sábado, 20 de agosto de 2016

LOS ZAPATEROS REMENDONES, UN OFICIO A TRAVÉS DE TRES MANOLOS

Nunca me he caracterizado por ser un hacha en los trabajos manuales, soy ciertamente bastante torpe y chapucero; de hecho, uno de los grandes anhelos de mi vida ha sido siempre el haber podido un cierto don para pintar y dibujar bien, entre otras habilidades, pero nada de nada. Aunque me empeño en estas tareas los resultados de mis chapuzas resultan ser precisamente eso y sólo cuando consigo tener algún éxito, porque mi escasa pericia no se pone a examen, es cuando me alegro enormemente y lo pregono a los cuatro vientos. El truco (revelado) es que tengo éxito en cosas algo complicadas en la teoría y muy fáciles de desarrollar en la práctica. Uno de los más claros ejemplos es aquella entrada que hice hace unos meses relativa a los aviones de papel, una actividad fácil y, sin embargo, muy efectista.

Pues nada que mi anhelo de haber sido un manitas se ha quedado en eso, aun así yo disfruto haciendo trabajos manuales aunque los resultados a veces sean desastrosos, como también disfruto cuando veo a gente mucho más hábil y mañosa que yo haciendo esas tareas que a mí me gustaría desarrollar con la misma destreza. Relaja ver programas de televisión como Bricomanía, donde el presentador se la arregla para hacer un banco reciclado para el jardín con perfecto automatismo.

Si hubiera tenido que definir en mi persona una profesión de cuello azul en función del número de horas que he visto desarrollar la misma, probablemente y sin temor a equivocarme, hoy día sería un zapatero remendón.

Mi infancia en uno de los barrios de expansión de Linares a los alrededores de la factoría de Metalúrgica Santana, fue la de un niño en un zona obrera de clase media, en la que se daban cita en esos bloques de viviendas hechos como setas, una legión de obreros con sus familias procedentes de todos los puntos de la provincia de Jaén y en menor medida del resto de Andalucía y parte de la La Mancha. Nuestros vecinos de planta eran de Torredelcampo y Manolo el padre de familia dedicaba buena parte de las horas libres que le dejaba su oficio de metalúrgico a arreglar zapatos, se dedicaba a ese noble oficio de zapatero remendón.

Manolo Rodríguez Blanca era un profesional muy fino y lo es hoy día, porque pese a que ya rondará los 80 años, aún me consta que sigue ocupado en ese oficio en su localidad natal. Manolo trabajaba con singular delicadeza las pieles, las gomas, los pegamentos, las agujas, los hilos y las puntas. Un sinfín de herramientas colmaban el reducido espacio de una habitación cuyo tabique daba al cuarto de estar de mi piso y donde Manolo se afanaba en apañar los zapatos que la gente de la calle le traía, alentada por la sutileza y durabilidad de sus trabajos.

Fueron muchas horas las que me pasaba sentado enfrente de Manolo viéndolo trabajar, seguro que si yo me hubiera empeñado en ese momento en que me enseñara el oficio, tal vez mi torpeza supina en los trabajos manuales estaría hoy minimizada. No obstante, en mi mente se quedaron muchas de las operaciones que se han de realizar para arreglar un zapato, aunque eso sí, sólo en la mente. Como también ha quedado en mi memoria una de las herramientas que más me llamaban la atención, se trataba de un potente imán en forma de U que Manolo apenas usaba y con el que yo me entretenía descubriendo el atractivo del magnetismo.

El trabajo más típico era el de poner tapas a zapatos o botas; el calzado de hace treinta o cuarenta años era mayoritariamente de piel natural, pues los plásticos y materiales sintéticos llegarían a esta industria más recientemente, de tal manera que su pervivencia media era sustancialmente mayor que el calzado de hoy, y merecía la pena arreglar esos zapatos porque iban a durar varios años, y porque, tampoco nos engañemos, antes no teníamos tantos pares de zapatos como hoy en nuestros armarios, y había que ser eficientes con los bienes escasos.

Pero el trabajo de Manolo no sólo se ceñía a esa clásica labor de las tapas, también cosía y remendaba, arreglaba carteras, bolsos, cinturones, ponía hebillas y remaches..., incluso me confesaba que era capaz y lo había hecho de joven de fabricar botas desde cero, algo que ya no se estilaba pues en los años 70 y 80 en España la industria del calzado en nuestro país ya era muy pujante, fundamentalmente la procedente de la provincia de Alicante, y no resultaba rentable fabricar artesanalmente el calzado, salvo que fuera un trabajo muy específico, casi un capricho.

Con Manolo pasé muy buenos ratos; su propio oficio, como el de muchos que tienen que estar largas horas sentados con la presencia eventual de clientela, daba un juego que se repite bastante en el perfil de estos profesionales, la radio siempre puesta y una buena y rica conversación de todos los temas, en la que no se imponen las ideas, siempre se escucha al que está enfrente y no se adoptan posturas radicales. Nunca olvidaré que el día del fallido golpe de estado del 23 F, yo estaba sentado frente a él, y asistimos con cierta sorpresa a aquella narración y los disparos que nos llegaban desde el Congreso de los Diputados; no recuerdo que nos pusiéramos muy nerviosos, que sinceramente aquel incidente lo viví con relativa calma, mi familia era trabajadora sin ninguna vinculación política, gente normal que, en principio, nada debiera temer al futuro.

¿Y por qué me he decidido a escribir sobre los zapateros remendones? Porque recientemente he tenido que acercarme a arreglar unos zapatos a otro artesano veterano, este de Bailén, la localidad en la que resido, y este también se llama Manolo, Manolo Comino Montilla para más señas, un zapatero que ronda los 75 años, y como si se repitiera la historia también me invitó a sentarme durante unos minutos frente a él mientras terminaba de apañarme el calzado.

Aquella conversación con el Manolo de Bailén, me permitió hacer un salto atrás en el tiempo para caer en que aun conocía a un tercer Manolo, este de Begíjar, el pueblo de mis padres, Manolo Canuto que es como se le conoce, y que curiosamente cumple con muchas de las características del zapatero remendón veterano. Este también cercano a la ochentena, buenísimo conversador, con la radio siempre puesta, y además con la peculiaridad de que en su localillo se liga (se echa la liga o la ligá, como habitualmente se le llama en Andalucía al aperitivo previo al almuerzo) desde que el mundo es mundo, sobre la una del mediodía, cada día y más o menos a la misma hora, todo un rito, y así será hasta que a Manolo le queden fuerzas.

Casualmente los Manolos de Bailén y Begíjar tienen una pequeña minusvalía en las extremidades inferiores, que tal y como me comentaba recientemente el de Bailén, le hizo declinarse por este oficio, parece que predestinado a personas con no muy buena movilidad y que les impediría desarrollar las labores del campo, oficio casi único hace sesenta o setenta años.

Realmente no sé cómo les va el negocio - afición a los tres, pero el de Begíjar siempre ha tenido muchísima faena, de tal guisa que dejarle unos zapatos y fiarte de que te los iba a arreglar en el plazo señalado era una entelequia, y había que personarse en su taller, y forzarle un poco a que te los arreglara en su presencia; trámite que las veces que tuve oportunidad, lo hice con cierta animación por ver por un lado, esa labor que yo he conocido desde niño y, por otro, por el ambientillo que se genera en su zapatería, probablemente la más animada de las tres que he conocido personalmente. Por cierto que el Manolo de Begijar, que debe ser como el único zapatero remendón de la comarca, y de ahí su exceso de tarea, está especializado en forrar zapatos y su trabajo es muy apreciado en buena parte de la provincia de Jaén.

Con el Manolo de Bailén repasé hace unos días el futuro de este oficio, representado curiosamente para mí en estos tres Manolos que jamás se conocieron entre sí, un oficio que este hombre me confesaba que tendía a desaparecer como tal, ya se sabe, el calzado es cada vez de menor calidad y no merece la pena arreglarlo, o si se rompe me compro otro. Es más, me confiesa que nunca se han metido con él y que realmente es un pasatiempo (para él y para los tres) dada su edad, con la vida resuelta, el estar en su taller le da fuerzas para seguir viviendo, a él y al resto. Eso sí, la decoración de sus talleres se confecciona con un muestrario de zapatos y botas que alguien dejó allí para su arreglo y jamás volvió para recogerlos.

De hecho el oficio hoy se ha ido reciclando y buscando nuevos horizontes de expansión; conforme a la escasa demanda de arreglos los jóvenes zapateros, más mecanizados, intentan tener una oferta más amplia, con la copia de llaves, el afilado de cuchillos, la venta de plantillas y betunes...

En definitiva, aunque el oficio de zapatero remendón no desaparecerá por completo, sí que lo hará por desgracia dentro de no mucho una concepción romántica y artesanal de este oficio, que se irá con cada uno de estos hombres, con estos tres Manolos a título de nostálgico ejemplo, que cada día ven la luz en su vida abriendo el negocio de su zapatería.

3 comentarios:

JOSÉ ROMERO MARTÍN dijo...


Entrañable artículo alusivo a esos zapateros remendones que proliferaban en los años 60/70. Recuerdo una zapatería que había en Las Cuestas esquina a la calle Casas del Campo, donde yo vivía. Allí había tres zapateros, (el jefe se llamaba Pepe), en aquel cuchitril que olía a goma de rueda y material. Había puntas por todos lados y recuerdo los calendarios que empapelaban las paredes algo ennegrecidas. Yo tenía 6 años y me gustaba pasarme por allí para ver como hacían un trabajo que yo también lo veía difícil, sobre todo la forma de recortar las gomas que le ponían a las suelas con aquellas cuchillas tan afiladas. Algunas que otras sandalias me arreglaron a mí. Hay un dicho, que dice así, cuando le preguntaban al remendón por sus zapatos y éste respondía: "Con ellos ando". Decían que esa respuesta se debía a que el zapatero se ponía los zapatos de sus clientes cuando lo necesitaba. Enhorabuena Pedro Manuel, has conseguido que me vengan recuerdos de mi niñez. Saludos.

María Lendínez Talavera dijo...

En mi pueblo hay dos, y recuerdo otros dos mas, muy hábiles y con sus respectivas minusvalías, uno era el pianista de la orquesta de mi pueblo, y regentaban sus zapaterías, vendían zapatillas,alpargatas...muy hábil Zoilo que como Manolo Bejijar forraba zapatos, recuerdo que me preparó los de novia y me decía "verás que no te van a molestar", los "customizó"a mi gusto y tienen su correspondiente foto.Ahora es David, joven y con buena mano quién me repara los zapatos y me cambia las tapillas antes de estrenar zapatos, no soporto hacer ruido mientras camino

María Lendínez Talavera dijo...
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