lunes, 16 de abril de 2012

PRIMERA COMUNIÓN: ÚNICA COMUNIÓN

Creo que a estas alturas de la película los que me conocen o siguen este blog, saben que voy a misa y que tengo ese hábito, creo que bueno, porque me supone un momento de paz y reflexión del que no se aprende nada malo; y pocos escenarios en esta vida pueden aportar estas connotaciones. Por tanto, como usuario de las iglesias o parroquias me siento facultado para opinar sobre la Iglesia Católica con cierto conocimiento de causa.

Me gusta escuchar misa, estar relajado, concentrado en lo que dice el sacerdote, intentando extraer algún detalle para mi vida diaria con el objetivo de crecer como persona, ser cada día mejor, aunque humildemente es obvio que no lo consigo y soy un ser imperfecto y lleno de defectos. Pero ese estado de relajación y paz interior no se consigue cuando hay bodas o comuniones. Lo de las comuniones más o menos lo puedes controlar porque sabes cuando toca (en mayo generalmente), pero han sido varias veces las que me he vuelto al entrar en una iglesia cuando había boda, porque entonces ni hay paz, ni hay recogimiento, ni nada de nada; hay toda una cuadrilla de invitados pulcramente ataviados y no tan pulcramente, que no han ido a misa desde hace varios años, quizá desde la primera comunión, y que están más pendientes de la parafernalia que conlleva el bodorrio que de lo que dice el cura que, además, no tienen ningún interés. Por tanto, hablan, se mueven, molestan y tienen su minuto de gloria cuando han de levantarse para echar la foto de la ceremonia, para colocarle bien la cola a la novia o para recriminar al niño de las arras que se esté quieto.

Esto puede ser controvertido, pero que la Iglesia asuma si quiere que el sistema de ceremonias de boda sea ese y que el espectáculo sea el que es. No obstante, donde sí que puedo controlar mi asistencia a las misas es cuando se celebra el evento anual de las comuniones. Y si más o menos puedo ser crítico con las bodas, porque entiendo que en algunas se cuelan muchas parejas que no tienen ninguna formación religiosa y lo hacen por pura tradición y porque es muy bonito, aunque hay también muchas que de forma coherente acuden a un juzgado o a un ayuntamiento; en las comuniones se cuela la mayoría, es decir, niños que pertenecen a familias que pasan olímpicamente del catolicismo, de la religión, pero que no están dispuestas a renunciar al traje o vestido, a los regalos, a las fotos y al banquete.

Y es que como todavía no se ha institucionalizado la comunión civil o algún engendro que sustituya al ceremonial católico, se da la paradoja de que hay padres ateos o agnósticos, incluso no casados, que para no estar de malas con el niño o niña, o para que no se perturbe ni se sienta marginado, tienen que pasar por el aro de la primera comunión; pues nada que pasen, que ancha es Castilla.

Se da este escenario porque en mi opinión, la Iglesia Católica, la de España, la que yo conozco, colabora en que esto sea así, o para ser más exactos, poco ha cambiado el planteamiento de la Iglesia desde que yo hice la primera comunión hace ya treinta y seis años hasta hoy.

Vayamos por partes, los aspirantes a llegar a la meta (ceremonia, banquetes, regalos), son obligados a pasar una larga catequesis, a asistir a misa en los períodos de preparación catequética, a dar algún dinero para flores o para gastos de la diócesis el día del evento y, por supuesto, estando en la recta final aunque no sea de obligado cumplimiento, la Iglesia no va a poner peros, cuando no alienta, a que niños y niñas se vistan como novios y novias de miniatura, para darle más boato, prestigio y brillantez al día soñado; día que lamentablemente en la mayoría de los casos, se queda en el regalo de la última consola del mercado o el móvil de última generación, en el inefable libro de recuerdos en el que todos hacemos una dedicatoria chorra que luego nadie lee y por el banquete. Banquete en unos salones contratados al efecto que muy profesionalmente ya saben lo que tienen que hacer, que es ganar dinero y lo hacen muy bien y a mí me parece fantástico, por eso la oferta no es otra que montar un entramado similar al de una boda, es decir, que el niño o la niña, corta su tarta con su espadita y así ya lo llevan de experiencia para cuando se casen. Por cierto que para el bolsillo del invitado la exigencia es casi mayor que cuando vas a una boda, porque das el sobre y un regalo aparte, como dice un buen amigo mío “doble bola extra”.

Como es imaginable cuando hay una comunión hasta el cura se extasia y olvida que puede haber gente que sólo va a escuchar misa, su misa de los domingos. Si en las bodas hay jolgorio, en las primera comuniones el jolgorio está multiplicado por los familiares de cada niño/a, es decir, jaleo mayúsculo, o lo que es lo mismo, el pobre feligrés que ha asistido con devoción, difícilmente se habrá podido concentrar en la homilía del sacerdote, pues los focos de atención son muchos y es sencillo desviarse del motivo para el cual uno acude a misa.

Ni que decir tiene que sólo asisto a la misa de una primera comunión cuando estoy invitado. Aun así se repite como un mal endémico el mismo esquema: niños, familiares y amigos, el de las fotos (que si pudiera se sentaba al lado del cura) y mucho follón. En no pocas ocasiones, por no decir siempre, el cura llama la atención a los asistentes que abarrotan como nunca una iglesia que se queda pequeña por una vez al año, y yo me pregunto cuánto de culpa tiene la Iglesia de que esto ocurra.

Esto es pura matemática cuántos acuden el día de una primera comunión y cuántos van un domingo normal. Por tanto, es evidente que algo está fallando, las comuniones no están sirviendo para garantizar que un niño se vincule a su parroquia o más trascendente aún, que viva conforme a los preceptos de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Si esto se sabe, si a misa acudimos pocos y cada vez menos, ¿por qué no rompemos el planteamiento?

En un gran porcentaje de casos la primera comunión se convierte en la única comunión y para otros la última, quizá la siguiente vez en que ese/a niño/a vuelva a un altar es en su boda, si antes no ha asumido con honestidad y coherencia que no tiene sentido casarse canónicamente cuando jamás se ha pisado una iglesia.

Yo he ido mucho a misa de niño y joven, luego tuve una época gris y perdida, pero en mi niñez recuerdo un domingo en el que vi la primera comunión más bonita que un niño puede imaginar, no era un domingo de mayo, era un domingo ordinario, y apareció un niño con su familia, vestido normalmente como se viste un niño un día de fiesta, es decir, guapo y elegante, iba rodeado de sus familiares, pocos pero bien avenidos; no nos habríamos dado cuenta de que era una primera comunión, si mi fiel párroco durante muchos años, Don Luis, en la parroquia del Buen Pastor de Linares, no lo hubiera indicado, el niño hizo su primera comunión, es muy probable que después se fueran a tomar unas cañas por ahí, y aquel comulgante neófito pudo utilizar la ropa de aquel día otros domingos, y seguro que aquella primera comunión no fue ni la única ni la última, y aquel niñito la habrá recordado siempre.

Para más inri, las comuniones y sus preparativos generan no pocos conflictos entre párrocos y familias, porque el cura o el arciprestazgo o quien sea, reservan un par de domingos para el gran acontecimiento, y puede que a algunas familias, por las circunstancias que sean no les viene bien. O por qué no, yo soy un padre con raíces religiosas y he decidido darle la catequesis en mi casa, pues si el cura se entera tu hijo no va a hacer la comunión en esa parroquia. He de decir que la comunión no es un acto inscribible, es decir, es un sacramento que no se registra, por tanto, yo puedo perfectísimamente catequizar a mi hijo en casa y el día que crea que esté suficientemente preparado lo llevo sin alardes y con discreción a que tome la comunión por primera vez, con la trascendencia que ello conlleva, no tiene que esperar al día D en la hora H.

No sé lo que la Iglesia Católica saca en claro con esto, las parroquias no se benefician, tiene tintes algo hipócritas y reafirma más si cabe la separación que hay entre la religión y la sociedad. Es evidente que de esta separación no tiene culpa la Iglesia, son muchos factores, el principal es la crisis de valores que hace tiempo que sufrimos, pero también es verdad que la Iglesia no reacciona proporcionadamente.

Pues eso que ahora que se acerca el mes de mayo, he querido lanzar este grito callado, por si alguien lo lee y reflexiona conmigo. Aunque en verdad esto no servirá para nada y las comuniones seguirán siendo un circo y yo no concurriré al mismo.

No hay comentarios: