sábado, 15 de agosto de 2015

LAS REDES SOCIALES Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS AL MAL SERVICIO DEL IDIOMA ESPAÑOL

Intento ser bastante respetuoso con este idioma que me enseñaron mis padres y los diferentes maestros y maestras que tuve a lo largo de mi vida, un proceso de enseñanza que yo diría que está vivo y que se mantendrá mientras esté en este mundo; los que me conocen saben lo celoso que soy con este asunto y los rebotes que a veces pillo con esto.

Ya hace años escribí en esta bitácora acerca de este asunto y criticaba a los medios de comunicación por ensuciar el idioma con faltas de ortografía y expresiones que denotaban escasa rigurosidad en sus producciones. Lamentablemente esto se mantiene y de vez en vez te explota en los ojos cualquier gazapo o pifia que pone de relieve que no hay visos de solución, la cual vendría con algo tan simple como disponer de personas, en el mismo seno de las empresas dedicadas a comunicar (televisión, prensa, radio...) que se dedicaran a la corrección anticipada de lo que se va a difundir, ni siquiera sería necesario aumentar las plantillas.

Pero nada, todo sigue igual, la semana pasada vi este titular en el ABC que abre esta entrada, versión digital, en el que aparecía la palabra «discursión», algo que realmente quemaba la vista. Al poco rato, alguien lo advirtió y lo modificó con celeridad, aunque actualmente cualquier puede acceder a la web finanzas.com que lo mantiene a día de hoy. Pensé rápidamente que debiera haber sido algún becario o becaria de estos veraniegos a los que se les da demasiada manga ancha, tal vez pensando que es una época en la que todo se puede relajar. También he escuchado otros becarios en espacios radiofónicos y parecen salidos de primaria más que de la universidad, muy triste.

El otro día fui a la farmacia donde trabaja una cuñada mía y había una promoción no recuerdo muy bien de qué, en un cartel sacado de la impresora (típica hoja A4 en formato apaisado y con esa odiosa letra Comic Sans), ponía «escoje» o «recoje». Se lo dije a mi cuñada, que no había sido la autora, y me señaló que nadie se había dado cuenta hasta ese momento. Yo le dije que no sólo lo había advertido sino que además me hacía daño a la vista.

La informática y después las redes sociales han surgido para hacernos la vida más rápida y placentera, pero también tienen sus perjuicios no suficientemente mesurados. Si el que perpetró el cartel de la farmacia hubiera vivido hace 50 años no habría tenido la facilidad actual para hacer el anuncio de una promoción, ni tan bonito como ahora, ni mucho menos con la comodidad de sacar en cualquier momento las copias que desea.

Tal facilidad es la que opera en esa manía tan cutre que ha proliferado desde hace no menos un lustro en las farolas y semáforos de nuestras ciudades de anunciar la boda de los amigos con fotos con poses o indumentarias desafortunadas y con una manifiesta colección de faltas de ortografía y/o sintaxis. A buen seguro que muchos de los actores, son telespectadores de esos Sálvame de Telecinco que tiene audiencia mayoritaria en cualquier tarde del año, ¡qué país! No es baladí decir, pues, que así nos va.

Hoy tiene ordenador todo el mundo y las impresoras son baratísimas, lo son tanto que casi son de usar y tirar pues en muchas de ellas la reposición de los cartuchos cuesta como una nueva. Así que hoy hace carteles todo el mundo y para cualquier cosa, con lo que a más facilidad de difusión más oportunidad hay para que uno exponga sus miserias educativas y le dé sucesivas patadas al diccionario; aunque bien es cierto que observo que a mucha gente, no voy a decir la mayoría, le da lo mismo esto.

El pujante fenómeno de las redes sociales es también una oportunidad de mostrar no sólo nuestra vida privada, nuestros gustos y el compartir las chorradas que nos mandan, sino nuestro pulso con el lenguaje, en una batalla donde el que sale casi siempre malparado es el idioma español.

A esto hemos de unir el elemento que más ha contribuido a democratizar el mundo en el siglo XXI, el teléfono móvil. No, ya no es el ordenador, que hace una década era el sueño de cualquier familia española fuera de la clase social que fuera, promociones y ofertas por todos lados, hasta la Junta de Andalucía regalaba uno a todo el alumnado matriculado de 5º de Primaria si no recuerdo mal (ahora ya no, vino la crisis y ahora es menos importante que antes). Desde que la telefonía móvil quedó implantada definitivamente en nuestras vidas, el móvil comenzó a perfeccionarse de cara a ese mercado casi infinito. De hecho, ha crecido exponencialmente en sus prestaciones manteniendo un precio asequible, cuando no te lo regalan en cualquier promoción. Las compañías de telefonía se han convertido en las mayores alimañas comerciales del planeta y su poder es inmenso, más allá de tener una tropa de teleoperadores cansinos que te asaltan sin piedad a cualquier hora del día y cualquier día de la semana. Esas prestaciones son un bocado apetecible de tal cariz que no eres nadie si no tienes un móvil con acceso a Internet, o con posibilidad de acceso Wifi (que ya hay muchos puntos gratuitos) y con la aplicación WhatsApp; y que me perdone quien se sienta ofendido, aunque no tengas para comer y tengas que ir a Bienestar Social a pedir ayuda.

Y dicho esto con la aplicación WhatsApp, que absurdamente ha desplazado a la llamada de teléfono de toda la vida, con el Facebook o con el Twitter, por este orden en cuanto al número de usuarios, tu exposición al lenguaje también ha crecido, pero como la mayoría de la gente ha vuelto a escribir (y a leer) después de mucho tiempo, pues lo que sembraste en el pasado da ahora sus frutos, sus patéticos frutos en muchos casos. El examen al que te enfrentas diariamente no es moco de pavo, mucha gente le tiene tal cariño al WhatsApp y a las redes sociales que el teclado del móvil hierve, y deja una mancha indeleble en la «nube» de todo lo que escribes.

A través de las redes sociales se suceden diálogos de besugos, auténticos combates para ver quién comete más faltas de ortografía en menor número de renglones. Precisamente del perfil de personas que suelen enviar o difundir esas cadenas tontunas que te prometen toda suerte de éxitos si las sigues y toda una vida de calamidades si las cortas. Apenas las suelo leer, pero si encima llevan faltas de ortografía las mando con celeridad a las cloacas más profundas de la papelera de reciclaje.

Difícil solución tiene esto, por no decir imposible, pero tampoco es cuestión de que a los/as chonis del barrio marginal de cada ciudad les exijas que escriban con la escrupulosidad de Lope de Vega, pero hay otros a los que sí les debiéramos exigir mayor rigor, especialmente personajes públicos o personas que son profesionales de la educación, o sea, los que enseñan las reglas del idioma a nuestros hijos.

Ahora que estamos en época estival, repaso con mi hijo algo de lenguaje y matemáticas, para que ni se acostumbre a vaguear ni se le olvide lo que tiene «aprehendido». Una de las tareas que nos han recomendado es la de la lectura comprensiva a través de unos textos que bajamos de Internet, concretamente de la página cuadernosdigitalesvindel.com. Los textos tienen unas aberrantes y monstruosas faltas de ortografía, por ejemplo, un «porque» de una respuesta va separado, tildes que faltan, ayer al pobre Juan Eslava Galán le cambiaron el apellido de su padre y se lo pusieron con b. Un despropósito detrás de otro.

Y no es casualidad, todo lo que se aleja de los libros de texto, que ortográfica y sintácticamente están bien, aunque a veces encuentro frases ambiguas, ya comienza a tambalearse, cualquier otro material externo, generalmente sacado de Internet, deja mucho que desear.

De todas maneras, lo de la educación en este país es como para escribir un libro y seguramente en varios tomos. Nuestras mentes pensantes (políticas) no se conforman con cambiar las leyes educativas en cuanto derrocan al gobernante del signo contrario, sino que se han empeñado en que los planes curriculares, que tiene bemoles la palabreja, sean absurdos. Se sigue dando una importancia extrema a la caligrafía más que al contenido. En las matemáticas se pierde el tiempo en innecesarios e inexplicables ábacos pintados. Y en conocimiento del medio pues conocen más el río Guadalquivir, por no decir el mismo arroyo que pasa por delante de sus casas o a Juan Eslava Galán más que el Nilo o Cervantes, es que es muy importante saber lo que está más cerca de ti.

Y no entremos a valorar, o sí, a los que no saben ni escribir su propio nombre y apellidos, algo demencial. Por mi trabajo suelo recibir a mucha gente y observas que hay personas que tienen en el DNI un nombre, en el Padrón varían una letra o dos, en el INEM también difiere..., sin la más mínima preocupación. Y una anécdota de hace unos días y no es la primera vez que me ocurre, se presentó el sr. Cazurro o la sra. Cazurra, era otro apellido obviamente, y me dijo el apellido y a continuación me advirtió: «se escribe con dos erres», sin comentarios, ¿cómo si no?

Equivocarse es humano, yo me equivoco y me seguiré equivocando, pero intento poner cuidado. De todas maneras por concluir esta tormenta de ideas un tanto desordenada, desde aquí lanzo un grito callado para que periodistas que no son periodistas, políticos, deportistas, gente pública..., cuiden un poquito el idioma español, que se tarda tanto en escribir mal como bien. Decía Fernando Lázaro Carreter «El lenguaje nos ayuda a capturar el mundo, y cuanto menos lenguaje tengamos, menos mundo capturamos. O más deficientemente. Una mayor capacidad expresiva supone una mayor capacidad de comprensión de las cosas. Si se empobrece la lengua se empobrece el pensamiento.»

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