jueves, 7 de junio de 2012

“OCHO SENTENCIAS DE MUERTE”, DE ROBERT HAMER

A veces buscando películas por un lado y por otro, y entre tanta vorágine vital, uno no repara en que tiene entre sus manos una joyita cinematográfica, a la que de primeras el título podía espantar un poco, a mí me lo pareció, pensé que “Ocho sentencias de muerte”, podría ser un drama, y no me imaginé que ese título escondía una entretenida comedia poco conocida.

Una película bien antigua, cierto es, de hace más de sesenta años (1949), y dirigida por Robert Hamer, un cineasta no demasiado efímero ni tampoco con excesivo éxito, pero que en esta comedia trazó con guión propio y de John Dighton, un divertido entretenimiento que mantiene su frescura hoy, y que si se repusiera en la actualidad con más medios, a buen seguro que se convertiría en una apuesta segura para las carteleras.

El argumento simple en su planteamiento no puede ser más original en su trama y desenlace. Un niñito nace en el seno de una familia en la que la madre es una aristocrática, una D’Ascoyne que reniega de su alta cuna, y su padre un plebeyo dedicado a la ópera, arte que genera pocos beneficios. El padre muere prematuramente y la madre sin el apoyo de su noble familia, debe rebajarse para sacar a su hijo adelante, llevando una vida de lo más modesta y humilde.

Tal situación no impedirá al joven Louis Mazzini recibir no sólo una buena educación sino el indicativo y enseñanza de su madre, de la posición que legítimamente le corresponde, y que es negada de forma sistemática por esa familia que no perdona a esta mujer la afrenta de haberse casado con un cualquiera.

De hecho, Louis se convierte en un auténtico lord británico en el porte, y desde su baja posición social comienza a urdir un plan para deshacerse de todos sus familiares que están por encima de él en rango y que le niegan la más mínima parte de su riqueza y posesiones.

El plan se activa cuando la madre de Louis muere relativamente joven y lo hace, como cabría esperar, con el rechazo familiar y con el menor atisbo de ayuda o reconciliación en momento tan crítico y especial para un ser humano.

Tal afrenta no podrá ser soslayada por nuestro protagonista, el actor Denis Price, que comienza a acercarse a su odiosa familia para ir cargándose uno tras otro a los que en vida de su madre, le negaron sus derechos. A todo esto el joven Louis, apuesto y educadísimo, se mueve bien por los terrenos del sexo opuesto, pero siempre estará limitado por la realidad de su humilde posición.

La parte más divertida de la película y es mucha parte, se inicia con la presentación de los familiares de Louis, que representan a la rancia aristocracia británica, con los tremendos defectos de la misma, y es que una vida de alta alcurnia los ha convertido en vulgares fantoches, sus excesos y manías serán aprovechados por nuestro personaje para idear diferentes y originales formas de deshacerse de ellos.

Lo más histriónico de la película lo representa el actor Alec Guinnes, por aquel entonces gozaba de unos espléndidos treinta años, que encarna todos y cada uno de los personajes de la familia D’Ascoyne, viejos, jóvenes, hombres y mujeres; en un ejercicio interpretativo soberbio.

Como no puede ser de otro modo el plan se cumple y el plebeyo de nacimiento Louis Mazzini se convertirá en Duque de D´Ascoyne, haciendo honor a su nueva posición y siendo muy querido por sus súbditos. No obstante, un hecho luctuoso del que es inocente y que nada tiene que ver con las ocho muertes familiares, hacen que Louis en una delirante ironía, tenga que dar con sus huesos en la cárcel.

Al final, son sus líos de faldas y no sus maquiavélicas argucias para ser Duque, los que le traerán a mal traer, pero la conclusión nos dejará un final feliz, ¿o no?

En fin, una película más que recomendable para pasar una tarde de sábado con la familia, pues son noventa minutos de puro entretenimiento, y los que la vean, a buen seguro que coincidirán conmigo en que han tardado mucho en descubrir esta perla que andaba por ahí escondida.

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