sábado, 16 de abril de 2016

"LA PLAZA DEL DIAMANTE" O UNA INOLVIDABLE COLOMETA

Serie clásica entre las clásicas de TVE en los años 80 del pasado siglo, puedo decir que fue una producción que siempre se me quedó grabada en mi memoria, esa Colometa (voz catalana que significa palomita en castellano), y aquel «vuela Colometa, vuela», son una especie de mantras que de vez en cuando me asaltan y me recuerdan con simpatía aquella serie que fue prototipo de su clase en cuanto a temática contemporánea, argumento serio, buena ambientación y mucha sensibilidad.

Quizá con los años, como me ocurre con otras producciones, el halo de que gozaban para mí, decae un poco, se aprecian detalles, algunos errores y básicamente la constatación de un presupuesto limitado que, comparado con lo que se gasta hoy, deja un cierto poso que baja la nota de mi consideración, aunque más que nada se trataría de una valoración técnica.

Por poner en antecedentes, «La plaza del Diamante» narra una historia que se inicia en los años previos a la Guerra Civil, en la que dos jóvenes, Natalia y Quimet (a la postre la Colometa) se enamoran en un baile que se celebra en dicha plaza, perteneciente al popular barrio de Gracia de Barcelona. Ambos se podría entender que forman parte de familias obreras y humildes, con sus idas y venidas terminarán por casarse y formar una familia de dos hijos, un niño y una niña. Llegará la Guerra Civil y Quimet combatirá en el bando republicano pereciendo en la contienda. Comenzará una nueva vida para Natalia que nunca podrá olvidar a su amado.

La serie dirigida por el director catalán Francesc Betriu está basada en la novela del mismo nombre, escrita por la autora catalana Mercè Rodoreda y que la escribió en el exilio, en Ginebra, allá por 1960; y curiosamente y esto lo he conocido ahora, habiendo visto la serie en mi casa en cuatro ratos, resulta que aunque inicialmente se configuró como serie de cuatro capítulos de unos cincuenta minutos de duración, antes de su emisión televisiva se llevó a la gran pantalla, reduciendo su metraje y dejándola en ciento dieciséis minutos, algo más de la mitad de su contenido original.

De hecho, la película fue proyectada en las salas de cine de nuestro país, me temo que no con demasiado éxito, en 1982, y fue en enero de 1984 cuando vino a la pequeña pantalla. Previamente en diciembre de 1983 había pasado por el circuito catalán de TVE. Creo, casi con toda seguridad, que la obra está originalmente hecha en castellano y que si se proyectó en dicho circuito, los propios actores la debieron doblar al catalán. En todo caso, varios personajes tienen un acusado acento catalán que es lógico por otra parte.

Si aventuro que en los cines «La plaza del Diamante» pasó sin pena ni gloria, en la televisión, que como siempre digo en este punto era entonces la única y partía de esa ventaja del éxito garantizado, sí que gozó de una gran aceptación, incluso para un joven como yo, que por entonces tenía quince años y ya empezaba a tener ciertas inquietudes. De hecho, tal vez ese primer acercamiento a las vivencias de la gente llana en la Guerra Civil, me ayudó a empezar a entender el mundo que me rodeaba, a comprender la importancia de la democracia y cómo aquel acontecimiento bélico tampoco estaba tan lejano y aún quedaban muchos españoles que no solo eran testigos directos de lo que ocurrió, sino que además instaurada la democracia algunos otros pudieron volver a su país tras el exilio.

No obstante, pese a que Mercè Rodoreda fue una escritora en el exilio y no porque estuviera especialmente vinculada con el bando republicano, sino por colaboraciones periodísticas en publicaciones afines a ese sector, lo cierto es que la serie es más una historia de amor que una historia de reivindicación política. No sé si en la novela dará esa sensación, pero la serie no omite hechos esenciales del conflicto bélico, pero no hurga en la herida; tampoco apunta a buenos o malos, algo que es muy de agradecer por parte de la autora y de los guionistas que hicieron la adaptación, simplemente se limita a plasmar una realidad que pudo suceder en muchos lugares de España, es decir, un amor roto por la guerra, las necesidades de una familia amputada y los modos de salir adelante.

Como no he leído la novela no sé realmente si la adaptación es óptima y se ha mostrado de la forma más fiel posible el espíritu con el que quiso inspirar su obra la autora. Es lógico que un libro de 250 páginas transportado a unos 200 minutos de emisión deje muchos detalles fuera, pero me da la impresión de que hay algunos pasajes que no terminan de hilar bien, hay unos saltos temporales que parecen dejar cojas algunas líneas argumentales.

Ante todo es una novela intimista, eso parece que está fuera de toda duda, escrita en primera persona, ello se refleja en la serie, en la que las reflexiones y pensamientos de la Colometa jalonan todo el relato, a veces hacen que la serie tenga un desarrollo lento, como si no fuera a ocurrir nada relevante, y realmente no tiene una trama que pueda depararnos grandes sorpresas, es un relato costumbrista que radiografía en especial el ambiente de postguerra. A todo esto hay que decir que con Quimet muerto, Natalia se ve desesperada, incluso llega a pensar en el sacrificio de sus hijos y de ella misma, pero surgirá Antoni, un tendero, mutilado en la Guerra (sin posibilidad de ser padre) y que buscará una relación de intereses, en la que la familia, la compañía y la estabilidad económica juegan como monedas de cambio, y que a la postre se convertirá en una amplia amistad que yo diría que termina siendo amor; experiencia esta que a buen seguro que le tocó vivir a muchas personas, la de los apaños familiares para evitar la soledad, porque la familia es fuerte como núcleo aunque sus piezas sean débiles en sí mismas.

Por lo que respecta al elenco, ahí sí hay que decir que reside buena parte de la fuerza de la serie, como intimista que era la obra y vivida desde el plano femenino por su estructura, había que buscar a una actriz que encarnara los valores de sensibilidad, ternura y cierta debilidad física, y se eligió a una intérprete que quedó grabada para siempre en el imaginario de muchos españoles como la Colometa sin más, se trataba de Silvia Munt, una chica de belleza serena, que si bien tiene una dilatada trayectoria en cine y teatro, este papel realmente la encumbró, la dio a conocer para siempre, y después no la he visto yo en un papel tan estelar y relevante como este. En todo caso, Silvia Munt está brillante en esta interpretación, transmite con sus gestos, en esos muchos primeros planos que hay en la película, las angustias y las alegrías del personaje; buena parte del éxito de la serie habría que arrogárselo a aquella joven actriz en ese momento.

En el papel de Quimet está Lluis Homar, un actor mucho más conocido y bastante presente en la pequeña pantalla en la actualidad, que observando su trayectoria actual, un actor veterano, de muchas tablas y de los que llena la pantalla con su sola presencia, hay que decir que en esta interpretación deja un sabor agridulce, tal vez el personaje que encarna no le permitió más alardes, un personaje lleno de contrasentidos, sensible a la par que celoso; el caso es que no me termina de convencer como Quimet.

En definitiva, una serie guardada a buen recaudo en la memoria de muchos españoles, con un imponente contenido poético, que la hacen ser una joyita televisiva, muy sencilla, fácil de ver y, a pesar del ritmo lento en ocasiones, sus cuatro capítulos se dejan ver con bastante alegría, antes incluso de que sospeches cuál será el devenir de sus personajes.

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