MI VIEJA MOTORETTA |
En cualquier caso, aunque tuviera unos doce años tampoco vino tardía a decir verdad, porque el modelo que nos compró era ya una bici grande, de modo que valiera para mí, para mi hermano mayor y para mi hermana que venía por detrás de mí, o sea, visión de futuro. Cualquier otra opción prematura, hubiera implicado adquirir alguna bici infantil que más pronto que tarde se nos haría pequeña.
Seguro que si le pregunto a mi padre sostendrá que apenas la utilizamos, o sea, que ni siquiera se llegó a amortizar. Yo puedo afirmar que sí, no fueron muchos años verdaderamente, pero los que estuvo conmigo en aquellas temporadas, a pleno rendimiento, sí que me permitieron hacer muchos kilómetros, le saqué mucho partido.
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LA MÍTICA RABASA DERBI |
También la rememoro por dos razones más, la primera es que no hace mucho vi en Internet a un individuo que subía y bajaba puertos con una bicicleta de estas en plan rompepiernas, porque caber recordar que esas bicicletas no tenían cambio alguno, es decir, un plato y un piñón, y nada de amortiguadores como ahora, más gráfico imposible. La otra razón es que mi Motoretta sigue viva en Begíjar (se muestra en la foto que inicia esta entradilla), arrumbada junto con un montón de trastos. La rueda delantera estaba por allí, me confirmó mi padre, y eso quiere decir que si tuviera un subidón retro alguna vez, el arreglo sería simple, engrasar la cadena, ponerle cable de frenos, cámaras nuevas y ¡a correr!
La estética de aquellas bicicletas contrasta con la actual, entonces eran unas bicis pesadas, con ruedas gorditas, un sillín grande y mullido, y un manillar alto, todo para llevar una postura relativamente cómoda, bastante erguido, al más puro estilo «Verano azul» que obviamente es de mis hierbas. Ya se sabe, las de hoy, las de montaña, son más livianas, ruedas algo más finas pero con un radio mayor, sillín de carreras y estructura que te obliga a doblar más la espalda, algo que afecta sí o sí a tu integridad. Las bicicletas de paseo son las menos en las tiendas especializadas, y prácticamente no ves a nadie con una bici de ese tipo, la bicicleta de montaña se impuso hace ya veinte años y mantiene ese liderazgo, con numerosos avances que cada vez la hacen más ligeras, con más cambios, amortiguación, frenos de disco...
No obstante, la Motoretta pese a su apariencia estética de bici de paseo, en realidad, tenía una acusada deriva hacia el motocross y, de hecho, esa posición erguida te permitía echar hacia atrás el cuerpo y conseguir los célebres caballitos que tanto gustan a niños y jóvenes. Por entonces, había detrás del bloque de enfrente de donde vivía un amplio descampado, en el mismo se sucedían de forma caprichosa promontorios de varias alturas en los que yo hacía mis pinitos y lograba hacer unos saltos muy respetables. Después me «especialicé» en ciclocrós en el mismo lugar y, salvando las distancias, quería emular a esos belgas y holandeses que con su bici de carreras subían y bajaban montañitas y se ponían perdidos de barro. Allí me hice mi propio circuito en el que disfrutaba durante muy buenos ratos en solitario queriendo ser en un futuro una estrella de esa disciplina deportiva en la que España jamás había sido nadie.
Junto con todo esto, alternaba mi amortización de la Motoretta con excursiones fuera del barrio y fuera de Linares, y sin miedo me metía decenas de kilómetros entre pecho y espalda, con la bici tocho, sin cambios ni amortiguadores, casi a la aventura.
Y ocurrió, mis padres no las tenían todas consigo con el asunto de la bicicleta y yo insistía en que sus temores eran infundados, porque yo manejaba bien, pero al final se fundaron, es decir, que me la pegué. Fue un sábado de invierno por la mañana, y la Motoretta que tenía mucha tralla y muchos golpes, andaba con el pedal derecho medio partido. Íbamos un amigo del barrio y yo a Vilches, para el que no lo sepa para subir a Vilches que está en una loma viniendo de Linares, hay una cuesta considerable para llegar con rampas muy serias. A la vuelta el pedal se terminó de romper, y optamos por seguir de forma algo más penosa apoyando mi pie derecho en los apenas dos o tres centímetros de hierro que antes fue pedal y que había quedado vivo y, sobre todo, haciendo el mayor gasto con la pierna izquierda. Pero en una bajada, intentando meterle caña a mi bici-tocho, pues se me escapó el pie derecho del mini trozo de metal y metí el pie en la rueda delantera, la Motoretta saltó por los aires y yo aterricé con todos los morros.
Total, la cara hecha un cristo, lo más significativo es que mis dos incisivos centrales superiores me los había partido, uno de forma horizontal y otro en diagonal, aparte de heridas en manos, brazos y piernas. Pasaron por allí unos con un Land Rover y remolque y echaron atrás las bicicletas (la de mi amigo también) y nos llevaron a Linares. Aparte del susto inicial, mis padres confirmaron lo que nunca querrían que hubiera pasado: «Te lo dije». Me tuvieron que arreglar los dientes cuando terminé de crecer y seguro que mis padres se gastaron el dinero de tres Motorettas y a fuer de sincero que desembolsaron una buena suma, porque el dentista que me arregló la boca en Úbeda me estuvo mandando cartas a mi casa durante muchos años en el día de mi cumpleaños. Hizo un buen trabajo y, de hecho, mis incisivos de arriba antes eran más grandes, era algo dentón, y me los apañó estéticamente.
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LA MOTORETTA 2 |
Por cierto, una curiosidad más de la Motoretta 1, el sillín, propio de un ciclomotor, era en realidad muy similar al de su hermano mayor y, de hecho, en la parte trasera de este sillín se leía Mobylette, y es que este ciclomotor con licencia francesa se fabricaba en G.A.C. desde los años 60, un clásico entre los clásicos que forma parte de la historia y el costumbrismo de nuestro país en la segunda mitad del siglo XX.
Ahorraría después y con 24 años sucumbiría y me compré una bici de montaña que le saqué más partido si cabe que a la anterior. Una bici de marca estadounidense, aunque seguramente hecha en China. También me hacía muchas rutas en solitario por ahí. Fueron muchos años de ciclismo aficionado, carretera, montaña, caminos... Del mismo modo que con la vetusta Motoretta, tuve un golpe relativamente gordo con ella, iba por un camino a las afueras de Linares y bajaba una pendiente pronunciada, el camino era estrecho, y al girar en una curva y a buena velocidad que iba, me encontré un Mercedes verde que ocupaba todo el ancho del camino, no me dio tiempo a nada, sólo a lanzarme a la cuneta para no estrellarme contra el coche. Consecuencia, magulladuras por todo el cuerpo y rotura del metacarpiano del pulgar de la mano izquierda.
MI ACTUAL ORBEA |
Sin duda, puedo decir que el deporte al que más horas he dedicado en mi vida ha sido al atletismo, a correr, aunque por número de kilómetros seguro que he recorrido más con la bicicleta por obvias razones, y bueno, mucha parte de culpa la tuvo aquella Motoretta tan chula que hoy habita, un tanto descuidada y olvidada, en el desván de un pueblito de la provincia de Jaén.
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