sábado, 4 de agosto de 2012

"VEN, SÉ MI LUZ", DE MADRE TERESA DE CALCUTA

Hace no muchos años leí el libro de Kathryn Spink “Madre Teresa”, quizá la mejor biografía escrita hasta la fecha sobre esta religiosa; llamado por la apabullante personalidad de una de las mujeres más influyentes del siglo XX, que lo hizo desde la bajeza y humildad más absolutas, como es fundando una obra divina que vino al mundo con la nomenclatura de Misioneras de la Caridad y cuyo fin primordial fue y es, la atención a los más pobres entre los pobres.

Siguiendo un poco con la apasionante existencia de esta religiosa, llena de múltiples escenas humanas que llenarían miles de páginas, me hice con este libro, que es una recopilación de cartas que la Madre Teresa de Calcuta escribió a lo largo de su vida en el seno de sus dos grandes instituciones religiosas, la primera, las Hermanas de Loreto adonde entró con poco más de veinte años, y las Misioneras de la Caridad, congregación que ella misma inauguró a sus cuarenta años.

Muchas de ellas fueron recibidas por varios sacerdotes y directores espirituales que se cruzaron en la vida de Madre Teresa, y otras son misivas a sus hermanas para las que siempre brindaba unas palabras de amor y confianza, con mayor presencia cuanto más grande se hacía su obra y no podía llegar a todas.

Es una compilación que con muchísimo cariño ha reunido el sacerdote canadiense Brian Kolodiejchuk (digamos que es el coautor del libro, con unos comentarios al hilo de las cartas llenos de un profundo cariño y una buena carga de teología fácil de entender y aprehender), que estuvo cerca de Madre Teresa en las dos últimas décadas de su vida y que es congruente que haya visto la luz en este siglo XXI y no antes; no en vano, como es presumible son cartas, muchas de ellas, muy personales e íntimas, y la propia Madre, instó a sus contactos para que se deshicieran de ellas (por fortuna han sobrevivido), pues contenían muchos sentimientos y experiencias interiores, y no parecía conveniente que se revelaran hasta que no hubieran pasado unos años de su muerte.

Podemos dividir el libro en dos partes, la primera extrae las cartas que esta religiosa fue escribiendo desde el momento en que recibió la llamada divina para crear su congregación, ante lo que ella percibía que era una necesidad en la India de atender a un colectivo al que las congregaciones europeas, por su organización y sistema, no llegaban adecuadamente. Ella percibió una llamada insistente de arriba, y esa misma insistencia es la que transmitió en sus escritos a sus superiores en la Iglesia Católica para que la dejaran abandonar su congregación primitiva y fundar una nueva con el objetivo esencial de llegar a los más pobres entre los pobres.

La segunda parte es mucho más íntima, en esos años que duró la llamada divina, ella se sintió tocada por Jesús constantemente, pero a partir del inicio de su obra comenzó a tener un profundo vacío interior, que contrastaba con su fe y su confianza ciega en Dios; no obstante, esto le hacía tener un anhelo de tener más presencia de Jesucristo y constantemente reclamaba a los sacerdotes que alimentaban su vida espiritual, el necesario consejo para soportar una cruz tan pesada como la que llevaba a cuestas en vida, y todo ello desde el secreto y la discreción más absoluta hacia sus hermanas que jamás supieron este hueco que atormentaba a Madre Teresa.

Y todo este peso interior lo compaginaba con su dedicación más humilde a la obra divina que pudo llegar hasta donde ese momento ninguna congregación, ninguna religiosa había llegado. En sus cartas también se reflejan esas vivencias, el acceder a inhumanos agujeros donde es imposible la vida que conocemos y donde estas religiosas fueron y siguen siendo la luz.

Era tal la sensación de abandono que tenía Madre (como le gustaba hacerse llamar) que en una carta señala “sólo tengo la alegría de no tener nada”. Pero su obra le llenaba por otro lado, iba más allá, como ella misma señaló “la situación física de mis pobres dejados en la calle, despreciados, no amados, desamparados, es la verdadera imagen de mi vida espiritual, de mi amor a Jesús, y sin embargo, nunca he deseado que este terrible dolor fuese diverso. Al contrario quiero esto sea así tanto tiempo como Él lo quiera”.

Tanto trabajo y dureza en la vida y, no obstante, ella reclamaba que “la vida interior es más dura de vivir”, ¡menuda declaración de coraje!, y envidia para un triste pecador como yo. Y es que ella misma sugería, casi desvelando su gran secreto a sus hermanas que “a menudo sucede que aquellos que pasan su tiempo dando luz a otros, permanecen ellos mismos en la oscuridad”. En fin, qué palabras más bonitas, las cuales encierran el sufrimiento interno que seguro que Madre tuvo que sobrellevar en muchos momentos de su vida.

“Madre, fuiste una fuente de luz en este mundo de tinieblas”, rezaba una de las muchas pancartas que despedían a Madre Teresa en Calcuta con ocasión del funeral por su muerte. Murió como una santa (actualmente beata desde 2003), irradiando la luz que siempre iluminó tantos hogares y a tanta gente. Espero y deseo que más pronto que tarde, se confirme lo que ya mucha gente tiene asumido que Madre Teresa es una Santa, y ha de darse prisa la Iglesia Católica para anunciarlo más pronto que tarde, pues este mundo, mediocre y vil, más allá de la crisis económica que en muchos casos es espiritual, necesita de agarraderos como Madre Teresa para entender la trascendencia de nuestras vidas. Por cierto que la Iglesia Católica no percibió ningún inconveniente para elevar a Madre Teresa a los altares una vez que se desvelaron estas cartas privadas, y su profundo vacío interior.

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