martes, 20 de diciembre de 2011

PASEANDO POR UNA ACRISOLADA ALCALÁ DE HENARES

Soy de los que le tiene un poco de miedo a las grandes ciudades, más que nada el hecho de entrar o acceder a ellas. Luego, dentro de las mismas ya me siento más cómodo. Pero, el simple hecho de que tengo que ir con mi coche a una gran ciudad como Madrid, sinceramente me acongoja.

Dicha comodidad no implica que uno se sienta como en su casa, es más Madrid, entre otras grandes ciudades, te da esa sensación de impersonal, de anónima, de un tanto inhumana; todo el mundo va a lo suyo, nadie conoce a nadie y cuando uno dirige la mirada a otro es para escrutar si hay algo que temer, es decir, que noto en Madrid las caras de la gente como si estuvieran permanentemente a la defensiva.

Pero cuando digo Madrid, hablo de la capital, porque ya me ha pasado en otras ocasiones que he visitado Alcalá de Henares, o simplemente Alcalá como les gusta llamar a esta ciudad a sus propios vecinos. Esta es una auténtica gran ciudad, bella, señorial y con historia que a pesar de sus más de 200.000 habitantes es una urbe acogedora, abarcable, nada despersonalizada. Ha crecido como ciudad de forma exponencial en el último siglo, eso hace que su centro sea el acorde a un pueblo, y la concentración de gente venga dada por la gran cantidad de barrios y urbanizaciones que han ido circundando este centro.

Y precisamente este detalle de la expansión demográfica de Alcalá, referida en un notable porcentaje por el éxodo de familias de otras provincias (especialmente de la España meridional), acuciadas por la falta de oportunidades en sus lugares de origen, hizo que una ciudad de apenas 50.000 habitantes a principios de los años 70 del siglo pasado cuadruplicara su población en poco más de tres décadas. Por eso esa gente que lleva más de treinta años viviendo en Alcalá tiene un recuerdo vívido de aquella época en la que tantas y tantas zonas estaban por edificar, descampados inmensos que fueron engullidos por la voraz necesidad urbanística. Y como consecuencia de ello, en esta ciudad aún se vive la esencia de aquellos años, y muchos se conocen, se paran por las calles, familias, amigos; es la gran diferencia con Madrid, ves las caras de la gente y no es de defensa, es una cara de “creo que nos conocemos”.

Es por ello que uno pasea por sus calles y no se siente anónimo, aunque no conozcas a nadie, la ciudad te envuelve y casi podría decir que te devuelve una sonrisa, porque es entrañable y no te deshumaniza.

Es también una ciudad con mucha vida y actividad, la gente pasea entre semana como una obligación del quehacer humano sin importarle demasiado la temperatura que haga, es una especie de cumplimiento del deber, del deber de hacer ciudad y eso se detecta por la implicación de los ciudadanos con su entorno; pasear por las calles y crear un ambiente cordial es un excelente caldo de cultivo para que la ciudad se fusione con su ciudadanía, y para ello colaboran los comercios, cuidando su imagen sabedores de que hay ojos examinadores que cada día están midiendo lo que tienen que ofrecer, no sólo un producto o un servicio, es más, es la fotografía exterior, es la cara, la panorámica de una primera impresión que para triunfar, por un lado, y conectar con el entorno y la vecindad, debe ser siempre adecuada y proporcional. Por estas razones es por lo que pienso que me gustan mucho los negocios de toda la vida que han sabido reinventarse pero sin perder el aroma de lo antiguo.

En una vuelta de tuerca más de esa fusión de una ciudad que ha crecido con rapidez pero que mantiene la esencia de lo antiguo, he de destacar sobremanera el legado y poso que la Universidad tiene en Alcalá. Es casi el elemento vertebrador de esta localidad del este de Madrid, el poder de atracción de esta institución hace que atraiga a estudiantes de diversas partes de España y también del extranjero, con lo que Alcalá refuerza su carácter cosmopolita. Ese ambientillo juvenil – estudiantil también es muy agradable y le trae a uno buenos recuerdos.

Y para concluir, esta última visita que hice ya algo más de dos meses (no será la última vez que iré a Alcalá por cuestiones familiares) me otorgó una experiencia única. En aquella noche de otoño, pulsamos la marcha complutense y me dejó un recuerdo imborrable. Nuestra entrada en el pub “El Empecinado” pasó de ser un tanto dubitativa, porque el ambiente parecía muy sofisticado (todo un crupier flanqueaba la entrada del local, con su mesa profesional de blackjack) a ser completamente sobrada. Un servidor pasó de ser un novatillo en este juego, al que nunca había jugado y sabía poco de que iba, a estar toda la noche pegado a la mesa con ganancias tales que hubo momentos en que tenía más fichas que el crupier. Por supuesto, las ganancias eran ficticias, las fichas te las daban por cada copa que te tomabas, y si te querías retirar con varias fichas ganadas, te las cambiaban por los típicos regalitos publicitarios de bebidas, en definitiva, una manera muy inteligente y divertida de atraer gente al pub; conmigo y con los que íbamos desde luego que así fue, porque literalmente fuimos los últimos en irnos. Por cierto, al día siguiente fue imposible levantarse temprano para acudir a la Plaza Mayor de Madrid a ver el mercadillo filatélico.

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