sábado, 26 de marzo de 2016

"PERSONA", DE INGMAR BERGMAN

Tenía esta película ocupando un espacio en mi estantería desde hace ya unos años y, por fin, me decidí hace unos días a visionarla, esta que es considerada una clásica entre las clásicas.

Ingmar Bergman se posiciona como uno de los cineastas más influyentes del siglo XX, su celebrada cinta «El séptimo sello» ya supuso en la década de los 50 una pequeña revolución cinematográfica y cultural, algo no visto hasta ese momento: historia, filosofía, surrealismo..., todo se podría resumir haciendo una forzada reducción al absurdo en la escena en la que la muerte juega al ajedrez, curiosa forma la de interpretar nuestro destino, que tristemente es no pocas veces caprichoso.

En «Persona», producción de 1966, Bergman nos sigue asombrando con una propuesta que es arriesgada para su tiempo, tanto que aun hoy nos parecería una osadía. Es una película que nos va pulsando la fibra sensible, nos conecta y desconecta sucesivamente de sensaciones diversas y encontradas a la vez: la alegría, la tristeza, el amor, el sexo, el desasosiego, la amargura o la muerte.

Del mismo modo, tampoco desea este genial director sueco que sepamos qué es lo que nos depara la escena siguiente, no es nada previsible, pretende jugar con el espectador; esto hace que te mantenga la emoción a lo largo del recorrido del metraje; es, de algún modo, como si caminaras por una calle y doblaras la esquina sin conocer qué sorpresa te viene encima.

Con un inicio un tanto surrealista, la puesta en escena de la historia es en apariencia absolutamente mundana, una actriz de teatro, Elizabet Vogler (Liv Ullmann) que sin problemas físicos ni psíquicos ha decidido no hablar y aparece postrada en una cama de un sanatorio. A esta le será asignada una enfermera, Alma (Bibi Andersson) que comienza a hablarle, en una relación que en principio es como un frontón.

Ya de primeras, observamos el primer mensaje de Bergman, el escenario es sobrio y la decoración prácticamente inexistente. Nos está queriendo anunciar con claridad que lo sustancial es el espíritu de sus personajes y sus emociones, el ambiente podría haber sido el que es u otro, pero no es especialmente relevante, nada que pueda desviar nuestra atención de lo trascendente.

Alma irá poco a poco abriendo su corazón y su amistad, en lo que se sospecha de inicio una relación complementaria, simbiótica y fructífera para la curación emocional de Elizabet, que incluso favorecerá que ambas dejen el sanatorio para ir a una relajada casa en la costa; pasará con audacia, casi sin que nos demos cuenta, a ser una relación parasitaria. Alma empezará a afectarse del terrible derroche emocional que supone hablar de ella misma, se despojará poco a poco de las varias cruces que tiene que soportar. Ala postre experimentaremos la sensación de que ambas son, en algún momento, parásitas de la otra y también de sí mismas, como si estuvieran atrapadas en un ser que no les pertenece.

Con esa suave evolución, habrá un momento en que Alma cambiará y comenzará a ser más Elizabet, a conocerla, a hablar como ella, a ser ella. Es, del mismo modo, cuando la película se pliega hacia un ambiente irreal, que ya cerca del final es más surrealista. Y al final queda nada..., de algún modo, este concepto de «nada» define el desenlace de la película que, como siempre, no deseo desvelar.

Las imágenes del principio y del final, fotografías sin relación aparente (alguna realmente sorprendente y censurada en algún momento y país), alguna escena que no encaja en la película, una música, una radio, una televisión..., son notas que Bergman pretende encajar en un puzle complejo, que más allá de su interpretación individual, nos hace observar la terrible sordidez que puede suponer la existencia humana para algunas personas.

Las interpretaciones de las dos actrices permitieron la excelencia y mítica de esta película. Bibi Andersson está formidable, en ella se soporta el peso de este atrevido proyecto cinematográfico, sus gestos, su belleza contenida, su espíritu, se ponen al servicio de un guión que ella asume en más de un noventa y cinco por ciento, referido al texto de la película.

Por su parte, Liv Ullmann está también genial, si la película tiene valor y belleza es porque Ullmann se desnuda como una Elizabet Vogler real, atormentada, sin deseos de vivir, pero a la vez con una mezcla extraña de esperanza y desazón.

Todo un clásico de los cineclubs contemporáneos, del que se puede sacar mucha esencia, que ha dado centenares de interpretaciones, y ahí está el valor de esta película, que si la volviéramos a ver repetida, seguro que vendrían a la mente otras sensaciones, detalles que tal vez en un primer visionado podrían pasar desapercibidos. Multitud de símbolos que, cada cual de forma independiente, nos permiten abrir nuevos espacios para el diálogo.

Como últimamente hago, si este mundo global lo facilita, he visto «Persona» en versión original, es decir, en sueco, con los subtítulos en español. Una forma de ver películas que recomiendo a todo el mundo, porque no se pierde ni un gramo de la esencia verdadera con la que el director quiso inyectarla.

1 comentario:

José Romero Martín dijo...


Un análisis cinematográfico de una película que seguro no deja indiferente a nadie. Tema y trama que nos sitúa en otro tiempo, (incluida la censura), pero que, según se desprende del análisis, sigue teniendo actualidad en nuestros días.