viernes, 20 de junio de 2014

"LA FUGA DE COLDITZ", LA 2ª GUERRA MUNDIAL CON MUCHO RESPETO

Casi me llegó esta serie a la mente de casualidad, la recordaba vagamente, accedí a ella por aquello de que trato de hacer memoria con las series de antaño y esta me sonaba más que nada por su peculiar título. Aun más, fue ver su temática, un campo de prisioneros aliados en la Alemania nazi durante la 2ª Guerra Mundial, ambientado en un castillo, y me apresté a verla sin pausa.

Curiosamente esta serie mítica de la BBC británica se grabó entre 1972 y 1974, y no se emitió en España, a través de TVE hasta unos cuantos años después, en concreto, a partir de marzo de 1986, en la La 1, los sábados a media tarde, es decir, una franja horaria magnífica. Me pilló tal vez en una época en la que estaba más centrado en los estudios y el disfrute moderado de la vida, y no consumía ciertamente demasiado producto televisivo, también es cierto que esta temática que hoy me apasiona no era por entonces demasiado santo de mi devoción.

Y la serie es una auténtica joya, aunque la temática es la que es, y tiene como centro neurálgico los sucesivos intentos de fuga de los prisioneros de su cautiverio, tiene más elementos sorprendentes, por un lado, que la serie tiene más diálogos que acción y el gran valor de la misma es la fuerza que desprenden sus actores, sus personajes; por otro lado, que nadie piense que la convivencia entre nazis y aliados es cruenta o salvaje, nada de eso, es muy correcta, y eso es mucho de agradecer en una serie que será de las pocas en las que no todos los nazis son malos, por aquello de que la historia la escriben los que ganan, ni en todos los campos de concentración imagino que se trató a los prisioneros de forma inhumana, viniendo de una productora inglesa la elegancia es absoluta.

Hay que decir a este respecto, que el castillo de Colditz se erige como una fortaleza preñada de medidas de seguridad, pero a la par inundada de habitaciones secretas, conductos y túneles que permiten a los prisioneros ejercer sus planes de fuga. Dadas las condiciones del castillo, este está predestinado para acoger a mandos de las tropas aliadas, generalmente oficiales y suboficiales, que tienen una trayectoria previa de intentos de fuga, por lo que en este castillo van a encontrar, teóricamente, la horma de su zapato.

Muchos personajes van sucediéndose a lo largo de sus veintiochos capítulos, distribuidos en dos temporadas, pero hay un grupo de protagonistas por ambos bandos que son los auténticos pilares de la serie, y a través de los cuales giran los diferentes capítulos.

Por el lado alemán tenemos fundamentalmente a un hombre justo y exquisito con el estricto cumplimiento de la Convención de Ginebra, el Comandante (Bernard Hepton) del que no trasciende su apellido, pero sí su nombre Karl; igualmente al aparentemente frío, pero siempre cumplidor de las normas y correcto hasta el límite, un tipo con un rostro de rasgos muy duros, el capitán Uhlmann (Hans Meyer); y al enchufado, rencoroso y siempre exigente, mayor Mohn (Anthony Valentine).

Por el otro bando, y al ser una serie británica hay preeminencia de personajes de dicha nacionalidad, aunque también algún estadounidense. Así entre otros, tenemos al coronel Preston (Jack Hedley), el correctísimo alto mando de las tropas de Su Majestad, siempre dispuesto a defender a los suyos y apoyando por doquier las fugas razonables; el capitán Grant (Edward Hardwicke), el oficial de fugas en la primera temporada de la serie, un tipo meticuloso y analista; el teniente Carter (David McCallum), el oficial de fugas en la segunda temporada, un individuo nervioso y sólo pensando en cómo maquinar las susodichas fugas; el teniente Player (Christopher Neame), que vivió de joven en Alemania y siempre tiene ese plus que le da el idioma para ser el comodín en todas y cada una de las fugas. Por el lado norteamericano cabe citar al teniente Carrington (Robert Wagner), voluntario piloto de vuelo con las tropas británicas que empezará siendo cuestionado y acabará siendo un referente.

La serie está perfectamente ambientada, es evidente que no se haría en el auténtico castillo de Colditz, pero sí que el espacio elegido ofrecía una idea muy veraz de lo que fue aquel exilio obligado. De hecho, la mayor parte de lo que reflejan los episodios está basado en hechos reales. En ese escenario figurado, que seguro que fue algún palacio o fortaleza en Gran Bretaña, las escenas se sitúan o en el patio principal o en las habitaciones de los prisioneros británicos, y por supuesto, en el despacho del Comandante y la habitación particular del coronel Preston.

Esa ambientación está rematada por un fantástico atrezo que no deja ningún cabo histórico suelto, en un impresionante trabajo del equipo técnico de la serie. Aunque sea anecdótico, me resultó curioso ver unas chulísimas maquetas del castillo, teóricamente realizadas por los prisioneros, fabricadas con las cajas de víveres que proporcionaba la Cruz Roja.

En el castillo no sólo hay prisioneros británicos y unos pocos estadounidenses, también hay polacos, franceses y holandeses, con los que también existen sus cuitas, fugas conjuntas, otras veces proyectos de fuga que se interfieren, respeto mutuo y puesta en común de personas con culturas e identidades diferentes.

Sin duda, el elemento principal de la serie son los diálogos, aparte de girar todo en torno a las fugas. Hay muchos primeros planos, mucha interpretación teatral, donde los actores dan lo mejor de sí, en una actuación absolutamente convincente, espectacular; porque esto es lo mejor de la serie.

Bajo mi punto de vista, la serie tenía un problemilla y que yo creo que hizo que la gente en España se desenganchara pronto de la misma, y es que los cuatro primeros episodios que presentan individualmente a algunos de los personajes principales, son algo pesados, no se sabe muy bien adónde van a llegar, sobre todo porque nada se sabe del posterior desarrollo de la serie. En esta presentación de los personajes se abusa hasta la saciedad de los diálogos y no se añaden las debidas pizcas de acción que hubieran atraído más al gran público. De todas maneras, superados los cuatro primeros capítulos, después la serie es genial.

Los métodos diferentes de fuga se suceden en la serie, algunos simples, otros más elaborados e incluso caben los más rocambolescos. En uno de los episodios más impactantes un asistente médico británico concierta con el coronel Preston, el oficial de fugas y la comisión de fugas, que estrategia para abandonar el castillo consistirá en hacerse pasar por un hombre que ha perdido la cabeza, en un caso clínico, para lo que se embarca en esa misión de convertirse en un enfermo mental, una dura estrategia, en la que conseguirá efectivamente que lo repatrien a Gran Bretaña a costa de perder a la postre, la cabeza para siempre, en una interpretación colosal.

Algún detalle del montaje deja ver en alguna ocasión algún micrófono en el techo; imagino que era inevitable en esa época, donde a la celeridad en las grabaciones, se unía la inexistencia de ordenadores como ahora, impedían un filtrado más exhaustivo de las distintas tomas y grabaciones.

La serie no podía, por lógica, tener una emisión ilimitada, porque sería prostituir las historias reales que se sucedieron en Colditz, y como no podía ser de otro modo, concluye con la ansiada liberación del castillo, anticipada en los capítulos previos con las noticias que de forma clandestina van consiguiendo los prisioneros con radios escondidas, y con el sonido de aviones aliados y bombardeos cerca de su sede.

Por cierto que aunque no es un éxito en sí de esta serie, existe un juego de mesa tipo rol que lleva el mismo título, y que consiste en avituallarse de equipos humanos y materiales de fuga, el objetivo del juego. Del mismo modo, este juego también tiene su versión de ordenador, tipo aventura gráfica.

1 comentario:

sofia martínez dijo...

Muy entretenida y cautivadora. Sin duda fue una serie bastante buena en su tiempo sin embargo es muy difícil de conseguir.