sábado, 28 de junio de 2014

CHIGAGO, THE WINDY CITY O EL RECUERDO DE MI VIAJE AL CENTRO DEL MUNDO

El río Chicago, un río que se dio la vuelta
Coincidiendo con este Mundial de fútbol que ha terminado de forma tan apresurada para España (qué se le va a hacer, así es el deporte, unas veces se gana y otras se pierde); pues como pequeño homenaje a a este evento deportivo que despierta pasiones por todo el mundo, no quería posponer esta reseña para que no resultara extemporánea.

Pues hace veinte años, cuando el fútbol era mi deporte favorito, y ciertamente mi pasión, me aventuré a ir al Mundial de Estados Unidos 1994; aprovechando una serie de circunstancias tuve la suerte de poder viajar allí para vivir durante aproximadamente un mes uno de los capítulos más apasionantes de mi vida.

Desde luego la ocasión fue pintiparada, yo tenía un amigo estadounidense que había estado de intercambio en Linares en 3º de BUP y habíamos mantenido el contacto. No sólo mantuvimos las relaciones sino que mi amigo Andy Pollock lo sigue siendo en el presente, porque se casó con una española y vive hoy en Madrid. No pasan menos de seis meses sin que hablemos por teléfono, aunque sinceramente yo soy más dejado, y él me ha hecho varias visitas con su familia a mi casa y yo, aparte de dos momentos puntuales, apenas he ido a verlo a la capital de España, así que esa deuda la tengo y espero solventarla pronto.

Pues eso que Andy vivía por entonces en Chicago, y esa era una de las sedes del Mundial, pensé que sería mucha casualidad que a España le tocara jugar allí algún partido de la primera fase y... ¡ocurrió! Sí, nuestra selección se alojaría en Chicago y jugaría allí dos partidos de esa fase, en concreto, el segundo frente a Alemania (partidazo) y el tercero contra Bolivia.

Aquel era un viaje especial, yo tenía 26 años, estaba en la flor de la vida, y por supuesto, me enfrentaba a aquel viaje como si fuera un rito iniciático, lo del Mundial era el reclamo perfecto, pero eso me daría pie para visitar a mi amigo Andy, honrarle por sus sucesivas visitas sin la debida contrapartida, y para conocer Estados Unidos, ese país que, queramos o no, era y es el centro de la Tierra. En este sentido, había que aprovechar ese viaje para estar allí un tiempecito relativamente amplio, así que permanecería allí en torno a un mes.

Ni que decir tiene que yo por aquella época manejaba un buen nivel de inglés que ahora he perdido considerablemente. No es que fuera una lumbrera, pero mi nivelillo me permitía defenderme en conversaciones simples, es más, a medida que pasaban los días tenía esa natural sensación de que si hubiera estado allí más tiempo terminaría por entenderlo todo y hablar como si tal cosa, la inmersión lingüística que se llama.

La experiencia comenzó desde el momento en que llegué a Barajas, no me había montado en un avión en mi vida, ni siquiera había asomado por un aeropuerto. Así que allí estaba el chico de provincias viviendo desde cero emociones que jamás había experimentado, y así del tirón un viaje para cruzar el charco; recuerdo que al montarme en el avión le pregunté a una mujer y su hija cómo se ponía el cinturón porque no tenía ni idea, luego fue todo coser y cantar.

Por cierto, para rizar el rizo, el vuelo no era directo, sino que tenía escala en Newark (el segundo aeropuerto de Nueva York), donde tenía que coger otro avión que me llevara a Chicago. También le dije a una pareja de jóvenes españoles que iban para Nueva Orleans que qué tenía que hacer, sobre todo porque no sabía lo que era un transfer, ni que mis maletas no las vería hasta el final. Newark no era un aeropuerto era una auténtica ciudad aeroportuaria, desde una terminal a otra pude estar caminando perfectamente veinte minutos, podría ser varias veces Barajas, en la escasa referencia que yo había tomado una horas antes en mi bautismo aéreo.

Este segundo avión era mucho más pequeño y ya tuve la sensación de volar sin paracaídas, pues allí ya nadie hablaba español y yo tenía la sensación de ser un guiri, el único, por primera vez en mi vida, qué curioso.

Cuando llegué a la aduana un funcionario me preguntó en inglés que a qué venía a Estados Unidos y yo ni corto ni perezoso le respondí que a ver ganar a España el Mundial de fútbol, no recuerdo muy bien si me miró con cara de extrañado, aunque es evidente que en Estados Unidos no había pasión por el fútbol, ninguna, en un país tan grande ese acontecimiento deportivo no llegaba a la mayoría de la población, era un evento deportivo más, en sus calles no se apreciaba ni lo más mínimo que eso se estuviera celebrando allí.

A la salida de la terminal me esperaba Andy y allí se iniciaba verdaderamente mi aventura. Apenas me acuerdo del viaje hacia su domicilio para dejar mis bártulos, pero si que recuerdo que me llevó a cenar a un restaurante español regentado por estadounidenses, con objeto de que mi adaptación fuera suave. Me llamó la atención que hubiera en ese negocio más trabajadores casi que clientes, pero esa era la norma en Estados Unidos, un tipo que te acomoda, otro que te echa agua todo el rato en un vaso, otro que te sirve, uno que te cobra..., pleno empleo total.

Al final de aquella jornada maratoniana me acosté a las 12 de la noche hora de Chicago que eran las 7 de la mañana en España; dormí como un lirón mis 8 horas, era lo normal, aunque en teoría me estaba levantando a las 3 de la tarde hora de España, cosa que jamás he hecho en mi vida.

Andy trabajaba de consultor en la multinacional Arthur Andersen y lo hacía por la mañana y parte de la tarde, hasta las 17.00 h., y sus compañeros de piso (era una casita realmente) también, así que mi misión era ocupar todo este tiempo, haciendo turismo por mi cuenta. Él había previsto que yo pudiera ver partidos del Mundial en su casa, y allí no había ningún canal que echara en abierto eso del soccer, así que esa primera mañana recibí a dos operarios de raza negra que vinieron a poner la televisión por cable, les pregunté a quién extendía el cheque en blanco que me había dejado mi amigo y así de buenas a primeras firmé, tal vez, el primer cheque de mi vida, a nombre de Chicago Cable.

Junto a un coche antiguo, de esos de las pelis
Buena parte de ese mes, en el que yo estaba muchas horas libre por el trabajo de Andy los días laborables, lo dediqué a visitar ampliamente Chicago, y este es en realidad mi particular homenaje a aquella ciudad ensoñadora que me pateé de arriba y abajo, si es que una urbe de más de nueve millones de habitantes se podía patear en ese sentido.

Hay que considerar que Chicago está a las orillas del lago Michigan que hace una curva en el mapa de Estados Unidos y los suburbios de esta ciudad se meten muy claramente en el estado de Indiana por debajo y en el de Wisconsin por arriba, una bestialidad, con lo que de punta a punta en su lado más largo a buen seguro que había no menos de 150 km. Y según dicen sigue creciendo enormemente siendo una de las ciudades más extensas del mundo (México D.F. y Tokio no le irán a la zaga), o sea, que es como una invasión obligada; no sé cómo se organizará un municipio así donde tienes que prestar servicios cuando tus vecinos viven en otro estado, una locura, pero una locura, que nadie lo dude, bien organizada.

Yo solía alternar los recorridos en metro (el metro de Chicago no es subterráneo sino que va a unos cinco o diez metros del suelo), con otros a pie para acceder al centro, lo que se denominaba el Mall, lleno de negocios y rascacielos. Tan sólo una advertencia de mi amigo Andy, nunca acceder si iba a pie por una zona relativamente céntrica que era muy conflictiva, jamás lo podré olvidar, Cabrini Green. A todo esto, tanto que se hablaba y se habla de la delincuencia en Estados Unidos, yo no tuve el más mínimo problema durante mi estancia allí, me sentía muy seguro.

Pude ver innumerables museos, los había de todo y para todos los gustos, recuerdo los importantes, uno de pintura con el cuadro de Van Gogh del dormitorio, o el sensacional de Historia Natural, pero también recuerdo uno pequeñito de Historia de la medicina, donde una joven hispana me ayudó a enterarme un poco de los recorridos. También visité la Bolsa de Chicago, con individuos con chaquetas de vivos colores que vociferaban y rompían papeles para tirarlos al suelo.

Degustando una Grape Soda
Por cierto, que no dude nadie de que Estados Unidos se convertirá con el tiempo en casi bilingüe, porque se calculaba que había no menos de un millón de hispanohablantes. Y eso ayudaba, porque cuando tenías algún problemilla o te atrancabas con el idioma tirabas del de Cervantes cuando le veías la pinta al que tenías enfrente. De hecho, un día me subí al metro y llevaba un billete grande, el tipo, claramente hispano, me comentó en inglés que no estaban autorizados a devolver billetes grandes. Usé el recurso y le dije en español que no tenía más pequeño, y él accedió con amabilidad a cambiarme, respondiéndome lógicamente en español.

Chicago tenía esa estructuración de las grandes ciudades, mucha mole de cemento, pero también espacios para el relax, grandes parques y jardines donde reposar y olvidarse del ruido infernal de la gran ciudad. Y luego la ciudad tenía lago, el lago Michigan, que es tan enorme que realmente es como si fuera un mar, de hecho, la orilla era una playa, donde la gente disfrutaba de días de playa, y donde yo me bañé una vez en ese mar de agua dulce, pero donde había su oleaje tal cual si estuviéramos en el mar Mediterráneo.

A Chicago se le dice que es la windy city (la ciudad del viento), y bien es cierto que no hace el calor que en España, pero la mayoría de los días hizo un tiempo muy agradable, primaveral, y apenas un día hizo muy malo, que bajó la temperatura a seis o siete grados. Ahora, eso sí, cuando había tormenta parecía que el mundo se iba a acabar, el fenómeno tiene su explicación científica y es que hay zonas del mundo donde el ruido de los truenos y el aparato eléctrico es más severo que en otras, creo que tiene que ver con los accidentes geográficos que hay alrededor (en Chicago no había ni una montaña a varios kilómetros a la redonda).

Esta ciudad era el paradigma de los Estados Unidos, todo era a lo grande, la foto que abre esta entradilla me muestra a mí asomado al río Chicago. Curiosamente por un problema de organización de la ciudad y también sanitario fue el primer río del mundo que cambió su cauce, así que en el punto donde me tomé esa instantánea, en el siglo XIX el agua fluía en el sentido contrario.

También era y es la ciudad de los rascacielos, parece que en Estados Unidos todas lo son pero el skyline de Chicago es de los más impresionantes del mundo. Me quedo con dos edificios singulares, el elegante John Hancock Building, y Sears Towers, que en el momento de su inauguración fue el edificio más alto del mundo, a él subí pagando unos dolares en un ascensor que franqueaba los ciento y pico pisos en un suspiro; desde arriba veías Chicago entero, pero se perdía la mirada y no veías su fin, impresionante. Ambos edificios, por cierto, tienen unas antenas con luces en su extremos para hacerse visibles a los aviones.

Desde aquel viaje siempre he reconocido Chicago en las innumerables películas que allí se han rodado, su línea de rascacielos, su metro suspendido varios metros sobre el nivel del suelo, o la Estación de tren de Chicago, donde se sucede la escena final del carrito de niño en la película «Los intocables de Elliot Ness», son detalles de una urbe inconfundible. Por poner otro ejemplo, también «El fugitivo», con Harrison Ford como protagonista, discurre allí.

¡Qué impresionante era aquella ciudad hace veinte años! Era la modernidad, ni España tiene una fisonomía hoy como la de Estados Unidos entonces, luego nos llevan veinte años de avances o más. Esa modernidad la veías en todo, en su urbanismo, en la forma de vestir de la gente, en el glamour de los escaparates de tiendas y grandes almacenes...

Hoy será más impresionante, una ciudad cosmopolita y bulliciosa, donde los miles y miles de trabajadores del sector terciario caminaban con rapidez a eso de las 12 de la mañana para comer, ellos con sus trajes impecables y ellas con sus vestidos de fiesta un tanto horteritas y sus zapatillas de deporte con calcetines blancos (medias por debajo). Y sí, la comida era un poco basura, no que no la hubiera elaborada en Chicago, sino que la gente necesitaba un sitio donde comer rápido y esa oferta se cubría a la perfección.

Al hilo de esto hay que decir que jamás vi más gente gorda como allí, aquí es difícil ver a una persona con obesidad mórbida, y en Chicago veías personas muy gordas y otras enfermas por el peso que paseaban por la calle de la forma más normal. Está claro que, en parte era por los hábitos alimenticios, y en parte, imagino que por la vida sedentaria.

El indicativo de que la diferencia de comidas entre Europa y Estados Unidos es enorme es que no existían las barras de pan, todo era pan de molde. En verdad sí que existían aunque fuera de los canales comerciales.

Llegaron los partidos de la selección española, Andy había conseguido las entradas de la Federación Española de Fútbol y, por supuesto, estuvimos vibrando con aficionados españoles en Soldier Field, un estadio que normalmente alberga fútbol americano. Había andaluces e incluso jiennenses con el que teníamos conocidos en común. El de Alemania fue un partido de esos potentes, donde los españoles dieron primero, pero los alemanes eran más peligrosos que una caja de bombas, al final empate a uno y contentos todos. A la salida me entrevistó Canal Sur (cuando las televisiones tenían dinero y derrochaban sin mirar).

En el último partido de esa fase teníamos que ganar a Bolivia sí o sí, hubo algunos momentos de tensión en el partido, pero nunca peligró la victoria y allí disfrutamos con el 3 – 1, y que fuera pasando el siguiente.

Por cierto, que el primer partido lo vi en la tele en otro restaurante español, que si no recuerdo mal se llamaba el Ibérico, ahí sí que lo pasamos mal porque Corea del Sur nos empató a 2 en los últimos cinco minutos cuando ganábamos 2 a 0 tranquilamente.

Tengo una anécdota muy curiosa que con el tiempo ha cobrado valor. En ese restaurante estaba el periodista español Pedro González, el que comentaba siempre el Tour de Francia en TVE, antes del partido lo vi en la puerta y lo saludé, le dije que era de Linares y me contestó, jamás lo podré olvidar, que su mujer también era de Linares. Pedro González nos dejaría en 1998 con 48 años a causa de un infarto.

Viví, como no podía ser de otro modo, la noche de Chicago, marchón absoluto donde la bebida de referencia era la cerveza. Para entrar en cualquier garito te pedían siempre el carné (a mí el pasaporte), por mucha cara de viejo que pudieras tener, eran muy estrictos con lo de la edad. De aquellos sitios tengo un especial recuerdo de Red Dog, un local de ambiente que era lo más in de Chicago en aquella época, era vanguardia absoluta. Estados Unidos era el país de las oportunidades en todos los sentidos, y las chicas eran claramente más accesibles que en España, ahí lo dejo.

Un americano más en Comiskey Park
Por cierto que, al hilo de los partidos del Mundial, tuvimos la oportunidad de ir a ver un partido un tanto intrascendente para mí, como era el Estados Unidos – Suiza que tenía la peculiaridad de que era el primer partido de la historia de los Mundiales de fútbol que se iba a celebrar en un estadio con techo, concretamente el Pontiac Silverdome de Detroit. Andy tenía la posibilidad de conseguir unas entradas, pero teníamos que darnos una paliza en coche de no menos de dieciséis horas de ida y vuelta en coche, al final no fuimos.

La verdad es que me pongo a contar detalles de aquel viaje singular y no acabo, por momentos fue como vivir una película, es más, nada de lo que sale en las películas norteamericanas es inventado, todo es real, pude vivir con Andy una visita a un parque de atracciones, la primera vez en mi vida (Six Flags Great America); fuimos a jugar a los bolos; a echar un partido de baloncesto con unos negros buenísimos donde conseguí meter un par de canastas (por aquel entonces yo jugaba mucho al baloncesto); acudimos a una hamburguesería montados en el coche y nos sirvieron allí mismo; fuimos a ver los Chicago White Sox a Comiskey Park en un partido de béisbol... y ganaron; acudimos al cine con nuestras palomitas para ver una peli, tampoco la podré olvidar nunca, era «Speed».

Nuestra excursión en canoa
También tuvimos Andy y yo un acercamiento a la Norteamérica rural, pues fuimos un fin de semana a ver a sus padres a un pueblito de Wisconsin, Beloit, del tamaño de Andújar. Sus padres vivían en el campo en una típica casa de madera con un montón de acres alrededor de campo virgen. Me trataron fantástico y allí viví otro episodio de película, pues hicimos Andy y yo junto con su perra de la raza labrador Sierra, una excursión en canoa río abajo, salimos desde un punto, navegamos unos kilómetros y en el punto de llegada sus padres nos habían dejado un vehículo para regresar a casa; por supuesto, llevábamos nuestra merienda típicamente estadounidense, el pollo al estilo Kentucky.

Al lado del Capitolio de Indiana
Otro fin de semana estuvimos en Madison, también en Wisconsin visitando la universidad de Andy y a sus amigos de estudios. También fue una experiencia inenarrable el poder apreciar el ambiente universitario, de hecho, estuve en el mismo campus donde se celebraba el fin de curso. Sin saber lo que se aprendía allí ni si había nivel o no, lo cierto es que la camaradería, el crisol de razas, el espíritu, me dio una envidia tremenda.

Y, por último, porque no tengo ganas de acabar pero hay que hacerlo, también tuve la experiencia de visitar Indianápolis. Andy tenía que ir a hacer un inventario a una fábrica encargado por su empresa, así que viajamos cuatro horas en coche, Andy me dejó conducir su coche Subaru Imprezza de cambio automático (todos los coches en Estados Unidos lo son desde los años 60, somos los europeos los que preferimos el cambio manual para calentarnos más la cabeza) por aquellas fabulosas autopistas, era el amo de la carretera. Hicimos noche en Indianápolis y por la mañana mientras mi amigo hacía su encargo, yo visité lo que me dio tiempo de aquella ciudad.

Volví a España con esa experiencia única de haber estado en Chicago, en los Estados Unidos de América, el centro del mundo, y un lugar donde a cada minuto vivías algo nuevo, inolvidable.

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