sábado, 26 de enero de 2013

TRUJALA (SIERRA DE SEGURA), UN LUGAR QUE NO ENCONTRARÁS EN LOS MAPAS

Pues no, por mucho que miraba mapas de carreteras no encontraba el nombre de Trujala por ninguna parte. Ni en papel, ni con el GPS, ni con las herramientas precisas de Internet daba con la situación exacta de esta ¿aldea?, ¿pueblo? Y el caso es que yo había estado allí, hacía unos diez años había visitado ese lugar y tenía que existir por alguna parte.

Por suerte la sierra de Segura tiene esos misterios indescifrables a veces para los urbanitas, y la gente serrana no se complica la vida y va a lo práctico. Después de ahondar en la investigación y hacerme una idea de que el río Trujala debía significar algo, junto con una web de senderismo ya di con la tecla; Trujala es una zona, una pequeña agrupación de núcleos diseminados y cortijadas que se nutre del nombre del río que nos acerca a un vallecillo de gran espectacularidad cromática.

Así que El Batán, El Porche, Los Floros, Don Lope y algunas casillas conforman con no más allá de setenta personas, calculo yo, lo que es Trujala en la jiennense sierra de Segura. Y, además, enclavada esta zona en el municipio de Segura de la Sierra, hace gala de lo que en la información institucional se refleja (la editada por este ayuntamiento), pues por un momento podríamos pensar que estamos en Asturias o Cantabria, dada la profusión de aldeas y casas dispersas, absolutamente impropia de nuestra región.

La verdad es que Trujala ofrece paisajes que nos transportan a otro lugar, aunque los olivares que se entrelazan con el bosque mediterráneo hacen un guiño, dan la pista y nos devuelven a la realidad. En cualquier caso, ahí está este río y este enclave, el río ruidoso pero apacible a la vez, magno aunque asumible. Ese caudal mezclado con el silencio que inunda el valle, te ofrece la armonía que requieres para pasar unos días fuera de esa rutina que puede acongojar, no es una realidad para mí por fortuna, pero es una recomendación para otros. La tradición para mi familia y amigos de viajar a esta sierra en cada puente de la Constitución (esfuerzos económicos hay que hacer quitando de aquí y allá), cobraba en este último un sentido especial e histórico, con mi hijo entre nosotros, por primera vez, pero con la sensación de que parece que él hubiera estado siempre.

Desde Trujala se nos presenta la posibilidad de hacer diversas rutas programadas y otras muchas al azar, basta adentrarse en el bosque cercano para encontrar alguna sorpresa a cada paso, aunque por encima de aquello que no vemos habitualmente el conjunto es el que te llena: la poesía sonora del agua, el aire que se respira, el verdor que te cautiva, la tranquilidad y la casi parada del tiempo que te llega al corazón…, y el imponente castillo de Segura de la Sierra que desde cada recoveco parece que nos vigila.

Si hoy nos parecen recónditos aquellos parajes, puede sorprender aún más que de aquella zona se desprendan destellos históricos; las construcciones actuales son la secuela de asentamientos antiguos. Lo más característico es el Puente Moro, una construcción sobria pero fuerte que lógicamente data de varios siglos atrás y que ahí sigue sirviendo a su causa sin descanso y sin el más mínimo resquicio de deterioro, aunque eso sí, me hubiera gustado alguna plaquita o algún dato informativo, en una tierra como la mía, Jaén, donde se hacen placas y paneles informativos para cualquier chorrada.

Particularmente interesante, por corta y revitalizante, es la subida a Segura de la Sierra, a escasos mil quinientos metros, todos de subida de escasa dificultad para alguien que está mínimamente sano, absténganse los achacosos o vaguetes. El momento de éxtasis llega en lo alto, sin ni siquiera llegar al pueblo, donde se nos ofrece su imagen de postal, de un pueblo, ya muy despoblado, pero que tiene un legado histórico y cultural impresionante, que más lo quisieran grandes ciudades. La bajada, por supuesto, se hace rápida y alegre, casi sin sentir, porque abajo espera el premio de una merienda o un buen trago de agua.

Siempre me planteo la dificultad de los vecinos que viven en la sierra para tener cubiertas las necesidades básicas, en primer lugar lo primordial, el abastecimiento doméstico, la comida, las viandas, el pan… No es precisamente Trujala una zona donde sus habitantes se encuentren aislados; tranquilos y serenos sí, pero no perdidos. Entre que es costumbre de estas sierras y de otras que lleguen repartidores habituales con sus furgonetas, de pan, embutidos y productos de primera necesidad, a siete u ocho kilómetros se encuentran Orcera y Cortijos Nuevos, y por este orden se puede encontrar de casi todo; para alguna urgencia está Segura de la Sierra y El Ojuelo, que ambos cuentan con algún pequeño supermercado.

Por tanto, podemos decir que Trujala está en una ubicación privilegiada dentro de lo que es la sierra de Segura; y sus habitantes pueden contar con atención médica, no sé si diaria, y hasta un centro de adultos, donde mal que les pese a algunos, debe llegar la educación y la cultura aunque eso sea per se deficitario.

Además uno se siente un tanto fantasma paseando por esas aldeas de montaña, ya sea por las frescas mañanas de diciembre, donde los escasos habitantes parecen estar vigilándote detrás del visillo, o por la noche, donde el tenue alumbrado público y la aparente ausencia de vida convierten El Batán en un escenario fantasmal. Por si fuera poco, y tal y como se estila en algunas poblaciones de la sierra, también hay en esta aldea un lavadero que te transporta a una realidad pretérita, aquella en la que no existían electrodomésticos y todo se lavaba, incluidos trapos sucios, en uno de los puntos gravitatorios de las sociedades rurales.

Por cierto que Trujala goza también de una piscina comunitaria, o por lo menos es lo que parece por sus dimensiones y configuración, imagino que funcionará adecuadamente en verano, toda vez que aumentará la población merced a la vuelta de los hijos de los moradores actuales que buscaron otro futuro y algunos, presupongo que la mayoría, consiguieron el éxito espoleados por la ausencia de alternativas en su cuna, centrados en poco más que la agricultura, la ganadería e incluso la apicultura. Ahora vuelven y como me decía mi amigo Pedro Pérez, son apodados con algo de sorna “los vaciadespensas”; quiero pensar en que la vuelta a sus orígenes no sea sólo eso, una ocasión para cargar el coche de los productos de la sierra y sea el merecido homenaje y atención a sus padres que fueron capaces de agarrarse más aún al terruño para ofrecer a sus vástagos una vida distinta y más placentera.

También tras varios años contemplando El Yelmo, majestuoso más que por su altura porque no hay un pico cercano más alto y eso le hace ser más imponente, pues acudimos hasta arriba. Se sube bien en coche y me imaginé que podía ser un escenario bellísimo para una etapa de la Vuelta Ciclista a España. Su cima con suaves pendientes y terreno calizo permite la práctica de deportes de vuelo, una vez allí entiendes mejor que su fisonomía facilite los despegues. Allí también vio mi hijo por primera vez la nieve, poca y casi hielo pero suficiente para dar testimonio de ello.

Para concluir este puente fabuloso, y como he dicho, dada la excelente ubicación de Trujala, acudimos al castillo de Hornos donde hace poco que funciona un Centro de interpretación astronómica, llamado “Cosmolarium”, fue una visita divertida y llena de entrañable atención por parte de las personas que gestionan este proyecto (la empresa Eurocosmos), en una perfecta simbiosis pudimos ver el castillo por dentro echando un vistazo a las galaxias y todo lo que el cielo encierra. El sitio es ideal, es evidente que no es un proyecto para generar beneficios, pero lo vuelvo a decir, la cultura no hay que medirla en una caja registradora, es mucho más.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La piscina es privada. Con el rio que tenemos no la necesitamos