sábado, 13 de junio de 2015

"ARRIBA Y ABAJO", UNA SERIE IMPRESCINDIBLE Y DE ENORME VALOR HISTÓRICO

Imagino que habrá un montón de listas en las que esta serie aparezca como una de las mejores, más importantes, e incluso influyentes de la historia de la televisión, para otros quizá no. En mi opinión, más allá de su indudable calidad artística, sin duda esta es una de las diez series clásicas en la historia de la televisión que yo recomendaría ver, una producción imprescindible para entender la evolución de las series televisivas.

Pues eso, una clásica entre las clásicas, que no pierde ni un ápice de valor por mucho que el tiempo transcurra, y es que a muchos les sonara o habrán visionado en alguna ocasión algún episodio de esta grandiosa serie británica, que como su propio título indica, trata acerca de las aventuras y desventuras de una familia de clase alta en Londres del primer tercio del siglo XX (los de «Arriba»), y sus sirvientes (los de «Abajo»).

Como no podía ser de otro modo, pese a que ambos grupos tenían vidas e intereses muy distintos, no es menos cierto que sus vicisitudes en no pocas ocasiones les hacían unirse, convivir con alegrías, desgracias, eventos, crisis y todos los avatares de unos convulsos años. Y es que, a todo esto, no sólo tiene la serie un gran valor dramático sino que goza de un manifiesto bagaje histórico que la hace aún más potente de cara a mostrar a nuestras generaciones una forma de vivir de aquella Inglaterra y, de paso, los acontecimientos históricos más relevantes de aquella época (de 1908 a 1930): la 1ª Guerra Mundial, el ascenso de los laboristas, el hundimiento del Titanic, las huelgas, la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929.

En la parte de arriba se tratan asuntos trascendentales: política, economía, negocios, viajes..., y en la parte de abajo se tratan asuntos, tal vez más mundanos, pero trascendentes para ellos también, tales como los movimientos obreros, los chismes, el precio de los productos y, de igual modo, la política aunque con sus matices.

Sorprende después del visionado de la serie que la gente de abajo, se sometía a sus patronos en una especie de esclavitud moderna, con un servilismo y fidelidad sin límites, en determinados momentos, con un arrastramiento tan indigno que daba la impresión de que los jefes eran dioses, incapaces de cometer errores, aun cuando eso fuera en contra de la voluntad y los intereses de la servidumbre.

Como contrapunto a ese servilismo exagerado, también es cierto que vivir en la planta baja de una casa aristocrática implicaba un estatus de protección que casi compensaba esa pérdida de personalidad e independencia, algo que se constata en los escasos ratos libres que tienen o el ingente trabajo que supone una mansión en el centro de Londres, concretamente en Eaton Place, uno de las calles más exclusivas del distinguido barrio de Belgravia.

También tenía su positiva contraprestación, el hecho de que los de abajo estuvieran todo el día en la mansión, casi sin margen de maniobra ni de libertad, hacía que estuvieran muy unidos (el roce hace el cariño) y eran realmente como una familia, comandada por los dos cargos más relevantes del servicio en dicha casa, el correctísimo e impertérrito mayordomo Angus Hudson (Gordon Jackson) y la algo huraña pero entrañable a la vez cocinera Sra. Bridges (Angela Baddeley). Sus «hijos», algunos permanentes y otros que entran y salen de la serie en las cinco temporadas de la serie, son como personajes más relevantes, el de la tierna ama de llaves Rose (Jean Marsh), la torpe pinche de cocina Ruby (Jenny Tomasin), el chófer Edward (Christopher Beeny) y su esposa, subalterna de la casa, Daisy (Jacqueline Tong).

La manera de articular el guión de la serie hacía que, aunque los personajes de abajo fueran a veces tan arrastrados, tuviéramos que tomar partido por ellos; en realidad, representaban al pueblo, son imperfectos, se hacen eco de lo que sucede arriba y en la calle, son el termómetro de la sociedad, a veces son críticos, y como humanos que son meten la pata.

Los de arriba no es que fueran esos típicos ricos, despiadados con sus súbditos, redichos y estirados; estaban en su lugar, eso es cierto, sabían lo que se esperaba de ellos y trataban a sus subalternos con superioridad, pero también con respeto y educación, salvo momentos críticos.

Al igual que los de abajo, con los de arriba también hay entradas y salidas a lo largo de la serie. El patriarca es Sir Richard Bellamy (David Langton), aristócrata y político conservador. Su esposa Lady Marjorie Bellamy (Rachel Gurney), bella y de porte distinguido, es la verdadera hacendada de la familia, morirá en la tercera temporada en el hundimiento del Titanic. Sir Richard Bellamy contraerá nuevo matrimonio con Virginia Hamilton (Hannah Gordon), correcta y apropiada para el estatus de Sir Bellamy y la familia. Los hijos de esta pareja son Elizabeth (Nicola Pagett), un tanto díscola y casi renegada de su condición social que pronto se trasladará, y desaparecerá en la serie, a Estados Unidos, y James (Simon Williams), veleta de joven y más centrado con la madurez, será militar de alto rango y después dedicado a los negocios, los cuales le costarán la vida. Desde la tercera temporada se incorpora la guapísima Georgina Worsley (Lesley-Anne Down), un prima lejana de la familia, tal vez de manera forzada para sustituir a Elizabeth, y que será la alegría de la casa.

La serie vino a España, a finales de los 70 y continuó también en los comienzos de los 80, unos años después de haberse producido en Inglaterra, en concreto las fechas de grabación fueron entre 1971 y 1975. Y, como he comentado al principio, fue enormemente popular, incluso muy seguida por los niños, porque se entendía muy bien, y los de abajo le daban un tono ameno e incluso humorístico que hacía que la serie enganchara a todos los públicos. Por otro lado, aunque la serie tenía un hilo discursivo que trascendía de capítulo en capítulo, cada uno tenía su independencia, de tal guisa, que te podías perder uno o muchos y ver la serie y comprenderla aunque no hubieras visto lo anterior.

Precisamente tal popularidad me recuerda una simpática vivencia que atesoro desde que era niño, en el cole (sobre 7º u 8º), teníamos un maestro muy avanzado que organizaba bibliotecas en la clase con la siguiente dinámica, cada alumno traía un libro, y a lo largo del curso te podías llevar alguno de esos treinta y cinco o cuarenta libros para leerlo en casa. Había uno de un compañero mío, originario de Teruel, que era de esta serie, editado por la Caja de Ahorros de Aragón, o de la Inmaculada, si no recuerdo mal, y el cual no tuve la oportunidad de pillar durante el curso, porque estaba prestado siempre, así que esperé a que terminara el curso y se lo pedí para leerlo en verano, jamás se lo devolví y creo que debe andar todavía en casa de mis padres, lo siento Eugenio.

La serie cuidaba muchísimo todos los detalles costumbristas, la decoración de la casa, utillaje, mobiliario, rudimentarios útiles y máquinas de la época, la indumentaria del servicio y de los patronos... Esta producción, por cierto, no se prodigaba mucho en exteriores, todo se grababa en estudio, pero cuando había que salir a las calles de Londres, también se esmeraban mucho en buscar espacios abiertos adecuados, con su atrezo propio, con vehículos de época, todo hecho con mucho gusto y con gran rigor histórico.

Se echa mucho de menos en algunas series que el final sea digno de la serie, algo en lo que yo me fijo mucho. Esta serie tiene un final apropiado, de todos los personajes se habla de cuál va a ser su futuro, en principio bueno. La familia Bellamy, herida por la muerte de James, el hijo, (lo ha perdido todo en el «Jueves negro» de la Bolsa neoyorquina), que era el que tenía la herencia y las posesiones más importantes, debe hacer frente a las deudas con la mansión de Eaton Place y lógicamente mudarse a algo más modesto. Hudson y la Sra. Bridges, como si hubieran hecho un pacto no escrito con sus señores de mantener la decencia en la casa, deciden ante los nuevos acontecimientos, casarse e iniciar una nueva vida. La última en irse de la casa es Rose, y con ella se abrirá una especie de secuela de esta serie producida años después, llamada del mismo modo, la cual no he visto, y en la que la propia «Rose» renace con una nueva familia y en unos nuevos tiempos.

Una gran serie, muy didáctica, de la que merece ver algún capítulo para pulsar un poquito la esencia de una obra de arte de la televisión.

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