domingo, 3 de septiembre de 2017

EL POSTUREO EN NUESTRO IDIOMA, ESCRIBIR MUCHO PARA NO DECIR NADA

Si leo revistas, que lo hago con habitualidad, lo suelo hacer con aquellas de temática tipo magacín, es decir, que tienen un poco de todo; de hecho soy suscriptor de Muy Interesante desde hace más de veinte años que es, en teoría, una revista de ciencia, aunque tiene de todo un poco. Pues cuando llego en esta revista o en otras a la sección de Motor se aventura un momento de relajación.

Me gusta leer publicaciones que tengan enjundia, que te hagan pensar y reflexionar, así que después de unas cuantas páginas en las que la cabeza ha estado dando vueltas no viene mal unos instantes de relax con noticias que aportan poco y que son como comer pipas, un entretenimiento sin sustancia.

Y es que después de tantos años llegando a las páginas de Motor de diversas revistas y medios digitales, me he dado cuenta de que los periodistas que las escriben se empeñan cada vez con más ahínco en que definitivamente no se diga nada en ellas y que la aportación técnica sea nula, porque se limitan a exponer las bondades de un vehículo de forma genérica, pues lo que expresan podría ser de ese o de otro parecido.

Expresiones como: «diseño juvenil», «suspensión innovadora», «estilo deportivo y musculoso», «imagen contundente», «tecnología optimizada para ofrecer un nivel de practicidad diaria que va más allá de las exigencias de los trayectos puramente urbanos», «conducción divertida», «permite un estilo de conducción personal», «es un coche rápido, directo, implacable», «conducción dinámica y segura», «experiencia de conducción agresiva y confortable», «vehículo extremadamente práctico que permite una experiencia al volante más activa»..., son vanas. Es evidente que podría llenar párrafos y párrafos de retahílas de calificativos de un coche, da igual el que sea, que apenas significan nada.

Los hacedores de estas páginas de Motor deben estar muy agradecidos a las marcas porque puedes leer de un coche lo mismo que de otro aunque físicamente tú veas que son dos vehículos completamente diferentes. En las revistas generalistas y medios digitales jamás he visto una mala opinión de un vehículo, todos son buenos lo cual seguramente es cierto.

Yo tengo un Kia Sportage que ahora cumple tres años y en la publicidad que me traje del concesionario antes de comprarlo apenas era una sucesión de páginas con expresión de las bondades del vehículo, qué menos. Sobre el mismo reporto: «creado para no dejar de sorprenderte», «suficiente espacio para ti y para tu imaginación», «tacto suave y cómodo del volante», «asientos robustos y confortables», «sensación de amplitud y visión muy correcta», «agilidad en carretera», «rapidez en la dirección», «vehículo muy capaz», «uno de los SUV compactos más atractivos del mercado»... En fin, pura palabrería. Por cierto que lo del tacto suave y cómodo es una chorrada porque el volante es igual de duro que el de mi antiguo de Volkswagen Polo de 1998, que además entiendo que es lo que tiene que ser un volante, duro para agarrarlo bien.

Creo que mi padre me lo decía y la gente mayor lo comenta también que en el siglo XXI ya no hay coche malo, efectivamente cada vehículo lleva detrás un importante bagaje de I + D, por lo que el objetivo principal de desplazarte de un lugar a otro con seguridad lo cumplen todos. Pero es que se echa de menos que todas estas páginas de motor con contenidos bastante planos, como se ha podido comprobar, te ayuden un poco más en tu elección.

Y es que dudo mucho que alguien mire estas páginas a la hora de decidirse, de hecho, el mundo del motor es ahora más rico en cuanto a marcas que hace cuarenta años. Antes había siete u ocho marcas con sus distintos modelos, ahora hay cincuenta y la diversificación de modelos es inacabable, inaccesible para un lego en la materia como yo.

Yo, e imagino que conmigo, cualquier común de los mortales, solemos tener las cosas claritas: cuánto me voy a gastar, tipo de coche (grande, chico, todoterreno, furgoneta...), diseño, potencia, color y poco más... Con el dinero que te vas a gastar encontrarás lo menos diez coches diferentes con características muy similares y al final te fijas en detalles casi intangibles, en mi caso: el diseño exterior parecía chulo, siete años de garantía, un buen maletero y que a la familia le gustó. Me daba igual la potencia, algo que hoy no se necesita, el acabado interior o si llevaba o no navegador de a bordo...

Es obvio que no me refiero en este punto a revistas especializadas del motor, que ni leo ni compro, pues reconozco que no soy un apasionado del volante y conduzco por obligación, donde entiendo que se entra con más detalle en lo que no se aprecia en la referida palabrería.

A esas revistas y medios digitales generalistas sí que les pediría que no fueran tan pagados de sí mismos y de las marcas, y que se mojaran un poco, que pusieran alguna pega, algún defecto, porque igual que todos los coches son buenos, todos tienen también sus cosillas, ruidos, prevalencia en ir al taller, consumos reales y no los ficticios o ideales que son los que se realizan cuando se elabora la ficha técnica (se llevan a cabo en circuitos cerrados y con condiciones idóneas, tales como pocas curvas, en llano, con nulo viento y sin carga)...

Por cierto que el sector del motor no es el único que hace postureos con sus opiniones, en el mundo de la gastronomía, donde no hay que olvidar que se han aposentado los nuevos gurús del siglo XXI, hace ya tiempo que el vocabulario ha quedado afectado por una notable carga de adjetivos calificativos que tratan de adornar lo que un plato tal vez es imposible que diga por su mediocridad por su ridícula vanguardia.

Ya llevamos muchos años encontrándonos en las cartas de menús de los restaurantes con estrambóticos títulos de platos que tardas más en leerlos que en comértelos, pero es que ahora con la proliferación de esos gurús, los programas de cocina en las televisiones y los concursos para descubrir nuevas estrellas de los fogones se ha generado un submundo donde envolver con una historia fantástica un plato se ha vuelto tan importante como su elaboración.

Pero claro entre tanta esferificación, tanto infusionar, el hidrógeno líquido, el arginato o la deconstrucción, creo que a veces perdemos el norte. Porque, a ver si nos enteramos, que aquí lo importante no es la técnica utilizada ni el rollo que el cocinero de turno suelte sobre un plato, que cuando nos sentamos a una mesa queremos comer (y no quedarnos con hambre) y, en la medida de lo posible, que esté rico, pero siempre por este orden.

No obstante, muchos cocineros con programas propios en la televisión, se atreven con todo e incluso hasta tomarnos el pelo, por cierto que he hecho una recopilación este verano de platos extravagantes y no tienen desperdicio, o a lo mejor son todo desperdicio: un platito realizado encima de un cojín, otro servido en unas sandalias de playa y, finalmente, un desafortunado engendro que incluía tierra auténtica.

Huelga decir que si esos platos y otros de supuesta vanguardia no los vistes con un buen discurso no te comes un rosco, porque los urbanitas que están a la última esperan precisamente eso, comerse algo diferente y que te suelten un rollo para convencer tus sentidos más allá de tus papilas gustativas; un arte al que esos gurús se han acostumbrado de tal forma que, como digo, ya han perdido el norte, porque la gastronomía, que sí que puede ser un arte, debe dar de comer, una necesidad vital para el ser humano.

Y, por último, el vino, otro campo donde el vocabulario sirve para bien poco, o sobre todo para el autobombo de enólogos, catadores y de los que, por escuetas que sean, redactan las etiquetas. ¿Qué es un vino redondo, estructurado? ¿O un vino armónico con los taninos bien pulidos? ¿O un vino pleno, potente, agradable y con personalidad? Pues que esto es como los coches, pero casi peor, porque igual que todos los coches son buenos, en los vinos hay buenos y no tan buenos, y lo gracioso es que ni los que se las dan de expertos son capaces de diferenciar un vino bueno de uno de tetrabrik de euro el litro y si no observen lo que le ocurrió a «El comidista» hace un par de años con ocasión de una feria para profesionales del vino.

Señores y señoras que se dedican a escribir sobre vinos, bájense un poco a la arena; a mí me gusta el vino, pero soy incapaz de apreciar el sabor a cereza, a regaliz, a pimiento o a café, ¿por qué no tratan de ser más didácticos y nos facilitan las cosas en las etiquetas visto que en este país la mayoría somos incapaces de diferenciar un vino bueno del malo?

Claro que se sobreentiende que el que elabora las etiquetas o el que informa en las revistas no se va a tirar piedras sobre su propio tejado, pues nada, nos montaremos en un coche que tenga conducción dinámica y porte elegante y al llegar al restaurante nos comeremos filetes de lenguado de la bahía con mantequilla fundida, aromas cítricos, sobre almohada de patatas torneadas; de postre tierra de brownie de queso de cabra y tomate cremoso con núcleo de frambuesa, bordeado de doradas hojas de cacao, micro margaritas y pétalos de clavellina con piedra de coco y mariposa de mango; y todo ello bien regado con un caldo bien estructurado, delicado en boca, con matices florales y retrogusto suave. En definitiva, ahí llevas Villegas.

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