domingo, 11 de junio de 2017

LAS SUIZAS DE UN MUNDO DONDE CADA CUAL VA A SU BOLA

Decía el filósofo Hobbes remedando al comediógrafo latino Plauto que «El hombre es un lobo para el hombre»; y qué gran verdad, porque en esta Tierra donde nos ha tocado vivir y afrontar el reto de nuestra propia existencia, el ser humano se ha propuesto casi desde que el mundo es mundo y con evidente empeño en autodestruirse. Las guerras, los asesinatos o el egoísmo están a la orden del día, y la sola posesión de armas de destrucción masiva operativas capaces de destruir veinte veces este planeta, nos hace reflexionar sobre la ruindad de la condición humana, seres racionales que nos hacemos llamar y que somos, sin lugar a dudas, muchísimo más animales que aquellos a los que llamamos animales.

Es decir, que un repaso, ni siquiera concienzudo, a la historia, nos lleva a la conclusión de que de seres racionales tenemos bastante poco. A Donald Trump, me ahorro calificativos que se dan por sentados, se le ha ocurrido sacar a su país del Acuerdo climático de París, definiendo lo del «cambio climático» como un cuento chino. Y ese es otro de los problemas del ser humano que, fruto del egoísmo y la irracionalidad, es manifiestamente cortoplacista, no mira a las generaciones venideras, mira el ya, el ahora, y le importa un bledo el futuro. Trump puede ser lo que queramos, tonto, ignorante, soberbio, pero ante todo es un populista, y el populista tiene como máxima dar de comer a aquellos que le sustentan; le quedan en condiciones normales entre diez y veinte años de vida, y quiere que su país avance, produciendo más, ganando más y ahorrando más, y eso se lleva a efecto contaminando más, porque por ahora, es más barato eso que establecer medidas para contaminar menos.

Trump maneja ese corto plazo como cualquier vecino que te cruzas por la calle, no mira el mañana mira el hoy, y que prefiere disfrutar de una caña en una terraza aunque no sepa si tendrá dinero para pagar la luz del mes que viene; y es el mismo cortoplacismo del pobre que pide en la calle y que se compra un paquete de tabaco antes que una barra de pan.

Sirva todo lo anterior de preámbulo para afirmar categóricamente que el mundo global es manifiestamente injusto y, por definición, desigual. El egoísmo se destila en cada noticia que vemos en la tele, que escuchamos en la radio o que leemos en el periódico; el terrorismo, la xenofobia o el fundamentalismo son muestras evidentes de ello, someter a los demás porque yo soy más que tú. La pobreza y el hambre demuestran la sinrazón humana, mientras que en unos países tiramos la comida y nadamos en la opulencia, permitiéndonos elegir qué comer o no mientras nos tocamos nuestra agradecida panza, en otros confines de este despreciable planeta mientras estoy escribiendo esto habrán muerto muchas personas de hambre porque no tienen nada que llevarse a la boca y nada es nada.

La corrupción es también una muestra del egoísmo, y dentro de la corrupción, siempre reprochable, la peor y más odiosa de ellas es la corrupción pública, sí, esa que permite a nuestros mandatarios públicos aprovechar su privilegiada posición para enriquecerse con un dinero que debiera ser de todos, es decir, en términos genéricos, la corrupción pública está nutrida con el dinero de todos los contribuyentes, con tu dinero y con el mío.

Dicen que cuanto más viajas más tolerante eres, y que a muchos que alientan nacionalismos y separatismos se le quitarían muchos pájaros y tanta tontería en cuanto salieran y se dieran una vuelta por el mundo. Yo no me creo más que nadie ni tengo la verdad absoluta, pero la experiencia de haber viajado a África y estar allí unas tres semanas me dieron un bagaje importante para afrontar mi vida; al igual que hace años cuando viajé a Estados Unidos. Ambas vivencias me han permitido o me han ayudado a entender el mundo que nos rodea. Un mundo que tiene muchos mundos, un mundo con ciudadanos de primera, de segunda y tercera, y otros muchos que directamente no son ciudadanos, son números, son anónimos, son nadie.

Porque en este mundo de la corrupción siempre me ha intrigado el hecho de que todos los países no caminen en el mismo sentido, y es que no poniéndonos de acuerdo para que desaparezca el hambre y las muertes por esta lacra, más difícil será convenir algo menos crítico. Así que tenemos a un montón de corruptos en este país, y lo que te rondaré morena porque seguramente nos enteramos de la misa la mitad, que montados en el dólar (el euro) que han robado a cada ciudadano, se llevan su dinero a Suiza. Y aquí está lo bueno, tenemos corruptos porque existen países que son chorizos institucionales por sistema.

Hete aquí Suiza, paradigma de la evasión de capitales y del blanqueo de dinero, pero eso sí, un país modélico, del que siempre se habla bien, de la educación de sus ciudadanos, de sus avances sociales, de su modernidad, y encima viven entre prados y montañas donde se destila un ambiente idílico y paradisíaco. Pero permítaseme la expresión, Suiza es una mierda pinchada en un palo, quién manda en Suiza, nadie lo sabe, sabemos quién manda en Italia, Francia, Portugal, Gran Bretaña, pero ¿y en Suiza? Da igual, es irrelevante porque el presidente del gobierno suizo es un privilegiado que debe administrar un país al que le sobra el dinero y su mérito es inventar medidas cada vez más audaces para contentar a su población, nadan en la abundancia. Es como si me ponen a mí a entrenar al Real Madrid o al Barça, que ganarían aunque yo me empeñara en hacerlo muy mal. En Suiza los que mandan son los bancos, si ellos funcionan el país también y lo que ellos digan es santa palabra. En Suiza viven ocho millones de personas, pero nunca vienen a veranear a España, porque prefieren su pata negra a una mortadela con aceitunas.

Y los bancos suizos se nutren de la mierda de otros países, aunque para ellos solo sea dinero y cuenta de resultados, porque no preguntan cómo se ha obtenido, no preguntan nada, y encima te dan unos intereses alucinantes y no les importa, son muy majos, que tú seas un delincuente en tu país, porque ellos te guardan tu dinero y cuando tú pagues con la justicia en el correspondiente talego ellos te esperan con los brazos abiertos, porque tú no has matado a nadie simplemente has engañado a mucha gente, y tú eres un cliente de primera. Es un caramelo apetitoso para los Bárcenas, Rato y compañía, apetitosísimo, porque lo cierto es que pese a las pegas que ponemos en España y la mayor sensibilidad que cada vez tenemos contra la corrupción, seguirán saliendo día tras día personajes que caerán en la tentación de trasladar el dinero corrupto a Suiza, algo que por otra parte, se revela muy fácil de llevar a efecto porque de lo contrario no estaría tan a la orden del día. Menester sería que las penas para los delincuentes de guante blanco fueran más duras, porque al final pasarse unos pocos años en la cárcel compensa la lujosa vida de que van a gozar cuando salgan de la trena.

Pues tamaña ignominia es la que nos ofrece un país «modélico» como Suiza, un país en medio de Europa que se jacta de ser un país neutral y perfecto para vivir, pero que se activa con la delincuencia de media Europa. Es un país de mierda, putrefacto por dentro aunque de fachada va muy bien, tanto que se permite tener una cruz en su bandera. Suiza representa la hipocresía de un mundo imperfecto, donde unos sufren y otros nadan en la opulencia.

Suiza no es el único caso en el mundo, cada zona del planeta tiene su Suiza más o menos amplificada. Andorra es un refugio fácil y cercano para llevar el dinero en efectivo metido en el bolsillo haciendo varios viajes desde Cataluña, el «honorable» Pujol sabe mucho de esto, podría ilustrar esta entradilla con una lección magistral. Gibraltar tiene más empresas registradas que llanitos están censados en la colonia. Las Islas Caimán son el paraíso para el dinero negro estadounidense.

Nada menos que treinta y ocho paraísos fiscales tiene cifrados la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la mayoría micropaíses, aunque curiosamente Suiza no está entre ellos, Panamá tampoco, lo de Suiza es perverso. Es cuestión de detalles, Suiza tiene tanto poder (económico) que es capaz de acallar, lo ha hecho siempre, a cualquiera que dice una palabra más alta que la otra. Suiza es una superpotencia revestida del disfraz de corderito noble, tierno y «neutral».

En un mundo donde tenemos en números redondos unos doscientos países, que tengamos en torno a un 20 % de paraísos fiscales es escandaloso. Es cierto que muchos son micropaíses y generalmente son naciones desarrolladas, pero no es menos relevante que esos países viven muy bien gracias a los delincuentes que amparan.

Los que llevan el dinero a Suiza no son asesinos, pero el dinero legítimo que tendría que circular en los países de origen, genera pobreza y la pobreza genera delincuencia y provoca indirectamente muertes, pero los corruptos tienen sus manos limpias de sangre y no les importa que haya un derramamiento de sangre en la periferia de su ciudad, mientras ellos se bañan en su piscina de La Moraleja, eso no va con ellos. Va con ellos echar una suculenta limosna en el cepillo de la misa de doce de los domingos, porque muchos de ellos mantienen las formas y tratan de ser ciudadanos ejemplares, hasta que se les ve el plumero.

Este mundo que, como digo, tiene muchos mundos, sería preciso que todos los países intentáramos remar en la misma dirección, pero eso es imposible. ¿Hay algún organismo que maneje la barca de los designios mundiales? Pues cuando era pequeño me alegraba saber que la ONU tenía el cometido de ser el capitán de esa barca, pero décadas de funcionamiento un poco errático han revelado que dicha organización cumple más el fin de ser la Organización de las Naciones Desunidas y una institución que es el cementerio de elefantes para políticos de todos los países del mundo que es necesario aparcar en algún lado.

Y este es nuestro mundo, trabajando con ahínco, con denuedo, para intentar que la hecatombe se produzca cuanto antes. Menos mal que el ser humano, que sepamos, solo existe en el planeta Tierra, un minúsculo punto del universo infinito, porque si no...

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