viernes, 19 de julio de 2013

ÉRASE UNA VEZ UN CIRCO, VOLVIENDO A MI INFANCIA

Me han gustado mucho los circos desde siempre, he de confesarlo, pero ello no casa con el número de veces que he ido en mi niñez a verlos en vivo y en directo, a decir verdad, una sola vez y porque me regaló la entrada un compañero de colegio cuyo padre trabajaba en el Ayuntamiento de Linares.

Siendo honesto no fui un niño necesitado, mi infancia fue muy feliz en el seno de una familia de clase media, de una de las muchas familias españolas que en la década de los 70 se convertiría en una amplísima clase media. Vivíamos sin agobios, de forma acomodada, pero también sin excesos ni lujos. Por eso creo que desde muy pequeño mis padres me instruirían en que ir a un circo se salía del guión, y yo nunca, ni mis hermanos, solicitamos asistir a ellos, y veíamos, eso sí, con curiosidad y cierta admiración los carteles que avisaban de la llegada de un nuevo circo a la ciudad.

Y como decía al principio no sería por ganas, porque siempre que en la tele echaban circo, me atraía sobremanera. Un espectáculo tan mágico como sorprendente, tan heterogéneo, que me permitía estar pegado a la caja tonta durante el rato que durara el programa.

No es que haya seguido cultivando ese gusto por el circo, pero bien es cierto que cuando sale en la tele y me dejan me sigue hipnotizando un poco. Ahora quizá lo que hago es ver el espectáculo con un cierto sentido crítico y valoro enormemente aquellos números que se salen de lo normal, que ofrecen algo diferente, novedoso. Sin duda, el paradigma de la vanguardia circense es la compañía canadiense “Cirque du Soleil” que asombra a todo el mundo con sus espectáculos en los que los números de circo introducen un espectáculo rayano en la teatralidad que difícilmente nos deja indiferentes. Apenas conozco algo de esta compañía por lo que sale en televisión y medios de comunicación en general, pero ni que decir tiene que me encantaría poder verlos alguna vez en vivo.

El circo tiene, ante todo, ese vínculo inseparable con la infancia, es el público diana por excelencia y cuando tuve la primera oportunidad de darle ese gusto a mi hijo, al que adoptamos hace apenas un año y ya contaba él con seis (una experiencia vital inenarrable y maravillosa), pues allá que me dispuse como buen padre de familia a acudir con él los dos juntitos de la mano. Ese honor le correspondió al Circo Chen, originarios de Portugal, y es que prácticamente una vez por año y en primavera suele recalar algún circo en Bailén, ciudad media que apenas llega a los 19.000 habitantes.

No puedo negar que me gustó tanto o más que a mi hijo. Mi hijo que, por cierto, me da una lección de madurez día tras día, que viniendo de una sociedad muy atrasada (para él cada día es la primera vez que ve, hace o adquiere nuevas experiencias), jamás se sorprendió más que un niño de su edad de un país desarrollado; le divirtió pero no se tiró de los pelos, disfrutó y se lo pasó muy bien (además coincidimos con compañeros de clase), pero no deliró; cabeza bien amueblada que tiene mi niño.

Y el espectáculo fue más que digno para una parroquia de un pueblito de provincias, además el día del debut el precio era escandalosamente económico (3 de mayo si no recuerdo mal), cinco euros por cabeza, con lo que se trataba de una oferta irresistible.

Mis escasos conocimientos acerca del costumbrismo circense actual fueron ilustrados por las madres de los compañeros de cole de mi hijo que arrastraban una cierta experiencia, así que hubo un par de detalles que me sorprendieron especialmente, el primero fue que ese circo contaría con unas veinte personas, las cuales hacían de todo un poco, lo mismo presentaban, que se vestían de payasos, cantaban o vendían palomitas, ya me dijeron mis mamás que eso era lo habitual y que incluso habían visto circos con menos personal donde su carácter polifacético se llevaba hasta el límite. El segundo dato que me llamó la atención es, para ser un circo relativamente modesto, que contaran con una buena nómina de animales salvajes y domésticos, y por lo que pude ver, bien cuidados. Tenían cinco tigres, desde luego lo más impactante, bellísimos animales y gráciles al verlos desplazarse con su corpulencia como un gatito en mi casa; luego estaban los watusi (unos bovinos africanos de impresionante cornamenta); y también había caballos, perros y camellos si no me falla la memoria.

El detalle de los animales me pareció relevante para pensar en los esfuerzos que habrán de hacer los circos para subsistir, para subsistir antes y más ahora con la crisis económica, porque dar de comer a unos tigres no es cualquier cosa, que estos mininos no se alimentan con pienso del Mercadona, ni van al médico de la Seguridad Social cuando están malos, a ello hay que unir una larguísima nómina de gastos. Eso me hizo reflexionar acerca del valor social de los circos y la obligación que me impuse ese día de colaborar en la medida de mis posibilidades, y siempre que tenga algún circo a la mano y mi hijo quiera, asistiré con él para contribuir a que perviva este espectáculo ancestral.

Desde luego, sin tener un conocimiento exhaustivo, los circos actuales no son como los de hace treinta o cuarenta años, donde no había grandes medidas de seguridad en el trabajo, donde las familias malvivían en sus caravanas y donde los niños no seguían una educación adecuada. Por lo que he podido ver en televisión y lo que he visto in situ en los circos que han acampado en mi pueblo en estos últimos años, trabajan en razonables condiciones de seguridad, los animales tienen un buen aspecto general, los niños tienen un sistema especial de educación a través de un profesor propio y creo que esto está subvencionado, y desde luego, las modernas caravanas donde viven están hoy día perfectamente equipadas y no les falta ningún detalle para suplir las comodidades de cualquier hogar.

En fin, algo más de dos horas del mayor espectáculo del mundo, con las actuaciones animales (entre ellas un simpático partido de fútbol entre perros que se desvivían por comerse unos globos de colores), malabarismos, equilibrismos, canciones y payasos. Lo que más le gustó a mi hijo fue el número de humor, puede ser lo más fácil de ensayar, pero también es verdad que siempre se ha dicho que hacer reír es muy complicado, y el montaje de los payasos estaba bien planteado, era diferente y realmente me sacó alguna carcajada y ya es difícil que a mí algo me haga carcajear.

Obviamente aquello no era el Circo del Sol, pero a mí me gustó, se me pasó en un pispás la función y, de algún modo, fue como haber sido un niño por un rato, haber visto con ojos de niño, como cuando aquella vez de pequeño fui por primera y única vez hasta ahora a ver el mayor espectáculo del mundo.

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