viernes, 25 de mayo de 2012

SOBRE LAS FARMACIAS Y SUS PRIVILEGIOS HEREDITARIOS

¡Ay, farmacias, farmacias! Que conste que no hago este articulillo aprovechando la coyuntura crítica para despotricar en contra del sistema farmacéutico en nuestro país; el que me conoce sabe que llevo años siendo censor de la élite familiar y gremial de las farmacias en España, que ya antes me chirriaba y hoy también. Y sí, esto puede molestar, especialmente al que se siente señalado, y parto de la base, que tiene delito, que en mi familia hay gente que trabaja en boticas, mi suegro lo hizo durante muchos años, y ahora mi cuñada, pero no es óbice si soy honesto conmigo mismo.

Y todo parte de este sistema de concesiones que cubre las demandas de la población de sobra, y que genera a un porcentaje amplísimo de las farmacias españolas unos más que suculentos beneficios. Cuando digo suculentos, me estoy refiriendo a que los farmacéuticos son toda una casta social que, en muchos casos, son auténticos ricos, porque esas farmacias no dan para vivir, dan para enriquecerse.

El sistema, entiendo, trata de ser garantista en el sentido de que requiere que la administración de fármacos y medicamentos, dada su extremada delicadeza, sea administrado por personal titulado. Pero, veamos, cuándo se requiere del papel cualificado de un farmacéutico, pues prácticamente nunca, ¿en un 1% de las ocasiones?, no sé quizá sea demasiado generoso.

Por tanto, en el 99% de las oportunidades, el empleado de turno únicamente tiene que ver la receta, expender y cobrar. Es decir, que en esa mayoría de las ocasiones, una farmacia no deja de ser una tienda de medicamentos, como lo puede ser una tienda de ropa o de alimentación, póngame un kilo de tomates, me llevo esa blusa tan mona, dame una caja de Gelocatil.

De hecho, las farmacias son un sector de empleo seguro en nuestro país, y los farmacéuticos viven fantásticamente teniendo una nómina importante de trabajadores que realmente ejercen el papel de defender sus boticas, y lo hacen con las mismas estrategias de una tienda de ultramarinos, o sea, ser simpáticos, de buen trato y presencia, con cierta familiaridad, porque no están buscando ni más ni menos que la fidelidad de su clientela.

Es más, el farmacéutico es que muchas veces ni está, porque cuando se va de vacaciones no hay nadie que lo sustituya, y guardias no hacen realmente ninguna, esas se las hacen sus abnegados empleados.

Los sueldos de esos curritos son bajos, por la parte que yo conozco, por muchas noches que hagan de guardia y muchos horarios ampliados, así que el farmacéutico vive como Dios, su principal cometido es administrar contablemente la empresa, ni hace pedidos ni nada, porque esto está muy bien organizado y lo hacen sus trabajadores.

Pero entonces, ¿hacen algo los licenciados en farmacia? Pues algunas veces, me han comentado, que se requiere su papel técnico para hacer alguna fórmula magistral o para asesorar sobre la administración de un medicamento concreto lo que podría salvar vidas, más allá de lo que el facultativo de turno haya significado. Vale, lo doy por bueno, pero eso ocurre en muy pocas circunstancias, probablemente algunos farmacéuticos ni se acuerden de cuándo actuaron en este sentido.

Mientras tanto, mientras mantenemos una clase social alta, muchos licenciados en farmacia se las ven y se las desean para conseguir una concesión de farmacia en un lugar inhóspito, pero incluso con esas trabas y a base de hipotecarse por muchos años les da para vivir.

El sentido de esta entradilla no es otro que el de solicitar humilde y calladamente que se liberalicen las concesiones de farmacias en España, para que en medio de este caos económico no haya un sector que salga beneficiado (el asunto de que no les paguen las Comunidades es otro cantar, pero por regla general suelen tener anchas espaldas). Y, sobre todo, que no se mantenga ni un minuto más con el beneplácito del Estado este privilegio hereditario, casi aristocrático, que corresponde a los hijos de los farmacéuticos, que sólo con hacer la carrera tienen la vida más que resuelta sin apenas dar palo al agua.

Me apena el montón de farmacéuticos desempleados, seguro que podrían ser buenos profesionales, pero que por no haber nacido en una familia adinerada, deben prostituir su título y dedicarse a otros asuntos para los que seguro que no tienen tanta vocación.

Por lo menos pediría que los ratios actuales se ampliaran. Hace unos cuantos años un alcalde de un pueblo cercano al mío de apenas quinientos habitantes abogaba por la liberalización basándose en que él en un pueblito así ganaba 7.500.000 ptas. de beneficios limpios al año, imagínense lo que se puede ganar en una gran ciudad en pleno centro.

Para muestra un botón, porque hace un par de semanas estuve en Granada (di buena cuenta en el blog) y en la calle San Jerónimo cohabitan dos farmacias una enfrente de la otra, apenas las separan veinte metros (en la foto se puede apreciar). Según me contaban hace años, su existencia de esa forma nacía de una interpretación legal por la que una farmacia no puede estar a tantos metros de otra, pero una los contaba de este a oeste y la otra al contrario, en fin, todo un ejercicio de imaginación. Lo gracioso y obvio es que ambas viven muy bien, lo cual es indicativo de que el parque de farmacias en España no está ni mucho menos saturado, y huelga decir que los farmacéuticos querrán que permanezca tal estatus por los siglos de los siglos.

He tenido la fortuna de visitar otros países y en los más avanzados, en esos en los que nos tendríamos que fijar para lo bueno, las farmacias o apotecas están en los supermercados o centros comerciales de forma natural, administradas por personal especializado pero sin separarlas de lo que es la expendeduría de cualquier otro producto de uso cotidiano.

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