martes, 31 de enero de 2012

EL TRANCO, LAS ALDEAS DE HORNOS Y CORTIJOS NUEVOS

Volví en el puente de diciembre del ya liquidado 2011 a pasar unos días de asueto en la Sierra de Segura en lo que ya se ha convertido en una tradición para mi familia y unos muy buenos amigos de Jaén. El perderse o tratar de abstraerse por unos días de la vorágine de lo cotidiano, se convierte en un necesario ejercicio de renovación espiritual que deja un importante poso en nuestras existencias.

Cualquier punto de la Sierra de Segura tiene su belleza y tratamos cada año de cambiar de lugar para explorar zonas que no conocemos. Lo cierto es que en cada sede anual siempre descubrimos algo nuevo o sorprendente; la provincia de Jaén, y eso que somos de aquí, está todavía por hallar y por explotar, aunque quién sabe si la masificación turística dañaría este tesoro.

La nueva dimensión que conquistamos fue la del embalse del Tranco, sin duda que las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, no serían el mismo escenario tal y como lo concebimos hoy; es el auténtico vertebrador de este parque natural, el pulmón, el motor, el lugar de obligada visita para los que acuden a este entorno.

Además, en esta ocasión tuvimos la fortuna de dormir casi al lado, a apenas un par de kilómetros en línea recta, pues parábamos en Cañada Morales (Cortijo La Besana, la relación calidad precio es buena, no es barato, pero tiene comodidades que en otros sitios no tuvimos y pagamos casi lo mismo), una de las aldeas que conforman el municipio de Hornos. Precisamente desde esta aldea nace un camino que va bordeando el pantano hasta la cabecera, en el que se respira mucha paz a través del típico bosque mediterráneo, donde nos es fácil detectar la presencia de tierra movida por los siempre esquivos jabalíes.

Junto a Cañada Morales, que puede tener unas cincuenta casas se encuentran otras aldeíllas que por extensión, por reducida extensión, son de mayor a menor, Guadabraz, casi al lado de la carretera que lleva al Tranco y que también cuenta con algunos alojamientos de turismo rural, así como El Tovar y El Majal. Todas me las pateé junto a mi perra, y sobre todo me sorprendió la última de ellas, la más pequeña, casi perdida, apenas ocho o diez casas, un territorio fantasma en el que sólo vi un perro con un gato acostado en su regazo, y unas viviendas muy rurales, rozando lo mísero, aunque imagino que son modos de vivir a los que los escasos habitantes de esta aldea no quieren renunciar. Según el último censo viven en estas cuatro aldeas ciento cincuenta y dos personas, a las que hemos de sumar otras cuarenta y una que viven en la cercana aldea del Tranco; en total casi doscientos habitantes, lo que es casi un tercio de la población perteneciente a este municipio de Hornos (siempre muy diseminadas las poblaciones de estas sierras), con lo cual ya cobra sentido el hecho de que se instale una mesa electoral cuando hay elecciones, en el centro escolar (que no se utiliza ya) de Cañada Morales.

Imagino que los recursos se habrán optimizado para llevar a los niños de esa zona al mismo Hornos y por eso la escuela está cerrada. En realidad, la reconversión de estas zonas poco pobladas siempre supone una fórmula de reinvención para las administraciones públicas que velan porque sus ciudadanos dispongan de unos servicios básicos aunque estén un poco aislados.

Desde luego es algo que siempre me planteo, el hecho de que estos paisanos no tengan una tienda al lado de su casa y deba girar su reloj biológico en torno a la llegada de la furgoneta que regularmente les trae las viandas. Imagino que están más que acostumbrados, aunque será no poco el esfuerzo de planificación que han de hacer para que nunca falte lo que necesitan para vivir.

Curiosamente uno de los núcleos de población que se asienta en la zona como foco de atracción de numerosas aldeas y localidades pequeñitas es Cortijos Nuevos, con algo más de mil habitantes censados, sorprende que tenga una vida y bullicio que no se corresponde con la oferta que tiene, parece mucho más grande. Evidentemente se ha transformado en un pueblo de servicios, y dispone de tiendas, bares, cafeterías..., lo básico para dar cobertura a una población superior a la que vive en este pueblo; y también llama la atención que pertenezca al municipio de Segura de la Sierra, el cual es muchísimo más pequeño (doscientos cincuenta habitantes), aunque será algo histórico, pues Cortijos Nuevos se percibe que es un pueblo relativamente joven, de ahí su nombre, y de los pocos que crece en población de la zona, y es que la gente se va aferrando a lugares donde existe una mínima infraestructura que garantice un cierto bienestar.

Esos días nos permitieron también visitar el corazón de la Sierra de Cazorla, lugares que no veía desde que era chico, Coto Ríos, el Charco de la Pringue, la Reserva (fascinante siempre ver a los cérvidos aunque estén en un terreno acotado), los Llanos de Arance...

Fueron días, en definitiva, de largos paseos – excursiones por los alrededores de Cañada Morales, siempre acompañado por mi fidelísima perra Lúa, con la que tengo una relación muy especial, seguramente todo el mundo la tiene con su perro, pero es el primer perro de mi vida, quizá sea el último y ella está en buenísima forma porque corre de forma habitual conmigo (yo digo que es el perro en mejor forma de Bailén), y aunque tiene diez años, es ya algo veterana, no ha tenido jamás una debilidad. Ese es el problema, que voy siempre con ella y ella conmigo, y pienso que va a ser una experiencia eterna, doy por hecho que mi perra es inmortal, y no estoy preparado ni de lejos para lo que ha de ocurrir, espero que dentro de muchos años, que no es ni más ni menos que yo sobreviva a ella.

Por cierto, en uno de nuestros paseos mañaneros descubrimos a un serrano de piel cetrina, un tipo malcarado y con pinta paleolítica que con toda seguridad había matado a un venado, pues lo vimos parado de forma sospechosa en una cortijo en ruinas, y a apenas doscientos metros el animal recién muerto del que sólo quedaba la piel. No estaría mal que este furtivismo despiadado fuera más perseguido por las autoridades.

Y, como dije al principio, el Tranco fue nuestro hilo conductor en esos días de oxígeno, sesteo, juegos y buenas viandas. Cuando uno ve el lugar donde está la cabecera y la capacidad que alberga, se sorprende más si cabe del esfuerzo que tuvo que hacerse hace ya casi ochenta años en una obra descomunal que hoy por hoy sigue siendo uno de los mayores embalses de Andalucía. Por cierto que estuvimos degustando los buenos embutidos de la zona en el Kiosko El Pajarito, con su chimenea impresionante y al borde del pantano, lugar idílico y al que uno siempre le gustaría volver.

También es un sentimiento encontrado el saber que aunque el Tranco sirvió para darle vida a una comarca entera, los terrenos que fueron anegados eran, al parecer, fértiles huertas de familias que tuvieron que emigrar y dejar sus recuerdos y buena parte de sus vidas allí, sin ir más lejos, uno de mis bisabuelos tuvo vivienda en Bujaraíza (buena parte de sus habitantes fueron realojados en Espeluy).

Hay una cierta polémica acerca del nombre del pantano, yo prefiero llamarlo Tranco a secas, tradicionalmente se ha llamado Tranco de Beas, pues según cuentan, los ingenieros del pantano se alojaban en la localidad más populosa de la zona, en Beas de Segura, y quisieron corresponder de esa forma al pueblo que los adoptó. Ciertamente la cabecera pertenece al término de Hornos y sus habitantes reclaman el apellido de su pueblo para el pantano; reivindicaciones aparte el Tranco es y seguirá siendo ese patrimonio al que todos los jiennenses hemos ido o hemos de ir por lo menos una vez en la vida.

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