sábado, 3 de enero de 2015

SOBRE EL USO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS EN EL DEPORTE Y PARTICULARMENTE EN EL FÚTBOL

Nos encontramos en la final de los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y tras la llegada tan apretadísima entre Usain Bolt y su compatriota Asafa Powell, un grupo de jueces, a simple vista, dan como ganador a Bolt, sí, sí, a simple vista, ¿cómo se nos quedaría el cuerpo? O sea que todo quedaría reducido al ámbito subjetivo de esos jueces que en una milésima de segundo han debido tomar tan arbitraria decisión que a buen seguro deja perplejos a todos, cuando paralelamente todos hemos podido ver por televisión que la repetición los deja en mal lugar y que el auténtico ganador es Powell.

En realidad este sería un escenario irreal dado que por fortuna hace muchos años que está implantada la foto finish, y aquí no hay posibilidad de valoración subjetiva por parte de los jueces.

Lo curioso del asunto es que ese grado de subjetividad que deploraríamos en el atletismo conforme al ejemplo que he puesto, sigue a la orden del día en algunos deportes que se resisten a dar el salto a las nuevas tecnologías.

No por obvia la necesidad de las nuevas tecnologías en el arbitraje del deporte, sigue siendo lejana, pero aunque esto sea un brindis al sol, creo sinceramente sí o sí que más pronto que tarde los deportes que no se ayudan de las tecnologías para arbitrar y para tomar decisiones más justas, tendrán que hacerlo. No tiene ningún sentido que existiendo los medios adecuados, un torneo o campeonato importante tenga que venir mediatizado y decidido por el criterio de un juez humano, imperfecto.

Es más, no entiendo cómo en este mundo absolutamente tecnológico, donde todos los deportistas cuentan con mecanismos informáticos para mejorar sus rendimientos, para alimentarse, para curar lesiones o prevenirlas, al final tengan que cifrar sus éxitos o fracasos, a veces se trata de una estrechísima línea, en la interpretación, criterio o voluntad de un tercero.

Y no olvidemos que en los deportes de élite, los profesionales, se mueven cantidades ingentes de dinero, en publicidad, patrocinios; cantidades nada desdeñables, que como comentan algunos economistas pueden tener su impacto en la economía global de un país. De hecho, la consecución de una Copa del Mundo del fútbol tiene un efecto multiplicador muy positivo en la economía de los países que la consiguen, así pasó en España hace cuatro años, aunque estábamos por entonces metidos de lleno en el pozo más profundo de esta crisis que atemperó ese efecto.

Probablemente el fútbol sea, paradójicamente, el que más dinero tiene, el deporte más global, el que más podría invertir en tecnología específica perfecta y, en contraposición, el que capitanea con más fervor que todo se debe dejar al criterio de los jueces de turno.

La realidad me da la razón, o nos la da, a todos los que defendemos el uso de las nuevas tecnologías en colaboración con los jueces de campo. No puede ser más injusto que el esfuerzo de los deportistas, el dinero invertido en ellos y el que ellos mismos generan, o la economía de sus países, tengan que depender y han dependido de una subjetiva decisión.

No sé qué habría pasado si aquel gol de Míchel a Brasil en México 86 lo da por bueno el australiano Bambridge, que lo fue; o si habríamos podido ganar el Mundial en EE. UU. 94 si el árbitro del partido contra Italia expulsa a Tassotti a Luis Enrique y pita penalti, o el sistemático robo que le hicieron a España en el Mundial de Corea – Japón 2002 cuando en los cuartos contra Corea del Sur, nos birlaron dos goles legalísimos que se «comió» el ínclito Al Ghandour.

Los defensores de la tradición utilizan una defensa muy endeble basada en la necesidad de que no se rearbitre, de que cualquier uso de estas nuevas tecnologías implicaría que el partido se tuviera que parar con lo que el choque se enfriaría. Es verdaderamente una tontería, desde luego en el fútbol lo es, porque en un encuentro de fútbol el balón permanece tanto tiempo en juego como parado: lesiones, cambios, faltas (a veces desde la zancadilla al borde del área, con el bote de espray, la colocación de la barrera, las protestas y eventuales tarjetas, y el lanzamiento real de la falta pueden transcurrir más de dos minutos) hacen que este deporte sea de los menos fluidos y con más interrupciones de todos. Por otro lado, esos puristas piensan que se perdería la esencia del fútbol al introducir un factor no humano.

Pero dicho esto, qué ocurre en otros deportes donde la introducción de instrumentos colaborativos del arbitraje ya está implantada, ¿son realmente un engorro?, ¿se pierde frescura y esencia?, ¿aburren, hacen perder tiempo? Para empezar incorporan muchas dosis de justicia, es cierto que interrumpen la acción, pero se intenta optimizar al máximo ese parón para resolver, en función de esa nueva tecnología, en el menor espacio de tiempo posible, pero además, en contra de lo que pudiera parecer aportan un inesperado punto de emoción.

Veamos algunos ejemplos, el más conocido sea tal vez «el ojo de halcón» en el tenis; tiene sus limitaciones por set, y los jugadores no abusan de él, pero cuando hacen uso del mismo, la emoción llega a las gradas y a los telespectadores, y sea cual sea el resultado siempre se escapan unas palmas o un lamento; forma parte del espectáculo y lo acentúa. Además, es una tecnología diseñada a la perfección, sin error, y es un complemento idóneo, dada esa limitación de uso, para la vista del árbitro principal y los jueces de línea.

Hay otros deportes de equipo donde se hace uso del denominado «vídeo umpire», por ejemplo en el hockey sobre hierba o el rugby, se trata de una suerte de repetición de una jugada conflictiva a petición del árbitro o de los equipos, que es examinada con rapidez por un equipo de jueces que cuentan con el equipo informático adecuado y que dirime con justicia qué es lo que realmente ha ocurrido, si ha habido ensayo, penalti, gol, o lo que sea.

Desde luego en los deportes individuales las tecnologías no es que colaboren con los jueces, sino que es que son parte intrínseca de su trabajo, especialmente en aquellos que dependen de juicios de valor como la gimnasia artística o rítmica, los saltos de trampolín o el patinaje sobre hielo, en este sentido, se minimiza el error humano y la subjetividad. También en otros deportes individuales se toman decisiones a posteriori tras ver los vídeos y permite que los resultados finales sean ciertamente justos, le pese a quien le pese.

Hay deportes, aparte del fútbol, que se resisten a estos avances, en el baloncesto se tiene en cuenta para la última jugada, pero no estaría mal ampliar el espectro; en balonmano haría falta algo, porque está un poco desfasadillo (el hándicap principal de uno de mis deportes favoritos es que no existe tiempo de posesión, salvo hasta que el árbitro considere que se lleva un cierto rato atacando y entonces se pita juego pasivo, algo demasiado subjetivo), en waterpolo o voleibol creo que no hay nada y un ojo de halcón no sería complicado de implantar.

En el fútbol quiero recordar que fue en el Mundial pasado de Brasil, cuando se introdujo una especie de ojo de halcón para minimizar la emersión del tan traído y llevado «gol fantasma», pero no es suficiente. La necesidad de uso de esas tecnologías adaptadas tanto al fútbol como a otros deportes, va a ser una realidad tarde o temprano, siempre como complemento de la labor arbitral, y siempre con una limitación en su uso, para que el partido efectivamente no tenga que estar permanentemente parado.

Por supuesto, no trato de hacer una crítica a jueces y árbitros de los diferentes deportes, es más, hay una caterva de comunicadores, también antiguos árbitros, que se dedican a examinar en vídeo las jugadas conflictivas desde su sillón, tranquilamente, después de haber visto las repeticiones tropecientas veces. Mientras el árbitro no tenga mala fe, sus errores humanos tienen que ser perdonables, porque el ser humano es imperfecto, y no hay nadie que no haya tenido un borrón en su vida. Curiosamente estoy leyendo un libro, del que daré próxima cuenta en este blog, que entre otros detalles, manifiesta la escasa definición del ojo humano, por supuesto, inferior a la de cualquier teléfono móvil, y que es el cerebro el que se encarga de complementar a la visión creando volúmenes, formas, espacios, a veces incluso irreales, pero que nos ayudan a entender al mundo. Eso se circunscribe a los estudios que se han hecho acerca de los mayúsculos errores que los jueces de línea tienen en los partidos de fútbol, ¿por qué en las repeticiones vemos siempre cómo levantan el banderín con unas décimas de segundo después de que se haya producido la posición ilícita? Sencillamente porque entre la visión de la jugada, el procesamiento de la misma en la mente, la toma de decisión y el mandato de que el brazo se levante, nos encontramos con una sucesión de actividades complejas en nuestro cerebro, que no se resuelven, pese a la increíble capacidad de ese órgano, de forma instantánea. Y encima de todo esto, queremos que el árbitro no se equivoque, pero es que está limitado por su condición humana, cualquier no profesional que los critica abiertamente, lo haría mucho peor.

En fin, dejemos la subjetividad y el libre albedrío a los deportistas, el fallo y el error para esos protagonistas, pero lo que puede ser perfecto y aportar justicia a un resultado deportivo sin minorar el espectáculo, y con la existencia obligada del juez humano, pues hemos de acogerlo con la misma naturalidad con la que utilizamos esos medios en la vida diaria.

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