En momentos de fuerte impacto emocional la música sigue siendo ese refugio y aporte de buenrollismo que me ayuda a afrontar los días complicados e impulsa los buenos, que los percibo en el horizonte. En estos últimos meses, además, he encontrado un gran calor en páginas web de personas que hacen el trabajo por uno mismo, acercándome esa música de vanguardia, new age y electrónica que tanto me gusta. Entre los descubrimientos recientes destaca el compositor noruego Bjørn Lynne, un creador excepcional que me está sirviendo de gran ayuda para meterle mano a estos momentos confusos, caóticos y definitivamente esperanzadores de mi vida.
Quizá en el futuro hable de esas personas y webs que me ahorran tiempo buscando nuevos artistas. Como hay tantísima variedad de músicos de vanguardia y mi tiempo es limitado, hay gente sensacional que ya se encarga de dármelo mascado. Por eso, un capítulo aparte merecerá uno de mis soportes esenciales de estos últimos dos años: el proyecto Lost Frontier, dirigido por el gallego Javier Bedoya, que fue precisamente quien me descubrió a Bjørn Lynne.
En el programa de Lost Frontier hay una sección llamada «Discos que marcaron una época», que arranca con una música muy vibrante cuyo autor logré identificar: Bjørn Lynne. El tema se titula Highway of Strings y pertenece a su álbum Imagine Sky, editado en 2020. Es una pieza marchosa, con trasfondo cinematográfico, ascendente y luminosa, donde se entrelazan cuerdas de cámara y piano. Un trabajo que encaja en el new age neoclásico, dotado de una fuerza y un espíritu arrolladores.
Así que no cabía otra que seguirle la pista a Bjørn Lynne y, en estos meses, me he estado empapando de su música, que es lo que verdaderamente me interesa, más allá de la biografía que pueda haber detrás. He llegado a este músico por casualidad, escondido, como pasa con muchos otros compositores de la new age. Como bien dice Javier Bedoya, la música de vanguardia es como los icebergs: la parte realmente interesante es la que no se ve, la sumergida, pero es inmensamente mejor que esa música de usar y tirar, la música chicle que escuchamos habitualmente.
La música de Bjørn Lynne ha encajado perfectamente en estos tiempos, sirviéndome como ayuda terapéutica para evadirme de una realidad a veces fatigosa. Al escucharle, siento como si estuviera en un espacio vacío donde solo me encuentro yo; es una propuesta nada invasiva pero sumamente evocadora. A veces pierdo la noción del tiempo y compruebo que ningún tema destaca sobre los demás de forma abrupta, logrando ese efecto de música ambiental o ambiental-descanso que siempre me ha atraído tanto porque me aporta una paz tremenda como que me hace empatizar con el entorno.
Lejos de tener un matiz peyorativo, comparar la música de Lynne con la ambiental o de ascensor es sinónimo de que está maravillosamente bien hecha. Su trayectoria revela un conocimiento técnico brutal y una capacidad compositiva muy orgánica, redonda y con vocación orquestal, como si pudiera trasladarse tal cual a un concierto en directo a pesar de crearse desde el estudio. Nos encontramos ante una propuesta sumamente elegante, elaborada con tacto y sensibilidad, que realmente merece muchísimo la pena.
Nacido en 1966, Bjørn Lynne resulta difícil de encasillar, moviéndose entre la electrónica ambiental, el new age y la música progresiva o espacial. Su inquietud musical comenzó a principios de los ochenta, moldeando sus primeros sonidos con un Sinclair ZX Spectrum, una caja de ritmos SpecDrum, una interfaz MIDI y un sintetizador Casio. Mucho antes de que hacer música con ordenador estuviera al alcance de cualquiera, este noruego ya experimentaba con máquinas que hoy nos parecen auténticas piezas de museo.
A medida que la tecnología avanzaba entre los ochenta y noventa, Lynne adoptó el seudónimo de Dr. Awesome y se integró en el grupo Crusaders, exprimiendo los ordenadores al límite. Aunque empezó a crear sus primeros discos sin el respaldo de grandes discográficas, esa faceta creativa dio un giro clave cuando su nombre comenzó a trascender de manera más rotunda al adentrarse de lleno en el fascinante mundo de los videojuegos.
En 1995 se trasladó a Inglaterra y trabajó durante casi una década componiendo música y efectos de sonido para Team17, la compañía responsable de la popular saga Worms. Lynne quedó estrechamente ligado a este título, regalando bandas sonoras que muchos habremos escuchado centenares de veces sin saber que él estaba detrás. Representa al clásico artista anónimo para la memoria colectiva de millones de jugadores, cuya enorme aportación musical ha permanecido a la sombra debido a ese perfil reservado propio de la industria de los videojuegos.
Con la espinita clavada de desarrollar su proyecto personal, Lynne comenzó a publicar discos con mayor profesionalidad a partir de 1997, destacando The Void, una auténtica declaración de intenciones sobre lo desconocido y el espacio. Su música parece hecha para escuchar mirando al cielo, abriendo espacio en la cabeza mediante una mezcla de sintetizadores, secuencias electrónicas, guitarras y percusión. Melodías que avanzan con calma, actuando como un vehículo hacia un viaje de destino incierto.
En Beneath Another Sky, publicado en 2006, esa sensación se intensifica. El álbum combina electrónica espacial con pasajes de piano jazzístico, guitarras, percusión y sutiles tintes de world music. Una acertada crítica de la época lo definió como la fusión perfecta entre electrónica ambiental, jazz y texturas espaciales, alabando la gran habilidad de Lynne para lograr que todos los temas fluyan como si formaran parte de una misma y fascinante historia.
Aunque la música ambiental corre el riesgo de quedarse en mero fondo sonoro, cuando un compositor logra que los sonidos evoquen paisajes o narraciones interiores, la perspectiva cambia por completo. Lejos de atarse a etiquetas, la trayectoria de Lynne ha transitado por la electrónica, el rock progresivo, los videojuegos, el new age y pinceladas de folclore. Como él mismo reconoce, tras décadas de influencias diversas, hoy solo busca crear la música que le gustaría escuchar; una filosofía tan sincera que a mí me resulta sumamente inspiradora y me aporta esa tranquilidad que tanto necesito.
No me gusta hacer comparaciones directas, pero es inevitable que su obra nos evoque a gigantes como Tangerine Dream, Vangelis, Pink Floyd, Jean-Michel Jarre o Mike Oldfield. Lynne se sumerge por territorios donde se percibe el eco de todas estas grandes influencias, enriqueciéndolas con un toque personal de rock progresivo y esa esencia de los videojuegos que late sutilmente en toda su obra. En cualquier caso, nos encontramos ante una propuesta artística sumamente inspiradora y redonda.
Una descripción especialmente acertada aparece en la propia página de The Void en Bandcamp, donde alguien define su estilo como una mezcla de electrónica e instrumental progresiva. En ella se destaca que sus composiciones avanzan mediante melodías que se van entrelazando con fluidez, en lugar de depender de cambios de compás o de una armonía excesivamente compleja.
Como conclusión, destaco algo muy valioso en sus composiciones: son auténticas píldoras de optimismo y empujón emocional que rara vez superan los tres minutos, evitando el exceso minimalista de otros autores. Estamos ante relatos sonoros de enorme elegancia, bien traídos y elaborados, que hablan maravillas de este fastuoso compositor noruego. Una música de enorme calidad, perfecta para ilustrar cualquier programa o anuncio, y que seguro nos seguirá regalando sintonías tan bellas como aquella que me guio hasta él a través de Lost Frontier.

Comentarios