domingo, 11 de enero de 2015

"MACHUCA", DE ANDRÉS WOOD

Asomarse al cine sudamericano contemporáneo es como enfrentarse a un torrente de aire fresco que inunda tu rostro, que te conmueve y que te obliga a cabecear. Buena parte de la cinematografía actual en Sudamérica tiene mucha carga social y bastante cercanía con el cine europeo, carente de la espectacularidad del cine estadounidense pero con más profundidad y argumentos muy elaborados.

No será Machuca quizá, la mejor película chilena de la historia pero si tenemos interés por saber, de algún modo, cómo se vivió el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y la muerte de este en septiembre de 1973, esta es una cinta que nos ayudará a refrescar nuestra memoria y a entender cómo se vivieron aquellos momentos convulsos en la calle. Derrocamiento, cabe recordar, que fue trágico, como consecuencia de un golpe de estado y que devino en una radical dictadura de derechas, muy al uso en la Sudamérica de los años 60, 70 y 80.

Esta producción chilena que tiene como cabeza visible a su director Andrés Wood, aunque el guión es un trabajo coral al que se añaden Eliseo Altunaga, Mamoun Hassan y Roberto Brodsky, nos traslada a aquel país, caótico en 1973, que vive una manifiesta fractura social, el gobierno socialista de Allende se sustenta en una mayoría popular proveniente de las clases más bajas y deprimidas de la sociedad, mientras que las clases medias y altas se oponen a este régimen que está llevando al colapso económico del país, con una inflación galopante y un creciente desabastecimiento de productos básicos.

Así las cosas nos adentramos en un colegio católico, el Saint Patricks, en Santiago de Chile, adonde acuden niños de familias acomodadas, limpios, guapitos, bien uniformados, con rasgos europeos, y el rector del colegio, el padre McEnroe, en un gesto que se supone de solidaridad y de cierta afinidad con el socialismo, se presenta un buen día con un grupo de niños de baja extracción social, con objeto de integrarlos en el mismo; esos niños llevan ropas raídas y tienen rasgos indígenas.

Esa fractura social en la calle se traslada al colegio, un colegio de pago, donde la mayoría de niños no ve con buenos ojos la presencia de los nuevos, que están fuera de sitio. A contracorriente surge la amistad entre el niño rico Gonzalo Infante, rubio casi escandinavo, y el niño pobre Pedro Machuca, de tez morena; la primera diferenciación ya nos la ofrecen sus apellidos, uno más pomposo, el otro más vulgar; sería en España como comparar Istúriz con Pérez, dónde va a parar.

Lo cierto es que ambos se hacen buenos amigos, porque el mundo de los niños es más sencillo que el de los mayores, y Gonzalo accede a la sociedad de Pedro y viceversa. A través de cada niño conocemos a cada familia, sus problemas, sus vivencias, sus mensajes...

La familia de Gonzalo vive en un barrio noble, el padre tiene un buen trabajo, no les falta de nada, tienen hasta chacha, y por si fuera poco, cuando hay desabastecimiento consiguen lo que necesitan en el mercado negro con cierta facilidad. La madre es muy derechas y algo libertina, el padre parece más socialista pero no es acérrimo y pasa algo de la situación.

La familia de Pedro está desestructurada, vive en un barrio chabolista y sobrevive con el trapicheo, y con las ayudas sociales. No obstante, parece haber más amor y unión, e incluso educación, en esta familia que en la de Gonzalo, lo poco que tienen lo dan.

Ambos personajes pasearán por el mundo del otro con su mirada infantil e inocente, aunque sin apartarse del presente, saben qué se cuece, saben quiénes son, y lo sabrán y mucho. Incluso Gonzalo conocerá a una chica, Silvana, que le ofrece una visión de la realidad diferente, más pura, más auténtica. En sus vidas, todos se acercarán al amor, a la incomprensión y al desprecio, no obstante, cuando quieran trascender ya será demasiado tarde, cada uno tendrá que volver a su mundo. El golpe de estado los separa definitivamente, Pedro no querrá y para Gonzalo es su tabla de salvación, y Silvana..., hay que ver la película.

El golpe de estado militar viene a restaurar el orden económico, eso parece que lo consiguieron, pero a un coste terrible: purgas, intervención en todos los estamentos públicos, privados y religiosos, enquistando la fractura social...

Es curioso como el padre McEnroe sucumbe a ese intervencionismo del nuevo poder y abandona el colegio no sin antes mandar el mensaje a este poder y al nuevo clero impuesto de que Dios ya no reside allí. De hecho, la película tiene una base argumental real y es la del padre Gerardo Whelan que inspiró este guión, pues fue obligado a abandonar su institución educativa en 1973 (el Saint George), y que impulsó la estrategia de integrar en sus colegios a niños de estratos sociales deprimidos.

Posiblemente se hayan hecho muchos documentales y tal vez películas sobre lo ocurrido en Chile en 1973, pero esta llega en el momento justo, en 2004, unos veinte años después, ya no está Pinochet, y aunque hay heridas abiertas, han cicatrizado bastante. Ya fue posible, pues, hacer la película porque para ello el director necesitaba «tomar» las calles y utilizar símbolos que unos años antes hubiera sido imposible rescatar.

Se percibe que es una película con un generoso presupuesto, se nota en los escenarios utilizados, la ambientación y vestuario, los decorados a gran escala y el importante número de extras que se utilizó. Con esto y con el punto de partida real, la existencia de un religioso integrador en un colegio católico, hacen que esta producción sin ser creíble del todo, sí que es muy convincente. También muy entretenida, pues aunque hay algunos tramos donde la trama pierde alguna fuerza, la historia de los niños sí que engancha.

También tiene mucha fuerza la música, una banda sonora genial de José Miguel Miranda y José Miguel Miranda, le da el acento de emoción a las escenas más impactantes de este largometraje.

Mi calificación es de notable alto, pero voy a poner algunas peguitas, la primera es la incorporación al elenco de actores de Federico Luppi, de hecho, en los títulos de crédito se indica su «colaboración especial», algo que curiosamente se propaga en los últimos años en otras películas sudamericanas y, sobre todo, españolas. ¿Está sobrevalorado Luppi? A lo mejor, desde luego aquí sí. El papel de Luppi en esta película es absolutamente prescindible, haciendo un papel bastante imbécil y no creo que él esté muy contento con ello, sale apenas cinco minutos o menos, y no dirá más de cien palabras, lo podría haber hecho cualquiera. Con sinceridad es una pequeña ida de olla de los productores para darle caché a la película, sin ningún sentido. Es como anunciar que Cristiano Ronaldo va a jugar un partido benéfico y los ponemos de recogepelotas.

Lo siguiente no es que sea tanto una pega, sino un bofetón de realismo; a ver, no es fácil seguir el chileno coloquial, con una pronunciación tan peculiar, tan cerrada, es como un andaluz pero con menos vocalización, imagino que así lo quiso el director, el realismo ante todo, pero hay frases completas en no pocas escenas que uno pierde, aunque no pierde el contenido en el contexto, y eso que tengo amigos chilenos y he estado acostumbrado a ese acento. Quien piense que el español de Argentina es cerrado, puede ver esta película y hacer un ejercicio de observación bastante asombroso.

En definitiva, una película de temática social que conmueve, es de niños pero no para niños; interesante para verla y después leer algo sobre la historia contemporánea de Chile.

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