"UNA MADRE DE PELÍCULA", DE JUAN CARLOS RUBIO

Me surge siempre esa sospecha sorda, casi física, al sentarte en la penumbra frente a un rostro que te has visto muchas veces en las pantallas. Dudas de si esa presencia en el escenario es un acto de pura fe, un compromiso visceral con la madera y la voz, o simplemente un ejercicio más para engordar un ego que ya no cabe en sí mismo. Y es que la memoria pesa y el desencanto se rememora: ya he pagado otras veces una entrada para ver a ídolos desplomarse sin pena ni gloria, incapaces de rasgar la atmósfera, ofreciendo apenas un suspiro mediocre que no alcanza ni para el aprobado. El teatro no perdona la impostura; la luz del foco desnuda al famoso y solo deja al actor si hay entraña.

Esa misma reticencia previa era la que me rondaba la cabeza antes de ver «Una madre de película», protagonizada por Toni Acosta. Hablamos de un rostro sobreexpuesto, de esos que la televisión y el cine comercial devoran y escupen a diario hasta volverlos casi familiares. Acosta viene de alimentar durante años un perfil marcadamente cómico, encasillada en esa cotidianeidad ligera que el público consume sin esfuerzo, con el eco aún fresco de sagas interminables como la de Santiago Segura en «Padre no hay más que uno», que ya he perdido la cuenta de por qué secuela va. Temía encontrarme de nuevo con la réplica automatizada, el chiste fácil y el piloto automático de quien confía más en su popularidad que en la verdad que exige la tabla del escenario.

Hay veces en las que a una obra le bastan apenas cinco minutos para dictar sentencia, esos primeros cinco compases en los que sabes si vas a entregar la fe o vas a contar las horas. Y aquí, el arranque fue sencillamente desarmante. Desde el preciso instante en que Toni Acosta pisa el escenario, se adueña de las tablas con una presencia rotunda, magnética, que llena el aire de un ritmo vertiginoso, casi fiero. Arranca un desfile de diálogos consigo misma, un soliloquio incisivo, inteligentísimo y profundamente original donde cada palabra cae en el sitio exacto. Es en ese primer golpe de luz y voz donde la función te engancha de las tripas, disipando cualquier sombra de duda previa y obligándote a reconocer que estás ante algo que te va a atraer.

La comedia, escrita y dirigida por Juan Carlos Rubio —sobre una idea gestada a cuatro manos junto a la propia Toni Acosta—, nos pone enfrente a una mujer de mediana edad atravesada hasta el tuétano por su pasión por el cine. A través de esa mirada cinéfila, va desgranando el mapa entero de su trayectoria vital: la ilusión primera del amor joven, la llegada de un hijo, la grieta inevitable del divorcio y esa soledad progresiva que se instala cuando el muchacho crece y termina marchándose lejos por trabajo. Y entonces, como en el guion casi inevitable de la propia vida y del melodrama clásico, el hijo regresa. Vuelve a casa, como no podía ser de otra manera, por Navidad, abriendo de golpe las costuras de la memoria y el hogar.

A lo largo de toda la obra, esa confesión íntima se va trenzando con constantes guiños a los grandes hitos de la historia del séptimo arte. La protagonista rescata escenas grabadas a fuego en la memoria colectiva de cualquier buen cinéfilo, pero no se queda en el mero homenaje o en la cita nostálgica. Hay una vuelta de tuerca mucho más sagaz: demuestra conocer al detalle los engranajes del oficio, el lenguaje técnico, los trucos y herramientas de un rodaje, del montaje, la producción y la posproducción. La narración cobra así un pulso vivísimo, donde la peripecia personal de una madre se mira constantemente en el espejo del Cine con mayúsculas, dinamizando el relato con una frescura y una inteligencia más que originales.

Bajo toda esa cubierta cómica, chispeante y simpática, la obra va filtrando una punzada amarga, ese conflicto silencioso que tarde o temprano nos termina por cruzar el pecho. La protagonista lidia con el duelo imprevisto del nido vacío. Tuvo a ese hijo deseándolo con cada fibra de su ser, lo vio crecer, y ahora la ley de vida se lo devuelve por Navidad convertido en un adulto que regresa a casa trayendo del brazo a su nueva pareja. Y es en ese punto donde el texto roza la fibra más humana: la constatación de que el amor de una madre es una fuerza devoradora y total, mientras que para el hijo, por pura biología y supervivencia, ese afecto sigue otro curso. Los hijos quieren a sus madres, claro que sí, pero su destino natural es desprenderse, enamorarse de una extraña y lanzarse a construir su propia historia por los derroteros que les marque la vida.

Es pasmosa la fortaleza con la que sostiene ese ritmo endiablado desde el minuto uno hasta el bajón de telón. Hay que estar hecha de una pasta muy especial para sobrellevar semejante desgaste físico y vocal sin dar muestras de fatiga. Lo de Toni Acosta es un despliegue de brío absoluto: una catarata dialéctica incesante que arrolla la sala sin dar un solo respiro. Y lo mejor no es solo la velocidad de la palabra, sino cómo hilvana ese torrente metiendo al vuelo chistes secos, giros de guion cargados de retranca y destellos de ingenio puro que se cruzan constantemente con las referencias cinéfilas. Todo ese engranaje le imprime a la función un poder rabioso, volviéndola una pieza magnética, viva y rematadamente enérgica.

Gran parte del secreto de ese ritmo acelerado reside en una escenografía tan inteligente como sobria. Ella está sola en el escenario, sí, pero la escenografía no necesita grandilocuencias para sostener la función: le basta con una estructura de módulos y cajones que recrean el cuarto dormido de ese hijo ausente. De ese baúl de recuerdos e infancia va extrayendo pequeños adminículos y objetos fetichistas que no solo alimentan la memoria del relato, sino que le sirven como resorte escénico para mutar de voz y encarnar a otros personajes. Con cuatro trazos y esos objetos cotidianos crea interlocutores vivos —desde la figura de su propia madre hasta esa hilarante psicóloga malagueña con la que intenta amortiguar el duelo del desapego—, multiplicando la fauna de la obra y convirtiendo la soledad del monólogo en un diálogo coral desbordante de vida.

Más allá de las risas y la puesta en escena, late en la obra una verdad incómoda sobre las relaciones familiares en este siglo XXI. Los padres nos desvivimos por los hijos, les entregamos la vida entera, pero el amor maduro en estos tiempos no consiste en retener, sino en soltar. No nos queda más camino que regalarles una libertad plena, profunda, para que salgan ahí fuera a equivocarse y a labrarse su propia existencia exactamente como ellos entiendan que deben hacerlo.

Porque la realidad es tozuda y responde a una ley impertérrita de la naturaleza: esos hijos terminarán replicando el vuelo. Buscarán el amor, se enamorarán y querrán a sus parejas con una devoción completamente distinta a la que nos profesan a nosotros, porque así ha sido siempre. Si no estamos preparados para asumir que se va a ir, que se tiene que ir, si nos duele ese desapego inevitable de verlos partir para perpetuar el ciclo de la vida, quizá también a nosotros nos haga falta una terapia de choque. Es la vida abriéndose paso, sin más consuelo que haber sido el muelle desde el que saltaron al mundo.

En definitiva, una propuesta profundamente inspiradora, redonda en su arquitectura y ejecutada con una interpretación impecable que la eleva, sin dudarlo, de un notable muy alto hacia arriba. Tuve el privilegio de disfrutarla el pasado 9 de octubre, en la calma de la soledad, aunque ya va siendo hora de cambiar esto ¿o no?, entre las maderas y las luces del Teatro Principal de Andújar. Te deja poso. Nos enfrenta al sentido mismo de la existencia y nos recuerda que, para quienes amamos el cine, las películas son ese sostén infalible al que agarrarnos: un espejo de ficciones que ya recorrieron pasajes clavados a los nuestros. Porque aunque cada vida se escriba con su propio pulso, en el fondo nada nos es ajeno. No somos tan distintos los unos de los otros; de algún modo, nuestras luces y nuestras sombras ya fueron filmadas mucho antes de que nosotros saliéramos a escena.

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