sábado, 11 de mayo de 2013

EL CIRCUITO DE MONTECARLO, BIENVENIDOS AL GLAMOUR, LA EMOCIÓN Y LA HISTORIA

No puedo decir que sea un gran aficionado a la Fórmula 1, creo que estoy en la media de los españoles, es decir, vemos las carreras porque está Fernando Alonso, y el día que no esté, si no hay otro español pues probablemente nos borremos.

A estas alturas de la película, no se puede decir que la Fórmula 1 sea especialmente emocionante, es más, la mayor parte de las veces es sinceramente un aburrimiento; aunque en este sentido, tenga un gran mérito en lo que comunica el prohombre de la difusión de este deporte en nuestro país, Antonio Lobato, que a falta de espectáculo, él lo pone con su micrófono, de tal forma que junto con su equipo, saca petróleo de donde no hay nada, y adereza carreras monótonas de tal modo que te termina por hacer creer que son divertidas.

De pequeño me consta que las veía, sobre todo en la época de Emilio de Villota y un poquito después con Adrián Campos, ambos siempre muy atrás porque no estaban en equipos poderosos. Las retransmisiones eran propiciadas por Televisión Española y las veía porque ya se sabía que hasta hace poco menos de tres décadas no existían las televisiones privadas.

Después de esos dos pilotos, nos tiramos años y años en los que había emoción y grandísimos iconos de este deporte-espectáculo (Senna, Prost, Villeneuve…), que fueron prácticamente inéditos para el conjunto de la parroquia española. Pero llegó Fernando Alonso e imagino que costó localizar a esos periodistas que supieran de motor y de Fórmula 1, así surgiría Lobato y otros, y a partir de ahí, por concepto, los aficionados al deporte en este país lo son también a la Fórmula 1 y ya nos hemos hecho expertos en estrategias, motores, grip. DRS, KERS, coche de seguridad, puzolanas, chicanes…

De aquella época primitiva en la que seguía con cierta desidia las carreras de F1, siempre recordaba sobremanera el singular trazado del circuito de Montecarlo y lo diferentes que eran las carreras que allí se sucedían, siempre pasaba algo y la monotonía del Campeonato se tornaba en emoción en el asfalto monegasco.

A la vista de un aficionado televisivo como yo de la F1, la mayoría de los circuitos son prácticamente iguales, pero este es cortito y huelga decir que es urbano. Si en otros circuitos las curvas están dedicadas a algún piloto antiguo o a alguna figura de este deporte, bien es cierto que de Gran Premio a Gran Premio a mí se me olvidan, pero el circuito de Montecarlo es recordado por todos porque genera fotografías únicas que jamás se repiten en el resto del Campeonato y lugares que seguro que nos suenan: la curva de Loews (la más lenta del Mundial), el túnel, la piscina, la Rascasse, el Casino, Santa Devota, Mirabeau…

Es, de largo, el circuito que más anécdotas y vicisitudes provoca en cada carrera. Existen circuitos urbanos o semiurbanos en el automovilismo, pero este se caracteriza por ser lento y revirado, amén de situarse en una ciudad con tanto glamour como Montecarlo, lo que convierten a esta cita del Campeonato de F1, en la más señalada del año.

Ese barniz dorado que rodea Montecarlo implica que no hay piloto de F1 que se precie que no desee especialmente ganar esta carrera; y eso que es una más y que otorga los mismos puntos que en el resto de carreras; pero es que Montecarlo ofrece un halo especial al que se corona como campeón de ese Gran Premio.

Lo curioso es que el circuito de Montecarlo va en contra de la propia realidad de los vehículos de F1. Estos artefactos están preparados para alcanzar velocidades de vértigo, tomar las curvas con la máxima premura para ejercer tracción a continuación y acelerarse sin dilación. En este particular trazado hay rectas pero son de corto recorrido, las curvas son las más lentas del Mundial, las frenadas son muy bruscas, el cambio de marchas no para de trabajar y las ruedas sufren un deterioro muy rápido. Para colmo, si en otro circuito tienes un mínimo despiste tienes grandes escapatorias, aquí cada error se paga con el abandono, porque estamos en una ciudad con sus muros, sus edificios, sus bordillos y a veces se pasa a centímetros de guardarraíles y vallas. Todo este conjunto de elementos hace que los ingenieros de los equipos hayan de modificar drásticamente los monoplazas para que lo que favorece al vehículo en unos circuitos en este perjudique lo menos posible: carga aerodinámica, chasis, dirección, suspensión…

Si hay alguna carrera en el Campeonato de F1 donde puede haber más sorpresas esta es el emblema. De hecho, los pilotos de las escuderías más modestas sueñan con que se den todas las circunstancias adversas posibles para pescar en río revuelto: accidentes de los pilotos punteros, salida del coche de seguridad, que se produzcan montoneras, que llueva, piques entre pilotos que provocan sanciones en carrera… Efectivamente, la historia nos habla de carreras donde pueden suceder tantas eventualidades que tenemos un antecedente relativamente cercano, y es que en 1996 sólo acabaron cuatro coches la carrera, es decir, que si yo hubiera pilotado un monoplaza y lo hubiera sabido conducir, algo improbable, con sólo dar vueltas de paseo podría haber ganado puntos en el Mundial, salvo que algún coche muy veloz se hubiera estrellado contra mi bólido - tortuga.

Pues eso, que el circuito de Montecarlo a lo largo de su historia ha tenido de todo, el trazado prácticamente no ha variado, quitando algunos puntos en los que se han modificado mínimamente curvas, rectas y chicanes, es obvio, la ciudad es la ciudad y no vas a tirar un manzana entera para construir una larga recta. Para que nos hagamos una idea de los sistemas de seguridad en los inicios del automovilismo moderno, en 1955 el piloto italiano Alberto Ascari cayó al mar en una de las curvas que da al puerto, afortunadamente sin consecuencias para el piloto.

Y precisamente en el primer Campeonato del Mundo oficial, en 1950, Fangio ganó ampliamente con una vuelta de ventaja sobre el segundo porque una fuerte ola hizo aparición en la recta del puerto, inundó la pista e inutilizó a casi una decena de vehículos.

Con el famoso túnel también ha habido su intrahistoria, pues no hay otro en el Mundial y en sus inicios provocaba no pocos despistes y accidentes en los pilotos, ya que se pasaba con brusquedad de una zona oscura a pleno día, y eso hizo que hace ya bastantes años se colocara esa potente iluminación que permite a los pilotos no tener que sufrir una adaptación radical de los ojos a la oscuridad y a la luz.

Por cierto que históricamente se celebraba el Gran Premio de Mónaco el domingo siguiente al Día de la Ascensión, fiesta católica que se celebraba y se celebra en ese Principado y que obviamente es de mayoría católica. Ahora ya no coincide en esas fechas aunque la tradición ha querido que los entrenamientos oficiales se celebren en ese lugar y sólo en ese, en jueves, en contra de la norma habitual de los viernes.

En fin, historias y más historias de un circuito peculiar y bello, al que creo que jamás iré, porque soy de esa gente normal, de esa mayoría de gente de este mundo que sólo espera acudir a un evento de estos si le toca la lotería, algo muy improbable. Ah, y por supuesto, que gane este año Fernando Alonso.

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