sábado, 23 de enero de 2016

"MAYRIG", DE HENRI VERNEUIL

Amigo de las rarezas como pocos aunque intentando no llegar al friquismo, aunque mi hijo, no obstante, dice que sí formo parte de este movimiento anónimo, pues me apasiona acceder a conocimientos y recursos escondidos y accesibles a la vez. De hecho, uno de los impulsos que tuve en el pasado para crear este blog era el de compartir rarezas o mis rarezas, lo que sigue siendo una etiqueta propia de esta bitácora a la par que una especie de hilo conductor más o menos palpable en algunas de mis entradas.

No sé por qué pero quiero para mí en este humilde balcón que esta nueva anualidad se pinte de más introspección, de más conocimiento y también de más descubrimiento de tesoros y rarezas escondidos.

Mi buen amigo y compañero de trabajo Nicolás Linares es de esas personas a las que le viene como anillo al dedo ese aserto, creo que es un proverbio, de que «corrige a un sabio y lo harás más sabio, pero corrige a un necio y lo convertirás en tu enemigo». Siempre se deja corregir por esto mismo, porque entendemos que es esencia del ser humano equivocarse y poder rectificar o ser rectificado; del mismo modo, que yo, sin ánimo de resultar presuntuoso, lo tengo por cualificadísimo corrector de esta nave digital. Por cierto, Nicolás y yo, que no queremos tener enemigos, también sabemos que hay mucho necio en el mundo a quien nunca se nos ocurriría corregir. El caso es que hace unas semanas me recomendó una película que, sabiendo el perfil de este blog, a buen seguro que podría encajar, y acertó de pleno.

Esta «Mayrig» es una película que no sólo está muy bien hecha, sino que además le otorga esa dosis de rareza que a mí me motiva doblemente. Tiene ese toque de tesoro por descubrir ya que subyacen algunos detalles significativos, en la Red no está en español (sólo subtitulada en nuestro idioma) lo que me hace pensar que su paso por nuestro país habrá sido de puntillas y el conocimiento de los hispanohablantes de la misma muy limitado; tal vez haya venido por España a algún festival. Por otra parte, tengo entre mis webs favoritas de cine la de filmaffinity, la cual tiene un ranking de valoraciones que suelo observar mucho cuando voy a ver o ya he visto una película; pues bien, en esta web que es una base de datos inmensa, esta producción no está valorada, porque para que aparezca con una nota, requiere que un número de usuarios mínimo la hayan votado, unos veinte o veinticinco, con lo cual quiere decir que muy poquita gente que entiende o está interesada en el cine la ha visto, rareza pues.

El hecho de visionar una película subtitulada es toda una joya en sí misma, pues te obliga a estar más concentrado si cabe que con otra doblada. Aunque no entiendas el idioma, recoges matices que en una película doblada se pierden. Lo he comentado más de una vez en esta bitácora, pero el gremio de los dobladores es una industria tan poderosa en España que obstaculiza acceder a esta forma diferente de ver películas, y de paso provoca que, en el idioma más internacional que es el inglés, seamos unos analfabetos funcionales, estando a la cola del conocimiento de lenguas foráneas con respecto a países de nuestro entorno, aunque también con respecto a países del llamado tercer mundo.

El director de origen armenio Henri Verneuil (nacido Ashot Malakian) nos construye de una manera sencilla el relato particular de una familia protagonista de la diáspora armenia. La diáspora armenia supone una de las mayores dispersiones mundiales de nacionales de un país en el mundo contemporáneo, probablemente superada por judíos. El exterminio al que fue sometido el pueblo armenio por los turcos durante la 1ª Guerra Mundial supone el punto de partida de este largometraje de 1991 que va pasando de un escenario sórdido y agobiante hasta la libertad de una familia que llega a Francia para construir su nueva vida.

La narración histórica del genocidio es casi una reivindicación necesaria del director que desea ilustrarnos acerca de la razón moderna por la que hay armenios repartidos por todo el mundo. Verneuil no se anda por vericuetos y culpabiliza al por aquel entonces decadente aunque beligerante imperio otomano. Alguna escena dura, me subrayó mi amigo Nicolás, aunque imprescindible de ver, pone el punto y seguido a la narración, una especie de impuesto revolucionario con la que el director pretende decirnos que después de todo lo que tuvieron que soportar sus paisanos, nada podría ser peor que el mundo desconocido que se les abría o cerraba allende sus fronteras patrias.

La historia se construye a través de la familia Zakarian, una familia bien, el jefe de la misma, Hagop (Omar Sharif) es un reputado empresario naval en su país que emigra a la fuerza con su prole a Francia. Los otros miembros del clan son su mujer Araxi (Claudia Cardinale), las hermanas de esta, una más mayor y otra más joven, Anna (Isabelle Sadoyan) y Gayane (Nathalie Roussel); y todos ellos alrededor del pequeño Azad (hasta tres actores se suceden en tres edades diferentes de este personaje).

En Francia comienzan a esculpir su nueva vida con alguna que otra dificultad, con el apoyo de otros armenios ya situados allí, es especialmente emotivo el personaje de Apkar (Jacky Nercessian). Poco a poco se va destilando en la narración que los Zakarian tendrán como objetivo primordial vivir por y para Azad. Todo movimiento que ejerce la familia tiene como fin su protección, el proveerle la mejor educación posible y que se convierta en un ciudadano francés de pro, sin olvidar sus orígenes.

La familia se convierte para Azad en su mayor fortaleza. Mayrig es la fonetización de la palabra madre en armenio, y él refiriéndose con ese nombre a su madre también reconoce que no tiene una madre sino tres. Tres delicadas estrellas en el firmamento que sacrificarán mucho para ofrecerle lo mejor a su vástago. De hecho, es particularmente significativo que Gayane, la más joven de las hermanas, y en edad de merecer, al final opte por la soltería aun teniendo pretendientes de diverso pelaje y alguno más que interesante. Me recordó esta parte de la historia a tantas y tantas personas, hombres y mujeres, que todavía hoy día sacrifican su vida, un posible matrimonio, para garantizar la pervivencia de otro núcleo familiar, padres y hermanos, o incluso para proteger un negocio o un patrimonio.

La familia prosperará, Francia es acogedora, y con algún que otro acontecimiento triste y emotivo, se va percibiendo la adaptación paulatina y plácida de estos honrados que, como tantos otros armenios, construyeron su nueva existencia alejados de la patria que los vio nacer.

En este sentido hay que señalar que el guión es original del propio Henri Verneuil y que aunque no está basada la historia de la familia en hechos reales, estoy convencido de que hay un importante bagaje autobiográfico en la misma.

Una muy buena música del compositor Jean-Claude Petit (el mismo de Cyrano de Bergerac) ilustra cada momento de la película en el que es obligado contar lo que sucede con una visión melódica, otorgándole el acento necesario para intensificar mensajes y sensaciones.

Comprobé ciertas incoherencias temporales en la edad de los personajes que Internet me corroboró, detalles sin importancia pero que bien podría haber perfilado más el director para ofrecer mayores notas de realismo.

Por supuesto, seguiré indagando en la aventura del pueblo armenio, hay diversas películas al respecto; y precisamente aunque no tenga que ver con el genocidio y sí con la integración, esta película tiene una continuación que se titula «588 Rue Paradis», la cual espero ver en breve.

Una muy buena película con alguna tacha argumental por mi parte, pasajes que son superfluos, pero que no deslucen en demasía el resultado final. Y a todo esto, me encanta el cine francés, ya sé que esto suena demasiado categórico y exento de cualquier consideración científica, pero es que el cine europeo en general lo tenemos demasiado olvidado en España, y nada que no sea comercial llega a nuestras carteleras y estamos viendo claramente una imagen sesgada de la cinematografía existente por otros lares que no sean los puramente comerciales, dominados por la brutal industria estadounidense.

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