viernes, 26 de septiembre de 2014

EUSTAQUIO MORCILLÓN Y BABALÍ, UNA PEQUEÑA EVASIÓN PARA LA INFANCIA DE LA POSGUERRA

Sigo cubriendo etapas u objetivos, y voy plasmando mis particulares éxitos en este blog; sí porque en este espacio tan ilimitado como es Internet, en el que tiene presencia esta página, gratuita al hacerla y al recibirla, sin entrar en el gasto de conexiones, voy logrando encontrar algo que experimenté en el pasado, alguna película, serie de televisión, personaje..., tampoco es que consiga hallar todo, pero quizá con el tiempo.

Pues sí, sin la existencia de Internet a lo mejor estaría más tranquilo pero menos estimulado, y lo cierto es que aunque cuando comenzó a despuntar el uso generalizado de esta gran Red, ya se decía que por una parte, lo que no está en Internet no existe y, por otra, que si no lo has encontrado es que no has buscado bien, realmente estos dos asertos no son ciertos del todo, es verdad que en Internet está casi todo, pero aun así, no todo es gratis, hay contenidos que hay que pagar y, por tanto, no garantiza el acceso global; aparte de ello, hay que decir que multitud de contenidos inéditos se hallan, por ejemplo, en las miles de bibliotecas que hay en el mundo y que, entre otros motivos, por una razón logística, es inabordable su escaneado.

Bueno, pues sin enrollarme más mi último éxito llevaba en mi mente como propósito desde hace un tiempo, a ver, las premisas eran la de un tebeo muy antiguo en el que una especie de explorador de raza blanca estaba en África y se dedicaba a cazar fieras salvajes, ayudado por un colaborador de raza negra, y este último se refería al primero como «amito mosilón». Lo cierto es que en mis primeros intentos fracasé estrepitosamente porque, en realidad, mi memoria me decía que lo que el negrito decía era «amito motilón», es decir, que variaba en una letra, una letra de diferencia que me impedía completar mi objetivo. Fui a la tremenda y ya directamente colocaba en el buscador de turno, definitivamente yo casi siempre busco en Google, el argumento del tebeo, y ya di con la tecla.

Efectivamente, se trataba de Eustaquio Morcillón y Babalí, aquella historieta me traía buenísimos recuerdos, porque mis padres en un sábado de compras en Úbeda me habían comprado un tebeo con bastantes páginas dedicadas a estos personajes, en una lectura que la rememoro como enormemente grata.

La historieta nacida de la mano del dibujante menorquín Marino Benejam (siempre firmaba como Benejam y así era conocido), hay que encuadrarla en el momento histórico en que se creó, en torno a 1946, y en ese escenario de posguerra, probablemente había que desactivar todo lo vivido o lo que se vivía en España, tratando asuntos banales, nada polémicos ni politizados (ya estaba la censura ahí para cortar) o que transportaran al lector a otros mundos que lo hicieran imaginar por un momento que leyendo aquello podían pensar que su vida no era tan mala. Algo más de veinte años estuvo esta historieta funcionando de la mano de la revista TBO, coincidiendo con los años de esplendor de esta y de las historietas en general, que fueron decayendo con el tiempo, y que hoy sólo sobreviven contra el viento y la marea de los muchos recursos de que disponen nuestros niños y jóvenes.

Quien haya podido acercarse a las páginas de estos personajes tal vez quiera buscarle las vueltas a Eustaquio Morcillón como el blanco que oprime al negro, o que el negrito es el pobre, salvaje y sin educación, y el blanco el listo, poderoso y civilizado. Como he dicho antes, debemos analizar esto con la concepción de una época pretérita y muy diferente a la actual, aunque apenas haya pasado poco más de medio siglo. En la figura de Eustaquio, cuyo apellido es congruente con su oronda figura, no hay más que una posición de superioridad que es la que dicta la edad. Así, el señor Morcillón se comporta con Babalí como un ascendiente, un padre o un tío que vela por su hijo y que riñe cuando tiene que hacerlo pero también lo protege; hay evidentes muestras de cariño paterno, y filial también, en sus viñetas. Por cierto, Morcillón se define como un valiente, aunque se mete en líos, y Babalí es el cobarde que saca no pocas veces la valentía de donde no la tiene para ayudar a desentrañar esos enredos en los que se mete su amigo.

Tal vez llame más la atención el fundamento principal de sus aventuras, el hecho de que esta pareja se dedique a cazar a animales salvajes para mandarlos a zoológicos de Europa, a veces las trampas no resultan y las peripecias por las que transitan les conducen a matar a esos animales para defenderse, para proporcionarse alimento o para simplemente conseguir un prestigioso trofeo. La muerte y el sacrificio están presentes, y eso hoy no estaría bien visto, aunque evidentemente todo fuera una ficción.

Por cierto que la historieta estaba hecha al alimón entre Benejam que dibujaba y Joaquim Buigas (el que fuera director y alma mater de TBO durante muchos años) que hacía los guiones. Desde esta perspectiva hay que señalar que es una historieta en la que se da mucha importancia al texto, al diálogo, que ocupa una buena parte de los espacios de las viñetas y, en este sentido, hay opiniones que coinciden en señalar que esta dinámica hacía que el dibujo se supeditara al texto y le hacía perder vistosidad o entrar en demasiados detalles, con lo que se desperdiciaba el talento de Benejam por el valor textual de las historias. Y hablar de coartar la pluma de Benejam, uno de los dibujantes de cabecera de TBO (es el autor de «La familia Ulises»), por aquello de que el fin justifica los medios, no era cuestión gratuita.

Del mismo modo, también correspondía a su ingenio, seguramente también con la colaboración de su inseparable Buigas, el hecho de que nuestro explorador Eustaquio Morcillón se valiera de infinidad de ingenios y trampas ad hoc para sus propósitos, un poco estrafalarios, que tenían su aquel y que, pensándolo fríamente, no dudo que alguna pudiera funcionar de verdad.

Esa serie de ingenios tenían relación exacta con uno de las secciones con más predicamento de la revista TBO, como era «Los grandes inventos de TBO», al parecer había más de un perito mecánico en la redacción de TBO que también contribuía a la causa, lo que sí que es cierto es que aquellos prototipos hacían sonreír a mucha gente, y es uno de los recuerdos más entrañables que tengo de aquella revista, que pese a que no sea concretamente de mi época, conseguí muchos ejemplares de niño, los cuales devoré con ansia.

Aquel TBO, los Benejam, Buigas y otros muchos ya no están entre nosotros, con escaso reconocimiento póstumo, fagocitados bien es cierto por sus propios personajes, pero que tendrán, para todos, el grato honor de haber elevado el ánimo de niños y no tan niños a lo largo de varias décadas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo recuerdo leer de los ejemplares de mi padre y la parte que más me gustaba era : Los grandes inventos del TBO del profesor Franz de Copenhague. El más singular personaje del cómic de humor. Nunca protagonizó una historieta, una tira cómica, ni siquiera un chiste; su presencia gráfica se redujo a la icónica, encabezando la sección atribuida a él.