¿Y ESPAÑA QUÉ, OTRA VEZ CAMPEONA DEL MUNDO?: MEMORIAS DE FÚTBOL, INFANCIA Y GLORIA

Aún resuenan los ecos de ese fantástico triunfo de España en el Mundial de fútbol de este verano. Un verdadero chute de adrenalina, una de esas alegrías inmensas que se te quedan grabadas en la memoria para siempre. No lo voy a negar: me gusta bastante el fútbol, pero reconozco que siento una debilidad especial por el de selecciones (en 1994 fui a Estados Unidos para ver el Mundial y dos partidos de España), y vernos en lo más alto es, sencillamente, lo máximo. Es justamente uno de esos instantes en los que pierdes por completo la noción del tiempo, te sientes inmensamente feliz y por momentos todo lo malo queda aparcado. Por unas horas dejas a un lado tus problemas del día a día y todo se convierte en jolgorio, en un festejo compartido y en un derroche de emociones de proporciones auténticamente siderales.

Y es que este tipo de triunfos tienen la virtud de remover por dentro una sensibilidad muy profunda. Se me mezclan entonces la añoranza, la melancolía y la felicidad de recordar un pasado en el que lo normal era tener a toda la familia alrededor; esa cotidianidad a la que no dábamos importancia y que, viéndola hoy con perspectiva, era la auténtica felicidad. Me viene con fuerza el recuerdo de ver los partidos de la selección con mi padre. A él también le gustaba mucho el fútbol, aunque con los años aquella enfermedad que fue deteriorando su mente nos fue privando de compartir las retransmisiones como solíamos hacerlo cuando era niño, ahí empezó todo.

Él era un hombre serio, pero tenía una forma muy suya de demostrarme su cariño y era haciéndome rabiar viendo el fútbol. Ya fuera con la selección o con mi querido Real Madrid, le gustaba picarme cuando mi equipo iba perdiendo (que también era el suyo), diciéndome que eran malísimos solo para ver mi reacción, hasta el punto de hacerme llorar en más de una ocasión. Era su modo peculiar de volcar su afecto hacia mí. Daría lo que fuera por volver a sentarme a su lado, en plenitud, para disfrutar de un partido como lo hacíamos antes. Eso sí que era la felicidad absoluta.

Y es que, si echo la vista atrás, yo era de los que casi había perdido la esperanza de ver a España campeona. De niño y de joven me sabía de memoria la historia del fútbol y me daba rabia comprobar cómo el bagaje de nuestro país era poco más que anecdótico, casi limitado a aquel cuarto puesto en Brasil 1950 con el célebre gol de Zarra a Inglaterra. Pasaban los campeonatos y seguíamos siendo una comparsa. De hecho, justo antes de Sudáfrica 2010, publiqué en este blog una entrada donde afirmaba con rotundidad que España jamás ganaría un Mundial; sin duda, el peor vaticinio de mi vida, pero del que más me alegro de haberme equivocado.

Cuando por fin lo logramos con aquel inolvidable gol de Iniesta, me pilló de vacaciones en Asturias viéndolo junto a mis padres, que por entonces aún vivían. Fue uno de los momentos más bonitos que he experimentado jamás como futbolero y como español. Una vivencia imborrable, de esas que se te quedan grabadas a fuego en la memoria y te permiten recordar con nitidez cada detalle de lo que sentiste en ese día histórico.

Pensé de verdad que cuando conquistamos la Copa del Mundo en Sudáfrica se había hecho justicia con la historia del fútbol español. Por nuestra trayectoria a nivel de clubes, por la masa de aficionados que arrastra este deporte y por una tradición en la que raros son los niños que no se han criado en la calle dándole patadas a un balón. Es cierto que con los años me he desaficionado un poco del fútbol de élite, mercantilizado hasta el extremo y convertido en un negocio lucrativo de futbolistas multimillonarios —aunque no lo puedo remediar y sigo disfrutando cuando gana el Real Madrid—. Hoy me atrapa más el fútbol modesto de categorías inferiores, donde sigo con pasión a mi Linares Deportivo y donde aún se intuye a futbolistas que defienden los colores por puro amor a la tierra.

Por eso, que hayamos vuelto a tocar el cielo en Nueva York logrando nuestra segunda estrella me parecía algo increíble, casi imposible de asimilar. Estuve en una nube durante días repitiéndome a mí mismo que no era un sueño, que éramos otra vez campeones del mundo. Si Sudáfrica fue justicia, esta segunda Copa del Mundo es el premio a un trabajo descomunal desde la base, en las categorías inferiores masculinas y femeninas —donde no olvido que las chicas también reinan en el planeta y a las que ya dediqué en su momento un merecido artículo en este blog—. Verdaderamente, la historia ahora sí que es acorde con nuestro fútbol.

Llegamos a conseguir este segundo Mundial de una manera mucho más brillante que el de Sudáfrica, tanto por la entidad de los rivales a los que nos enfrentamos como por el fútbol desplegado. Pocas veces en la historia el campeón ha sido de forma tan indiscutible el mejor equipo del torneo, superando holgadamente al resto. El fútbol tiene un componente de imprevisibilidad y suerte que no poseen otros deportes como el balonmano o el rugby, donde casi siempre gana el mejor. En el fútbol puedes dominar y generar infinidad de ocasiones, pero el rival en una jugada aislada te da la sorpresa; de ahí que este triunfo, rotundo y sin peros, tenga un valor todavía mayor.

Y coronarse ante Argentina en la final fue el broche perfecto. Si había que levantar la Copa del Mundo, qué mejor que hacerlo ante un rival histórico para darle más empaque a la gesta. Con los argentinos nos une esa eterna rivalidad, casi como entre hermanos; esa competitividad entre amigos que debería ser sana, aunque al término del partido se enturbiara un poco por un mal perder. Pero nada ni nadie nos quita el orgullo de haber firmado una página histórica de la manera más brillante posible.

Y sí, claro que sigue siendo el deporte rey. Con los años he intentado analizarlo con cierta distancia, más allá de ese apasionamiento de cuando era niño, de aquellos recreos donde bastaba con que tiraran un balón al patio para que saliéramos todos corriendo detrás de él, en una época en la que apenas se retransmitía otro deporte en la televisión. Pero, descontextualizando ese bombardeo mediático, reconozco que hay una verdad profunda en su reinado: el fútbol es la máxima expresión de la democratización del deporte. Pocas disciplinas existen tan económicas en su esencia. Bastan un balón y dos piedras a modo de postes, como hacíamos de pequeños, para que eche a rodar la ilusión. Quizá solo el atletismo, y en algunas de sus pruebas, se le pueda comparar en esa escasez de recursos necesarios.

Esa misma sencillez es la que ha permitido que miles de niños y niñas de familias humildes, salidos de las extracciones sociales más bajas de cualquier rincón del planeta, hayan encontrado en el fútbol una vía de escape y la oportunidad de llegar a lo más alto. El fútbol ha sido para muchos un ascensor social definitivo, la vía para cambiar su destino a golpe de talento y esfuerzo. Otra cuestión distinta, que daría para un debate aparte, es la dificultad posterior para administrar el ego y la riqueza repentina cuando se pasa a ser un nuevo rico de la noche a la mañana.

El Mundial me ha dejado muchas reflexiones. No pretendo que esta entrada sea un artículo de opinión al uso, sino una colección de pensamientos a vuelapluma que fui anotando en una libreta según avanzaba el torneo, sobre todo a medida que me iba animando al ver que lo de España iba muy en serio.

La historia de los Mundiales tiene la curiosidad de que muy pocas naciones han logrado coronarse; compiten muchísimas, pero apenas ocho han alzado la copa y, salvo Inglaterra, las campeonas han repetido dos o más veces, y a este grupo ya se ha unido España. Esto no es casualidad: cuando un equipo salta al campo en una cita así, arrastra todo el peso de su historia. Los países que ya han ganado juegan sin la intimidación o la rémora que atenaza a quienes sienten la obligación histórica de estrenarse.

Por eso hay selecciones que acuden con una mentalidad casi perdedora desde el inicio. Un equipo que plantea un bloque bajo, metido atrás y fiándolo todo a un contraataque, puede tener un golpe de suerte en la primera fase o superar un cruce de dieciseisavos, pero la casualidad no te lleva hasta la cima. Con ese planteamiento rácano es sencillamente imposible ganar un Mundial. Si la pretensión de una selección es únicamente completar un papel digno o «hacer un buen torneo», tal vez le sirva; pero me temo que hay demasiados países que acuden a la gran cita sin tener en su libreta de tareas la ambición real de salir a ser campeones a la postre.

Puesto a divagar sobre el mapa del fútbol mundial, es indudable que esas grandes potencias tradicionales —borrando quizá a una Uruguay cuyos títulos quedan ya demasiado lejanos— seguirán siendo siempre las favoritas. Incluso selecciones que atraviesan horas bajas, como una Italia que acumula tres ausencias consecutivas por un claro problema estructural o una Alemania de trayectoria errática en las últimas ediciones, volverán a estar ahí. Pero si me pregunto qué países sin estrella podrían romper esa barrera, el primer nombre es Países Bajos: la historia le debe una Copa del Mundo tras tres finales disputadas, y confío en verlo antes de morir.

En ese mismo escalón situaría a Portugal, que está rozando esa frontera entre atesorar una calidad enorme y terminar de creérselo. Y si busco alternativas fuera de Europa, mi gran apuesta sería Japón, por la serenidad y el trabajo impecable de cantera que llevan años demostrando. Ya a cierta distancia situaría a Colombia, una selección que en este último Mundial me decepcionó bastante, pues venía acumulando una racha larguísima de partidos sin perder y prometía ser una de las grandes animadoras, para luego quedarse en apenas unos pocos destellos sobre el césped.

Sin duda hay que detenerse en la selección española, que esta vez no solo partía en las quinielas como una de las grandes candidatas, sino que demostró sobre el césped ese favoritismo. A diferencia de tantas épocas pasadas en las que los medios nos vendían un potencial que luego se esfumaba a las primeras de cambio, esta vez el grupo respondió. Y si hay un alma máter, una cabeza pensante detrás de semejante logro, ese no es otro que Luis de la Fuente. La historia nos dice que España solo triunfa cuando la dirige un técnico con una fuerte personalidad y una determinación inquebrantable por la victoria, como ocurriera en su día con Luis Aragonés o Vicente del Bosque. De la Fuente es un tipo excepcionalmente coherente, sobrio y que sabe estar siempre a la altura; el gran artífice de esta segunda estrella al que no puedo sino rendir pleitesía.

Una de sus grandes virtudes ha sido la gestión de los egos dentro del vestuario, algo nada baladí en un combinado de semejante calibre. En un país con tal abundancia de talento que nuestro jugador número cien sería titular indiscutible en media docena de selecciones, elegir a los veintitantos de la lista final implica reunir a auténticas estrellas en sus clubes. Administrar a futbolistas acostumbrados a jugarlo todo y lograr que asuman la suplencia con absoluta entrega —incluso quienes apenas han disputado un par de minutos, como le ocurrió a Borja Iglesias— habla a las claras del liderazgo de De la Fuente. Ha sabido construir un grupo unido donde el escudo está por encima de las individualidades.

Esa administración de los egos es, casi sin duda, la auténtica bola de cristal de los grandes entrenadores; en este caso, el mayor mérito de Luis de la Fuente. Su gran logro ha sido juntar a veintiséis futbolistas de primerísimo nivel y mantenerlos a todos enchufados, alegres y motivados, incluso a quienes les ha tocado «chupar banquillo» en una cita tan señalada y apetecible como un Mundial. Ha sabido transmitirles con convicción que, aun sin saltar al césped, cada uno de ellos era una pieza fundamental para hacer piña y construir el éxito colectivo.

Se notaba en cada celebración: al sonar el pitido final, los jugadores que no habían disputado un solo minuto festejaban con la misma euforia que los titulares. Lograr esa química no es nada sencillo, pues en el fútbol de clubes los malos gestos por falta de minutos están a la orden del día. El técnico riojano ha demostrado una mano izquierda prodigiosa para estas lides, confirmando que no solo es un hombre que sabe muchísimo de fútbol táctico, sino también un gestor impecable de grupos humanos. Hay un trabajo psicológico sensacional detrás que merece todo el reconocimiento.

Es muy curiosa la figura del suplente en un Mundial, y más aún si eres portero, una posición psicológicamente muy compleja porque la inmensa mayoría sabe que no llegará a jugar ni un solo minuto. Tienen que entrenar al máximo nivel día a día por si surge una eventualidad, pero mantener la mente activa a ese ritmo es difícil y la relajación resulta casi inevitable. Tuvimos un caso paradigmático el día de nuestro partido contra Bélgica, cuando Courtois —nada menos que uno de los tres mejores guardametas del planeta— se lesionó en la segunda parte y tuvo que entrar en su lugar un joven llamado Lammens.

Estaba viendo el partido con mi hijo —que me ha acompañado en la mayoría de los encuentros del Mundial, algo que me ha encantado por esa complicidad tan bonita de padre e hijo, como la mía con mi padre hace décadas— y, en cuanto vi salir al chico, le solté un pronóstico de cuñado total: «Este chaval falla en el primer balón», «estaba durmiendo la siesta y lo han despertado para salir». Y dicho y hecho: no dio tiempo a más. Le tocó detener un disparo desde fuera del área de Cubarsí y la cagó estrepitosamente en su primera intervención. Reemplazar de golpe a un gigante como Courtois sin, seguramente, la tensión que un profesional debe tener, es un trago dificilísimo, y la realidad terminó dándome la razón.

En definitiva, es la eterna historia del suplente de un gran portero en un gran equipo. Al día siguiente me acordaba precisamente de esos guardametas que se hicieron célebres casi por su propia condición de eternos reservas. Recordaba cuando de pequeño coleccionaba cromos a aquel jugador de gran bigote, Meléndez, que pasó años a la sombra de todo un mito como el camerunés Thomas N'Kono en el Español tras el Mundial del 82. Un portero que seguro que era un profesional intachable, pero al que le tocó convivir con la sombra alargada de una auténtica leyenda.

Casos como ese hay a decenas en nuestro fútbol, incluso en la élite del Real Madrid, donde la nómina es extensísima: baste recordar cómo sonaba la figura de García Remón tras años siendo el fiel escudero de Miguel Ángel. Por eso insisto en que el rol del portero suplente es uno de los más ingratos y difíciles de digerir en el deporte profesional. Requiere una fortaleza mental, una paciencia y un saber estar al alcance de muy pocos.

Dentro de lo que rodea al fútbol moderno, debo reconocer que soy un ferviente defensor del uso de las nuevas tecnologías. Aunque a veces dé la impresión de lo contrario, la realidad es que otros deportes nos llevan años de ventaja en este terreno. Sin embargo, el balompié se va volviendo cada vez más analítico y la irrupción de la inteligencia artificial no va a hacer sino acelerar esa transformación. Es una herramienta fascinante que, lejos de restar pasión, creo que terminará haciendo el juego mucho más atractivo y rico en matices.

El propio Luis de la Fuente llegó a comentar en alguna entrevista cómo su equipo de analistas sigue los partidos desde la grada apoyado en sofisticados programas informáticos. Y es que resulta clave observar no solo lo que ocurre en la zona de influencia del balón, sino todo lo que sucede donde no hay foco: las áreas calientes y frías del mapa, los desmarques o las debilidades tácticas del rival cuando flojea por algún costado. Todo este análisis detallado irá a más en los próximos años, abriendo una dimensión apasionante para los que nos gusta entender el juego de forma algo más profunda.

Y sin lugar a dudas, una gran herramienta de este tiempo es el VAR. Aunque aún se perfeccionará —llegando quizás el momento en que una máquina resuelva casi por completo las jugadas—, ha traído muchísima más justicia al fútbol. Lo que es penalti se pita y lo que no, no; un fuera de juego lo es al milímetro y no hay discusión. Es verdad que antes el ojo humano, sujeto a la imperfección, cometía errores inevitables, pero el VAR nos demuestra cuántos partidos del pasado quedaron marcados. De haber existido esta tecnología hace décadas, quién sabe si la primera estrella de España no habría llegado mucho antes de aquel 2010.

A la memoria me vienen tres afrentas históricas flagrantes. Aquel trallazo de Míchel ante Brasil en México 86 que dio en el larguero, botó claramente dentro y el árbitro no concedió; o el auténtico atraco contra los anfitriones en Corea 2002, anulando un golazo a Morientes tras un centro de Joaquín cuando el balón jamás rebasó la línea de fondo. Y, por supuesto, la imborrable imagen de EE. UU. 94 con el codazo impune de Tassotti a Luis Enrique en cuartos ante Italia. Acciones que con una simple revisión habrían cambiado nuestro destino futbolístico.

Hay un vicio del fútbol analógico que no deja de sorprenderme: la manía de muchos futbolistas de protestarlo todo. En un tiempo en el que existe el VAR y las herramientas tecnológicas aportan mayor justicia y equidad, no tiene ningún sentido encararse con el árbitro o levantar impulsivamente el brazo pidiendo un fuera de juego. Los piscinazos ya no cuelan y el que pega una patada sabe de sobra que la ha dado. Resulta absurdo perder el tiempo y la energía reclamando acciones que van a ser revisadas al milímetro por la televisión; es una costumbre caduca que muchos jugadores no terminan de desterrar de su cabeza.

Un ejemplo de esta necesidad de madurar lo vemos en una estrella como Lamine Yamal. En este Mundial se le notó muy presionado, con las defensas rivales encimándole constantemente, lo que le impidió desplegar el brillo al que nos tiene acostumbrados. Lamine debe aprender a no protestar cada falta ni frenarse, sino a continuar la jugada. Pero, sobre todo, eché de menos que levantara más la cabeza: cuando dos o tres defensas le salen al paso, la clave no es empecinarse en el regate, sino ver qué compañero se ha quedado libre. Es un futbolista extraordinario con un futuro deslumbrante, pero tiene que ir limando estos pequeños detalles con el paso de los años.

Creo que uno de los grandes cimientos sobre los que se sustenta el éxito de España es la presencia de un auténtico director de orquesta personificado en la figura de Rodri. Muchas selecciones sueñan con implantar un perfil así en su esquema, pero a la hora de la verdad muy pocas cuentan con un futbolista de semejantes prestaciones. En este Mundial se ha vuelto a evidenciar lo crucial que resulta tener a un especialista en el timón: un mediocentro que combina un físico formidable con un sostén defensivo impecable, pero sobre todo con visión de juego, llegada al área y una capacidad magistral para manejar los tiempos del partido.

Rodri es ese gran jugador de ajedrez que mueve a sus piezas sobre el tablero con absoluta lucidez, sabiendo exactamente qué necesita cada compañero y qué requiere la batalla en cada tramo. Esa figura no se improvisa ni se encuentra con facilidad; exige una altísima dosis de inteligencia táctica y una calidad superlativa al alcance de poquísimos privilegiados. Un nivel estratosférico que define a este sensacional centrocampista y que explica gran parte del salto competitivo que ha dado nuestro fútbol.

Cada vez estoy más convencido de que el fútbol de élite actual exige un despliegue y una preparación física sencillamente portentosos. Pero el verdadero secreto del éxito español en este Mundial no ha sido correr por correr, sino la planificación y el entrenamiento específico llevado a su máxima expresión. Hoy en día se estudia de forma milimétrica cada carga de trabajo y cada parámetro individual en función de la cercanía del partido o de la fase del torneo, garantizando que los futbolistas lleguen a la cita en el pico perfecto de forma y sin acusar el desgaste de la temporada.

Este logro es otro triunfo indiscutible de Luis de la Fuente y, muy especialmente, del grupo de profesionales que lo rodea. Si fundamental es la mano de ese gran muñidor que es el seleccionador, no lo es menos el sostén de un equipo técnico hiperpreparado que trabaja en la sombra. Preparadores físicos, analistas y fisioterapeutas han sido una pieza absolutamente esencialísima en el engranaje para que España haya alcanzado la cima con esa frescura y esa superioridad física tan evidentes.

Desde que tengo uso de razón he vivido el fútbol con cierta intensidad, de la mano de mi padre, que fue quien me transmitió esta afición y con quien compartí tantas horas de camaradería frente al televisor. Mi primer recuerdo nítido se remonta al Mundial de 1974, un torneo que quizás debió ganar aquella mítica «Naranja Mecánica» y que nos descubrió el concepto del fútbol total. Echando la vista atrás y recordando los partidos vintage que emitió Teledeporte semanas antes de este campeonato —donde veíamos a una antigua selección española de patadón y juego tosco—, el contraste es abrumador. El gran mérito de nuestra actual campeona ha sido precisamente consolidar un fútbol moderno, vistoso y de ataque, que recupera ciertos destellos del tiki-taka de años atrás pero dotándolo de una verticalidad e intencionalidad letales.

España ha demostrado una superioridad neta sobre todos sus rivales, culminando el torneo con una exhibición colosal en semifinales ante Francia y secuestrando el balón en la final frente a Argentina, que apenas pudo asomarse por nuestra portería. Este triunfo absoluto, sostenido por un director de orquesta excepcional, por una armonía de grupo impecable y por la mejor tecnología analítica, dibuja el espejo en el que debería mirarse el futuro de este deporte. Es el colofón perfecto para un recorrido sentimental que comenzó hace décadas junto a mi padre y que hoy, con esta segunda estrella firmada en Nueva York, nos deja la certeza de haber alcanzado la cima del fútbol mundial con el mejor juego posible. Ahora sí, el niño de hoy como yo lo fui ayer puede ver dos estrellas y reconocer que si nos gusta el fútbol es justo que España sea campeona, ya no vivirá como yo viví lo que pudo ser y no fue, y no queremos quedarnos ahí.

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