sábado, 9 de abril de 2016

YA NO ME GUSTAN LOS TOROS

Yo sé que lo que voy a contar puede que no le guste a todo el mundo, pero como suelo mojarme con casi todo, también me voy a mojar aquí: los toros. Como cada uno tiene su opinión, muy respetable y particular, yo también ofreceré la mía.

He de decir que no he sido jamás un apasionado de los festejos taurinos, he visto corridas en la tele, cuando eran muy habituales, aunque difícilmente llegaba a ver el último toro; y también he asistido a festejos taurinos, yo diría que he ido de joven a los toros unas tres veces y también de niño al bombero torero cuando era una tendencia en los años 70 y 80 del pasado siglo.

Por tanto, no puedo decir que me haya sentido en alguna ocasión un aficionado a los toros, aunque como movimiento social (lo de artístico y cultural lo vamos a poner en solfa) que se alimentaba en la televisión, en la radio, en las tertulias, en la vida diaria, pues he estado más o menos al tanto, de los derroteros de los toreros más relevantes del escalafón, las ferias taurinas de mayor prestigio, los lances taurinos más comunes y las normas básicas de organización y funcionamiento de una plaza de toros.

El haber adquirido madurez a mí personalmente me ha provocado que haya perdido paulatino interés en este mundillo para centrarlo en otras parcelas, hasta el punto de que hoy no le encuentro aliciente alguno, me aburriría y ya en estos últimos años yo diría que me repele.

Mi desinterés progresivo era palpable hace ya un par de décadas y se alimentó aún más cuando comencé a tener animales domésticos en casa. Cuando uno tiene un contacto diario con animales, aunque sean perros y gatos como era mi caso, hace que la concepción que uno tiene del trato a estos seres se altere, al menos a mí sí que me produjo un cambio de criterio notable.

Realmente ya no me siento bien observando como a un animal, sea más o menos salvaje, se le inflige un sufrimiento gratuito hasta llevarlo a la muerte, y no sólo no me siento bien sino que mi raciocinio no me hace entender por qué el ser humano hace esto.

Yo respeto a la gente que le gusta los toros, respeto la parafernalia intrínseca a esta fiesta, y reconozco que la industria taurina es un recurso económico en España del que se favorecen muchas
familias, pero que con el tiempo irá limitando su popularidad.

Esa popularidad ya se está limitando y lo que voy a expresar ahora son impresiones personales, en primer lugar, por la presión social, estamos hablando de un maltrato animal y eso no lo puede desmontar ni el mayor de los taurinos; y eso que todavía no han llegado normas europeas más severas que irán arrinconando a esta fiesta nacional, que ya ni es tan fiesta ni de toda España. Por otro lado, esa mayor concienciación ciudadana no favorece el desarrollo y la proyección de los festejos, de hecho, los eventos taurinos pierden seguidores año tras año. Finalmente a todo esto hemos de sumar que ya ni tan siquiera es una moda, el desinterés de los jóvenes es manifiesto, las escuelas taurinas son reductos del pasado y el potencial público de dentro de medio siglo no tiene la más mínima intención, en su mayoría, de aplaudir los lances de los toreros del futuro en las plazas de toros, plazas de toros que dicho sea de paso, ocupan un valiosísimo terreno en el centro de muchas grandes ciudades con una rentabilidad social y económica nula, o sea, estorban y salvo unas pocas, no tienen ningún valor arquitectónico. Y tómese todo esto en cuenta como una opinión, como una sensación más que como una sentencia taxativa.

Igual que digo esto, también tengo que decir que no soy un acérrimo opositor, es decir, no tengo intención de ir a las puertas de una plaza de toros a pregonar mis reivindicaciones, lo hago de manera pacífica, y espero y deseo que la modernidad de la que intentamos hacer gala en el mundo occidental, termine por rechazar unánimemente las corridas de toros.

Por cierto que asumo con algunas reservas, pero asumo al fin y al cabo, que en las corridas de toros hay un torero profesional que trata de reducir el sufrimiento implícito en el acto de entrar a matar, de tal manera que sea una estocada certera que produzca la muerte instantánea, aunque lamentablemente siga habiendo por ahí los currorromero de turno que convierten lo poco estético o artístico que pudiera ser la lidia en una auténtica carnicería. Ahora bien, lo que sí que tenía que estar prohibido sin más dilación es todos esos espectáculos donde se maltrata a los animales entre hordas de bestias sin profesionalidad alguna y por el mero gusto no sólo de terminar matando al toro, en un incomprensible gesto de superioridad humana, sino de proporcionarle un inevitable sufrimiento prolongado, y con esto me refiero al Toro de la Vega, o a todos esos festejos típicos de la costa levantina con toros ensogados, de fuego o similares representaciones de escarnio hacia un animal absolutamente indefenso.

Tampoco me vale, en estas reflexiones que hago según se me van ocurriendo, que los puristas defiendan el mantenimiento de la fiesta como modo de preservación de la raza del toro de lidia, porque la utilidad como alimento de los toros, entiendo que garantizaría sus rasgos genuinos, dicho esto con las reservas de un indocumentado en la materia, como soy yo.

Como tampoco es de recibo señalar que es una lucha de igual a igual; el toro en la mayoría de las ocasiones tiene las de perder; el torero sabe lo que va a hacer y lo que quiere, que es matar a un toro; el toro sale a una plaza descentrado (gente gritando, la música, un caballo con uno encima que le pica, otro vestido de forma extraña que le enseña una manta de colores...) y trata de defenderse tal y como le dicta su instinto, no sabe lo que es matar.

Por cierto, que comparto que en Cataluña no haya corridas de toros, al igual que no me cabe en mi cabeza que los niños puedan ir a las plazas para asistir a este denigrante espectáculo, donde se ve sangre, se ve a un animal sufrir y morir a la postre.

Y dicho esto, tristemente este es el mundo en el que vivimos, el hombre es un ser racional que no sólo domina a la naturaleza sino que somete a todos los que no son sus iguales. Desde que en la antigüedad, dicen que por casualidad, se descubriera el fuego y que la carne de animales tenía mejor sabor y proporcionaba mayor sustento que estar comiendo todo el día vegetales, el hombre se sedentarizó. A partir de ahí, domesticó a los animales y se los comió, así de simple, que es lo que la mayoría de los humanos hacemos cada día, comer carne fresca (cocinada) de animales muertos que en su vida eran dóciles seres. No nos comemos a perros y gatos, al menos en Europa, porque parece que es indecente alimentarnos de esos seres que parecen entendernos, pero nos zampamos ovejas, vacas, pollos, cerdos, caballos..., que realmente interactúan con nosotros, comen de nuestra mano.

A medida que avanzo en esta reflexión me doy cuenta de que no me siento bien del todo comiendo carne, incluso pescado, si pudiera, en algún momento de mi vida intentaría probar a ser vegetariano. Leí no hace mucho que todos los animales tienen cierta sensibilidad, incluso los insectos, desde que asumí esto tengo que decir que me da más cosilla eliminar una hormiga, una mosca o un mosquito. Desde luego los liquido cuando estoy en mi casa y me invaden, pero cuando voy al campo, trato de no alterar a esos seres que viven allí y a los que yo invado para un rato de asueto, y no los mato.

Dicho esto de los toros y de los animales domésticos en general, hay bellas iniciativas como Santuario Gaia, altruista proyecto que dirigen en los valles gerundenses una pareja de jóvenes que acogen a todo tipo de animales de granja y que nos dan a conocer la familiaridad y cercanía de estos seres, como un modo de proteger su existencia y de fomentar la cultura vegana, la cual yo respeto como más o menos se puede inferir de todo lo dicho hasta ahora.

Pues nada, que cada día soy más antitaurino, y que si España es una sociedad moderna terminará por prohibir los toros, tal y como están configurados ahora, como una fiesta sangrienta en la que se somete a un animal hasta la muerte.

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