible, pero tajante, hubiera partido mi existencia en dos recientemente. Y en esa grieta, en este nuevo territorio donde la mente no deja de bullir, han comenzado a brotar las serendipias. Siempre me ha fascinado que el azar me sorprenda en nimiedades, pero es ahora, en la intensidad de este momento, cuando las casualidades parecen buscarme con más ahínco, y me reconforta.

Una de esas coincidencias luminosas me ha sucedido precisamente con la novela y con la autora que hoy traigo a esta mi bitácora: Gioconda Belli. Apenas conocía la obra de la escritora nicaragüense hasta hace poco. Sin embargo, hace unos días, después de haberme adentrado en las primeras páginas de su libro, me topé con una noticia que me pareció un hermoso guiño del destino: acababan de concederle el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

Un galardón con un prestigio cada vez más hondo y merecido, otorgado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) con el impulso de instituciones como el Fondo de Cultura Económica. Me fascina el recorrido de este premio; nació enfocado en las letras latinoamericanas y del Caribe para ir abriéndose después a la literatura universal y, finalmente, a la riqueza de las lenguas romances. Por sus páginas han transitado autores de matriz latina en todas sus vertientes —portugueses, franceses, rumanos, e incluso voces mestizas como la del franco-libanés Amin Maalouf—.

Que el reconocimiento a Gioconda Belli se cruce en mi camino justo ahora, mientras recorro sus palabras, no deja de parecerme una de esas mágicas señales con las que la vida nos confirma que estamos leyendo el libro adecuado en el momento preciso.

No puedo negar el acierto rotundo del jurado al coronar su trayectoria. Adentrarse en las páginas de «Un silencio lleno de murmullos» es constatar, de inmediato, la altura de su prosa: una riqueza léxica envidiable, una arquitectura impecable y una sensibilidad que no se fuerza jamás. La novela es, sencillamente, una delicia.

Es una obra de dimensiones reducidas, pequeña en apariencia, pero perfumada con una hondura que impresiona. Íntima y serena, logra algo verdaderamente difícil: sostener una mezcla finísima, una amalgama sin costuras entre los pliegues de la vida privada y la memoria colectiva. A través de sus páginas recorremos la historia contemporánea de Nicaragua no como un frío tratado político, sino como una herida o una pulsión que atraviesa los afectos y los destinos individuales.

Lo hace además con un equilibrio exquisito, sin abrumar jamás al lector. Todo está ahí bien medido, perfilado con destreza, dejando que la gran historia de un país que se nos antoja tan cercano y lejano a la vez, y los murmullos callados de sus protagonistas se abracen sin sofocarse.

El hilo conductor de esta trama nos sitúa en los pasos de Penélope, una mujer de mediana edad que se ve obligada a viajar a Madrid tras la muerte de su madre. Su misión es íntima y logística a la vez: liquidar las pertenencias, vaciar la casa y resolver el legado terrenal de Valeria, afincada hasta su final en el municipio madrileño de Hoyo de Manzanares.

Al adentrarnos en ese hogar vacío, la figura de Valeria se va revelando a través de sus objetos y papeles. Descubrimos a una mujer profundamente entregada al activismo, una joven que entregó su juventud y sus certezas a la lucha contra la dictadura de Somoza en Nicaragua. Aquel sueño revolucionario que en su momento encarnó Daniel Ortega —a quien más tarde se uniría en el poder su esposa, Rosario Murillo— era para ella y para toda una generación una promesa sagrada de libertad.

Sin embargo, la literatura de Belli nos va conduciendo con lucidez por la amargura del giro de los acontecimientos. Asistimos a la radiografía de una revolución trágicamente fallida. La autocracia que prometía erradicar el horror terminó por mimetizarse con él: la perpetuación en el poder, el aplastamiento del disidente, la violencia y la censura sistematicamente ejercidas sobre el pueblo. Belli expone esa paradoja cruel en la que los extremos ideológicos terminan dándose la mano en la sombra, reproduciendo exactamente la misma opresión que un día juraron combatir.

Y es aquí donde surge otro de esos guiños del azar que han rodeado esta lectura, una de esas serendipias domésticas pero profundas que me han conectado de lleno con la historia y me la ha traído a mi mente mucho más vívida. Toda la trama transcurre en la quietud de una casa situada en Hoyo de Manzanares. Yo no soy un asiduo de Madrid, mis visitas a la capital siempre han sido contadas. Sin embargo, si hay un rincón en toda esa provincia donde he reposado, donde he dormido más noches que en ningún otro lugar, ha sido precisamente allí, en Hoyo, dentro de la urbanización La Berzosa, en casa de los suegros de mi buen amigo Andy Pollock.

Imaginar la vivienda donde Penélope desentierra los secretos de su madre me ha resultado de una facilidad pasmosa. No he tenido que hacer un esfuerzo abstracto de diseño; bastaba con evocar los rincones de ese residencial, la luz concreta que filtra el pinar, el peso del silencio al caer la tarde. Me he sentido habitante de esa misma arquitectura. Conocer el abrigo y la geografía exacta donde la novela echa raíces ha hecho que el viaje no fuera solo de la autora hacia mí, sino también un regreso hacia un lugar que ya formaba parte de mi propia memoria.

El marco en el que transcurre todo no es otro que los días suspendidos de la pandemia. Atrapada en ese confinamiento entre los muros de Hoyo de Manzanares, Penélope se sumerge en una casa repleta de sombras, ecos y recuerdos. Mientras desempolva el pasado de su madre, nosotros asistimos a esa radiografía reciente de Nicaragua. Penélope hereda no solo los enseres de Valeria, sino también esa sensibilidad compartida, esa necesidad de rebelarse contra la opresión que hoy asfixia a su país bajo la deriva de una dictadura marcada por el cinismo.

Resulta estremecedor ver cómo la ficción dialoga de forma tan directa con la realidad presente. No hace mucho volvíamos a leer en los periódicos cómo esa dinastía enquistada en el poder busca prorrogar de nuevo su mandato, blindándose hasta 2028 a través de maniobras absolutistas. Con un gesto dictatorial y despiadado, inhabilitan a cualquier voz opositora bajo la burda etiqueta de «traidores a la patria» o «golpistas». Una ironía macabra: terminar persiguiendo y utilizando exactamente el mismo lenguaje y la misma violencia represiva que ellos mismos combatieron en su juventud.

Es en medio de este desolador trasfondo político e histórico donde la intimidad de la casa cobra una fuerza sobrecogedora. Penélope sigue explorando cada rincón, deshojando la memoria de Valeria, cuando el aislamiento se interrumpe de forma inesperada. A la puerta de la vivienda aparece Eugenia, una figura enigmática y envuelta en misterio que asegura haber sido amiga de su madre. Una visita sorprendente que viene a sacudir el luto y a abrir una nueva rendija por la que se filtrarán secretos que Penélope jamás imaginó encontrar.

En mitad de esa soledad enrarecida por el confinamiento, la atmósfera de la casa comienza a espesarse con sucesos inquietantes. Acontecimientos extraños y difíciles de explicar obligan a una Penélope angustiada a recurrir a un detective privado a través de la pantalla. Mientras tanto, al otro lado del océano, el hilo telefónico la mantiene unida a su marido, Ernesto, que resiste en una Nicaragua sumida en el caos. Belli retrata con maestría cómo el régimen afrontó la pandemia bajo una negligente doctrina de «inmunidad de rebaño» —al estilo escandinavo, pero sin sus garantías—, utilizándola al mismo tiempo como un velo más para acentuar la represión política sobre cualquier voz crítica. Una persecución feroz que termina obligando a su propio esposo a tomar el camino del exilio hacia Costa Rica.

Es en medio de esta marejada donde la búsqueda personal alcanza su punto de inflexión. Al profundizar en los rincones del pasado de Valeria y sumergirse en los pliegues de su diario, Penélope tropieza con una verdad conmovedora y oculta: la existencia de una hermana dada en adopción en el pasado. No conviene desvelar más; sería profanar el hermoso engranaje de una novela que merece ser descubierta con el mismo asombro con el que yo la he recorrido.

Para mí, Gioconda Belli ha sido un auténtico hallazgo. Afincada en España desde hace años (se exilió de Nicaragua tras ser despojada de su nacionalidad por el régimen), la autora despliega una prosa delicada y bellísima, donde nuestro idioma se viste de gala. Da gusto detenerse en sus páginas y apreciar los giros propios del habla nicaragüense, esa cadencia mestiza que demuestra la infinita riqueza de nuestra lengua que abraza matices tan diversos según la orilla desde la que se escriba.

«Un silencio lleno de murmullos» es un libro absolutamente recomendable, una joya que he devorado en apenas una semana. Logra ese difícil milagro de sostener el equilibrio perfecto entre la crónica dolorosa de un país y la intimidad de una ficción sentimental, reflexiva y serena. Un viaje inolvidable entre las sombras del pasado y la luz de la memoria.

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